92) Buenos días (*)

 

No todas
somos infantas

No podría serlo, con estos pelos, y por eso nunca tendré un fiscal infantizado que, en vez de acusar, me defienda.

Se acabó lo que se daba, que no era nada, y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza, y el señor cura a sus misas. Gracias, Serrat. Ya puede doña Justicia, con nuestro respeto y acatamiento, vestir de celofán el dulce caramelo de su decisión y enviarlo por seur al distrito de Pedralbes o al domicilio que ahora soporte la tramontana judicial. Siempre sostuve que es mucho más fácil hallar un abogado defensor que te acuse que encontrar un fiscal defensor y, sin embargo, vivir para ver. En cualquier caso, nos merendamos una zarzuela de  marisco -no muy fresco, por el cante que despide-, regado con Colares de Estoril.

No, ni yo ni muchas más somos infantas. En mi caso, la depilación a la cera dejaría a oscuras un buen número de iglesias, por escasez de velas, pero no me hubiera importado vivir la experiencia de serlo. Sobre todo en este país de Audiencia empalmada, para verla rendida a mis encantos y convertida en audaz defensora de mis mermadas entendederas, porque la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, bien lo dice el evangelio y, siendo así, no tiene una por qué saber en qué anda metido el marido, y si trae pasta abundante y generosa, él sabrá, no se mantiene a una infanta con el sueldo de un tornero, qué coño me explican.

Lo que hay que oír del populacho, porque audiencia viene de oír, del verbo audio, a ver si estudiamos un poco de latín y no nos vamos siempre por los cerros pardos de la gramática bajofondista, de pensar mal de todo y canear a la realeza ahora que anda baja de defensas. Una entiende que las envidias corroan, pero no puede comprender la inquina oxidante de gente contra la que nada malo he hecho en mi vida. Que se os llena la boca de apostar por la justicia y cuando ésta emite una decisión o un fallo -curioso, el nombrecito- os dais a todos los demonios y os sentís frustrados porque no me empluman. Lo que hay que oír. ¿Sabréis más vosotros que yo de la intimidad que guardo con mi marido, so listos?

Otrosí, las infantas damos lustre a una sociedad gris, sin brillo; llenamos los envases cuché, os entretenemos con nuestras andanzas y malandanzas, os diferenciamos de esas sociedades ahítas de gordos hamburgueseros, que ni un triste rey tienen para echarles pedigrí dinástico a sus negros algodonales. Y vosotros nos lo pagáis así, con esa mezquindad de cuestionar a la Audiencia porque nada prueba que yo sea lista y sepa cuanto ocurre en mi casa. Bastante tengo con lo mío, pero no esperen que eso lo desvele, ¿o acaso me cuentan ustedes sus intentos de defraudar a Hacienda, el absentismo secular y otros desatinos que leo en la prensa?

Estoy contenta, pero contenta relativa, como un pronombre, con ese regusto de malestar provocado por las posturas críticas y ácidas, como si no bastara haberme tenido en la picota del honor durante un buen trecho. El día en que se exporten infantas a países faltos de nuestra rutilante clase vip y exquisita gracia, ya hablaremos; os vais a enterar de lo que vale un peine (envuelto en un palacete, desde luego)

Por cierto, he de hablar con mi marido y dejárselo muy claro: No quiero que me cuentes nada, si no desgrava. Que las audiencias oyen.

Hablo como una infanta, oye.

(*) Sírvanse ustedes y, en función de la hora, pónganse un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 19)

 

 

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91) Buenos días (*)

 

¡Es la psiquiatría, estúpido!

La frase surgida en la campaña de Bill Clinton como un enorme hallazgo -la economía, estúpido- ha pasado a peor vida. De ésta no nos sacarán los economistas.

Volví al psiquiatra. De mi anterior visita salí impresionado, no tanto por saber que tenía dos egos, como por conocer la existencia de personas que suman tres, cuatro y hasta seis. En parte, me molestaba que hubiera unos seres superiores, que, en el mismo espacio de tiempo que yo -los años que nos concede la muerte-, fuesen capaces de vivir experiencias tan ricas. Como si disfrutaran de diferentes vidas a la vez.

Además, yo tenía un segundo ego de quita y pon, apenas me duraba una Navidad, cuando me convertía en otro, cuando me volvía amable, cuando creía sin asomo de duda que la familia era cosa de siete días. Pero, con la llegada del Año Nuevo, mi viejo ego echaba al nuevo y recuperaba el ser impresentable que era antes del 24 de diciembre. Sin embargo, ahora sabía, gracias al psiquiatra, que no faltaban en el mundo personas con varios egos, mantenidos de forma estable.

No he estudiado medicina, ni psiquiatría, sólo me asiste la experiencia de vérmelas conmigo, así que pedí al doctor una explicación llana, una manera fácil de entender por qué los egos se reparten de manera tan caprichosa, y algunos debemos conformarnos con uno -aunque esté hinchado- y otros disfrutan poco menos que de un catálogo. Después de saludarnos efusivamente, no en vano soy ya cliente,  me invitó a tumbarme en el diván, y no por prescripción, sino que, así me lo aclaró, era mejor buscar una postura cómoda ante la facundia que se me venía encima.

- Se lo explicaré gratis y de forma que lo entendería cualquier idiota- dijo.

- ¿Incluso yo? –pregunté, por si acaso.

Iré al grano de cuanto me expuso, así ahorramos tiempo. Al parecer, los casos más evidentes de personas con varios egos se refieren a mentes privilegiadas, individuos que acostumbran a vivir sin dar golpe. La gente con preocupaciones, bastante tiene con mantener uno. Ése es el punto de partida. Y si hablamos de ociosos, nos vamos, generalmente, a tipos con dinero, cuyas personalidades cuadruplicadas son utilizadas para ser unos al pagar la renta a la Hacienda de su propio país y otros diferentes cuando abren cuentas secretas en Suiza, Luxemburgo o islas Caimán. Era un ejemplo, pero hubo muchos más. Con la corrupción, ocurre lo mismo. Es el caso reciente de las dietas cobradas por asistir o no asistir a reuniones inanes: un político está trabajando duro por el pueblo al que sirve, y uno de sus egos, taimadamente, se escapa a cobrar esas dietas. Luego le cuesta explicar que se ha tratado de un ego desmadrado, y mucho más concretar qué ego se ha quedado con la pasta. Porque, eso sí, la desaparición del dinero es una constante en cualquier rama, científica o no.

Casos habituales de multiegos se refieren, pues, a los políticos; especialmente a los líderes, y basta con fijarse un poco. Si no fuéramos por la vida con las orejeras puestas y mirásemos a los lados, para calibrar las dimensiones y reparar en los detalles, ya nos habríamos dado cuenta de que nada tiene que ver el político que da el mitin y presenta su programa electoral con el político -aparentemente el mismo- que carece de memoria sobre lo prometido en cuanto pilla poder.

La cosa funciona así: un ego se ocupa del espacio estridente del mitin, otro muestra el programa, otro abraza a niños y viejecitas por las calles, otro acude a la tele vestido de populismo…; también hay un ego para valorar los resultados electorales -es un clásico- y se emperra en afirmar que ha ganado, sin importar los batacazos cosechados. El público se lo toma a risa -mal hecho- y la verdad es que sí ha ganado, porque, al margen de los votos recaudados, continuará viviendo cojonudamente hasta las próximas elecciones. Finalmente -no se olvide que estamos hablando de la misma persona multiego-, el ego del poder ni sabe ni quiere saber nada de los otros: ya no abraza a nadie y si ve un niño cerca, lo mismo le sacude una hostia; el programa no aparece, las promesas no existen y se niega a rendir cuentas. Como mucho, reconoce ser víctima de sus otros egos, pero lo cierto es que todos sabemos quiénes son las víctimas.

Al final, pese a haberme dicho lo contrario, el psiquiatra me cobró la consulta, negó su promesa de gratuidad y me reprochó que quisiera aprovecharme cuando no nos conocíamos de nada. No quise discutir ni tampoco me extrañó que, poco después, alguien me comentara su más que segura presencia en las listas de un partido político.

En resumen, no puede explicarse sin la erupción de múltiples egos que una concejala de Pamplona, verbi gratia, se reúna consigo misma y cobre por ello, ni que un honrado padre de familia se vaya a un paraíso fiscal con el maletín lleno, ni que un político se corrompa…, son los egos díscolos los autores de esas fechorías.

La solución a la crisis y al descojono financiero no pasa por los economistas, sino por extirpar los egos sobrantes: los corruptos, los que roban y los que no tienen puta idea de gobernar. Y esos recortes, no nos engañemos, están en manos de los psiquiatras.

¡Loqueros al poder, ya!

  (*) Sírvanse ustedes y, en función de la hora, pónganse un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.

 

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 12)

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90) Buenos días (*)

 

 

Jubilados
entre rejas

No, el título no hace referencia a una nueva medida del Gobierno para solucionar el gasto de las pensiones. Todo se andará, depende de Merkel y su neura.

Éste de las pensiones es un asunto muy abordado y poco solucionado, pero, por encima de todo, es una cuestión aún pendiente y, todavía peor, sobre ella se posan nubarrones amenazadores: lo que hoy parece malo, mañana, a este paso, podría despertar la nostalgia de un grato recuerdo porque lo pasado fue mejor. Pero, aparcando ese grave problema, aquí se habla hoy de los jubilados presos. Que los hay.

Si usted tiene pensado acabar con ese conocido que nació incordio, se crió molestia y ya anda por mosca cojonera, déjelo, no vale la pena, sería su ruina. Pero si le fallan los argumentos para echarse atrás y considera que le ha llegado su hora -la de él, claro está-, no se lo piense demasiado y hágalo cuanto antes, no espere a la jubilación porque lo mismo no llega, cada vez la retrasan más, y, por supuesto, se equivoca si cree en esa leyenda urbana que explica cómo, a partir de cierta edad, vale todo y no hay cárcel ni castigo para personas provectas.

Tengan cuidado ahí fuera; los mayores de 70 y de 80 años sí van a la cárcel y, encima, se ven obligados a vivir en edificios que jamás fueron pensados para albergar a personas de la tercera edad. Se dice que, por su situación vulnerable, ese sector de la sociedad no pisa una prisión, pero  la realidad desmiente esa teoría, perdón, esa tontería. En estos momentos hay 2.051 internos con más de 60 años en las prisiones españolas, el 2,9% de un total de 69.113. De ellos, 1.700 están entre los 60 y los 69 años; 303 entre los 70 y los 79; y 48 tienen más de 80. Y aunque parezca escaso ese porcentaje sobre el total de la población reclusa, tendremos que admitir que  no es tan irrelevante, si tenemos en cuenta que, a medida que se cumplen años, se van perdiendo los apetitos. Incluso el ansia de delinquir, además del otro.

Entre los jubilados que hoy residen entre rejas, se encuentra un poco de todo: hay homicidas, agresores sexuales, maltratadores, estafadores reincidentes, traficantes de droga…, personas condenadas por delitos graves que no logran evitar la prisión a pesar de su edad avanzada.

Es cierta la existencia de una regla general, cuya letra reza que alguien con más de 70 años no debe estar en prisión, pero esa disposición no está exenta de excepciones para garantizar la inexistencia de impunidad absoluta. No hace mucho, las mafias del narcotráfico -espero que no sea éste su caso- se dieron cuenta de la ventaja de esa regla en favor de quienes suman siete décadas, y comenzaron a aprovechar a septuagenarios para transportar la droga. Sirvió de poco, porque una cosa es facilitar la libertad condicional de una persona mayor y otra  construirle al delito una autopista sin peaje.

Así están las cosas; por eso, si están pensando en hacerla gorda, no esperen a ver qué edad considera el Gobierno aparente para ser un jubilado. Además, cuanto antes se decidan, más tiempo tendrán para arrepentirse.

De nada.

 (*) Sírvanse ustedes y, en función de la hora, pónganse un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.

 (Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 5)

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89) Buenos días (*)

 

Te quiero, Pantoja

Isabel, estoy contigo. Ni cárcel ni devolución, no vas a ser tu menos que la ristra de chorizos que te precedieron. Y la que vendrá.

Maldita sea esa justicia y la madre que la parió, Pantoja mía, que nos enseña el trampantojo -diríase que la palabra es tuya- de tu sentencia y nos esconde el solomillo del hurto. No eres tú quien va a Suiza y vuelve de vacío, no eres tú la que esquilma el Tesoro nacional, ni eres tú la que pone la divisa, de fuga y oro, en el morrillo de un paraíso fiscal. Un país donde el que no roba no mama se ceba en tus carnes, prietas las imagino, por la envidia emanada de verte amazona, bitetal y exuberante, de las marismas.

Aquel drama arrancado por la taimada cornada de Avispado se cierra ahora con dos años de cárcel virtual y una multa de tráfico (tráfico de pasta), y la España de los faralaes, traidora y veleta, mira hacia otro lado. Ya no llora contigo. Tu carita de cera la echan del museo al arroyo, sin contemplaciones. Ni siquiera el Norte, ese pedazo de la piel de toro que odia tu folclore y llena los teatros por donde pisan tus pies morenos, se pronuncia… si no es para repetir, como lorito global, que se ha hecho justicia. Y una eme pinchada en un palo.

No tienes pecado mayor, querida mía, que tus malandanzas con ese Cachuli de medio pelo y pantalón sobrecinturado que, sin más gracia que una alcaldía esquilmada, te llevó al huerto. Eso sí es imperdonable. Hubieras encontrado, a millares, galanes dispuestos a compartir los polvos del Rocío, los del camino, digo, sin tener que verte arrimada a un truhán que, mírate, adónde te ha conducido. Cuando pongo en el mismo plano visual a tu difunto de arena dorada y a ese gañán, se me cae el alma al suelo. Y debería pasarte lo mismo.

Hacen sangre de tu trompazo, Pantoja, y el pueblo engañado respira hondo porque te llevas lo merecido, ese mismo pueblo que te elevó a los altares copleros y que volverá a idolatrarte cuando regreses a las tablas con tu voz de pentagrama superado.

Pues yo quería decirte, ahora, en mitad de la tormenta, que te quiero. Y me niego a formar parte de las hordas aprovechadas, me resisto a verte humillada porque, al fin, ha sido un amor extraviado, equivocado, despertador de avaricias innecesarias, el que te ha llevado a este brete, y lo que se hace por amor, aun incomprensible, no hay justicia que pueda, ni deba, remediarlo. El día en que los jueces decidan el amor, estaremos perdidos, mucho más que ahora, cuando juzgan el peso de cuatro migas para echar a los pollos y se dejan sacos llenos de trigo sin orear al viento de las leyes.

Me duele que no vayas un ratito a la cárcel, reina mía, porque es algo que hubiera engordado tu biografía hasta desparramarse en mito. Pero hasta eso lo hacen mal, y te privan de alcanzar el Olimpo mediático de unas rejas desgarradas por el grito jondo.

Te quiero, Pantoja, blanqueaora mía.

 

(*) Sírvase usted mismo y, en función de la hora, póngase un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 28)

 

 

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88) Buenos días (*)

 

A 140 por la AP-15

A veces da igual cómo te expliques, nadie logra entenderte. Ni siquiera aunque vayas a pagar una multa.

Como iba salir de viaje, me personé en la Jefatura de Tráfico a ponerme en paz con mis obligaciones. Hice la cola correspondiente y se lo dije al funcionario con mi mejor voz, para que no hubiera dudas y pudiéramos, él y yo, retornar a lo nuestro. El diálogo fue así:

-  Mire usted, dentro de dos horas salgo de viaje con el coche; vamos la mujer, los niños y la suegra, sí, la suegra, en mi casa somos así. Queremos acercarnos a Port Aventura y pasar por la zona los dos días que la actividad laboral -y usted perdone, somos afortunados- nos permite. Entonces, yo venía a pagar una multa por exceso de velocidad, y le explico: exactamente circularé a 140 km/hora por la AP-15. ¿Cuánto es?, cóbreme.

-  ¿Estamos de cachondeo? Porque aquí también somos afortunados de tener trabajo y no nos apetece perder el tiempo con graciosillos como usted.

-  Perdone, yo lo único que pretendo es ser previsor y pagar por unos hechos que, no lo dude, voy a perpetrar contra el Reglamento General de Circulación. Ah y, de paso, cóbreme otra multa por ir con una bombilla fundida, no la pienso arreglar hasta la vuelta; yo no tengo ni idea de cambiarla. Así, ¿cuánto es todo?

-         Al final tendré que enfadarme, no estamos aquí para cobrar unas sanciones que no existen.

 -  Ya, pero van a existir, le doy mi palabra.

-  Váyase, no me haga perder el tiempo.

-  Pues he leído en la prensa local que algunos políticos cobraban las dietas por asistencia antes de acudir a los actos que las generaban y, si eso es así, no veo por qué no puedo yo pagar una multa antes de cometer la infracción…

-  ¡Es que no se puede hacer eso! En este país, lo normal es que usted cometa la infracción y no quiera pagar la multa, eso es lo que hace la gente normal. ¡Habrase visto semejante barbaridad! ¿Es que nos hemos vuelto todos locos? A ver si lo entiende de una vez…

-  No, no lo entiendo. No sé por qué he de ser yo menos que nuestros políticos y se me impide convertirme, como ellos, en un adelantado a su tiempo.

-   Métase a político y quizá así consiga ir por delante del presente, metido en el futuro.

 -   No me vale; al margen de cobrar las dietas anticipadamente, no los he visto nunca prever nada decisivo.

-   Por favor, despeje, que hay cola.

-   De acuerdo, pero luego no se quejen si me niego a pagar la sanción.

Me fui de viaje, a 140.

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(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 21)

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87) Buenos días (*)

 

Una gran imputada

Como diría un listo, la actualidad manda. Toca volver a las andadas, el vaivén del juez obliga con su nueva imputación.

Malos tiempos para la lírica. No se puede esperar demasiadas florituras de un país que utiliza el aria Lascia ch’io pianga para un anuncio en la tele. Cuando cantemos todos a coro una de la Tuna, entonada con la pretensión de subliminar los espíritus, ya será tarde para intentar la recuperación social, anímica y laboral. No habrá remedio posible, salvo apretarnos el cuello con las cintas de la capa. Lo aviso, porque la degradación se sabe cómo acaba pero no suele tenerse muy claro cuándo empieza.

Han imputado a la infanta, cómplice presunta de su marido -veremos si le mantienen este apellido- en la comisión de unos delitos. Al final, va a resultar que es un matrimonio modélico, como debe ser, y existía la complicidad nada presunta y propia de una pareja. Eso no está nada mal.

Unos matices: pasemos por alto las memeces escuchadas sobre el reparto equitativo de la justicia y obviemos la urgencia inusitada de recurrir la decisión del juez. Si alguien cree que vivimos instalados en la idiotez perenne, allá él, pero tengan varios sacos a mano quienes venden motos gripadas para no meternos a todos el mismo. Gilipollas, sí, pero por horas, no a jornada completa.

Cuantas especulaciones se vienen haciendo sobre si conviene esto o aquello, si el juez es galgo podenco o si la Fiscalía Anticorrupción se partirá el espinazo por doblarse en una mala postura…, todo eso y mucho más se queda en basura mediática con sólo acudir al origen del problema: sin chorizos, no hay chorizada, no confundamos el culo con las témporas. La madre del cordero, siempre es oveja.

Bien, la infanta ha sido esta semana personaje importante de la aguda barcenitis que nos golpea, pero en absoluto el único. Ahí está, sin ir más lejos, el alcalde de Pamplona, clima sano, dietas en invierno, dietas en verano.

Lo cierto es que andamos aquejados de una pandemia secular, de donde se deduce que hemos superado la picaresca del Siglo de Oro, somos más sofisticados que don Pablos y menos estridentes que la cultura del pelotazo. Eso sí, en cristiano, y pese a la evolución de la especie, seguimos entregados al lío, o sea, al hurto en sus incontables artes y maneras.

Sin embargo, aunque las cosas de palacio llaman más la atención, no seré yo quien niegue que sí puede hallarse el lado positivo en este paralelepípedo digno de Luis Candelas.

De entrada, con la decisión del juez contra la infanta se ha logrado, tal vez, salvar un matrimonio, no ya porque la imputación une más que el rosario en familia, sino por demostrar, como he apuntado, que ambos se llevan estupendamente, están compenetrados, dialogan, se consultan y ni siquiera las empalmaduras extramuros y otras sandeces emitidas son capaces de quebrar su solidez.

No faltarán quienes vean esta instrucción del sumario como una gran imputada para la monarquía, pero, pelota al suelo, el partido sólo acaba de empezar y un empate a cero no me iba a asombrar (si hacen quinielas, aquí pongan un triple).

Es innegable, no obstante, que estamos avanzando mucho en el acercamiento de la monarquía al pueblo llano. El año que arrastra la institución y sus aledaños demuestra que no es su cualidad de parlamentaria lo que fulmina los absolutismos y hace humanos a reyes, príncipes y demás ralea, digo, realeza,  sino que son esos detalles judiciales -y otras turbiedades adyacentes, como herencias, cacerías y escarceos fuera de programa- lo que definitivamente rebaja el contenido de la sangre azul hasta dejarla en roja, tan grana como el fluido de un cualquiera.

Lo que de verdad ocurre, me parece, es que por el mundo nos movemos gente ociosa, obcecada en ver el lado oscuro, gente, como yo mismo, que no sabe ni dónde está Suiza y que jamás tuvo un juez en el retrovisor. Si no existiéramos este tipo de gente-incordio, el mundo sería una balsa de aceite, y con el atasco judicial bastaría y sobraría para hacer del cortijo un remanso de paz social sustentado en la ignorancia. Es decir, como la corrupción es imparable, hubiera bastado con no enterarnos para ser un poco más felices.

Lamentablemente, los intereses son encontrados entre quien la hace gorda y quien fía su conciencia a contarlo: si tú diseñas dos Coreas en el mismo mapa, la del norte y la del sur, lo normal es que acaben a hostias.

Y ahí estamos.

(*) Sírvase usted mismo y, en función de la hora, póngase un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 14)

 

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86) Buenos días (*)

 

La Reina y yo

Cerramos aquí la triblogía real con la presencia de la Reina. Puede ser una despedida a medías porque sangre azul y tinta negra se mezclan bien.

 Tomás me pide desde Hernani unas letras sobre la Reina, toda vez que aquí se ha tocado a la infanta -en el mal sentido, por supuesto, nada táctil- y a su padre, pero en absoluto se han abordado penas y glorias de ella, de la reina consorte. Allá vamos y que Dios reparta suerte.

Me da la impresión de que estamos ante una señora de genio vivo -ellas acostumbran a llamarlo carácter-, pero también de buena pasta, y con ello quiero decir que es consciente de que ser reina conlleva algunas servidumbres, inherentes al consortismo; y otras urdimbres, inherentes al borbonismo. Igual que cuando mi mujer se queja de mí, su hermana le apunta: Chica, ya sabes con quién te casabas, ¿no?, pienso que mi cuñada podría ir a casa de la reina y espetarle lo mismo. Los hombres, ellas lo aseguran, no somos tan diferentes en la materia, aunque haya entre nosotros diferencias materiales que repuntan o mitigan, según, nuestras inconsistencias; dígase también incontinencias. Éstas, horizontales.

Añadamos, entonces, porque las fechas son propicias, que la procesión de la Reina o una parte de la misma va por dentro, aunque ello no sea exclusividad real: en esta vida prismática, de múltiples aristas puntiagudas, cualquiera guarda una procesión interna con cirios ardiéndole las entrañas. De todas formas y como consejo, o alivio, le recordaría a la Reina ese apotegma que reza: El matrimonio es una cruz que se lleva mejor entre tres. Si esto se asume, la vida tiene otro color.

Dicho esto, nadie es reina si no le gusta, de manera que las compensaciones deben de sufragar con creces los inconvenientes, y eso nos lleva a la conclusión de que, más allá de la responsabilidad y otros argumentos de Todo a cien, a la reina le gusta el poder. Digamos, si queremos, que es un poder nimbado por hábitos culturales -la ópera, la pintura, el arte en general-, pero ahí está, el poder, en el palco del Teatro Real o admirando a Kandinski sin hacer cola ni pagar entrada. También a mí me gusta la pintura -admito que al segundo bote me empalaga-, pero jamás habrá un museo con mi nombre.

La Reina y yo no hubiéremos hecho malas migas, estoy convencido. Conmigo como yerno se hubiera divertido más que con el soseras y el estirado; y si me hubiera dado por el trinque, la tentación no tiene dueño, me habría cubierto mejor las espaldas, estaría testaforrado a tope y mil veces mejor testaferrado, sin dar la nota ni caer en imputaciones que lastran el Bribón, y me refiero al yate, o el Fortuna. Es seguro, en todo caso, que yo no hubiera hecho el ridículo yendo en patinete por la Gran Vía ni me habría conformado con un juego de palabras tan vulgar como ser un empalmado de Palma. ¿Que no tengo pedigrí y sólo soy un periodista? ¿Y qué? Ahí está Felipe, tan feliz con una del oficio (del periodismo, quiero decir).

La Reina y yo no nos conocemos; una vez visitó el periódico y me saludó con un Buenos días, que ya dice algo, pero no es suficiente para extraer conclusiones definitivas, así que mis impresiones son las que ella transmite públicamente o, en su defecto, lo que percibo. ¿Y quién soy yo para hablar de la reina? Pues soy un súbdito aparcado por huevos en ese estatus más propio del Medievo, dado que nadie me preguntó jamás si me iba bien tener rey, reina, infantas, urdangarines o marichalares. Eso sí, me asiste el derecho a voto y me apoyo en la libertad de expresión, dos razones de más peso que las gónadas para escribir este post.

O así me parece.

(*) Sírvase usted mismo y, en función de la hora, póngase un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.

 (Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 7)

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85) Buenos días (*)

 

Carta al Rey

Me alegraré que al recibo de ésta se encuentre bien. Dentro de un orden, y enseguida me explico.

Aquí todo sigue igual, mantenemos la media de casi un escándalo diario, pero eso ya lo sabe su majestad por proximidad descendente, si no directa, bien arrimada. Tampoco hay demasiada originalidad en ello, hemos llegado a un estado, y a un Estado, en que cualquiera tiene un conocido sinvergüenza o amigo desahogado: para tanto y más da la materia prima de la corrupción.

Me ha asombrado saber que ya no le duele nada, aunque luego entendí su exclusiva referencia a los males físicos, y ahora habrá de regresar a convivir entre los descalabros morales que, como decía con sorna Wilde, son aquellos de los que no nos libra ni Dios. Dicho sea con todo el respeto. No afirme, ni en broma, que vive sin dolor, son tiempos de no hacer mudanza, aun con las palabras: a usted le tiene que doler este país, que para eso está arriba, observando cómo se desborda la porquería y rebosan las tuberías, porque cloacas y mierda siempre la ha habido, pero este hedor resulta insoportable.

Señor, yo no sé de reyes, hablo de oídas, no he llegado ni a rey de la baraja y me he quedado en un inútil dos de bastos, que no sirve ni para ganar la chiquita en el mus, pero me atrevo a opinar porque en este país son incontables los personajes que opinan de todo sin tener puta idea de nada, y a ver por qué me habría de privar yo. ¿No le parece?

No entiendo tampoco de repúblicas, no he vivido en ninguna de ellas, si bien me da el barrunto que tampoco en esas ínsulas se atan los perros con longaniza; lo que pasa es que cuando un motor renquea, apetece otro nuevo, y a ese carro se apuntan y nos apuntamos mucha gente que estamos hasta los mismísimos. No tanto porque la alternativa será el bálsamo de Fierabrás, cuanto por variar, a ver si así…

En eso, uno pertenece al cajón de los escépticos, pregunte a Ptolomeo de Cirene, estantería filosófica del carpe diem. El modus, traducido, no tiene más interpretación que ser consciente de que mande Juan, Carlos o Juan Carlos me van a dar lo mismo, o sea, nada de nada. No es malo tener ilusiones y pensar que lo soñado será mejor. En mi caso, ya digo, tarde es Pedro para cabrero.

Lo que sé, consecuencia de haber vivido, es que esperamos mucho más de quienes tienen responsabilidades y ahí, ya ve, me entra también su majestad. Porque ser rey para no darles cuatro hostias, siquiera dialécticas, a los políticos que nos malgobiernan y no reprocharles sus comportamientos fraudulentos, no obligarlos a hacer frente común y recio para salir de ésta, y por el bien general, me parece fatal.

Al menos intentarlo, y no permanecer impasibles, o a la contra, cuando a diario se tira la gente por la ventana, desesperada, o se va al paro y a comer miseria de un contenedor.

Cuando eso pasa, necesitamos una reacción de cabo a rabo, y no sé si su majestad es cabo o rabo, pero es evidente que puede ayudar a deshacer el nudo de la cuerda.

Y vamos a olvidarnos del 23-F y de otras cojonadas que no hacen al caso; yo también saqué un 10 en matemáticas en segundo de bachillerato y no me he pasado la vida contándolo y viviendo de ese rédito, bien que inédito, porque mi incompatibilidad con Pitágoras y sus boys es flagrante y constante. Estamos en el XXI, majestad, reivindíquese a sí mismo, así sea por llevar la contraria a quienes lo sitúan en la cola del Inem, y ponga un poco de orden entre esa banda que asegura respetarle.

P.D. Luego ya hablaremos de lo suyo.

(*) Sírvase usted mismo y, en función de la hora, póngase un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede ver, muy participativo.

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 31)

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84) Buenos días (*)

 

Gol del Espíritu Santo

Habitualmente, no se habla mucho del Vaticano; si acaso, se aborda algún asunto relacionado con temas escabrosos. Por lo demás, ni palabra.

Sin embargo, apenas renunció Benedicto XVI, se abrieron las compuertas a la lluvia vivificadora y comenzó a brotar multitud de vaticanólogos en un campo yermo y pasota hasta ese momento. Podías levantar una piedra y debajo aparecía un experto en papas, aunque su discurso rozara el esperpento y su contribución no pasara de generalidades archisabidas. Alguna, la verdad, sin apoyarse precautoriamente en el sentido común.

Ya podemos presumir de tecnologías y de inmediatez, y echar pestes del papel obsoleto, pero en nuestro pecado vamos a arrastrar la penitencia. Resulta bochornosa la manifiesta incapacidad de análisis y cómo la sagrada labor de informar se reduce a soltar verbo a la velocidad de la luz, cierto, si bien hueco y huero de contenido. Hay que llenar la red, y el espacio virtual es tan inmenso que caben toneladas de insulsa palabrería.

La comunidad mediática de última degeneración se puso las pilas y sin más preámbulos comenzaron a proliferar los sabios de ciencia infusa, los charlatanes del siglo veintiuno, los que antes vendían cuchillas de afeitar en las ferias y hoy reparten desconocimiento tertuliano.

Nada acostumbrados los expertos de media jornada a vivir renuncias papales, poco importó que la noticia los pillara con el pie cambiado, aquello era el paraíso de la especulación mental en manos de quienes todo lo saben, y lo mismo les motiva la facundia un escándalo de preferentes que la fauna de Doñana o el tungsteno.

Apenas desapareció el Papa renunciante, las huestes intrépidas se posicionaron en la primera línea de trincheras para continuar con su batalla y adelantar al público quiénes eran los papables y hasta con qué dirigente de la Iglesia católica nos íbamos a encontrar.

A saber. Recoge el periodista Andreu Farràs que, en las veinte páginas publicadas el pasado miércoles por cuatro de los diarios de España de mayor difusión, no hay una línea ni una palabra, ninguna referencia sobre la posibilidad de que el cardenal Bergoglio fuera el elegido.

Sorpresa. ¿Puede alguien concebir que recaiga en la misma persona una incomprensible trinidad de circunstancias como ser argentino, jesuita y Papa? Puede, si se trata del Espíritu Santo, cuyo gol por la escuadra a la murga incansable merece una competición de Champions.

Perdida esa batalla, anda ahora la marabunta incansable, impasible al rubor, afinando el tiro y husmeando en el pasado, que siempre es mucho más fácil de adivinar. Al Papa, etiquetado en dos minutos sin iniciar su papado, han comenzado a rebuscarle en sus intimidades algo que rehabilite a los especialistas del fraude. Esperemos que comprueben los datos, pero, en todo caso, Dios lo coja confesado. A Francisco I, digo.

(*) Sírvase usted mismo y, en función de la hora, póngase un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede ver, muy participativo.

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 24)

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83) Buenos días (*)

 

Para matar
sin salir de casa

Supongo que habrán oído hablar de drones, que no es desinencia del sustantivo ladrones, tan en boga, sino esos aviones sin tripulación del tío Sam.

Al principio, me dije: ¡Vaya!, otra compañía de bajo coste, o low cost, como gusta decir a los que viajan cuando el billete decide fecha y destino, pero no, no es eso. Ni siquiera se trata de otra vuelta de tuerca de Ryanair, empecinada en reproducir a diario la gesta de Lindbergh. También pensé que, después de enterarnos de cómo muchos de los pilotos se quedan dormidos, igual era mejor ir a pelo, pero tampoco acerté. Los drones son aviones militares, por eso son la punta del progreso en aeronáutica. Nadie sabe dónde estaríamos hoy, quizá encendiendo el fuego con pedernales, si no fuera por los avances propiciados desde el ansia de montar guerras y dar matariles a mansalva.

Los drones son el último grito en tecnología y dan la oportunidad a que otros pronuncien, asimismo, su última voluntad antes de pasar a la otra vida. Son el ultimátum a toda discusión y asomo de diálogo, un hasta aquí hemos llegado y de ahí no pasamos. Diplomacia de bombas, para entendernos. Tú estás en guerra y si tu enemigo te manda unos drones-kamikazes, ya sabes lo que toca: estás a punto de ser bombardeado quirúrgicamente, neologismo que no tiene nada que ver con la sanidad ni con el euro por receta. Aquí no hay colas, recortes ni sobrecostes.

Andan ahora los drones metidos en faena de matar a gentes muy mal vistas, fundamentalistas extremos y hierbas similares, de manera que, en general, no se aprecian críticas excesivas a su desempeño ni se escuchan voces contrarias. Lo malo es que, digan lo que digan, no hay muertos objetivos, todos son subjetivos, y siempre hay alguien al que le duele un muerto, por muy justificado que esté desde la ética domesticada y acomodada al interés patrio. En eso, ni el malvado Hitler pudo poner a todos de acuerdo, y cuando se fue a freír gárgaras no faltó quien defendió, todavía lo hacen, su humanidad malparada.

Así, lo que hoy vemos como objetivos, mañana pueden ser muertos subjetivos y más próximos a nuestros sentimientos, porque no le vas a pedir miramientos ni moralinas a una máquina de matar, por muy quirúrgica que sea. Mientras vayan por cielos lejanos, bien; lo peor será cuando alguien llame a tu puerta de madrugada y no sea el lechero, etcétera. Lo de siempre, vamos.

Es muy jodido el verbo matar, sobre todo si te lo aplican. Tiene tiempos, pero carece de alma y tampoco da ni la más mínima oportunidad de rectificar. Si matas, matas, no hay vuelta de hoja ni conjugación que te redima. La ventaja de los drones, para sus dueños, es que, si bien arruinan el presupuesto de Defensa al estampar su tecnología contra el suelo, los chicos de la guerra están a salvo en el hangar, moviendo los hilos, y no hay funerales, ni bolsas de plástico, ni salvas, ni discursos. En definitiva, no hay salpicaduras. Incluso desaparece el trauma de los muchachos de la aeronave al ver la escabechina causada. Ojos que no ven…

¿Y qué dicen los magos de este nuevo alarde tecnológico de matar? Obama acaba de prometer que no utilizará los drones en Estados Unidos. Muchas gracias, majo, por la parte que no nos toca.

La CIA está de acuerdo con los drones, faltaría más. Es como si el que ordeña vacas se posicionara a favor de consumir leche, ¡pues claro! Lo que ya entra en terreno más cuestionable son las razones del director de la agencia, al señalar que los drones salvan vidas, es decir, se mata a unos para que, a su vez, ellos no maten a otros. Y eso ya es subirse a una espiral maquiavélica de cojones. Porque, llegando a ese punto, casi todo es justificable, realizable y masacrable.

Presidente blanco, presidente negro…, qué más da, lo importante es que cace. Yes, we can: o sea, qué pena.

 

(*) Sírvase usted mismo y, en función de la hora, póngase un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede ver, muy participativo.

 

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 17)

Nota: Acabo de publicar la novela Ayer mismo.  Leer entrevista informativa sobre el libro publicada en la edición de papel de Diario de Navarra

 

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