67) Buenos días, idiotas (*)

Sonríe, te ven

Silencio, se rueda. Miren hacia arriba y sonrían. El gran cámara del mundo está siempre listo, y usted tendrá su propia imagen enlatada, aunque nadie se la enseñe jamás.

Vete a la ciudad que quieras, lejos de la tuya, circula por ella, crees que nadie te conoce… y, sin embargo… Vagamos por las calles como el burro -hecho al palo-, sin acordarnos de que somos observados de continuo. Cientos de cámaras se apuntan a la coartada de la seguridad para hurgar en nuestras pequeñas licencias, y cualquier grabación por ahí perdida retiene imágenes nuestras mientras nos rascamos donde más nos pica, un decir.

Somos prisioneros de nuestros detalles porque los ojos sin sueño de la tecnología nos desnudan en el día a día sin pagarnos derechos de imagen. Y, más aún, no sabemos hasta qué punto se estira el zoom ni si ya han descubierto, antes que nuestra mujer, la revista que duerme escondida en la mesilla, bajo un tratado de materialismo histórico, o conocen perfectamente que llevamos una semana dándole latigazos al estómago con la fabada de lata.

Pero si estas pupilas domésticas dilatan su mirada hacia las hormigas de asfalto, nosotros, todavía son más rabiosas e impúdicas las que no reparan ni en el parapeto de las nubes para dejarnos en evidencia.

Caminas por la acera, es mediodía, y bostezas, hora de comer. Como tienes tus normas de urbanidad impresas, apenas abres la boca, te la cubres con la mano. Pero ya es tarde. Un satélite colgado de la nada te ha visto la caries molar -por cierto, saludos a mi dentista, que me estará esperando: cualquier día de éstos voy, ya no te tengo miedo, etcétera-, y unos tipos sentados en sillas ergonómicas, a miles de kilómetros, deciden que no vales ni un fotograma. Alguien con una caries de ese tamaño no puede ser ni medianamente importante, así que le dan un toquecito al ojo del cielo, y éste se pone a husmear otras vidas, otras muelas…

Caducada la guerra fría y finiquitados los espías con gabardina, aquellos intrépidos asiduos del Check Point Charlie, desde el cielo nos vigilan los dioses menores, capaces de contarnos las monedas del bolsillo o los surcos de la galopante alopecia. Son los modernos diablos cojuelos, que te levantan impunemente el techo sin causar estropicio en las tejas.

Entre unos y otros -y no dudando de que el invento esconde algún fin bueno- nos tienen a todos atrapados en cintas y deuvedés, como actores involuntarios de una gran película que nunca podremos ver. Vale que estas prácticas se regulan, pero no sabemos quién regula a los reguladores, y de ahí nos nace cierto resquemor y una brusca impotencia, sensaciones que nos intimidan y nos predisponen contra esos ojos electrónicos de cuencas aviesas y hueras de vida.

Nos recortan, nos matan la ilusión, nos decepcionan, nos degradan en nuestra condición de ciudadanos; vamos, ilusos, con el ramo de las entelequias en la mano (libres, independientes…), estamos fastidiados, cada vez más y -¿por qué será?- no nos quitan ojo. Preocupante.

De la mano de Machado, una reflexión: El ojo que ves no es/ojo porque tú lo veas/es ojo porque te ve.

 

(Gracias por la visita, regreso el domingo)

 

(*) No hay animus iniuriandi y sólo se apela a los idiotas porque somos mayoría y, así, el blog cobra etiqueta universal

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