El lado bueno

Pasadas las elecciones, oremos, hermanos, para que los vencedores nos entreguen el 50% de lo prometido y podamos darnos todos con un canto en los dientes (deberían darle al que inventó esta expresión). Como la mayoría de electores no conoce a los candidatos personalmente, terminamos por comprar su imagen (y en algunos casos, ya es profesión de fe). Y ellos saben que, ahí, todos tenemos un lado bueno: yo me acabo de enterar. Tarde.

A veces me sumerjo en el zapeo televisivo y, en ocasiones, incluso hago parada y fonda de un minuto. O menos. Un día observé que la invitada a un programa era nada menos que una inefable señora, antaño sexualidad icónica de la peña y, sin duda, más preparada para la fotografía estática que para las imágenes con movimiento. Su mermada facilidad para el diálogo me recordó a aquellos actores que, según contaban, no supieron adaptarse al cine hablado desde su procedencia en papeles de películas mudas.

En fin, sea quien sea el que aparezca en un foro público, la tele también sirve, suelo mostrarme dispuesto a que me enseñe algo nuevo, así que permanecí con el dedo quieto durante ese minuto que algunas veces le robo a la compulsión digital. Dijo la doña que su ex marido -uno de ellos, en honor a la verdad porque, viuda, parece ya enredarse con otro- su ex marido, afirmaba, siempre hacía que se viera su lado malo, el de ella, y yo comencé a maquinar qué trasfondos ocultaría y, mejor aún, si nos sería dado el gozo de conocerlos. Pero, oh decepción, ella se refería al lado malo de su cara…, en absoluto a interioridades morbosas. Cosa física, sin más.

Ya iba a salir de naja, cuando añadió que todos, sin excepción, tenemos un lado bueno -insisto, en lo concerniente al físico facial-, y eso me procuró material virtual para pensar un rato. Porque, dando por hecho que yo lo tenía, ¿cuál era mi lado bueno?, ¿debí haber caminado siempre por una acera concreta para mostrar lo mejor de mí mismo?, ¿cuando iba a ligar, supe enseñar mi mejor perfil? ¿Por eso no me comí una rosca en aquellas tardes de orquesta, cubalibre y resaca de anacoreta? Y lo más importante: si no tuve en cuenta ese detalle, ¿cambié yo mismo mi destino por no haber sabido sacar provecho a mi imagen? ¿Adónde hubiera llegado en caso de haber añadido mi lado bueno a mis otras virtudes, bien que escasas? ¿Acaso a ministro de Educación, con nuevo plan incluido?

Y comencé a repasar, grosso modo, algunos momentos cruciales de mi vida, quizá modificados en mi contra por no haber sido consciente ni consecuente a la hora de esconder mi lado malo. Seguramente me posicioné del lado equivocado cuando el maestro me aplicaba sus métodos docentes de palo y tentetieso; ni que decir tiene que no supe situarme adecuadamente en  la entrevista de trabajo mantenida inmediatamente después de haber salido de la facultad con el título en el bolsillo. No se entiende de otra manera que el director de aquel periódico, rotativo que colmaba mis sueños, me rechazara por no ajustarse mi perfil a su diario, y cito textualmente. ¿Mi perfil sociológico? Por Dios, si yo sólo quería escribir al dictado, como se hace siempre; si en mis 14 periódicos trillados supe acomodarme a todo el abanico de ideologías posible… con tal de seguir trabajando. Tragué sapos, claro, ¿y quién no? Hay que comer a diario. ¿Nadie sabe que el periodismo es como el oficio de las putas, al servicio de quien paga? Vean: cuando estás arriba, vales mucho y eliges; al ir decayendo, te acomodas a las ofertas; en plena decadencia, coges lo que haya. ¿En todo caso, hay algún oficio en el que cada cual puede hacer su santa voluntad? ¿No será que el oficio más antiguo lleva impreso un compendio de rasgos y características comunes al resto, a los que vinieron después?

En fin, ¿de qué perfil me hablaba aquel mamarracho? ¿El suyo? ¿El que más tarde se sentó en el banquillo por cobrar lo que no debía? Pero no me voy a calentar más, aquí se habla del lado bueno físico, y yo no llego a tiempo de explotarlo, pero si alguien está por ahí y se mueve entre pretensiones ambiciosas y legítimas, sepa que dispone de esa baza. O más claro: tiene un lado malo que deberá esconder como si fuera una cuenta en Suiza de cualquier chorizo al uso. Ejemplos hay y avisados quedan.

En serio, forma parte de la vida, cada vez más, eso de venderse y mostrar el perfil aparente. Superficialidad a la enésima potencia. Superadas las elecciones, acabamos de comprar el lado bueno del marketing -programas incluidos- , y el otro, el que importa de verdad, si lo hay, ya lo iremos descubriendo. Que haya suerte.

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Ganadores y perdedores

 

Acabo de leer que Leticia Sabater se ha operado y vuelve a ser virgen. Enhorabuena, por decir algo. Porque, ¿gana con ello? No lo sé; en mis tiempos, uno de los mensajes que podíamos leer en la pared de la universidad era: La virginidad es una enfermedad, vacúnate. No podría, pues, asegurar si la simpar presentadora ha dado un paso adelante o su íntima novedad supone recular un paso, y perdonen el verbo. El oficio de remiendavirgos viene de antiguo y ya lo practicaban las celestinas, pero eran apaños mal hilvanados. No como ahora, que todo queda liso y sin pespuntes. Y el contador, a cero.

Hace unos días, otra noticia daba cuenta de que un médico italiano se plantea seriamente el trasplante de cabezas en humanos. Otro prodigio, como la desaparición de la mili, que me llega tarde. No me hubiera importado cambiar de cabeza cuando ésta, la autóctona, no supo sacarme de apuros en más de una ocasión. En todo caso, cabeza y virgo a estrenar son asombros. No corremos, volamos subidos a los portentos de este siglo.

El pasado domingo, por ejemplo, se reveló otro fenómeno hasta ahora inexistente en este país. En nuestra experiencia democrática de acudir a las urnas y valorar los resultados, no aparecían  jamás los perdedores a la hora de la resaca. Todos los políticos ganaban y así lo explicaban públicamente. Pero eso es también historia: en esta ocasión, el pasmo de nuevo cuño es que hay damnificados; y, ciertamente, bien colmados de penitencias originadas por sus graves faltas.

Sí, aquí y ahora hay una buena ristra de perdedores. Embutidos en trajes de prepotencia y luciendo camisas de manga ancha ante el reclamo de la ética, se han dado un buen batacazo algunos de los protagonistas, o parientes próximos, de tanto titular sobre corrupción. De rebote por el hastío consumido, el binarcisismo ha hecho también aguas, y sus figuras ya saben a estas alturas que nadie está en disposición de comprar la eternidad, como creían después verse reflejados durante lustros como los más guapos del río. De hecho, parece hasta mentira que no se olieran algo de lo ocurrido. Avisos ha habido a manta. Claro que el tsunami se lleva por delante a todos, y algún justo pagará por los pecadores, pero es evidente que arranca una nueva etapa y está por ver cómo resulta.

Porque ésa es otra. Las promesas de barrer bajo la alfombra, abrir las ventanas y orear las habitaciones son de agradecer, pero no pasarán la prueba del nueve si, al final, todo queda en nada y regresamos al cansino hábito de acumular  más mierda. Aunque sea nueva mierda. Es una buena ocasión para demostrar que se pueden hacer cosas sin meter mano en la caja, sin defender a ultranza lo indefendible por ser del mismo partido…, sin burlarse del ciudadano, sin esquilmar el país, sin limitar el patriotismo a engordar la propia cartera…  ¿Serán capaces de cumplir los recién llegados?

Y lo más importante: ¿seremos los ciudadanos ganadores o perdedores después de este escrutinio? Comencemos a tomar nota.

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Cuentos chinos

 

Abran los oídos, vivimos con los contadores de cuentos instalados en la calle. De golpe, no hay ninguno que no sepa rematar sus relatos con el broche, manido y secular, de felices y perdices; en qué lugar permanecían ocultos y faltos de soluciones hasta ahora, no se sabe, pero es como si la ciencia infusa se hubiera apoderado de ellos, la misma que los abandonará, probablemente, al minuto de pisar la moqueta. O repisar, que de todo habrá. Del plomo sale oro con la alquimia del pico, y donde no había salidas, sobra por decalitros el bálsamo de fierabrás, y si hace un cuarto de hora únicamente triunfaban los recortes, ahora pastan las promesas de vacas gordas a reventar. Sólo si lo votas a él. Se acabó la miseria, de ilusión también se vive. Viva la  credulidad, que nos permite cumplir los requisitos y trámites establecidos al toque de campana y sostener así el sistema. Cuentos, cuentos, cuentos…

 ¡No me vengas con cuentos chinos!, solían decirnos cuando estas alusiones etnológicas eran políticamente correctas. Entonces, China estaba mucho más lejos que hoy, ni en broma tropezabas con uno de sus súbditos por la acera, y la frase de marras se traducía, llanamente, por falsas promesas, engaños o intentos de. Hoy no la pronunciamos porque los chinos de verdad nos rondan por las calles y podrían sentirse ofendidos, aunque esa delicadeza de prudencia concedida, por nuestra parte, no modifica en absoluto el concepto que todavía mantenemos sobre qué es y qué pretende un cuento chino.

Tengo visto en el parque un bonito cerezo chino. Debe de estar ahora en campaña electoral. No da cerezas, pero sí da…  gusto verlo. Podría alegarse en su contra esa tozuda ausencia de fruto, pero es ley no escrita que nadie es perfecto. Incluso esa banda de chorizos que oscurece la luz del sol en este país no puede tenerlo todo y acaba -si no completa, buena parte-, entre rejas. Pierden la impunidad, se delatan al creerse dioses irreprochables y aterrizan de bruces en  el fango. No, no se puede alcanzar la perfección, es verdad. Lo sé porque también yo soy cerezo chino: de más ruido que nueces, para dejarlo claro. Eso sí, mis limitaciones no se abonan con dinero público.

La huella de China, decía, aparece hoy en la mayoría de lugares -no sólo en mi parque-, y cualquiera es poseedor de algo originario de aquel país. Bueno, de hecho resulta casi imposible no tenerlo y si usted cree que lo ha conseguido, haga el favor de repasar, por arriba y por abajo, esa tostadora alemana de la que se siente tan orgulloso y verá cómo por ahí, escondida, aparece la marca del made in que lo pondrá mirando a Oriente. Y no por ser china, sino porque se la metieron doblada con intención de engañar. Ése es el problema. Importa menos el producto que la burla.

Tú puedes acudir a un mitin y confiar en la persona que sale a la palestra a desgranar un programa y prometer una trayectoria apetecible. Es más, habrá detalles que, de no cumplirse, podrás entender, hacerte cargo porque los imponderables, los malditos imponderables, terminan por imponerse a las voluntades más firmes. Es posible que ese candidato luzca un interior colmado de buena fe y que, más tarde, alguien lo ponga en su sitio y le explique que las campañas no pasan de ser eso, campañas. Campañas donde se promete el oro (lo del moro, lo dejamos para otro día).

Pero más allá de ese encuentro comprensivo con el político, al que estás dispuesto a llegar, existe un tope de indecencia que no es posible traspasar sin sufrir arcadas: el engaño por el engaño, el cuento chino planificado y prefabricado antes de subir al escenario, el escarnio elaborado desde el robo, el desahogo de nutrirse de sobresueldos obscenos, los mil y un abusos derivados del cargo y en el propio beneficio, aumentarse el sueldo sin consuelo cuando la gente las pasa putas,  enchufar a  los amigos…. Todas esas prácticas perfectamente maridadas con los sinvergüenzas.

Por eso, ahí sentado, oyendo al candidato te entra la duda de si estarás ante una nueva patraña o en esta ocasión será posible digerir sin sobresaltos ese discurso esperanzador. Quisieras creer, te gustaría olvidar el pasado reciente, poner la ilusión en el voto…, ya sabes qué hay al otro lado de los sistemas democráticos, y no es nada bueno. También eres consciente de que la imperfección de los sistemas se multiplica por mil cuando caen en manos de corruptos.

¿Qué hacer, entonces? Muy fácil: si viviste cuando la noche oscura no dejaba ver las urnas, corto es el consejo, sabes de sobra qué conviene; y si llegaste a este mundo con la oprobiosa finada, pregunta por ahí, y te dirán hasta hartar.

Hay lo que hay, luchemos por que haya algo un poco mejor.

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