Será el calor

Cuando nací, mi familia no me conocía ni de vista. Esto, que parece una tontería, marca indeleblemente tu futuro, porque imagínense si llegaras al mundo y tu familia supiera de qué pie cojeas, cuáles son tus aptitudes, también actitudes. De esa manera tendrías la mitad del camino hecho y no sería necesario acumular imposiciones reconvenciones, consejos, reproches u otros productos de elaboración pertinazmente casera. Una bendición.

Pero no, eres un desconocido en tu propia familia, así que tendrás problemas. Mi abuelo construía y mi padre curaba enfermos, y ésas eran las dos opciones reservadas para mí. Nadie me preguntaba, pero mi secreta ambición era llegar a no ser nada, con eso me bastaba. ¿Puede ser alguien más parco en ambiciones desde un punto de vista convencional? Supongo que no. Pues ni así me dejaban en paz. Al principio se decidió que sería arquitecto, una especie de Calatrava pero en bueno, sin emerger chapuzas a cobro pasado, un tipo dedicado a  proyectar puentes, como había hecho mi abuelo, aunque superándolo. Convirtiéndome, para entendernos de una vez, en un arquitecto con un toque extravagante y de firma sólida en el banco.

Más adelante, algo les debió extrañar de mi comportamiento, se decidió que la medicina sería mi oficio. Puede que influyera mi descalabro contra el suelo, al caer de la bicicleta, y mi posterior comportamiento, ejemplar, a la hora de recomponerme las erosiones salpicadas por todo el cuerpo. Vete a saber, las familias son muchas veces indescifrables, si apelas a la lógica más elemental

Hubieron de transcurrir, y no quiero aburrir, tres expulsiones de otros tantos colegios y una del instituto de enseñanza media –el nombre ya anunciaba sus carencias y limitaciones- para que comprendieran en mi casa que mi afán por ser nada iba por buen  camino y era un proyecto serio.

Entre unas y otras cosas, habíamos perdido todos quince años. Fue entonces cuando mi familia supo estar a la altura y dictaminó un fracaso seguro. Acertaron, no era tan difícil: entre tener o no tener fe, lo segundo es la opción más fácil. Como si yo no supiera desde el comienzo lo acertado de su vaticinio. En todo caso, aquella premonición familiar, no exenta de una carga plomiza de reproche, me liberó por fin de ataduras y de presiones innecesarias.

Creo que fue por aquellos días cuando me decidí por el periodismo, y gracias a él he cumplido con creces mi vieja aspiración. No puedo pedir más; recapacito en este verano recalentado y concluyo en que sí, en que la nada lo es todo.

O quizá sólo sea el calor, vete a saber.

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