Eme de mier…

Me asombro de asombrarme después de hacerme cruces por cuanto veo, como si fuera nuevo y a estas alturas no tuviera las dioptrías sobresaturadas y curadas de espanto. Que son muchos años ya. Sin embargo, persisto con mi cara de pasmo cuando veo el egoísmo desmesurado y rampante, hasta para un político, y la porquería en que se ha convertido buena parte de la humanidad; o si percibo a los corruptos sacando pecho mientras las víctimas callan y acuden a los comedores sociales; una vez al día.

Los ojos de búho tengo puestos ante tanto hipócrita y desahogado, ésos que atan sus perros con longaniza mientras predican qué agujero del cinturón es el correcto… para que se lo aprieten los demás. Y tiene que aparecer en escena un padre con su hijo muerto en brazos, ahogado en la desesperación, para que las conciencias levanten la vista y digan: ¡Caray! Como si no llevásemos siglos sumergidos en el mar de la desigualdad, del abuso…, sólo que a veces se produce un tsunami y remueve los adentros. Nada más.

Leí el otro día que en unos 100.000 millones de años, el universo entero ingresará en la oscuridad, se apagarán las estrellas, se acabará la vida. Largo lo fían. Nadie sabe cuánto sufrimiento -también satisfacciones, por supuesto- le queda a este mundo antes de extinguirse. Pero a mí me gustaría estar presente ese día en que todo se convertirá en noche, y estar allí -o aquí, no sé bien cómo expresarlo- para decir, para gritar: Ha valido la pena.

Entre tanto, matan y torturan los hideputas en nombre de sus dioses. Ellos mismos se han erigido en portavoces e intérpretes de los textos que sustentan sus psicopatías. Y fluye, generoso, el río de la migración desesperada, huyendo del fanatismo y del dictador de turno. Atrás quedaron Haití, Eritrea, Ruanda y otros innumerables pecados, si no perdonados, olvidados. Ahora toca rasgarse los armanis con esta oleada brutal…, el éxodo de la hambruna y de la falta de futuro, así se limite éste al cuarto de hora de un reloj.

Me detengo, de repente.

¿Qué estoy diciendo?, ¿quién soy yo para criticar? Y lo más grave: ¿qué he hecho yo para evitar estas miserias? Nada, no he hecho nada, ¿y me pongo estupendo contra el mundo del egoísmo? ¿De dónde salgo yo? ¿Acaso no soy uno más de ésos a los que lanzo reproches? Más me valdría hacer algo y dejar la palabrería a los de siempre, a los incontinentes de lengua y hueros de hechos. Más me valdría callarme y decirme a mí mismo la puta mierda que soy. O que me siento, da igual.

En estos momentos pienso si no sería mejor que al otro lado del río no hubiera nada, absolutamente nada,  porque, en caso de haberlo, ni una eternidad bastaría para arrepentirnos de tanta inhumanidad acumulada.

 

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