Quiero la independencia

He dormido mal, llevo ya unas noches entre desvelos y revoltijo mental por culpa de no entenderme con mi ego.

Pasada la juventud, volví a la normalidad, a tener un solo ego, pero no me faltan los problemas. De entrada, desconocía que fuera tan susceptible, enseguida se raya. Sumamos años y años juntos, pero lo de ahora apunta a desavenencia gruesa.

Estábamos los dos en un centro comercial cuando tuve un pequeño gesto con un hombre que vendía pañuelos de papel, de ésos que nunca uso. No lo hice por el sentimiento que debe acompañar estas acciones, eso sería lo correcto, sino porque mi equipo había ganado y me encontraba eufórico. Tengo muy claro que, para ganar mi equipo, hay otro obligado a perder, por lo tanto no está ni medio bien mezclar un detalle positivo con la deriva de un resultado que produce damnificados. Eso lo sé. Sin embargo, mi ego no repara en esos detalles y va a lo suyo, a envanecerse y sacar la cabeza por encima de razones. Bueno, es un ego, tampoco vamos a pedirle peras al ego.

Como no podía quedarme callado, le expliqué lo que acabo de exponer e intenté hacerle ver que no era para estar orgullosos de nada. No hubo manera. Él insistió en que lo único importante es el resultado, un plagio de ese aserto tan manido y recuperado, cuando interesa, que defiende a ultranza el fin y justifica los medios.

Cuando se pone así, no lo soporto. Por más que estemos condenados a vivir juntos. En estas ocasiones me acuerdo del piso de estudiantes, donde tan difícil era la convivencia, especialmente en las zonas comunes. Pero allí, podías coger la puerta y echarte a la calle, a respirar y olvidar a aquel cabrón que nunca tiraba de la cadena… Eso no es posible con mi ego, estamos condenados a compartir cuerpo y mente.

El caso es que no nos hablamos y, todavía peor, él se mantiene decidido a hacerse notar sin perder ninguna oportunidad. Ayer mismo se puso ufano porque adelanté con la bici a otro ciclista. No era para tanto, subíamos una cuesta y yo iba bastante fastidiado, pero me animé al ver una sombra delante de mí, un bulto al que iba restando distancia. Hombre, no negaré que estas pequeñas hazañas satisfacen, pero al sobrepasar a mi víctima deportiva, comprobé que se trataba de un peregrino, ya entrado en años, y que, encima, iba cargado como si llevara la casa a cuestas. Me desinflé, claro está, pero él, mi ego, se hinchó como un pavo. Le critiqué su postura en nuestro lenguaje interno, y menos mal que es así nuestro código de comunicación porque iba con la lengua fuera, y me replicó que él es autónomo, hace lo que quiere y tampoco yo doy tantas alegrías, así que su obligación es aprovechar cualquier repunte para alimentar su vanidad. Que, curiosamente, también es la mía.

Duermo mal, ya lo he dicho, y hasta puede que a ustedes no les importe: la empatía cotiza a la baja desde que hemos aprendido a saber lo que es, pero, aun reconociendo que mi problema es mío, les recomiendo que se miren el ego aupado sobre el hombro y recapaciten si su autonomía no trae más perjuicios que beneficios. Yo, por mi parte, estoy deseando que me pida la independencia, porque no habrá tratado de la UE que pueda frenarla. He llegado a sintonizar tv3, a leerme las declaraciones de Junqueras, ver si pilla algo, pero no hay manera. No lo hará, los egos son muy suyos, necesitan dependencia, dónde apoyarse y a quién fastidiar y sacarle los colores. Aun así, me gustaría encontrar algún apoyo para incitarlo a pedir la independencia…

¿Quizá un revisionista?

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El lado bueno

Pasadas las elecciones, oremos, hermanos, para que los vencedores nos entreguen el 50% de lo prometido y podamos darnos todos con un canto en los dientes (deberían darle al que inventó esta expresión). Como la mayoría de electores no conoce a los candidatos personalmente, terminamos por comprar su imagen (y en algunos casos, ya es profesión de fe). Y ellos saben que, ahí, todos tenemos un lado bueno: yo me acabo de enterar. Tarde.

A veces me sumerjo en el zapeo televisivo y, en ocasiones, incluso hago parada y fonda de un minuto. O menos. Un día observé que la invitada a un programa era nada menos que una inefable señora, antaño sexualidad icónica de la peña y, sin duda, más preparada para la fotografía estática que para las imágenes con movimiento. Su mermada facilidad para el diálogo me recordó a aquellos actores que, según contaban, no supieron adaptarse al cine hablado desde su procedencia en papeles de películas mudas.

En fin, sea quien sea el que aparezca en un foro público, la tele también sirve, suelo mostrarme dispuesto a que me enseñe algo nuevo, así que permanecí con el dedo quieto durante ese minuto que algunas veces le robo a la compulsión digital. Dijo la doña que su ex marido -uno de ellos, en honor a la verdad porque, viuda, parece ya enredarse con otro- su ex marido, afirmaba, siempre hacía que se viera su lado malo, el de ella, y yo comencé a maquinar qué trasfondos ocultaría y, mejor aún, si nos sería dado el gozo de conocerlos. Pero, oh decepción, ella se refería al lado malo de su cara…, en absoluto a interioridades morbosas. Cosa física, sin más.

Ya iba a salir de naja, cuando añadió que todos, sin excepción, tenemos un lado bueno -insisto, en lo concerniente al físico facial-, y eso me procuró material virtual para pensar un rato. Porque, dando por hecho que yo lo tenía, ¿cuál era mi lado bueno?, ¿debí haber caminado siempre por una acera concreta para mostrar lo mejor de mí mismo?, ¿cuando iba a ligar, supe enseñar mi mejor perfil? ¿Por eso no me comí una rosca en aquellas tardes de orquesta, cubalibre y resaca de anacoreta? Y lo más importante: si no tuve en cuenta ese detalle, ¿cambié yo mismo mi destino por no haber sabido sacar provecho a mi imagen? ¿Adónde hubiera llegado en caso de haber añadido mi lado bueno a mis otras virtudes, bien que escasas? ¿Acaso a ministro de Educación, con nuevo plan incluido?

Y comencé a repasar, grosso modo, algunos momentos cruciales de mi vida, quizá modificados en mi contra por no haber sido consciente ni consecuente a la hora de esconder mi lado malo. Seguramente me posicioné del lado equivocado cuando el maestro me aplicaba sus métodos docentes de palo y tentetieso; ni que decir tiene que no supe situarme adecuadamente en  la entrevista de trabajo mantenida inmediatamente después de haber salido de la facultad con el título en el bolsillo. No se entiende de otra manera que el director de aquel periódico, rotativo que colmaba mis sueños, me rechazara por no ajustarse mi perfil a su diario, y cito textualmente. ¿Mi perfil sociológico? Por Dios, si yo sólo quería escribir al dictado, como se hace siempre; si en mis 14 periódicos trillados supe acomodarme a todo el abanico de ideologías posible… con tal de seguir trabajando. Tragué sapos, claro, ¿y quién no? Hay que comer a diario. ¿Nadie sabe que el periodismo es como el oficio de las putas, al servicio de quien paga? Vean: cuando estás arriba, vales mucho y eliges; al ir decayendo, te acomodas a las ofertas; en plena decadencia, coges lo que haya. ¿En todo caso, hay algún oficio en el que cada cual puede hacer su santa voluntad? ¿No será que el oficio más antiguo lleva impreso un compendio de rasgos y características comunes al resto, a los que vinieron después?

En fin, ¿de qué perfil me hablaba aquel mamarracho? ¿El suyo? ¿El que más tarde se sentó en el banquillo por cobrar lo que no debía? Pero no me voy a calentar más, aquí se habla del lado bueno físico, y yo no llego a tiempo de explotarlo, pero si alguien está por ahí y se mueve entre pretensiones ambiciosas y legítimas, sepa que dispone de esa baza. O más claro: tiene un lado malo que deberá esconder como si fuera una cuenta en Suiza de cualquier chorizo al uso. Ejemplos hay y avisados quedan.

En serio, forma parte de la vida, cada vez más, eso de venderse y mostrar el perfil aparente. Superficialidad a la enésima potencia. Superadas las elecciones, acabamos de comprar el lado bueno del marketing -programas incluidos- , y el otro, el que importa de verdad, si lo hay, ya lo iremos descubriendo. Que haya suerte.

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Ganadores y perdedores

 

Acabo de leer que Leticia Sabater se ha operado y vuelve a ser virgen. Enhorabuena, por decir algo. Porque, ¿gana con ello? No lo sé; en mis tiempos, uno de los mensajes que podíamos leer en la pared de la universidad era: La virginidad es una enfermedad, vacúnate. No podría, pues, asegurar si la simpar presentadora ha dado un paso adelante o su íntima novedad supone recular un paso, y perdonen el verbo. El oficio de remiendavirgos viene de antiguo y ya lo practicaban las celestinas, pero eran apaños mal hilvanados. No como ahora, que todo queda liso y sin pespuntes. Y el contador, a cero.

Hace unos días, otra noticia daba cuenta de que un médico italiano se plantea seriamente el trasplante de cabezas en humanos. Otro prodigio, como la desaparición de la mili, que me llega tarde. No me hubiera importado cambiar de cabeza cuando ésta, la autóctona, no supo sacarme de apuros en más de una ocasión. En todo caso, cabeza y virgo a estrenar son asombros. No corremos, volamos subidos a los portentos de este siglo.

El pasado domingo, por ejemplo, se reveló otro fenómeno hasta ahora inexistente en este país. En nuestra experiencia democrática de acudir a las urnas y valorar los resultados, no aparecían  jamás los perdedores a la hora de la resaca. Todos los políticos ganaban y así lo explicaban públicamente. Pero eso es también historia: en esta ocasión, el pasmo de nuevo cuño es que hay damnificados; y, ciertamente, bien colmados de penitencias originadas por sus graves faltas.

Sí, aquí y ahora hay una buena ristra de perdedores. Embutidos en trajes de prepotencia y luciendo camisas de manga ancha ante el reclamo de la ética, se han dado un buen batacazo algunos de los protagonistas, o parientes próximos, de tanto titular sobre corrupción. De rebote por el hastío consumido, el binarcisismo ha hecho también aguas, y sus figuras ya saben a estas alturas que nadie está en disposición de comprar la eternidad, como creían después verse reflejados durante lustros como los más guapos del río. De hecho, parece hasta mentira que no se olieran algo de lo ocurrido. Avisos ha habido a manta. Claro que el tsunami se lleva por delante a todos, y algún justo pagará por los pecadores, pero es evidente que arranca una nueva etapa y está por ver cómo resulta.

Porque ésa es otra. Las promesas de barrer bajo la alfombra, abrir las ventanas y orear las habitaciones son de agradecer, pero no pasarán la prueba del nueve si, al final, todo queda en nada y regresamos al cansino hábito de acumular  más mierda. Aunque sea nueva mierda. Es una buena ocasión para demostrar que se pueden hacer cosas sin meter mano en la caja, sin defender a ultranza lo indefendible por ser del mismo partido…, sin burlarse del ciudadano, sin esquilmar el país, sin limitar el patriotismo a engordar la propia cartera…  ¿Serán capaces de cumplir los recién llegados?

Y lo más importante: ¿seremos los ciudadanos ganadores o perdedores después de este escrutinio? Comencemos a tomar nota.

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