Fábrica de sinvergüenzas

 

Debería plantearse el Estado pagar las vacaciones a los ladrones de este país, a ver si así descansaban al menos en verano.

O la fábrica de sinvergüenzas presenta en España un ERE urgente y reduce drásticamente la producción o este país se va a ir, literalmente, a la mierda. Recordemos someramente algunos de los escándalos de la lista interminable: Baltar, Palau, Pujol, Fabra, Bárcenas, Eres, Malaya, Millet, Palma Arena, Egüés,.. ¡Si hasta los chicos del buque escuela Juan Sebastián Elcano se dedican a negociar con droga!

No sabemos cuántos ladrones caben entre Finisterre y Gata, ni si hay un límite, pero con este ritmo de descubrir casi a diario un nuevo ladrón, es fácil que reviente el sistema por las costuras pésimamente hilvanadas de la ética.

Yo creo que de ahí nos vienen los males. No se puede considerar a la ética una asignatura como si fuera matemáticas o lengua porque sacarla adelante con un aprobado raspado –y no digo suspenderla- ya condiciona el futuro de esa persona a tener menos moral que un concejal de urbanismo metido en proyectos. En las universidades no hay que estudiar ética porque esa materia espiritual, y valga el recurso antimónico, o  se lleva dentro o no se lleva después de pasar por el tamiz de la propia familia.

Pero hay otros males que también deben analizarse. La desgracia de este país es que los  pillos desahogados no sólo cunden en número, sino que cada uno de ellos acumula por su rapiña unas cantidades ingentes, impensables en un amoral de tipo medio, de los que se ven en otros países. Cómo se puede amasar una fortuna de 1.800 millones de euros durante la ocupación de un cargo público, debería ser un tratado de obligado estudio para jueces y fiscales, hoy mediatizados políticamente hasta las trancas.

Esa justicia tibia, lenta, condicionada y servidora de sus afinidades entorpece hasta la bola la más mínima posibilidad de dar los escarmientos merecidos, al tiempo que se restriega a la gente honrada un escándalo tras otro, incluido el fraude a Hacienda, cuyo 71% es achacable a las grandes fortunas y las grandes empresas. Eso lo saben los inspectores del Fisco, porque ellos mismo lo cuentan, pero son incapaces de corregir el desaguisado. Y mientras estos ladrones no pagan los impuestos, los gobiernos, inútiles para lo que quieren, echan mano de los de siempre, aun recortándoles el pan y la sal, para cuadrar las cuentas y, por supuesto, mantener los beneficios de los bancos esquilmados por sus dirigentes y altos cargos beneficiados.

Porque si la revelación de una fortuna de 1.800 millones, caso de Pujol, es alarmante, lo mismo podría decirse del acopio hecho por el rey abdicado, cuya cifra es de parecido montante al decir de publicaciones prestigiosas, y a ver de dónde se puede ahorrar tanto cuando, año tras año, nos han ido vendiendo el funcionamiento de una institución con  unos presupuestos ajustados.

¡Ya está bien! Jamás pudo haber un pueblo como éste, al que le dan en un carrillo y no sólo pone el otro sino que, encima, corre con los gastos de los agresores. Jamás, en un régimen democrático, porque, claro, si estuviéramos en una dictadura, tiraríamos de agua y ajo, pero en pleno Estado de Derecho sólo cabe deducir que somos muy, pero que muy, gilipollas.

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El frío otoño del patriarca

 

¿Tú, también? Por Dios, Pujol, un poco más de montaña y menos apego al poder y al dinero, que son perdición.

Ya se había corrido el primer encierro de los sanfermines 2014, pero Jordi y Marta no estaban aquel día para fiestas. Una información aparecida ese 7 de julio revelaba la existencia de cuentas de varios miembros de la familia Pujol en la Banca Privada de Andorra (BPA). El secreto del dinero opaco, libre de impuestos, se desmoronaba. Treinta y cuatro años mirando con prevención hacia el toril y en este aciago día de carreras por la Estafeta se abría el portón y aparecía un miura astifino -divisa oro y negro- con dos hermosos cuernos, uno apuntando a Suiza y otro mirando a Andorra. ¿Cómo se torea eso?

No te entiendo, Jordi. Toda la coherencia ventilada ¿era sólo una pose? Puedo concebir que un ambicioso del montón se tuerza, se la juegue y eche por caminos escabrosos, pero es difícil asimilar cómo alguien puede erigirse en gobernante, en administrador de los demás, en supuesto ejemplo de servidor público, receptor de miles de papeletas de fieles votantes…, ¿cómo se es capaz de ofrecer discursos de honestidad y, por detrás, hacer lo contrario de cuanto se predica? Una cosa u otra, ¿pero las dos a la vez? No lo entiendo.

Pero es este Jordi Pujol el elogiado por su visión de Estado, sus actitudes pactistas en aras a la gobernabilidad –con factura, desde luego- y hasta defensor de un nacionalismo que hoy se aprecia moderado y democrático, en el sentido de ajustarse al marco legal, el mismo que nos estaba ocultando la cara sucia de la Luna.

Este Jordi Pujol acorazado con una pátina antifranquista, ganada honradamente a la sombra de una cárcel del dictador -algo de lo que pocos presidentes autonómicos pueden presumir-, era un defraudador más. Un político que exigía el cumplimiento de las leyes mientras él se las pasaba por el forro de una gabardina metálica, a prueba de sentimentalismos patrióticos sobre la terra ferma y con capucha aparente para afrontar la granizada de escrúpulos de conciencia. O religiosos.

El Jordi Pujol que vi en el Patio de los Naranjos un tanto asustado en aquella noche electoral de 1980, el mismo que tuvo 23 años para recuperarse de aquella victoria con otras que llegaron después -¿no fueron demasiados años en el trono, Jordi?-, el mismo que tuvo sus más y sus menos con algunos asuntos de turbiedades bancarias…,  ese mismo nos llega ahora cargado de complementarias para Hacienda en un intento de evitar males mayores.

Este es el Jordi Pujol al que llamó el rey abdicado en la triste y gozosa madrugada del 24 de febrero, con Tejero y los tapados dando un fallido jaque mate a la democracia, el president que oyó aquello de Tranquil, Jordi, tranquil. Probablemente, hoy lo sabemos, un Jordi más tranquilo que otros paisanos apurados y prestos a cruzar la frontera con una mano delante y otra detrás. Que también los hubo, sin cuentas bancarias para encarar el hipotético exilio.

Creo, Jordi, que muchos -políticos y otras hierbas de poder- termináis por creeros pequeños dioses, pensáis que sois mitológicos Janos con las dos caras dispuestas a mostrarlas y darles la vuelta cuando convenga, y al final os pillan, sois simples mortales, arcilla de mercadillo. Como los demás.

¿Valió la pena fabricarse este otoño desabrido? El problema va a ser cómo devolver ahora aquellos votos -patrimonio de confianza- entregados al político que nunca existió.

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¡Qué bien, Pamplona huele a pis!

 

No me quejo de los olores, están en su derecho. Digo que, en ocasiones, nos hubiera ido bien poder cerrar el olfato. Como los ojos.

Estoy casi seguro –seguro, ni de la fecha- de que Vespasiano no estuvo nunca en los sanfermines; pero cualquiera sabe, estos romanos de la antigüedad fueron tan viajeros y avasalladores con sus conquistas que lo mismo vengo a contarles aquí una historia de olores urbanos ya escrita en tablillas de cera.

Quería recordarles, cuando me he interrumpido, cómo el emperador citado decidió dar una lección práctica a su hijo, quien le reprochaba hacer negocio con la orina de las letrinas públicas, ideal para el curtido de las pieles -ojo, no las propias- porque el muchacho veía en aquella materia degradante y apestosa una pyme detestable. Así que Vespasiano le dijo a su vástago: Pecunia non olet, y le puso una moneda de oro bajo la nariz a fin de que lo comprobara. Espero que el hijo supiera latín y no estuviera sujeto a uno de esos planes de estudios que lo desprecian como lengua, más que muerta, asesinada.

El caso es que la auctoritas romana podría hoy curtir un sinfín de cueros si recalara por estos lares, donde la orina desparramada se muestra generosa en demasiadas calles de Pamplona- Se hace lo que se puede, y no es posible colocar a un empleado municipal con su manguera detrás de cada vejiga en apuros. Pero huele, ya lo creo que huele. No el dinero generado por el trasiego de líquidos en barras y garitos, en eso tenía razón el ilustre prócer, aunque sí apesta lo suyo la segunda fase del negocio, es decir, el desahogo incívico.

Y no es que se quiera aquí dar lecciones de nada, sino que, antes bien, es bastante razonable pensar que las juergas masivas tienen estos imponderables o daños colaterales, casi inevitables. Pero dejemos los enfados, tan reiterados como inútiles, para las cartas al director, que llegarán con la resaca. No lo duden.

Prefiero, como Vespasiano, pensar en los beneficios derivados de ese tufillo a amoniaco o vete a saber qué, y digamos que la cosa ha ido bien porque huele a pis. Eso sí, no sin antes puntualizar que se observa un elevado desprecio hacia la ciudad que las acoge en estas gentes más inclinadas a soltar la espita personal e intransferible que a molestarse en entrar en uno de los muchos aseos distribuidos por la ciudad. Es la paradoja inconsecuente, que diría un tertuliano mínimamente versado: multan entre año a los aborígenes, sustentadores del gasto, apenas les asoma la más precaria humedad, y se permite la desbeber sin control a los foráneos.

Y ahora me meto en un terreno del que no saldré ileso, no escaparé sin críticas del estilo ya estamos con las batallitas, etcétera, pero no me resisto a mencionar que hubo sanfermines en los que igualmente se veían pies negros y adoquines reconvertidos en orinales, pero afirmo que la cantidad de meadores irrespetuosos ha ido a más. Había rincones malditos de micción, es verdad, aunque nunca fueron tantos los espacios destinados a esa disfunción social.

Todo es entendible, faltaría más. No obstante, duele un poco observar una ciudad, tan cuidada durante once meses y medio, arrasada en diez días sin contemplaciones. Sé perfectamente que el desastre va incluido en los presupuestos, que son dinero y que, éste sí y con tu permiso, Vespasiano, huele mal.

Huele a subida de tasas que apesta.

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San Fermín, un santo sin papeles

 

El paréntesis de la crisis está a punto de llegar, y en vista de que la segunda no termina, abramos el primero hasta cerrarlo el 14.

De pequeño andaba yo convencido -incluso podría calificárseme de empecinado-, de que san Fermín era una fiesta, y omito escribir sólo porque es mucha fiesta para mermarla con adverbios capadores; la gente hablaba: Lo pasé muy bien en san Fermín, Iremos a san Fermín, No hay nada como san Fermín, etcétera, expresiones difíciles de ligar con un santo. Nadie comentaba: Estuve tres días rezando a san Fermín, porque así yo ya habría desentrañado el intríngulis del enredo, pero, qué va, las referencias eran únicamente festivas y, por lo que se ve, confusas.

Luego, con el tiempo y según iba creciendo, me enteré de que también se trataba de un santo. Como explicación de mi equívoco, digamos que las palabras tienen eso: definen conceptos, pero también pueden equivocar por tomarlas sin ninguna reflexión; o, también ocurre que, a fuerza de repetirlas, te fabricas sintagmas de uso diario que se dicen de carrerilla. Y entiendes de ellas lo que quieres entender y no tanto lo que significan. Los sanfermines, sin ir más lejos, sería una expresión-ejemplo. Otras veces te acostumbras a usar las palabras y lo haces por mimetismo. Oral desde luego. Hay gente que habla de Hacienda como si nada. Se llenan la boca sin ir a la sustancia de cuanto representa la palabra…., hasta que se convierten en cotizantes y entonces aprecian en su inmensidad el auténtico significado. En fin, las palabras encajadas en la rutina y las tomadas a la ligera generan entropía y confusión.

Pues con san Fermín, me pasaba tres cuartos de lo mismo, yo tiraba por la fiesta y no caía en que detrás, o delante, iba un santo. Pero, vuelta la burra al trigo, cuando ya tenía asumida la dualidad, santa y profana, oí perorar a determinadas voces preeminentes sobre la ¡inexistencia! de este santo, y ahí ya me sembré y me coseché a mí mismo ahíto de desconcierto: ¿de manera que el santo de la gran movida no había existido?, ¿organizaban una enorme juerga en nombre de nadie? Claro, se puede hacer, pero, entonces, ¿para qué habría de figurar en los carteles, o se le atribuirían capotes en el encierro, o por qué gritaríamos como tontos, veces y veces, Viva san Fermín? Sería como dar vivas a la nada o, por citar otras inexistencias, vitorear un reparto equitativo de la riqueza, la implantación de una justicia social o la erradicación del hambre. No tendría sentido.

Y así estamos, con los eruditos en sus trece y calificando la vida y milagros de este santo como leyenda, sin prueba documental de una y otros. Como si todas las creencias hubieran de responder de sí mismas con un acta de fe y no fuera suficiente la voluntad de creer (por cierto, una fe mucho más barata que la del notario).

La verdad es que descubrir estas cosas duele: basta que te caiga bien un santo para que venga un listillo a desgraciarte el dibujo; se trata de gente estudiosa, no se duda, pero que nunca ha saltado un vallado ni ha vivido sofocones en mitad de la Estafeta. Ni siquiera ha lidiado con la cuenta de un camarero en plenas fiestas. Qué pena, siempre dedicados a buscar verdades para que, al final, éstas sean como todas, es decir, las verdades suyas y sólo las suyas. Las de cada cual, en definitiva.

No, san Fermín no se merecía ser cuestionado, porque, a ver, ¿en nombre de qué otro santo se ha liado más gorda? ¿Y, precisamente a éste le exigimos pruebas? A ti te hablan de san Tiburcio y, con todos los respetos, ¿qué alegrías nos ha dado este santo? Pocas o ninguna. Y seguro que lleva la documentación en regla. En cambio, nuestro pobre san Fermín, ahí está, hecho un simpapeles.

Pero no, no van a poder. Entre el 6 y 14 de julio, ni documentos ni milongas. Día y noche, sin tregua, se demostrará la fuerza y existencia de un santo que, seguramente por modestia, ha huido de la vanidad de verse escrito en negro sobre blanco y prefiere hacerse el DNI con la memoria del pueblo, en la calle y en rojo sobre blanco. Tú, tranquilo, san Fermín, te vamos a reivindicar un año más y nos van oír desde Calahorra a Guasintón.

 

 (Gracias por la visita, volveré cuando pueda)

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La Reina y yo (nueva temporada)

 

Denme un país sin ladrones, con el Inem fumigado, los desahucios desterrados, la justicia justa y un sol bien redondo. Llámenlo equis.

Vamos viendo cómo el mundo se quita de encima las viejas caras y, así, desaparecen Papas, Reyes, Presidentes y dan paso a otros rostros con voluntad de hacerse populares y afianzarse en lo más alto de la pirámide. Vana ilusión, el oropel es perecedero, y la sentencia latina Sic transit gloria mundi ratifica a diario su rango de ley inmutable. Caduca todo, desde los yogures hasta las promesas de amor: sólo Jordi Hurtado permanece y se enroca perpetuo, como la vieja y pertinaz sequía de tiempos ya superados, allá por la Oprobiosa. Se nos ha ido el Rey, lo apreciaremos de facto en la Nochebuena de este año de crisis, y ya van unos cuantos, cuando oigamos al relevo derramar con parecida salmodia aquello tan manido de La Reina y yo…, pero en este caso refiriéndose a la plebeya Letizia, periodista de ex oficio. Ya ven, tanto criticar a las facultades de periodismo por fabricar profesionales sin futuro y ahí está la flamante Reina, prueba fehaciente de que una plumilla puede aspirar al trono; incluso a una inducida y vitalicia solidez económica por la vía del tálamo.

¿Y la República? Bien, gracias. Será añorada mientras no venga, después será otra cosa que sólo su implantación podría desvelar. El caso es que han rebrotado las inquietudes por cambiar el cromo de un rey por el de un presidente republicano o, mejor todavía, por consultar en referéndum qué prefiere el pueblo. Digan lo que digan, jamás se le preguntó a la ciudadanía acerca de sus deseos, y pretender que la monarquía iba en el paquete de la Constitución es una verdad a medias e interesada, sobre todo si se tiene en cuenta el contexto en el que se produjo la votación (1978). En el referéndum constitucional se ratificó la Carta Magna, y deducir que se optó por la monarquía es tan falso como creer que la Constitución garantiza una vivienda a todo el mundo por el hecho de afirmarse en ella que todo el mundo tiene derecho a la misma. Así que la pregunta sigue pendiente.

Dicen que la fortuna del Rey abdicante ronda los 1.700 millones de euros (The New York Times, 2012), no tengo ni idea. Si es así, ha aprovechado el tiempo mejor que un currito de cualquier cadena de montaje, incluso que su encargado. Esa cifra –incomprensible para unas matemáticas de bachillerato, como las mías- es un argumento más de sus detractores, presumiblemente equivocados si piensan que otra forma de Estado elegida estará exenta de albergar urracas con gordas cuentas en Suiza. No hay más que ver el nivel de corrupción de este país entre las clases política, empresarial y hasta sindical para entender el papel de felpudo, pisoteado y esquilmado, que le toca asumir y soportar al pueblo llano. La pretensión de que un cambio de modelo en la Jefatura del Estado va lograr la inmaculada pureza de quien la ostente, se adivina como una quimera. En función de lo visto, ciertamente. Ojalá lloviera ética, pero lo más probable es que sigamos como estamos, pertinaz sequía,  mientras nos inducen a debatir si galgos o podencos y, de paso, nos birlan la cartera.

Cambiamos de rey, y más nos valdría cambiar el paro por empleo, la crisis por el regreso a la prosperidad, los desahucios por la vivienda estable; acabar con los corruptos, desterrar la miseria y dejar que Cáritas se tome unas largas vacaciones. Pero todo esto requiere esfuerzo político y labor incansable de los agentes sociales, compromisos y acuerdos, tarea algo más compleja que sonreír a las cámaras, hacer discursos florales, desfiles militares o artículos que nada solucionan. Como éste, sin ir más lejos.

(Gracias por la visita. Si consigo reunir otro puñado de letras, vuelvo)

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Regreso a la vida

 

Comenzó a moverse en la dimensión apetecida, un claroscuro de estudiada indefinición, pero la realidad siempre llama mil veces.

Fruto de una exuberante apatía, pensaba que lo mismo estaba muerto y no se había enterado. Llevaba una vida tan encajada en sus anclados raíles, carente de altibajos, que bien pudiera ser un difunto instalado en la paz del más allá. Vivía solo, y sus personales circunstancias favorables le permitieron en su día realizar el viejo sueño, que no era otro sino abandonar el trabajo y vivir su vida, sin tener que relacionarse con nadie.

Así que él podía estar muerto y soñar, ahora mismo, que era el protagonista de un post, pero nada sería cierto. Sólo que se había muerto. Si se trataba de ilusiones oníricas, preciso era admitir que se sucedían con una rutina muy perfeccionada: se levantaba, tomaba el desayuno, le traían la compra, la cargaban en su cuenta, salía a dar un paseo, no hablaba con nadie, regresaba a casa, volvía a alimentarme, si le apetecía, y así. No faltarán quienes consideren absurda o anodina esta forma de pasar por la vida, pero ésa había sido siempre su oculta pretensión: alcanzar la tediosa mecánica de no hacer nada -de la otra, la de tener obligaciones repetidas ya acabó harto- y obviar la obligación de atender a cualquier correspondencia social. Que lo olvidasen, vaya.

No hay por qué extrañarse, estas cosas pasan. Nacen personas destinadas cerebralmente a formar parte de la manada, y nacen individuos solitarios. También están los que, como este personaje, nacieron ovejas y fueron mutándose en lobos esteparios. Estos últimos, como sucede en nuestra historia, presentan la ventaja de haber vivido los dos estadios, social y antisocial, de manera que la segunda parte del proceso les llega en la madurez y es ya algo que apunta a definitivo. No necesitan cambiar más, conocen la alternativa. Y no les gusta, está superada. Esto, naturalmente, en el caso de seguir vivos en esa baja resolución de nulas relaciones exteriores.

Claro que, si estaba muerto, ¿debía pensar que en eso consistía la otra vida? Él es, o era, creyente y, quieras o no, mantenía la esperanza de ir al cielo. Con reservas, desde luego, porque nada debe de haber más subjetivo que el razonamiento humano frente a la decisión justiciera de un dios. Llevas las de perder, eso fijo, y por más que alguien  considere haber merecido la gloria, prevalecerá su opinión. Y si hubieran tenido razón otras religiones, como la que predica la reencarnación, a estas horas –pensaba él en un alarde de sinceridad- debería haberse mutado en foca o gorrino, por poner dos ejemplos ricos en grasa y de hábitat diferenciado; y no, aquí seguía, con su rutina de homo erectus.

Decía también para sí mismo que no percibía la presencia de huríes, como otra fe religiosa prometía; no era detectable en sus lugares habituales ningún harén, ni rondaba la escena otra mujer que no fuese la señora Carmen, la portera de casa, cuya estructura no estaba ya para trotes carnales. Y de hurí, ni la hache tenía.

En esos pensamientos se debatía, a un lado y a otro de la línea que separa una vida y otra, tratando de averiguar si permanecía ubicado en una muerte acaecida en vida o en una vida posterior a la muerte, intentando discernir por dónde se movía (la verdad es que el razonamiento es un tanto confuso, yo en su lugar no haría mucho caso). Digo que así estaba cuando sonó el timbre de la puerta. Era el cartero, aún no sabía si de corte celestial, con un sobre que le entregó en mano. Y vio, y leyó, y comprendió. La carta era de ella, la que nunca abandonaba a los suyos, que eran todos. Le escribía Hacienda: habían detectado irregularidades en su declaración, le convenía ir a verlos con la mayor urgencia.

Volvió a la vida porque, ciertamente, no hay duda alguna de que continuaba en este mundo: al Fisco le resbalan los muertos.

(Gracias por la visita. Cuando consiga reunir otro puñado de letras, vuelvo)

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Antros de perdición

 

Hace poco tiempo, entré en un antro. Yo he sido bastante de visitar antros porque en eso, como en todo, no se puede hablar de oído. Ni mucho menos escribir.

Antros hay de muchos tipos, algunos ni se tienen por tales y son los peores, los que arruinan pueblos enteros y quiebran dignidades, lupanares para fornicar a las personas y ciscarse en las leyes…,  y dejar el sexo en mera coyuntura. Mi tendencia hacia los antros es más normal: la firmaron los reductos de sota, caballo y rey, donde corría el dinero; y aquellos de sólo sotas, donde también corría, pero sólo en una dirección, hacia las sotas. Como decía, entré en un antro y me vi sorprendido. Han cambiado mucho, exhiben demasiada luz, excesiva, incluso, para estar en crisis. Los antros, no sé si se han fijado, no están bien señalizados, y me refiero a los que admiten público sin más requisito que disponer de papel moneda, nada de callejones oscuros y de contraseñas pactadas sobre bultos de gatos muertos. Menos mal que uno tiene sus recursos y hay unos neones de colores que son como códigos renegados del mundo arcano; vamos, que más claro, el agua. Pero, insisto, falta señalización, con lo ortodoxo que sería un letrero donde pudiera leerse: Antro de Perdición. No es tan complicado.

Entré en un antro, digo, por chutarme unas nostalgias de ímpetus agostados y porque, parece obvio, debía escribir este post basado en una experiencia. Mi atracción por los antros, ya lo he dicho, viene de lejos. De pequeño, fui un niño muy sobreavisado, y no quiero decir con eso que me advirtieran de las cosas mediante una entrega permanente de sobres; no, en absoluto, la cultura del sobre o sobrecultura, aun siendo planta de hoja perenne, me llegó posteriormente al conocimiento. Pretendía explicar que en mi casa eran dados a poner la venda antes que la herida y, así, te sobreavisaban de cuanto pudiera acaecer-te. Por ejemplo, me tenían muy advertido del peligro de caer en los antros, unos lugares inmundos. Pero, ya ves, tanta advertencia me estimuló en la dirección contraria.

Sentado en una banqueta de cuestionable diseño y enfrentándome a un gintónic, sin duda pensado para Botín (por el precio), una especie de gimbotín, comencé a meterme en vena el pasado. Recordé la primera vez que antroentré -tantos años ya- y la decepción cosechada; suerte que uno no se desanima con facilidad porque enseguida vi que allí había poco que perder o, mejor, nada por lo que perderse. La sensación decadente de aquel local alcanzaba a la camarera, mujer muy caducada de palabra y obra, según pude comprobar al poco de sumergirme en aquel clima, más propio de la competencia sanitaria o de un ejército de salvación que de una brigada antivicio.

A punto estuve de dar media vuelta, pero no tenía yo todavía impresa la soltura de esos ambientes, en los que más tarde sacaría sin esfuerzo no pocos cumlaudes. Pedí una ginebra, como si estuviera habituado a beberla con frecuencia, cuando la única experiencia de grado alcohólico se limitaba a la ingesta de algún bombón de licor en los cumpleaños de mi tía Mercedes.

Observé el entorno mientras la veterana guerrera -por el aspecto no iba huérfana de batallas- se disponía a servirme. Decepción tras decepción, no me daba la imaginación para recolocar en aquel local un poco de vida disoluta, como dicen los cursis. Perdiciones no había, y si la tentación se quedaba en la dueña de la barra, ni siquiera yo, harto necesitado de cariño extraoficial, estaba dispuesto a despeñarme por aquellos andurriales, ya habría otras oportunidades. Recuerdo que  ella habló:

- Aún no han llegado las chicas, guapo. Falta media hora.

- No se preocupe, señora, tomaré esa copa …

Me observó de manera rara, reacción que este pardillo no supo interpretar, cuando la dama únicamente pretendía captar algún síntoma de burla o sorna por haberla llamado señora. Aún no sabía, tampoco, que llamar señora a determinadas señoras no está ni medianamente bien visto por ellas mismas. Bueno, ¿y qué?, ella me había llamado guapo, el negocio es el negocio.

Le daba yo vueltas aquel día al viejo asunto del sexo, tan ponderado, por peligroso, y me preguntaba si no estaría excesivamente sobrevalorado, a la vista del panorama (hoy vuelvo a preguntármelo). Nos habían advertido en tantas ocasiones acerca de los antros, que resultaba descorazonador comprobar, una vez más, cómo la teoría y la práctica se daban de tortas, sin encuentros comunes donde recomponer su relación.

Y aquí, en este punto, se me interrumpieron los viejos pensamientos y regresé al momento presente porque se me acercó una de las perdiciones presentes en el antro, y traía argumentos sólidos. Pero esa historia sería otro post.

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El Estado del malestar

 

No estamos bien, nos han metido en una crisis y en una dinámica de recortes, y el monstruo al que nutrimos nos sigue mordiendo.

Me satisface coincidir con un admirado periodista: cuando él dijo que el Estado es una mierda, yo ya lo tenía escrito. Formaba parte este post de la trilogía emprendida como crítica -sin más pretensión que el desahogo, desde luego- a este sistema nuestro, inclinado hacia la escatocracia, y después de haber publicado Una mierda de ley y Una mierda de bancos. Puntualizo esto porque no me hace falta copiar a nadie: dejé de hacerlo cuando terminé los estudios y se acabaron los exámenes.

En mi modesta opinión y desde mi punto de vista, aunque en esta ocasión haya evitado ponerlo en el título, el Estado es una mierda. Además de cobarde. ¿Alguien le ha visto la cara? ¿No han oído eso de razones de Estado, que es como decir sinrazones por narices? De manera que se lleva nuestro dinero para hacer carreteras (simplificando la recolecta en gerundio); toda la vida se la pasa haciendo carreteras –por cierto, a ver si arreglan la de mi pueblo- y no sabemos nada de él, sino que se trata de un recaudador incansable que, cuando vienen mal dadas, y es el caso, deja de hacer carreteras, pero sigue esquilmándonos. Y a sus obras, hechas con nuestro dinero, añade los peajes en las autopistas, el copago en la Sanidad, la Justicia tarifada o las becas misérrimas en Educación, y construye aeropuertos sin aviones o autovías ruinosas, obras faraónicas de precio y enanas en su utilidad. Y nadie le pide cuentas al Estado. Todavía peor: en tiempos de crisis aumenta los impuestos y recorta las prestaciones, es decir, cobra más y gasta menos, y lo mismo da que sea un Gobierno de derechas o de izquierdas, a los dos les va bien el Estado como excusa. De hecho, aquí es donde la frase del poeta Nicanor Parra cobra sentido: la izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas. Aquí se orillan las ideologías, o sus restos, en nombre de las técnicas recaudatorias.

¿Y dónde está ese Estado, en qué lugar se enamoró de ti y de tus dineros? No se sabe, sólo conocemos que ya nacemos con el Estado puesto y apenas vislumbramos esa línea difusa trazada entre Estado y Gobierno, que se confunde y nos confunde, para llegar a la conclusión de que si no te fastidia uno, lo hace el otro; o sea, tan jodido es, ya que estamos en ello, enero como febrero. O marzo. Eso sí, los gobiernos pasan y el Estado queda, permanece. El Estado, vale decir, es un concepto político que, manejado por los hombres políticos, no tiene más vida propia que la simbiosis parasitaria, es decir, se mete en tu bolsillo y va tirando de lujo mientras tú te descuernas.

Ahora andan algunos deseando formar un Estado independiente, pero eso es como pretender secar el agua: no hay manera. El Estado es siempre el mismo, estés donde estés, y es dependiente… de tus aportaciones, no cabe la posibilidad de un Estado independiente; otra cuestión es que prefieras que te sangre Juanito en lugar de Pepito, porque cada Estado tiene su propia maquinaria recaudatoria, no te engañes; eso sí, a los gustos no hay consulta que los borre. Pero debes ser consciente de que seguirás alimentando la bicha y que eso de la independencia es trampa saducea para satisfacer ansias íntimas, vale decir, sentimientos. Poco más. Si prefieres que sea Juanito, pues Juanito te desplumará. No lo olvides: las necesidades se crean para después cobrarlas.  Nuestro gran problema es de enfoque: nos empeñamos en pedir independencia para el Estado, cuando deberíamos exigirla para nosotros, las personas.

Somos tan ilusos que a veces nos da la ventolera de querer cambiar las cosas, y eso está muy bien para satisfacer nuestras inquietudes, a las que tenemos derecho, faltaría más, pero ellos, los que manejan el cotarro, ya nos han visto venir antes de que demos el primer paso, se las saben todas y nos tienen controlados. Así  que nos permiten dar cuatro gritos exigiendo que cambie la situación en aras de una mayor libertad, justicia, equidad en el reparto de riqueza, destierro del hambre, fin de la miseria y otros descarnados etcéteras, aunque todo termine, con suerte, poniéndonos otra farola en el barrio o arreglando la loseta de la acera.

Hay que luchar, desde luego, así sea para desentumecer el músculo, pero no cambiará nada porque no les conviene; lo contrario pasaría por que se hicieran el haraquiri los que mandan, y no están por la labor: una cosa es que el Estado se amague y otra que sea gilipollas.

Y no. Es, simplemente, un Estado de …  (rellénese a voluntad la línea de puntos, ya saben lo que yo pondría)

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El menú de los enchufados

 

La crisis tiene su punto clasista, el suficiente para ratificar que ni en esa batalla económica somos todos iguales.

Una democracia no sólo es, entre otras cuestiones, la garantía de la libertad de expresión, el derecho a elegir los representantes políticos o el acceso sin trabas a la Justicia. También los matices son importantes. Y recortar desde los gobiernos la opción de manifestarse, mediante disposiciones gubernativas, limita la libre expresión; igual que las listas cerradas degeneran la elección de los políticos o la justicia de pago obligado acaba con la posibilidad de que acudan a ella quienes presentan mayor debilidad en su economía doméstica. Son desvaríos antidemocráticos que minan la esencia pura de los derechos establecidos de salida.

Los detalles cuentan y, todavía peor, resultan insultantes cuando se esconden y se convierten en una burla a los ciudadanos. De uno de ellos se trata aquí. Antes de entrar en materia, reconozcamos que gracias a los medios de comunicación nos hemos enterado de numerosos casos de corrupción política, de prevaricaciones de jueces, de malversaciones, blanqueos de dinero, fraudes, huida de capitales, amnistía fiscal soterrada en favor de los tahúres del reino… etcétera, y eso es justo reconocerlo. Asimismo, hemos conocido ciertos detalles, es el caso. Si por la tropa instalada en el poder fuera, ignoraríamos hasta esa media misa que hoy sabemos. Mejor no olvidarlo.

Digamos, pues, que no es preciso referirse a las grandes cuestiones de Estado: existen decisiones amagadas que duelen tanto o más porque discriminan y reinventan las clases sociales a favor de las mejor posicionadas. La oferta, por ejemplo, que el Gobierno distribuye en forma de menús y bebidas a bajo precio, sólo para políticos, funcionarios de ministerios y parientes directos. Mientras la crisis se ceba con los ciudadanos, estos privilegiados comen los menús que les pagamos todos los contribuyentes con los impuestos, y así alivian la crudeza de unos tiempos difíciles. A costa de los demás. Lejos de destinar ese esfuerzo generoso a los que necesitan la ayuda de verdad, se beneficia a unos trabajadores de sueldo consolidado y puesto de trabajo fijo.

La ruta de esta gastronomía, insultante para el resto de ciudadanos, arranca en el Ministerio de Empleo, donde se ofrece un menú a 3,40 euros, pudiendo elegir un primer plato entre tres sugerencias, un segundo de carne o pescado y postre, bebida incluida. No encontrará nadie en el madrileño Paseo de la Castellana chollo como éste, destinado a los funcionarios del ministerio y familiares directos. No es de extrañar que algunos regresen a casa al mediodía con la andorga llena, tengan o no que volver por la tarde. Muy cerca, en la cafetería del Ministerio de Hacienda  -aquí, Hacienda ya no somos todos- , puede comerse por 5 euros, menos de la mitad de lo que puede costar un menú sin subvención por esa zona.

Sigamos con la guía gastronómica. En los ministerios de Economía, Hacienda y Presidencia pueden degustar estos favorecidos un menú completo por menos de 7 euros, incluso de dieta. Poco importa que los señores diputados dispongan de una media mensual de 1.800 euros para atender a sus gastos de mantenimiento y alojamiento: en el restaurante del Congreso, los precios máximos que se pagan son: menú del día a 9 euros; desayunos, 1,05 euros y cafés, 0,85. No obstante, a los funcionarios les cuesta la mitad, 4,50 euros, al disponer de cheques de comida. En el Senado, el café con leche vale 1,05 euros y el menú del día sale por 8,35 euros.

¿Pero qué sería la vida sin un pelotazo, además subvencionado? Las bebidas alcohólicas, como gintónics, han sufrido este año en el Congreso un repunte, hasta los 6 euros, aunque todavía por debajo de los precios de mercado. Subieron después de que se conociera que sus señorías se los estaban metiendo entre pecho y espalda a menos de 4 euros la pieza.

No hay noticia de que a alguno de los beneficiados o de quienes amparan este agravio infligido a los pacientes ciudadanos se le haya caído la cara al suelo. De vergüenza, o sea.

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El botín de los patriotas

 

Hoy se elaboran estudios de casi todo. De una cola de lagartija te hacen un centro de interpretación en un pispás.

Si usted quiere saber cómo se aparea una codorniz, seguro que encuentra un sesudo tratado donde se explica no sólo el amor plumífero sino los motivos y hasta los resultados del acto. Otra cosa es que llegue un cazador y de un escopetazo liquide la coyunda y derivados, pero entonces podrá abordar otro estudio donde le serán explicados los impulsos ancestrales que invitan al hombre a echarse al monte con un arma en bandolera.

¿Todo esto sirve de algo? Bueno, no deja de ser conocimiento y hay que confiar en los estudiosos, que hacen lo que pueden por mantenernos informados. Por ejemplo, de la corrupción. Saber hasta dónde nos meten el estoque del descabello puede irritar, aunque esconder la cabeza bajo el ala tampoco soluciona gran cosa. Lo cierto es que un grupo de estudio ha tenido la valentía, no sé si temeraria, de abordar el coste que a este país le supone la corrupción. Casi nada.

Para abrir boca (de asombro e indignación), citemos el Informe anticorrupción publicado por la Comisión Europea, que coloca a España a la cabeza de la corrupción, con la puntualización de alcanzar ese lugar preeminente mediante los grandes fraudes. En el menudeo y las mordidas salimos mejor parados. Nosotros, a lo grande.

Pero la Universidad de Las Palmas ha querido ir un poco más allá y contarnos en cifras el coste social de esos patriotas que roban y corren a Suiza y a otras cuevas de Alí Babá a esconder el producto de su rapiña. Pues bien, lo que ha costado a la sociedad española esa práctica fraudulenta -ojo, hasta donde sabemos- se valora en 40.000 millones de euros. No soy tan ingenuo de creer que si no hubiera corrupción, se habrían evitado los recortes sociales, pero si esos 40.000 millones de euros se hubieran quedado en el país y en los lugares precisos, donde hacen falta, posiblemente iríamos un poco mejor a la hora de capear el temporal.

La cantidad concluyente de 40.000 millones de euros, según la Universidad de Las Palmas, expresa, a fin de cuentas, el impacto de la corrupción sobre la calidad de vida de los ciudadanos. ¿Se acuerdan de la calidad de vida? Ya me imagino que poco. Bien, pues frente a esta cifra tan elocuente contamos con unos políticos a los que les importa un pimiento semejante latrocinio, si tenemos en cuenta lo poco que hacen por remediarlo. Quizá porque la clase política está demasiado pringada en este deleznable unte. Con excepciones honrosas, por supuesto.

Recordemos algunos ejemplos, aunque la sociedad ya está suficientemente informada de los abusos, de la misma manera que se halla insatisfecha con las inexistentes medidas correctoras: un saqueo significativo de dinero público en España se detalla en el sumario del caso de los ERE de Andalucía. El fondo que constituyó la Junta en 2001 para subvencionar los ERE de empresas en crisis disponía de 721 millones hasta 2010. De esa cantidad se hizo un uso fraudulento de, al menos, 140 millones de euros.

También, las empresas que aparecen en los papeles de Bárcenas recibieron 4.894 millones de euros en adjudicaciones públicas de la Generalitat valenciana en tiempos de Camps…, las empresas de la trama Gürtel gestionaron 120 millones de euros…

Son detalles abrumadores -y brumosos porque nunca estarán claros- de cuanto se viene cociendo en los patios de estos Monipodios con ordenador a bordo. En conclusión, sepan que, de cuanto conocemos -que en absoluto será todo lo que se roba- la sociedad tiene un déficit de 40.000 millones de euros, y recuérdenlo cuando paguen sus impuestos.

Y si se irritan demasiado, no olviden que siempre podrán relajarse con otros sesudos trabajos. Como la cría de la codorniz… antes de que llegue el cazador.

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 9)

En Twitter: @PZudaire

 

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