No todas
somos infantas
No podría serlo, con estos pelos, y por eso nunca tendré un fiscal infantizado que, en vez de acusar, me defienda.
Se acabó lo que se daba, que no era nada, y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza, y el señor cura a sus misas. Gracias, Serrat. Ya puede doña Justicia, con nuestro respeto y acatamiento, vestir de celofán el dulce caramelo de su decisión y enviarlo por seur al distrito de Pedralbes o al domicilio que ahora soporte la tramontana judicial. Siempre sostuve que es mucho más fácil hallar un abogado defensor que te acuse que encontrar un fiscal defensor y, sin embargo, vivir para ver. En cualquier caso, nos merendamos una zarzuela de marisco -no muy fresco, por el cante que despide-, regado con Colares de Estoril.
No, ni yo ni muchas más somos infantas. En mi caso, la depilación a la cera dejaría a oscuras un buen número de iglesias, por escasez de velas, pero no me hubiera importado vivir la experiencia de serlo. Sobre todo en este país de Audiencia empalmada, para verla rendida a mis encantos y convertida en audaz defensora de mis mermadas entendederas, porque la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, bien lo dice el evangelio y, siendo así, no tiene una por qué saber en qué anda metido el marido, y si trae pasta abundante y generosa, él sabrá, no se mantiene a una infanta con el sueldo de un tornero, qué coño me explican.
Lo que hay que oír del populacho, porque audiencia viene de oír, del verbo audio, a ver si estudiamos un poco de latín y no nos vamos siempre por los cerros pardos de la gramática bajofondista, de pensar mal de todo y canear a la realeza ahora que anda baja de defensas. Una entiende que las envidias corroan, pero no puede comprender la inquina oxidante de gente contra la que nada malo he hecho en mi vida. Que se os llena la boca de apostar por la justicia y cuando ésta emite una decisión o un fallo -curioso, el nombrecito- os dais a todos los demonios y os sentís frustrados porque no me empluman. Lo que hay que oír. ¿Sabréis más vosotros que yo de la intimidad que guardo con mi marido, so listos?
Otrosí, las infantas damos lustre a una sociedad gris, sin brillo; llenamos los envases cuché, os entretenemos con nuestras andanzas y malandanzas, os diferenciamos de esas sociedades ahítas de gordos hamburgueseros, que ni un triste rey tienen para echarles pedigrí dinástico a sus negros algodonales. Y vosotros nos lo pagáis así, con esa mezquindad de cuestionar a la Audiencia porque nada prueba que yo sea lista y sepa cuanto ocurre en mi casa. Bastante tengo con lo mío, pero no esperen que eso lo desvele, ¿o acaso me cuentan ustedes sus intentos de defraudar a Hacienda, el absentismo secular y otros desatinos que leo en la prensa?
Estoy contenta, pero contenta relativa, como un pronombre, con ese regusto de malestar provocado por las posturas críticas y ácidas, como si no bastara haberme tenido en la picota del honor durante un buen trecho. El día en que se exporten infantas a países faltos de nuestra rutilante clase vip y exquisita gracia, ya hablaremos; os vais a enterar de lo que vale un peine (envuelto en un palacete, desde luego)
Por cierto, he de hablar con mi marido y dejárselo muy claro: No quiero que me cuentes nada, si no desgrava. Que las audiencias oyen.
Hablo como una infanta, oye.
(*) Sírvanse ustedes y, en función de la hora, pónganse un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.
(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 19)
