El Estado del malestar

 

No estamos bien, nos han metido en una crisis y en una dinámica de recortes, y el monstruo al que nutrimos nos sigue mordiendo.

Me satisface coincidir con un admirado periodista: cuando él dijo que el Estado es una mierda, yo ya lo tenía escrito. Formaba parte este post de la trilogía emprendida como crítica -sin más pretensión que el desahogo, desde luego- a este sistema nuestro, inclinado hacia la escatocracia, y después de haber publicado Una mierda de ley y Una mierda de bancos. Puntualizo esto porque no me hace falta copiar a nadie: dejé de hacerlo cuando terminé los estudios y se acabaron los exámenes.

En mi modesta opinión y desde mi punto de vista, aunque en esta ocasión haya evitado ponerlo en el título, el Estado es una mierda. Además de cobarde. ¿Alguien le ha visto la cara? ¿No han oído eso de razones de Estado, que es como decir sinrazones por narices? De manera que se lleva nuestro dinero para hacer carreteras (simplificando la recolecta en gerundio); toda la vida se la pasa haciendo carreteras –por cierto, a ver si arreglan la de mi pueblo- y no sabemos nada de él, sino que se trata de un recaudador incansable que, cuando vienen mal dadas, y es el caso, deja de hacer carreteras, pero sigue esquilmándonos. Y a sus obras, hechas con nuestro dinero, añade los peajes en las autopistas, el copago en la Sanidad, la Justicia tarifada o las becas misérrimas en Educación, y construye aeropuertos sin aviones o autovías ruinosas, obras faraónicas de precio y enanas en su utilidad. Y nadie le pide cuentas al Estado. Todavía peor: en tiempos de crisis aumenta los impuestos y recorta las prestaciones, es decir, cobra más y gasta menos, y lo mismo da que sea un Gobierno de derechas o de izquierdas, a los dos les va bien el Estado como excusa. De hecho, aquí es donde la frase del poeta Nicanor Parra cobra sentido: la izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas. Aquí se orillan las ideologías, o sus restos, en nombre de las técnicas recaudatorias.

¿Y dónde está ese Estado, en qué lugar se enamoró de ti y de tus dineros? No se sabe, sólo conocemos que ya nacemos con el Estado puesto y apenas vislumbramos esa línea difusa trazada entre Estado y Gobierno, que se confunde y nos confunde, para llegar a la conclusión de que si no te fastidia uno, lo hace el otro; o sea, tan jodido es, ya que estamos en ello, enero como febrero. O marzo. Eso sí, los gobiernos pasan y el Estado queda, permanece. El Estado, vale decir, es un concepto político que, manejado por los hombres políticos, no tiene más vida propia que la simbiosis parasitaria, es decir, se mete en tu bolsillo y va tirando de lujo mientras tú te descuernas.

Ahora andan algunos deseando formar un Estado independiente, pero eso es como pretender secar el agua: no hay manera. El Estado es siempre el mismo, estés donde estés, y es dependiente… de tus aportaciones, no cabe la posibilidad de un Estado independiente; otra cuestión es que prefieras que te sangre Juanito en lugar de Pepito, porque cada Estado tiene su propia maquinaria recaudatoria, no te engañes; eso sí, a los gustos no hay consulta que los borre. Pero debes ser consciente de que seguirás alimentando la bicha y que eso de la independencia es trampa saducea para satisfacer ansias íntimas, vale decir, sentimientos. Poco más. Si prefieres que sea Juanito, pues Juanito te desplumará. No lo olvides: las necesidades se crean para después cobrarlas.  Nuestro gran problema es de enfoque: nos empeñamos en pedir independencia para el Estado, cuando deberíamos exigirla para nosotros, las personas.

Somos tan ilusos que a veces nos da la ventolera de querer cambiar las cosas, y eso está muy bien para satisfacer nuestras inquietudes, a las que tenemos derecho, faltaría más, pero ellos, los que manejan el cotarro, ya nos han visto venir antes de que demos el primer paso, se las saben todas y nos tienen controlados. Así  que nos permiten dar cuatro gritos exigiendo que cambie la situación en aras de una mayor libertad, justicia, equidad en el reparto de riqueza, destierro del hambre, fin de la miseria y otros descarnados etcéteras, aunque todo termine, con suerte, poniéndonos otra farola en el barrio o arreglando la loseta de la acera.

Hay que luchar, desde luego, así sea para desentumecer el músculo, pero no cambiará nada porque no les conviene; lo contrario pasaría por que se hicieran el haraquiri los que mandan, y no están por la labor: una cosa es que el Estado se amague y otra que sea gilipollas.

Y no. Es, simplemente, un Estado de …  (rellénese a voluntad la línea de puntos, ya saben lo que yo pondría)

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El menú de los enchufados

 

La crisis tiene su punto clasista, el suficiente para ratificar que ni en esa batalla económica somos todos iguales.

Una democracia no sólo es, entre otras cuestiones, la garantía de la libertad de expresión, el derecho a elegir los representantes políticos o el acceso sin trabas a la Justicia. También los matices son importantes. Y recortar desde los gobiernos la opción de manifestarse, mediante disposiciones gubernativas, limita la libre expresión; igual que las listas cerradas degeneran la elección de los políticos o la justicia de pago obligado acaba con la posibilidad de que acudan a ella quienes presentan mayor debilidad en su economía doméstica. Son desvaríos antidemocráticos que minan la esencia pura de los derechos establecidos de salida.

Los detalles cuentan y, todavía peor, resultan insultantes cuando se esconden y se convierten en una burla a los ciudadanos. De uno de ellos se trata aquí. Antes de entrar en materia, reconozcamos que gracias a los medios de comunicación nos hemos enterado de numerosos casos de corrupción política, de prevaricaciones de jueces, de malversaciones, blanqueos de dinero, fraudes, huida de capitales, amnistía fiscal soterrada en favor de los tahúres del reino… etcétera, y eso es justo reconocerlo. Asimismo, hemos conocido ciertos detalles, es el caso. Si por la tropa instalada en el poder fuera, ignoraríamos hasta esa media misa que hoy sabemos. Mejor no olvidarlo.

Digamos, pues, que no es preciso referirse a las grandes cuestiones de Estado: existen decisiones amagadas que duelen tanto o más porque discriminan y reinventan las clases sociales a favor de las mejor posicionadas. La oferta, por ejemplo, que el Gobierno distribuye en forma de menús y bebidas a bajo precio, sólo para políticos, funcionarios de ministerios y parientes directos. Mientras la crisis se ceba con los ciudadanos, estos privilegiados comen los menús que les pagamos todos los contribuyentes con los impuestos, y así alivian la crudeza de unos tiempos difíciles. A costa de los demás. Lejos de destinar ese esfuerzo generoso a los que necesitan la ayuda de verdad, se beneficia a unos trabajadores de sueldo consolidado y puesto de trabajo fijo.

La ruta de esta gastronomía, insultante para el resto de ciudadanos, arranca en el Ministerio de Empleo, donde se ofrece un menú a 3,40 euros, pudiendo elegir un primer plato entre tres sugerencias, un segundo de carne o pescado y postre, bebida incluida. No encontrará nadie en el madrileño Paseo de la Castellana chollo como éste, destinado a los funcionarios del ministerio y familiares directos. No es de extrañar que algunos regresen a casa al mediodía con la andorga llena, tengan o no que volver por la tarde. Muy cerca, en la cafetería del Ministerio de Hacienda  -aquí, Hacienda ya no somos todos- , puede comerse por 5 euros, menos de la mitad de lo que puede costar un menú sin subvención por esa zona.

Sigamos con la guía gastronómica. En los ministerios de Economía, Hacienda y Presidencia pueden degustar estos favorecidos un menú completo por menos de 7 euros, incluso de dieta. Poco importa que los señores diputados dispongan de una media mensual de 1.800 euros para atender a sus gastos de mantenimiento y alojamiento: en el restaurante del Congreso, los precios máximos que se pagan son: menú del día a 9 euros; desayunos, 1,05 euros y cafés, 0,85. No obstante, a los funcionarios les cuesta la mitad, 4,50 euros, al disponer de cheques de comida. En el Senado, el café con leche vale 1,05 euros y el menú del día sale por 8,35 euros.

¿Pero qué sería la vida sin un pelotazo, además subvencionado? Las bebidas alcohólicas, como gintónics, han sufrido este año en el Congreso un repunte, hasta los 6 euros, aunque todavía por debajo de los precios de mercado. Subieron después de que se conociera que sus señorías se los estaban metiendo entre pecho y espalda a menos de 4 euros la pieza.

No hay noticia de que a alguno de los beneficiados o de quienes amparan este agravio infligido a los pacientes ciudadanos se le haya caído la cara al suelo. De vergüenza, o sea.

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El botín de los patriotas

 

Hoy se elaboran estudios de casi todo. De una cola de lagartija te hacen un centro de interpretación en un pispás.

Si usted quiere saber cómo se aparea una codorniz, seguro que encuentra un sesudo tratado donde se explica no sólo el amor plumífero sino los motivos y hasta los resultados del acto. Otra cosa es que llegue un cazador y de un escopetazo liquide la coyunda y derivados, pero entonces podrá abordar otro estudio donde le serán explicados los impulsos ancestrales que invitan al hombre a echarse al monte con un arma en bandolera.

¿Todo esto sirve de algo? Bueno, no deja de ser conocimiento y hay que confiar en los estudiosos, que hacen lo que pueden por mantenernos informados. Por ejemplo, de la corrupción. Saber hasta dónde nos meten el estoque del descabello puede irritar, aunque esconder la cabeza bajo el ala tampoco soluciona gran cosa. Lo cierto es que un grupo de estudio ha tenido la valentía, no sé si temeraria, de abordar el coste que a este país le supone la corrupción. Casi nada.

Para abrir boca (de asombro e indignación), citemos el Informe anticorrupción publicado por la Comisión Europea, que coloca a España a la cabeza de la corrupción, con la puntualización de alcanzar ese lugar preeminente mediante los grandes fraudes. En el menudeo y las mordidas salimos mejor parados. Nosotros, a lo grande.

Pero la Universidad de Las Palmas ha querido ir un poco más allá y contarnos en cifras el coste social de esos patriotas que roban y corren a Suiza y a otras cuevas de Alí Babá a esconder el producto de su rapiña. Pues bien, lo que ha costado a la sociedad española esa práctica fraudulenta -ojo, hasta donde sabemos- se valora en 40.000 millones de euros. No soy tan ingenuo de creer que si no hubiera corrupción, se habrían evitado los recortes sociales, pero si esos 40.000 millones de euros se hubieran quedado en el país y en los lugares precisos, donde hacen falta, posiblemente iríamos un poco mejor a la hora de capear el temporal.

La cantidad concluyente de 40.000 millones de euros, según la Universidad de Las Palmas, expresa, a fin de cuentas, el impacto de la corrupción sobre la calidad de vida de los ciudadanos. ¿Se acuerdan de la calidad de vida? Ya me imagino que poco. Bien, pues frente a esta cifra tan elocuente contamos con unos políticos a los que les importa un pimiento semejante latrocinio, si tenemos en cuenta lo poco que hacen por remediarlo. Quizá porque la clase política está demasiado pringada en este deleznable unte. Con excepciones honrosas, por supuesto.

Recordemos algunos ejemplos, aunque la sociedad ya está suficientemente informada de los abusos, de la misma manera que se halla insatisfecha con las inexistentes medidas correctoras: un saqueo significativo de dinero público en España se detalla en el sumario del caso de los ERE de Andalucía. El fondo que constituyó la Junta en 2001 para subvencionar los ERE de empresas en crisis disponía de 721 millones hasta 2010. De esa cantidad se hizo un uso fraudulento de, al menos, 140 millones de euros.

También, las empresas que aparecen en los papeles de Bárcenas recibieron 4.894 millones de euros en adjudicaciones públicas de la Generalitat valenciana en tiempos de Camps…, las empresas de la trama Gürtel gestionaron 120 millones de euros…

Son detalles abrumadores -y brumosos porque nunca estarán claros- de cuanto se viene cociendo en los patios de estos Monipodios con ordenador a bordo. En conclusión, sepan que, de cuanto conocemos -que en absoluto será todo lo que se roba- la sociedad tiene un déficit de 40.000 millones de euros, y recuérdenlo cuando paguen sus impuestos.

Y si se irritan demasiado, no olviden que siempre podrán relajarse con otros sesudos trabajos. Como la cría de la codorniz… antes de que llegue el cazador.

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 9)

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Carajillo de pacharán

 

Alguien dijo que el carajillo es estridencia y griterío vulgar de sobremesa, el destemple del café y el chillido del licor.

Hoy nos situamos geográficamente, pero este post puede extenderse a otros lares. Es todo tan asquerosamente previsible… Hablemos de la política navarra, revuelta y embroncada, encanallada como casi siempre, y afirmemos, en función de los hechos, que es más política que navarra; es decir, importa menos la DO, el apellido, que el sustantivo. De lo pedestre que resulta, quiere decirse. No en vano han sido imputados cuatro de sus siete presidentes comunitarios, y uno de ellos terminó en la cárcel, de manera que no vale de mucho aquí echarse flores forales u otras zarandajas de idiosincrasias irrenunciables. Esto es lo que hay: carne débil frente a rutilantes tentaciones y una vulgaridad cansina en la respuesta pecadora; como digo, parecida a cualquier otra del amplio mosaico que nos presenta el país en asuntos de turbiedad, política y social. (Si acaso, peculiaridad sería que en esta tierra son más de temer los políticos puestos a dieta que los cebados: aquí las dietas sólo adelgazan al contribuyente).

Este repudiable comportamiento reiterado, en ocasiones sólo dirigido contra la ética (casi nada) e instalado a buen recaudo en la legalidad vigente, establecida por ellos mismos, se justifica de muchas maneras. Una de ellas habla de una comunidad pequeña. Pero muy atomizada en siglas políticas, con un componente extra de vascos y anti-vascos, lo cual hace muy difícil su gobernabilidad. Mentira, el discurso. Habría que partir de la premisa sagrada de que cada cual puede pensar y votar lo que le dé la real gana, y obligación de los políticos es llevar a buen puerto y amalgamar la disparidad de criterios en aras del progreso, del entendimiento y, por encima de todo, del buen gobierno de los administrados. No será fácil, claro, pero se supone que ellos se presentan a ejercer la política para servir. Ahí tienen un reto apasionante, salvo que eso les importe un pimiento y sea su amagada voluntad la de alcanzar el poder y no soltarlo así se hundan todos los puentes de Calatrava. Si es que resta alguno en pie.

Junto a la ética hecha trizas, la locuacidad penosa de los políticos navarros arde en pasiones partidistas, en las que son maestros, y carece de pensamientos generosos y más universales que la cicatera defensa de las propia marca. Por ahí se van las promesas de anteponer a los ciudadanos por encima de sus intereses particulares como políticos, hasta llegar a negar las evidencias, caer en el y tú más u ofrecer el espectáculo lamentable y demagogo de sin mí, el fin del mundo. Cuando, si echamos la pelota al suelo en una mínima reflexión, sabemos que ser peor que otro ni se justifica ni ennoblece; y conocemos, asimismo, que no hay político en el mundo cuyo desembarco en la inexistencia pueda suponer la debacle.

Y, luego, claro, estamos nosotros, los que votamos y nos rebotamos, los que bailamos el agua a unos y negamos el pan a otros, perdonamos las vigas a los nuestros y nos dedicamos a amplificar el tamaño de las pajas ajenas. Nosotros, tan culpables, por tolerar que nos toreen como si fuéramos becerros de capeas, sin experiencia alguna; nosotros, que, por encima de todo, tenemos en común el hecho de ser ciudadanos y el derecho a exigir ser gobernados sin dolo; y, sin embargo, caemos en la misma trampa y anteponemos los apellidos a los hechos, las trifulcas a los logros. Nos sumamos a las siglas, anteponemos lo equivocado, y así nos va.

¡Ay, carajillo de pacharán!, lo mismo podrías ser de orujo, brandy, chinchón o de aromas de Montserrat. La barra de este país es larga, da para mucho. Demasiado.

 (Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 2)

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Horas extraordinarias

 

El final no fue del todo feliz, pero al menos los jueces pusieron de su parte para mitigar el descalabro.

No todo ha de ser espeso ni las noticias tienen por qué acogotarnos siempre y llegar con la factura puesta. Pasan muchas cosas en el mundo. Sucesos como el presente te hacen ver la justicia de otra manera. El caso es que un tribunal australiano ha ordenado que se indemnice a una funcionaria pública, dicho sea pública con todo el respeto, que sufrió un accidente mientras practicaba relaciones sexuales. Ocurrió durante un viaje de trabajo, y el pleno de los magistrados del Tribunal Federal de Australia rechazó una apelación de la Agencia de Compensaciones Laborales, cuyo argumento sostenía que la cita amorosa de la funcionaria no formaba parte de sus obligaciones oficiales.

En su fallo, los magistrados enfatizaron que no importaba si la empleada había pasado la noche manteniendo relaciones sexuales, jugando a las cartas o haciendo calceta, porque ella todavía estaba trabajando. Y aquí me reconcilio con la justicia porque hay menesteres, conforme pasan los años, que son cada vez más un trabajo; incluso de obligado cumplimiento.

La funcionaria había sido enviada por una oficina gubernamental a un viaje de trabajo y se lesionó al caerle sobre la cara una bombilla mientras mantenía relaciones sexuales con un amigo. Al principio, el amigo atribuyó el griterío a su arte de alcoba, es decir, a la lógica consecuencia de saber hacer bien las cosas, pero su ego ufano sufrió un tremendo varapalo al comprobar que él no era el generador de los aullidos sino unos cuantos vatios salidos de madre (por favor, respetemos la intimidad y dejemos de imaginar la escena).

Ella quedó con la nariz y la boca heridas, y este accidente le causó problemas de ansiedad y depresión, así como la imposibilidad de trabajar por un tiempo. Y todavía habría de añadirse el daño psicológico resultante de que te caiga una bombilla en la cara y te obligue a ser una víctima más del coitus interruptus, que te deja a medias porque para eso es interruptus, y no hace falta saber latín si hay una mínima voluntad de traducirlo.

Pero, mira, ya nos vendrían bien unos jueces como éstos en nuestros juzgados de lo social, donde, por cierto, jamás entenderán que la posición sobre un plano acolchonado entre dos trabajadores es adecuada para que corra el reloj durante la jornada laboral, y hasta los quinquenios, siempre que hayan sido enviados en comisión de servicio. Ni siquiera admitirían una timba de póquer como horas extras. Habrá que conformarse y pensar que Australia nos pilla lejos, que está bocabajo -sólo hay que mirar el mapamundi- y que lo mismo funciona todo al revés. Lo mismo allí no existe el absentismo y se tienen que fastidiar e ir todos los días al tajo, vete a saber. Demasiado bonito lo pintan.

En nuestro país, un caso como el de la funcionaria de marras hubiera terminado con la chirigota incrementada hacia la labor del sector público, ya bastante puesto en canción, y  la posible expulsión de la trabajadora por estar a lo que se celebra en lugar de atender a la faena propiamente dicha.

Aquí, las bombillas sólo se pasan de rosca para darle vidilla y cuerpo al recibo de la luz.

 (Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 23)

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La verdad no se ensaya

 

Un operativo descomunal, una imputada inusual y una rampa judicial. ¡Cuánto ruido mediático y global!, ¿traerá nueces el nogal?

Me gustaría poder decir que nunca he mentido, pero no puedo, estaría mintiendo, y no es el momento. Algo sé, pues, de mentiras; lo suficiente para ser consciente de la importancia relevante de su estructura, de cuán fundamental resulta trabajarla. La mentira. Primero, la base, que ha de ser sólida y sin fisuras, recia, para soportar el peso de la trama. Luego vienen las diferentes alturas de la construcción, donde debe evitarse el exceso de ramificaciones o complejidades. La mentira bien elaborada no precisa demasiadas derivaciones, porque la generosa dispersión de los complementos circunstanciales, digamos, te puede llevar fácilmente al equívoco y, todavía peor, a la contradicción; y entonces, estás perdido.

Así que una buena base y encarar la mentira directamente, yendo al grano y sin abusar de los adornos, se convierte en regla general apropiada. Al final, el remate de la mentira debe colocarse con contundencia, es obligado aplicar la misma determinación que cuando dices la verdad. Es decir, necesitas creerte tu mentira para que los demás la compren. Y eso se consigue metiéndose en la misma a medida que la vas soltando.

Dicho esto, también añadiré que sé decir la verdad, y la he pronunciado en muchísimas ocasiones, y ahora no miento. La verdad de un suceso, por ejemplo, según lo has vivido, no necesita entrenamiento: cuentas tu historia y punto final. Ninguna verdad necesita ensayos. No existe riesgo de contradecirte y, como mucho, puedes derivar el relato de su contenido hasta más allá de las lindes de la objetividad y en virtud de tu propia subjetividad; por eso es tu verdad.

Cuando oigo que alguien va a declarar ante el juez sobre unos hechos y lleva días y días ensayando con su abogado lo que va a decir, no puedo creerme que tenga la intención de decir la verdad, ni su verdad. Más bien pienso en lo contrario, en el trabajo ingente de urdir una trama falsa. Pero, a veces, la excesiva reelaboración produce una mentira escasamente creíble, bien porque la base, además de ser débil, anda ya desnudada por los pregoneros.

En cualquier caso, ¿qué cabeza medianamente equipada sostendría el argumento de haber gastado tiempo y dinero en el objetivo de ensayar la verdad? No, eso no es así. Ni siquiera los músculos con venas de sangre azul pueden retorcer los conceptos hasta volverlos del revés. Sería irracional descubrir a estas alturas que la verdad exige una metodología compleja para salir a la luz. En absoluto. La complejidad y los problemas, en todo caso, vienen luego, como efecto de no haber mentido: precisamente, por eso se miente, para evitar consecuencias no deseadas.

¿Sabremos la verdad?, ¿alguna de ellas? Siempre nos quedaría el consuelo de la corriente filosófica del Helenismo, para el que es imposible alcanzar la verdad y no deja otra salida posible que recurrir al escepticismo (bien nos vendrá en estos tiempos). Pero ésa, la filosofía, me parece que es otra historia, y aquí la doctrina ventilada y encausada al final de la rampa es más un materialismo ansioso que una inquietud del espíritu. O sea, materia judicial pura y dura. Ergo, el juez dirá.

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 16)

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Ministros al quite antes del paseíllo

 

Nosotros nunca tendremos a tres ministerios dejándose la piel de sus carteras para defendernos de nuestros presuntos delitos.

Tres ministerios, tres -Interior, Hacienda y Justicia- y la Fiscalía. Ésos son los poderes hipotecados del Gobierno, y ésa es la implicación del Estado para que nada perturbe a la Infanta. Más todavía: para que no haya en la nómina real un miembro que se haya sentado en el banquillo de los acusados. Arriesgado borbón, digo, borrón sería fiar la integridad, también supuesta, de una institución digital a la bochornosa imagen surgida de un juicio. Ni el photoshop de la Zarzuela, experimentado y exitoso en otras ocasiones, podría con ello.

Acepto la monarquía, si la mayoría la acepta, nada tengo en su contra. Ni a favor. Y si sus miembros han prestado servicios al país, supongo que los habrán cobrado: aquí no aguantan gratis ni los postes de la luz. Algunos, incluso sobrecogen, que es verbo digno de entrar en la RAE por la puerta grande en su acepción de trincar. Cuando a mí me dan la nómina, entiendo que me la he ganado y que no se trata de una caprichosa concesión de la empresa. No dilapiden, pues, desde el poder, los valores democráticos por bailar el agua y congraciarse con la Corona; estamos hablando de los fundamentos del sistema, y ésos no pueden servir como herramientas de voluntades interesadas: la Justicia, pilar básico, no es moneda de cambio de nada y a todos debe, debería, afectar por igual, y todos debemos, deberíamos, estar sometidos a ella. Y gozar de su protección.

¿Cómo quieren que nos traguemos este sapo sin decir ni mu? ¿Acaso el fiscal del reino y los tres ministerios se iban a preocupar de mí si mañana me empapelan? ¿O de usted, que lee esto? Posturas como éstas hablan muy a las claras de en qué país estamos y, francamente, resulta muy decepcionante. ¿Qué les pasa a estos ministros, no creen la justicia y salen a presionar? ¿La justicia sin presiones ministeriales es sólo para los tontos del haba? ¿De qué ocultas maneras habrán presionado al juez del caso, si hasta nosotros nos enteramos de sus burdas maniobras?

No, no salimos en su día de la oscura y larga noche para caer en estas tergiversaciones del espíritu de la ley. Yo defiendo la presunción de inocencia de la Infanta, que si está donde está, por algo será, pero quiero que si ha de ser juzgada, lo sea, y un juez me diga si es inocente, y luego acataré la sentencia y me meteré mis opiniones donde me quepan. Aunque siga pensando mis pensamientos, que por algo son míos.

Lo que no me parece ni medio bien es que eluda la justicia por ser hija del rey, ni me apetece sostener un gobierno y un fiscal que se pliegan de manera interesada, viscosa, babeante, a defender una causa particular, cuando su única causa debería ser que prevalezca la justicia PARA TODOS. No sé dónde comenzó la deriva, pero es entendible que los déficits democráticos y el deterioro de valores irrenunciables generen indignación. Tibia, de momento.

Pero tengan cuidado, señores del poder, un día puede reventarles en la cara este globo que vienen hinchando con aires prepotentes.

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 9)

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Los ricos no lloran

 

Sigue el invierno su marcha de paso firme mientras el mundo mantiene las distancias consigo mismo. Porque todos somos mundo, ¿no?

Muchas veces les habrán dicho que el mundo es una bola, una esfera achatada por los polos, etcétera, etcétera de los etcéteras…, una serie de cojonadas que están muy bien como eufemismos geográficos, geodésicos o la madre que los pario a todos juntos…

Pero no, no sean ingenuos, no se queden con la cáscara de la historia verdadera. La pulpa de este asunto se resume en un titular de esta semana: 85 individuos ricos acumulan tanta riqueza como 3.570 millones de personas pobres. Se dice pronto. Así de contundentes nos salen los números a esta humanidad, cuyas riquezas están repartidas peor que mal, y ojalá fuera pecado de amarillismo ese encabezamiento de la noticia. Desgraciadamente, es un hecho.

Cuesta creer, a la vista de esta desigualdad, que todos naciéramos en pelotas y sin un ropón con el que cubrirnos partes o totalidad, y que unos pocos culminen su existencia ahogados en la abundancia, hasta reventar, y otros sigan, prácticamente, en pelota picada. Parece evidente: hay quienes nacen con el Brioni puesto.

Pero, tranquilos, este espinoso y vergonzoso panorama global se ha tratado esta semana en Davos (Suiza, siempre Suiza), esa especie de selecto club capitalista venido a menos, donde no entras si no eres alguien, aunque haya una puerta de servicio para políticos de medio pelo y plumíferos acomodados; vamos, la capia de barniz democrático indispensable para lucir con brillantez cualquier desmán.

En ese foro económico mundial -funciona desde 1971- se vienen encontrando los cerebros de la economía y hasta algún filósofo de mercadillo con el fin de mejorar la situación del mundo, ¡ja!, propósito muy loable aunque de resultados nulos. Cuarenta y cuatro reuniones que nos han ido llevando, como no se puede negar, al titular descrito al comienzo, es decir, a la constatación de que la mitad de la riqueza está en manos de apenas el 1% de todo el mundo, que es otra forma de decirlo pero que no mejora en nada la situación.

Los bolsillos capitalistas del club de Davos, y seguimos con la actualidad de estos días, ven el vaso medio lleno. Nos ha jodido, ¡pues claro! A ellos no les preocupa esa desigualdad y, en todo caso, carecen de las urgencias generadas por la exclusión social. Ellos se reúnen y se desrreunen, y ya está. Generan cuatro noticias, aventan dos o tres novedades insustanciales y si el ágape les ha caído bien, sin recurrir al almax ni al prosaico bicarbonato, hasta se estiran con alguna promesa que los medios, muchos de ellos en sus manos, recogerán puntualmente antes de darle fuego a la hemeroteca.

Y así se nos pasa la vida, entre dimes y diretes y tirando por los barrancos de la impotencia las desigualdades descarnadas, jugando a desinformados, a conformistas, a respetables ciudadanos que pagan sus impuestos, a señores con abrigos y señoras con estolas. Hoy es martes, mañana será miércoles; y en cuatro días, la primavera.

Somos todos bien cojonudos, la verdad.

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 2)

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Con los días contados

 

Siempre me ha impresionado conocer que este mundo se acaba. Pero aún más me llena de asombro que lo sepamos.

Si antes no ocurre una desgracia universal, vamos camino de darnos una leche galáctica -mejor que tortazo-, de padre y muy señor mío. Estamos como yogures en una balda cósmica, con fecha de caducidad.  De nosotros, raza humana y animal, flora y fauna, no va a quedar nada, ni el salario mínimo, que es la expresión más ridícula y minimalista del materialismo terrenal. Con alguna discrepancia en la fecha, dentro de 4.000 millones de años -el abanico va hasta los 6.000-, nuestra galaxia, la Vía Láctea (por eso es leche y no tortazo), chocará contra la galaxia Andrómeda, también de forma espiral, pero de mayor tamaño.

Las estrellas podrán evitar los encontronazos, dada la distancia enorme entre ellas, pero la Tierra se irá a hacer puñetas; sucederá algo parecido  a como sale la pelota despedida de la cesta de un pelotari. Pero sin frontis. Así están las cosas de serias, lo suficiente para que ladrones y especuladores miren hacia sus adentros y concluyan en cuán efímera y hasta baladí resulta su gloria. No lo harán, dirán que aún falta mucho para ese apocalipsis, etcétera. Excusas nunca les faltan.

Pero esos 2.000 millones de años de diferencia entre científicos, astrónomos  y diletantes sobre cuándo ocurrirá el desastre tienen mucha importancia: basta imaginar la cantidad de vidas perdidas en sólo mil millones de años; es decir, está en juego la diferencia entre tener o no tener futuro de muchos de nuestros descendientes. Y sí, es verdad, falta mucho tiempo, pero sabemos que el tiempo vuela: parece que fue ayer cuando llegaba la Navidad y, sin embargo, ha pasado ya casi un mes.

Lo cierto es que, ahora mismo, mientras usted pierde el tiempo leyendo este post de manera pausada y relajada –ojo, habrá formas peores de dilapidar el reloj, digo yo- , la Vía Láctea, donde se ubica nuestro sistema solar,  y la galaxia Andrómeda se aproximan a una velocidad de 300 kilómetros por segundo (aquí, la DGT ni pincha ni corta). Nadie lo diría, con la paz que se percibe de noche, sobre todo, cuando la ansiedad de acaparar bienes, como sea, duerme con un ojo vago.

Es impresionante saber que sabemos tanto. Bueno, los sabios. ¿Cómo es posible que tengamos tan claro y vaticinemos ese golpetazo galáctico y no seamos capaces de remediar el hambre de un planeta tan minúsculo como la Tierra? Que sepamos que sólo en el grupo local de galaxias al que pertenecemos haya más de 45 como la nuestra, más o menos, y en cada una de ellas se cuenten millones de miles de estrellas, planetas, agujeros negros, satélites, haya polvo cósmico, etcétera ¿Y que existen más de cien mil millones de galaxias no es increíble?

A mí, estas cosas me reafirman en lo poquito que somos. Incluso los cabrones, y eso, quieras o no, anima.

  (Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 26)

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Infanta Lucracia

 

Ganancia, dividendo, rendimiento, beneficio, interés, provecho…, lucro, lucrar, lucrarse, lucrativo…

Dice el juez que se lucraba, un pane lucrando en su mejor acepción y alejado de la lírica. El tiempo, revuelto y con nubarrones, y las circunstancias, que no son leves ni pocas, dirán si su señoría dio en el clavo o se pilló los dedos de la entrepierna con las bisagras del sistema. Me alegro por la justicia y porque así se mitiga el mal sabor de boca provocado por los fiscales de plasma con mando a distancia. Pero, por encima de todo, me alegro por la infanta. Queda así demostrado que no es tonta y sí se enteraba de lo que hacía su marido, hasta el punto de que el juez crea que se aprovechaba y lucraba con sus turbias operaciones. Las del consorte; y supuestas, of course.

Nos quitamos un peso de encima al saber que ella vivía su vida en pareja al mismo nivel que su marido, de manera que no era sumisa e ignorante, sino dueña de su propio albedrío. Ya podemos mirar de frente al resto de Cortes cortesanas de las Europas porque la nuestra, como ellas, sabe lo que hace y no se deja manipular ni en los foros públicos, donde es cuestionada, ni en la intimidad de las alcobas. Mal por mal, ya digo, prefiero que se aprovechase de las urdangarinadas rentables -deporte, por otro lado, muy practicado en este país y a ver para cuándo un mundial- a tener en nómina a una infanta tonta del haba. Y algo que la honra: ella quiere que se haga justicia, según proclama su abogado. Perfecto, así sea, venga esa justicia y que venga justa, si bien vaya por delante que las personas de camino recto no suelen ser imputadas ni molestadas por los jueces.

Pero no seamos ingenuos, no del todo. Lo desvelado hasta ahora tampoco es para tirar cohetes por haber rehabilitado mínimamente a la dama vendada; queda mucho camino por recorrer para estar seguros de que en este país todo el que la hace, la paga, sentencia justiciera donde las haya y que debiera estar cincelada y adornando el frontispicio de cuanto tribunal se precie de tal. Este partido acaba de comenzar y lo más que podemos asegurar es que un juez de línea va a pitar cuanto vea, pero hay un árbitro principal, otro juez de línea y, lo más importante, un cuarto árbitro fuera de foco, cuyas decisiones permanecen en la incógnita mejor resguardada. La presión de una parte de la grada, también contará. Este partido se valorará cuando termine y comprobemos quién se lleva los puntos.

De momento, mantengamos enhiesta la presunción de inocencia, a la que tiene derecho la inmensa totalidad de imputados de la esfera monipodia. Otra cosa es que, apenas en los primeros minutos del encuentro, se trate de volver a las andadas, a las viejas tácticas, y a negar cualquier posibilidad de que la doña supiera de qué iban los asuntos de su marido porque ella no sabe de números. ¿En qué quedamos? La vida nos ha enseñado a muchos, demasiados, que lucrarse no es fácil, aun deseándolo con fuerza, ¿y aquí una infanta se lucra sin querer? Asombroso misterio, en absoluto presunto.

Otro sí: cuesta creer que la Caixa, donde cumple su jornada laboral, sea una facultad de letras, pese a que alguna ronde por la entidad, sino que más bien evoca una caja repleta de números. Y no es necesario ser un genio de las matemáticas en el caso que nos ocupa, no es muy difícil sumar lo que va llegando a las cuentas propias por no se sabe qué arte marital de birlibirloque. Eso lo hago yo con la izquierda y sin despeinarme. Sumar, digo, aunque lo mío haya sido más verme metido en operaciones de resta.

Tampoco ayudan esos escribas que defienden trato especial para alguien muy mediático, como si esa carga sólo contara para lo malo y no fuera patente de corso en otras muchas situaciones. Cada cual debe asumir su estatus y en función del mismo responder con la dignidad por bandera. No es comparable la imputación de un ciudadano anónimo con alguien que saca provecho de su condición, cuando conviene, y pide sordina si la trompeta atruena.

Que el proceso siga su curso, pero, pase lo que pase, no quieran algunos de los protagonistas tomar por tonto al respetable. Sigan negando la mayor y sigan deslizándose por los untuosos vericuetos leguleyos, pero no pretendan que, encima, les aplaudamos con las orejas. Las tenemos irritadas de cuanto oímos.

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 19)

En Twitter: @PZudaire

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