¡A toda pastilla!

La historia es verídica, todo lo cierta que es la información de los medios de comunicación. Yo les creo. Casi siempre.

Hoy se pondera sin límite todo lo sostenible, y lo sostenible no sólo se sostiene sino que, paradójicamente, requiere ser sostenido. A veces, a un precio muy caro por culpa de una sostenibilidad descontrolada. Lo sabe muy bien, a estas alturas, nuestro protagonista. A Gentil Ramírez Polanía, de 66 años, se le fue la mano. A mí me pasaba en el frontón, cuando la pelota terminaba golpeando el colchón de arriba o el de abajo y, también, podríamos decir que me sucedía al calcular mis posibilidades de ligue o de aprobar exámenes, siempre por encima de la realidad tozuda.

Este hombre, con este nombre, sufrió durante más de doce horas un dolor severo en una de sus zonas corporales más delicadas y, para los mal pensados, aclaremos que no se trata del cerebro. Bastante más abajo. Gentil se tomó algo más que una dosis de los comprimidos que combaten la disfunción eréctil, dicho sea en plan fino. Luego quedó ayuno de objetivos y con la disposición más que adecuada para encarar hasta tres. Objetivos, quiere decirse. La situación, pues, era de lo más frustrante: como si al gran Alejandro Magno le borraran del mapa el Imperio Persa cuando estaba a punto de embestirlo y, así, quitarle un buen trozo de su gloria. Menudo ejemplo tan fuera de lugar, podrá argüirse, pero se argumentará mal: cada cual se fabrica su Imperio Persa a la medida de sus huestes, en eso no cabe discusión.

En cualquier caso, qué amarga lección. No se puede uno lanzar a la pastilla de viagra sin tener un mínimo de expectativas de que su utilidad será necesaria. Ni hay que abusar de la cantidad, eso nunca. Ésta no es ingesta de un por si acaso se me da bien la noche; ni hablar, hay que disponer a priori de la contraprestación que hará efectiva la toma y debe hacerse en su justa medida. Una vez trasegada, no vayas a reclamar ni al maestro armero porque el plan se ha arruinado o se te ha ido la mano. No hay vuelta de hoja. Por eso, antes de embarcarse en la aventura, es obligado repasar bien los efectos. Basta un poco de sentido común: además, nadie va a creerse que lo tuyo es natural si persiste la postura durante, pongamos, ocho horas. Aunque sea una menos en Canarias.

Gentil Ramírez es colombiano, aunque, para el caso que nos ocupa, lo mismo da que fuera de Puerto Hurraco. El problema suyo nunca fue de geografía ni de patria chica, sino de patriotismo enhiesto, en demasía, hacia uno mismo. Como si comerse el mundo, o un rosco, fuera el único reto donde cabe cumplir con el nivel exigible. Gentil es concejal en Gigante, provincia de Huila, pero estamos en lo mismo: igual hubiera sido que fuese sexador de pollos o calafateador de barcos.

Vamos ya con el terrible epílogo. Sí, terrible, porque hasta ahora se ha querido apaciguar el drama, pero estamos acercándonos al final de la historia y no queda otro remedio que ponerle broche con el sello de la autenticidad, con la verdad de lo ocurrido. Bien. O, mejor, mal, muy mal: nuestro hombre se quedó desmembrado por allí donde el sustantivo miembro adquiere su razón de ser. No hallaron los facultativos solución más aparente que tirar de amputación para despejar el problema de la super-erección descontrolada y del fuerte dolor derivado. Según los doctores, el paciente sufrió un episodio de priapismo, enfermedad por la que el pene erecto (sus cuerpos cavernosos) no retorna a su estado flácido por un tiempo prolongado.

En su beneficio y consuelo, Gentil debe reconsiderar que los 66 años no son tan mala edad para quedar libre de ingerir más viagra y eludir las batallas horizontales. Eso sí, puñetera que es la vida, no le extrañe que ahora le salga novia.

 (Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 17)

En Twitter: @PZudaire

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