¡Se mueran, c…!
El Gobierno, que algunas veces hasta pierde la olla de tan previsor y otras, las fundamentales, ni las huele, ha echado cuentas de los años que les resta por vivir a los pensionistas y, aunque esos números los disfracen de esperanza de vida y bla, bla, bla, lo cierto es que han calculado cuándo debe morirse cada uno de ellos. Han puesto fecha de caducidad a los jubilados como sí fueran yogures de fresa. Lo ideal sería caducarlos cuanto antes y así se arreglarían las cosas, porque no hay nada más barato y que afecte menos al déficit público que un jubilado. Siempre que esté muerto, naturalmente. Descansa él y descansa todo el mundo. Pero eso no es políticamente correcto, de momento, y aún hay personas con mando que no ven bien darles matarile. Al menos, no hasta que Merkel se pronuncie. Todo se andará: en cuatro legislaturas a más tardar, un comité de sabios vendrá a concluir cuál es la solución final; por el bien de todos, faltaría más.
Pero hay un problema. Estos sabios expertos de los cojones pueden fallar y así como los yogures cumplen a rajatabla con las previsiones y son retirados de las baldas sin contemplaciones, ¿qué se puede hacer con un jubilado que se resiste a morir cuando se le ha calculado el día y la hora? Porque, no nos engañemos, eso puede ocurrir. Resulta increíble, pero hay personas retiradas que no asumen su estatus y se niegan a morir, así lo decida la mismísima Administración; es gente, no hace falta decirlo, egoísta e insolidaria que sólo piensa en sí misma, no acepta las reglas del juego, y muchos, incluso, gozan de una salud impropia para su edad. Es el colmo: mientras algunos con menos edad van sobrados de achaques, ellos restriegan su buena salud a la sociedad sin ningún rubor. Entonces, como digo, ¿qué se hace con quienes se resisten a pasar a mejor vida, con los que se obcecan y no entienden qué es lo mejor para ellos?
Yo sólo veo una solución, y el Gobierno me dará la razón: matarlos. O también se puede decir, ponerles fin, que queda más suave y fino entre personas civilizadas. No será por falta de eufemismos: la operación podría denominarse Fin de la crisis, Pasando de los créditos, Un mundo mejor, Olvídate de los dolores o el clásico Descansa en paz. Ahora bien, en cualquier caso, eso plantea un nuevo problema. ¿El gasto de esa, digamos, desaparición del problema irá por cuenta del Gobierno o será la familia la encargada de pagar el óbito inducido? Esto puede parecer el chocolate del loro, pero a nada que sumes y sumes jubilatas finiquitados…, se dispara la factura; es mejor tenerlo hablado para saber a qué atenernos. Hay familias que andan mal para sobrevivir y no les puedes ir ahora con que han derivar una cantidad para matar al abuelo: no están para meterse en gastos.
Antes de que se pronuncien los sabios, propongo una solución: que el pensionista se pague su propio final. Es lo justo. No se ha querido morir cuando debía, ¿verdad?, pues que asuma el gasto. Se le va descontando de la pensión la cantidad estimada en base a los cálculos del comité, en función de los años que le quedan y, cuando llega el momento, ese dinero se aplica al deceso. Creo que es una buena idea.
Y es que ser sabio hoy día no es tan complicado.
(*) Sírvanse ustedes y, en función de la hora, pónganse un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.
(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 23)
