Tarjetas para jetas

 

Es como si no existiéramos, ellos roban y roban sin pararse a pensar en que los pueden pillar. No tienen miedo, ¿por qué será?

Sólo un nuevo san Virila, llegado de su largo ensimismamiento, podría sorprenderse del este nuevo escándalo de las tarjetas negras. Nos tienen tan bien acostumbrados al robo y la rapiña, que difícilmente nos vamos a dar a los aspavientos, y mucho menos sabiendo que nuestra única salida es la impotencia frente a una justicia tibia y a un Gobierno salpicado de porquería por la vía de su partido.

Una caja de ahorros, Caja Madrid, vuelve a demostrar que estas entidades, marcadas por la obligación de contribuir al bienestar social, no pasaban de ser en su última etapa unos cotos elitistas, con invitados proletarios (siente a un pobre en su mesa), a mayor gloria del beneficio y confort de consejeros y allegados. Lo de Bankia es una burla más al contribuyente, que pagó la generosa inyección de reflotamiento al tiempo que estos desahogados se daban a la bebida, la comida y la juerga en general, sin poner un céntimo de sus jugosos sueldazos. Mientras usted madrugaba para ir a trabajar o hacía cola en el Inem, ellos gastaban sin consuelo el dinero de todos. Y todavía no hay ni uno en la cárcel: ni está ni se le espera.

No es éste el gran pastel de la corrupción en términos matemáticos, pero sí puede calificarse como la guinda putrefacta de la tarta de mierda con que cada día nos desayunamos. Es el despilfarro obsceno y la mofa contra las gentes que viven la crisis a diario, algunas sin tener para comer y otras haciendo malabares en el intento de llegar vivos a fin de mes. Es el escarnio a un sistema que nació democrático y se ha ido pudriendo porque muchos de sus garantes están podridos, bien por comisión, bien por omisión.

Hay que ver para creer esa lista de sinvergüenzas, donde están representados los ricos, los sindicalistas, la patronal, los partidos políticos, alguno predicador a ultranza de la justicia social…, es esa lista como el indicador de que la mancha ha traspasado ya el mantel y se está comiendo la mesa de roble, el sostén del tinglado.

Nos gustaría ver un Gobierno fuerte y enérgico, enfrentado a sus propias miserias y al hurto sistemático, venga de donde venga, y a cambio presenciamos dejadez, falta de nervio y de reflejos, y caemos en la sospecha de que somos los únicos que estamos fuera del negocio porque sólo somos votos y declaraciones de la renta y, para lo demás, que nos den por el culo.

Tomen nota.

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Referéndum de andar por casa

 

Visto lo visto, ganar no siempre es vencer. Pero esas sutilezas se entienden mejor cuando te suceden.

En casa de un amigo han hecho un referéndum, y sirva de aviso, no intenten hacerlo en las suyas: el experimento tiene sus riesgos. Es sabido que vivimos arrastrados por modas efímeras, costumbres interesadas, tradiciones de hace media hora y, asimismo, condicionados por la metralla mediática. Ahora nos brasean con el referéndum, y parece que mi amigo no sólo lo ha convocado, sino que lo ha ganado. Qué le vamos a hacer, las consultas las carga el diablo y, en ocasiones, es más recomendable jugar a la loto, si se trata de planificar futuros e incluso de alcanzar independencias. Ni uno ni la otra te solucionan nada, pero al menos la primitiva te ofrece la sensación de pertenecer a una gran comunidad de ilusos, más o menos iluminados, cuyas ambiciones se renuevan con la misma tozudez del fracaso. Lo del referéndum sólo le ha dejado a mi amigo, además del triunfo, cuestionable, una cara de gilipuertas que ni con disolvente.

Y conste que la petición de esta consulta, plenamente constitucional -una pregunta casera no pone la patria en peligro- en absoluto nació de algún sector periférico, vale decir, de cualquiera de los miembros de su familia, sino que tuvo su origen en el mismísimo poder legal establecido: ella y él, los padres (más poder ella, desde luego, pero eso no me lo dijo). Un poco hartos de observar cómo exigir derechos ha derivado en una ansiedad incontenible de sus chicos, y atender obligaciones es tarea olvidada entre el óxido de herramientas tan nobles como el pico y la pala, pensaron ambos que no estaría de más perder el referéndum, pero abrir una puerta a las inquietudes, que ellos deben de tenerlas, y procurarles una salida por la vía de la independencia. O si prefieren pragmatismo sin paños calientes: que se fueran a vivir por su cuenta.

La pregunta no era nada capciosa: ¿Quieres obtener la independencia y ser libre, sin casposas y alienantes ayudas paternalistas? No hay nadie, ni que esté en sus cabales, que rechace semejante proposición, por lo que el estaba más que cantado. Los sondeos, hechos con discreción, lo ratificaban. Todo iba sobre ruedas; su mujer y él perderían en las urnas, pero colaborarían a que hubiera en el mundo más personas libres, personas que, dicho sea de paso, ya tienen una edad para discernir y, cómo no, años suficientes para buscarse la vida.

¡Ay, los sondeos! A éstos no los carga el diablo, sino el retorcido y oculto pensamiento de los sondeados. Un muestreo, sin un especialista en interpretación del mismo, no vale nada. La cuestión es que, según me contó, los chicos se emplearon a fondo en la jornada de reflexión y vieron venir la independencia cuajadita de dependencias; es decir, si no dependían de unos, iban a depender de otros. Y entre unos y otros, aplicaron su opción y máxima infalible de mejor bueno conocido que malo por conocer.

De hecho, los escépticos proclaman que un tal Adán –espero que existiera- fue el único ser independiente, y eso ocurrió solamente durante un rato, exactamente el tiempo en que pudo conservar todas sus costillas. Además, no en vano bailamos secularmente al ritmo social del up & down y siempre caemos al sótano los mismos: nunca nos libraremos de políticos incapaces ni de personajes corruptos o de abusones explotadores, así logremos instaurar la onírica Icaria y, por supuesto, tampoco nos habrían de faltar en esa utopía la mordida del Fisco ni los muchos y variados esquilmadores de la clase pagana.

En resumen: a la casa de mi amigo no le acechó el menor peligro de quebrarse su unidad; ni un voto hubo por la independencia, esa quimérica palabra con más promesas léxicas que hechos comprobados. Triunfó el no, ganó el poder, ganó mi amigo: no habrá secesión. Sin embargo, qué cosas, está jodido. Fastidiado, quiere decirse.

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Los tontos del haba

 

Mira a tu alrededor, somos multitud, pagamos desde el adoquín a la última baldosa del sobreático. Y también lo sabemos.

Los tontos del haba somos una gran familia, un estrato social indispensable para que funcione como un reloj ese carrusel diario engrasado con el latrocinio, el afán desmesurado de medrar a pisotones, la explotación y, en definitiva, cualquier materia digna de ser delictiva y entrar de pleno derecho en el Código Penal. Somos, también, el paradigma de la nula evolución. Evolucionan los otros, los que defraudan hasta 70.000 millones a la Hacienda Pública, pero los tontos del haba, bien pertrechados en las  trincheras de la impotencia, nacemos y morimos como tales. Podríamos salir a la calle y exponernos a que nos dieran cuatro hostias bien dadas, pero ésas ya las tenemos recibidas y, francamente, no nos sirvieron de mucho.

Nosotros, los tontos del haba, mantenemos el sistema, y nuestro basamento enraizado cumple con creces a la hora de sustentar la corrupción: no hay manera de imaginarse un mundo de defraudadores sin pardillos defraudados, no tendría sentido. Por eso somos irremplazables para el sostenimiento del tinglado. Lo que ocurre, a veces, es que nuestros abusadores descuidan las formas y piensan que los tontos del haba no sabemos nada de nada, cuando la definición sobre lo que somos distingue muy bien entre el desconocimiento, que no hay tal, y la asunción de un rol como medio de subsistencia. Y dicho sea el prefijo sub con toda la carga de calificar la razón de ser como agravio permanente.

Claro que sabemos, los tontos del haba, lo que se cuece, y por eso nos animamos a decir, como ahora, que no tragamos la doctrina impuesta, que la cabeza nos da para pensar y que nos duele ser encasillados en el último y degradado estadio de la estulticia. Pongamos un ejemplo. Cuando explota algo como el caso Pujol –lo mismo vale para el resto de escándalos- tenemos muy claro que además del interfecto y Familia, SA, ha de haber forzosamente un buen montón de cómplices, y no sólo de medio pelo. Los tontos del haba -señores del poder, en la sombra o al sol-, sabemos a ciencia cierta que no se puede estar treinta años robando sin que nadie se entere de nada. Ha de haber aquiescencia de manga ancha en las esferas de decisión para que salgan las cuentas corruptas, que ya veremos si en este pelotazo alcanzan los 3.000 millones o, incluso, se superan.

Y es ahí, en éste y otros casos, donde, condenados a ser los tontos del haba, nos rebotamos para que sepan ustedes, señores ladrones, y quede manifestado que nuestras tragaderas no están exentas de ciertos límites. Vamos, que somos tontos del haba, pero fuera de ese papel social, tenemos nuestra porción de masa encefálica en su sitio.

Es verdad que a los tontos del haba nos queda la posibilidad de tomar el camino, ya decidido por algunos predecesores, que nos llevaría, como a ellos, a convertirnos en  insignes chorizos y delincuentes respetados. Es cuestión de cambiar de acera, y si el estatus social no da para cruzar la calle, siempre puede usarse la carta marcada de argüir el servicio a los demás, que tan buen resultado viene dando a quienes comenzaron con una mano delante y otra detrás, y ahora no se las dejarían cortar, ni una ni otra, por un buen pico de millones de euros robados. Desde luego, en esa mutación deben dejarse de lado los escrúpulos, y no hay que hacer caso a las repugnancias viscerales.

Los tontos del haba no somos aforados, pero, tenemos a los efectos tanta irresponsabilidad como el monarca abdicado y otros privilegiados por la ley, porque no es cosa nuestra el florecimiento imparable de esta cueva de mangantes. Somos simples tontos del haba que pagamos la cuota obligada por pertenecer a este club.

Pero sepan que sabemos.

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Fábrica de sinvergüenzas

 

Debería plantearse el Estado pagar las vacaciones a los ladrones de este país, a ver si así descansaban al menos en verano.

O la fábrica de sinvergüenzas presenta en España un ERE urgente y reduce drásticamente la producción o este país se va a ir, literalmente, a la mierda. Recordemos someramente algunos de los escándalos de la lista interminable: Baltar, Palau, Pujol, Fabra, Bárcenas, Eres, Malaya, Millet, Palma Arena, Egüés,.. ¡Si hasta los chicos del buque escuela Juan Sebastián Elcano se dedican a negociar con droga!

No sabemos cuántos ladrones caben entre Finisterre y Gata, ni si hay un límite, pero con este ritmo de descubrir casi a diario un nuevo ladrón, es fácil que reviente el sistema por las costuras pésimamente hilvanadas de la ética.

Yo creo que de ahí nos vienen los males. No se puede considerar a la ética una asignatura como si fuera matemáticas o lengua porque sacarla adelante con un aprobado raspado –y no digo suspenderla- ya condiciona el futuro de esa persona a tener menos moral que un concejal de urbanismo metido en proyectos. En las universidades no hay que estudiar ética porque esa materia espiritual, y valga el recurso antimónico, o  se lleva dentro o no se lleva después de pasar por el tamiz de la propia familia.

Pero hay otros males que también deben analizarse. La desgracia de este país es que los  pillos desahogados no sólo cunden en número, sino que cada uno de ellos acumula por su rapiña unas cantidades ingentes, impensables en un amoral de tipo medio, de los que se ven en otros países. Cómo se puede amasar una fortuna de 1.800 millones de euros durante la ocupación de un cargo público, debería ser un tratado de obligado estudio para jueces y fiscales, hoy mediatizados políticamente hasta las trancas.

Esa justicia tibia, lenta, condicionada y servidora de sus afinidades entorpece hasta la bola la más mínima posibilidad de dar los escarmientos merecidos, al tiempo que se restriega a la gente honrada un escándalo tras otro, incluido el fraude a Hacienda, cuyo 71% es achacable a las grandes fortunas y las grandes empresas. Eso lo saben los inspectores del Fisco, porque ellos mismo lo cuentan, pero son incapaces de corregir el desaguisado. Y mientras estos ladrones no pagan los impuestos, los gobiernos, inútiles para lo que quieren, echan mano de los de siempre, aun recortándoles el pan y la sal, para cuadrar las cuentas y, por supuesto, mantener los beneficios de los bancos esquilmados por sus dirigentes y altos cargos beneficiados.

Porque si la revelación de una fortuna de 1.800 millones, caso de Pujol, es alarmante, lo mismo podría decirse del acopio hecho por el rey abdicado, cuya cifra es de parecido montante al decir de publicaciones prestigiosas, y a ver de dónde se puede ahorrar tanto cuando, año tras año, nos han ido vendiendo el funcionamiento de una institución con  unos presupuestos ajustados.

¡Ya está bien! Jamás pudo haber un pueblo como éste, al que le dan en un carrillo y no sólo pone el otro sino que, encima, corre con los gastos de los agresores. Jamás, en un régimen democrático, porque, claro, si estuviéramos en una dictadura, tiraríamos de agua y ajo, pero en pleno Estado de Derecho sólo cabe deducir que somos muy, pero que muy, gilipollas.

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El frío otoño del patriarca

 

¿Tú, también? Por Dios, Pujol, un poco más de montaña y menos apego al poder y al dinero, que son perdición.

Ya se había corrido el primer encierro de los sanfermines 2014, pero Jordi y Marta no estaban aquel día para fiestas. Una información aparecida ese 7 de julio revelaba la existencia de cuentas de varios miembros de la familia Pujol en la Banca Privada de Andorra (BPA). El secreto del dinero opaco, libre de impuestos, se desmoronaba. Treinta y cuatro años mirando con prevención hacia el toril y en este aciago día de carreras por la Estafeta se abría el portón y aparecía un miura astifino -divisa oro y negro- con dos hermosos cuernos, uno apuntando a Suiza y otro mirando a Andorra. ¿Cómo se torea eso?

No te entiendo, Jordi. Toda la coherencia ventilada ¿era sólo una pose? Puedo concebir que un ambicioso del montón se tuerza, se la juegue y eche por caminos escabrosos, pero es difícil asimilar cómo alguien puede erigirse en gobernante, en administrador de los demás, en supuesto ejemplo de servidor público, receptor de miles de papeletas de fieles votantes…, ¿cómo se es capaz de ofrecer discursos de honestidad y, por detrás, hacer lo contrario de cuanto se predica? Una cosa u otra, ¿pero las dos a la vez? No lo entiendo.

Pero es este Jordi Pujol el elogiado por su visión de Estado, sus actitudes pactistas en aras a la gobernabilidad –con factura, desde luego- y hasta defensor de un nacionalismo que hoy se aprecia moderado y democrático, en el sentido de ajustarse al marco legal, el mismo que nos estaba ocultando la cara sucia de la Luna.

Este Jordi Pujol acorazado con una pátina antifranquista, ganada honradamente a la sombra de una cárcel del dictador -algo de lo que pocos presidentes autonómicos pueden presumir-, era un defraudador más. Un político que exigía el cumplimiento de las leyes mientras él se las pasaba por el forro de una gabardina metálica, a prueba de sentimentalismos patrióticos sobre la terra ferma y con capucha aparente para afrontar la granizada de escrúpulos de conciencia. O religiosos.

El Jordi Pujol que vi en el Patio de los Naranjos un tanto asustado en aquella noche electoral de 1980, el mismo que tuvo 23 años para recuperarse de aquella victoria con otras que llegaron después -¿no fueron demasiados años en el trono, Jordi?-, el mismo que tuvo sus más y sus menos con algunos asuntos de turbiedades bancarias…,  ese mismo nos llega ahora cargado de complementarias para Hacienda en un intento de evitar males mayores.

Este es el Jordi Pujol al que llamó el rey abdicado en la triste y gozosa madrugada del 24 de febrero, con Tejero y los tapados dando un fallido jaque mate a la democracia, el president que oyó aquello de Tranquil, Jordi, tranquil. Probablemente, hoy lo sabemos, un Jordi más tranquilo que otros paisanos apurados y prestos a cruzar la frontera con una mano delante y otra detrás. Que también los hubo, sin cuentas bancarias para encarar el hipotético exilio.

Creo, Jordi, que muchos -políticos y otras hierbas de poder- termináis por creeros pequeños dioses, pensáis que sois mitológicos Janos con las dos caras dispuestas a mostrarlas y darles la vuelta cuando convenga, y al final os pillan, sois simples mortales, arcilla de mercadillo. Como los demás.

¿Valió la pena fabricarse este otoño desabrido? El problema va a ser cómo devolver ahora aquellos votos -patrimonio de confianza- entregados al político que nunca existió.

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¡Qué bien, Pamplona huele a pis!

 

No me quejo de los olores, están en su derecho. Digo que, en ocasiones, nos hubiera ido bien poder cerrar el olfato. Como los ojos.

Estoy casi seguro –seguro, ni de la fecha- de que Vespasiano no estuvo nunca en los sanfermines; pero cualquiera sabe, estos romanos de la antigüedad fueron tan viajeros y avasalladores con sus conquistas que lo mismo vengo a contarles aquí una historia de olores urbanos ya escrita en tablillas de cera.

Quería recordarles, cuando me he interrumpido, cómo el emperador citado decidió dar una lección práctica a su hijo, quien le reprochaba hacer negocio con la orina de las letrinas públicas, ideal para el curtido de las pieles -ojo, no las propias- porque el muchacho veía en aquella materia degradante y apestosa una pyme detestable. Así que Vespasiano le dijo a su vástago: Pecunia non olet, y le puso una moneda de oro bajo la nariz a fin de que lo comprobara. Espero que el hijo supiera latín y no estuviera sujeto a uno de esos planes de estudios que lo desprecian como lengua, más que muerta, asesinada.

El caso es que la auctoritas romana podría hoy curtir un sinfín de cueros si recalara por estos lares, donde la orina desparramada se muestra generosa en demasiadas calles de Pamplona- Se hace lo que se puede, y no es posible colocar a un empleado municipal con su manguera detrás de cada vejiga en apuros. Pero huele, ya lo creo que huele. No el dinero generado por el trasiego de líquidos en barras y garitos, en eso tenía razón el ilustre prócer, aunque sí apesta lo suyo la segunda fase del negocio, es decir, el desahogo incívico.

Y no es que se quiera aquí dar lecciones de nada, sino que, antes bien, es bastante razonable pensar que las juergas masivas tienen estos imponderables o daños colaterales, casi inevitables. Pero dejemos los enfados, tan reiterados como inútiles, para las cartas al director, que llegarán con la resaca. No lo duden.

Prefiero, como Vespasiano, pensar en los beneficios derivados de ese tufillo a amoniaco o vete a saber qué, y digamos que la cosa ha ido bien porque huele a pis. Eso sí, no sin antes puntualizar que se observa un elevado desprecio hacia la ciudad que las acoge en estas gentes más inclinadas a soltar la espita personal e intransferible que a molestarse en entrar en uno de los muchos aseos distribuidos por la ciudad. Es la paradoja inconsecuente, que diría un tertuliano mínimamente versado: multan entre año a los aborígenes, sustentadores del gasto, apenas les asoma la más precaria humedad, y se permite la desbeber sin control a los foráneos.

Y ahora me meto en un terreno del que no saldré ileso, no escaparé sin críticas del estilo ya estamos con las batallitas, etcétera, pero no me resisto a mencionar que hubo sanfermines en los que igualmente se veían pies negros y adoquines reconvertidos en orinales, pero afirmo que la cantidad de meadores irrespetuosos ha ido a más. Había rincones malditos de micción, es verdad, aunque nunca fueron tantos los espacios destinados a esa disfunción social.

Todo es entendible, faltaría más. No obstante, duele un poco observar una ciudad, tan cuidada durante once meses y medio, arrasada en diez días sin contemplaciones. Sé perfectamente que el desastre va incluido en los presupuestos, que son dinero y que, éste sí y con tu permiso, Vespasiano, huele mal.

Huele a subida de tasas que apesta.

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San Fermín, un santo sin papeles

 

El paréntesis de la crisis está a punto de llegar, y en vista de que la segunda no termina, abramos el primero hasta cerrarlo el 14.

De pequeño andaba yo convencido -incluso podría calificárseme de empecinado-, de que san Fermín era una fiesta, y omito escribir sólo porque es mucha fiesta para mermarla con adverbios capadores; la gente hablaba: Lo pasé muy bien en san Fermín, Iremos a san Fermín, No hay nada como san Fermín, etcétera, expresiones difíciles de ligar con un santo. Nadie comentaba: Estuve tres días rezando a san Fermín, porque así yo ya habría desentrañado el intríngulis del enredo, pero, qué va, las referencias eran únicamente festivas y, por lo que se ve, confusas.

Luego, con el tiempo y según iba creciendo, me enteré de que también se trataba de un santo. Como explicación de mi equívoco, digamos que las palabras tienen eso: definen conceptos, pero también pueden equivocar por tomarlas sin ninguna reflexión; o, también ocurre que, a fuerza de repetirlas, te fabricas sintagmas de uso diario que se dicen de carrerilla. Y entiendes de ellas lo que quieres entender y no tanto lo que significan. Los sanfermines, sin ir más lejos, sería una expresión-ejemplo. Otras veces te acostumbras a usar las palabras y lo haces por mimetismo. Oral desde luego. Hay gente que habla de Hacienda como si nada. Se llenan la boca sin ir a la sustancia de cuanto representa la palabra…., hasta que se convierten en cotizantes y entonces aprecian en su inmensidad el auténtico significado. En fin, las palabras encajadas en la rutina y las tomadas a la ligera generan entropía y confusión.

Pues con san Fermín, me pasaba tres cuartos de lo mismo, yo tiraba por la fiesta y no caía en que detrás, o delante, iba un santo. Pero, vuelta la burra al trigo, cuando ya tenía asumida la dualidad, santa y profana, oí perorar a determinadas voces preeminentes sobre la ¡inexistencia! de este santo, y ahí ya me sembré y me coseché a mí mismo ahíto de desconcierto: ¿de manera que el santo de la gran movida no había existido?, ¿organizaban una enorme juerga en nombre de nadie? Claro, se puede hacer, pero, entonces, ¿para qué habría de figurar en los carteles, o se le atribuirían capotes en el encierro, o por qué gritaríamos como tontos, veces y veces, Viva san Fermín? Sería como dar vivas a la nada o, por citar otras inexistencias, vitorear un reparto equitativo de la riqueza, la implantación de una justicia social o la erradicación del hambre. No tendría sentido.

Y así estamos, con los eruditos en sus trece y calificando la vida y milagros de este santo como leyenda, sin prueba documental de una y otros. Como si todas las creencias hubieran de responder de sí mismas con un acta de fe y no fuera suficiente la voluntad de creer (por cierto, una fe mucho más barata que la del notario).

La verdad es que descubrir estas cosas duele: basta que te caiga bien un santo para que venga un listillo a desgraciarte el dibujo; se trata de gente estudiosa, no se duda, pero que nunca ha saltado un vallado ni ha vivido sofocones en mitad de la Estafeta. Ni siquiera ha lidiado con la cuenta de un camarero en plenas fiestas. Qué pena, siempre dedicados a buscar verdades para que, al final, éstas sean como todas, es decir, las verdades suyas y sólo las suyas. Las de cada cual, en definitiva.

No, san Fermín no se merecía ser cuestionado, porque, a ver, ¿en nombre de qué otro santo se ha liado más gorda? ¿Y, precisamente a éste le exigimos pruebas? A ti te hablan de san Tiburcio y, con todos los respetos, ¿qué alegrías nos ha dado este santo? Pocas o ninguna. Y seguro que lleva la documentación en regla. En cambio, nuestro pobre san Fermín, ahí está, hecho un simpapeles.

Pero no, no van a poder. Entre el 6 y 14 de julio, ni documentos ni milongas. Día y noche, sin tregua, se demostrará la fuerza y existencia de un santo que, seguramente por modestia, ha huido de la vanidad de verse escrito en negro sobre blanco y prefiere hacerse el DNI con la memoria del pueblo, en la calle y en rojo sobre blanco. Tú, tranquilo, san Fermín, te vamos a reivindicar un año más y nos van oír desde Calahorra a Guasintón.

 

 (Gracias por la visita, volveré cuando pueda)

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La Reina y yo (nueva temporada)

 

Denme un país sin ladrones, con el Inem fumigado, los desahucios desterrados, la justicia justa y un sol bien redondo. Llámenlo equis.

Vamos viendo cómo el mundo se quita de encima las viejas caras y, así, desaparecen Papas, Reyes, Presidentes y dan paso a otros rostros con voluntad de hacerse populares y afianzarse en lo más alto de la pirámide. Vana ilusión, el oropel es perecedero, y la sentencia latina Sic transit gloria mundi ratifica a diario su rango de ley inmutable. Caduca todo, desde los yogures hasta las promesas de amor: sólo Jordi Hurtado permanece y se enroca perpetuo, como la vieja y pertinaz sequía de tiempos ya superados, allá por la Oprobiosa. Se nos ha ido el Rey, lo apreciaremos de facto en la Nochebuena de este año de crisis, y ya van unos cuantos, cuando oigamos al relevo derramar con parecida salmodia aquello tan manido de La Reina y yo…, pero en este caso refiriéndose a la plebeya Letizia, periodista de ex oficio. Ya ven, tanto criticar a las facultades de periodismo por fabricar profesionales sin futuro y ahí está la flamante Reina, prueba fehaciente de que una plumilla puede aspirar al trono; incluso a una inducida y vitalicia solidez económica por la vía del tálamo.

¿Y la República? Bien, gracias. Será añorada mientras no venga, después será otra cosa que sólo su implantación podría desvelar. El caso es que han rebrotado las inquietudes por cambiar el cromo de un rey por el de un presidente republicano o, mejor todavía, por consultar en referéndum qué prefiere el pueblo. Digan lo que digan, jamás se le preguntó a la ciudadanía acerca de sus deseos, y pretender que la monarquía iba en el paquete de la Constitución es una verdad a medias e interesada, sobre todo si se tiene en cuenta el contexto en el que se produjo la votación (1978). En el referéndum constitucional se ratificó la Carta Magna, y deducir que se optó por la monarquía es tan falso como creer que la Constitución garantiza una vivienda a todo el mundo por el hecho de afirmarse en ella que todo el mundo tiene derecho a la misma. Así que la pregunta sigue pendiente.

Dicen que la fortuna del Rey abdicante ronda los 1.700 millones de euros (The New York Times, 2012), no tengo ni idea. Si es así, ha aprovechado el tiempo mejor que un currito de cualquier cadena de montaje, incluso que su encargado. Esa cifra –incomprensible para unas matemáticas de bachillerato, como las mías- es un argumento más de sus detractores, presumiblemente equivocados si piensan que otra forma de Estado elegida estará exenta de albergar urracas con gordas cuentas en Suiza. No hay más que ver el nivel de corrupción de este país entre las clases política, empresarial y hasta sindical para entender el papel de felpudo, pisoteado y esquilmado, que le toca asumir y soportar al pueblo llano. La pretensión de que un cambio de modelo en la Jefatura del Estado va lograr la inmaculada pureza de quien la ostente, se adivina como una quimera. En función de lo visto, ciertamente. Ojalá lloviera ética, pero lo más probable es que sigamos como estamos, pertinaz sequía,  mientras nos inducen a debatir si galgos o podencos y, de paso, nos birlan la cartera.

Cambiamos de rey, y más nos valdría cambiar el paro por empleo, la crisis por el regreso a la prosperidad, los desahucios por la vivienda estable; acabar con los corruptos, desterrar la miseria y dejar que Cáritas se tome unas largas vacaciones. Pero todo esto requiere esfuerzo político y labor incansable de los agentes sociales, compromisos y acuerdos, tarea algo más compleja que sonreír a las cámaras, hacer discursos florales, desfiles militares o artículos que nada solucionan. Como éste, sin ir más lejos.

(Gracias por la visita. Si consigo reunir otro puñado de letras, vuelvo)

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Regreso a la vida

 

Comenzó a moverse en la dimensión apetecida, un claroscuro de estudiada indefinición, pero la realidad siempre llama mil veces.

Fruto de una exuberante apatía, pensaba que lo mismo estaba muerto y no se había enterado. Llevaba una vida tan encajada en sus anclados raíles, carente de altibajos, que bien pudiera ser un difunto instalado en la paz del más allá. Vivía solo, y sus personales circunstancias favorables le permitieron en su día realizar el viejo sueño, que no era otro sino abandonar el trabajo y vivir su vida, sin tener que relacionarse con nadie.

Así que él podía estar muerto y soñar, ahora mismo, que era el protagonista de un post, pero nada sería cierto. Sólo que se había muerto. Si se trataba de ilusiones oníricas, preciso era admitir que se sucedían con una rutina muy perfeccionada: se levantaba, tomaba el desayuno, le traían la compra, la cargaban en su cuenta, salía a dar un paseo, no hablaba con nadie, regresaba a casa, volvía a alimentarme, si le apetecía, y así. No faltarán quienes consideren absurda o anodina esta forma de pasar por la vida, pero ésa había sido siempre su oculta pretensión: alcanzar la tediosa mecánica de no hacer nada -de la otra, la de tener obligaciones repetidas ya acabó harto- y obviar la obligación de atender a cualquier correspondencia social. Que lo olvidasen, vaya.

No hay por qué extrañarse, estas cosas pasan. Nacen personas destinadas cerebralmente a formar parte de la manada, y nacen individuos solitarios. También están los que, como este personaje, nacieron ovejas y fueron mutándose en lobos esteparios. Estos últimos, como sucede en nuestra historia, presentan la ventaja de haber vivido los dos estadios, social y antisocial, de manera que la segunda parte del proceso les llega en la madurez y es ya algo que apunta a definitivo. No necesitan cambiar más, conocen la alternativa. Y no les gusta, está superada. Esto, naturalmente, en el caso de seguir vivos en esa baja resolución de nulas relaciones exteriores.

Claro que, si estaba muerto, ¿debía pensar que en eso consistía la otra vida? Él es, o era, creyente y, quieras o no, mantenía la esperanza de ir al cielo. Con reservas, desde luego, porque nada debe de haber más subjetivo que el razonamiento humano frente a la decisión justiciera de un dios. Llevas las de perder, eso fijo, y por más que alguien  considere haber merecido la gloria, prevalecerá su opinión. Y si hubieran tenido razón otras religiones, como la que predica la reencarnación, a estas horas –pensaba él en un alarde de sinceridad- debería haberse mutado en foca o gorrino, por poner dos ejemplos ricos en grasa y de hábitat diferenciado; y no, aquí seguía, con su rutina de homo erectus.

Decía también para sí mismo que no percibía la presencia de huríes, como otra fe religiosa prometía; no era detectable en sus lugares habituales ningún harén, ni rondaba la escena otra mujer que no fuese la señora Carmen, la portera de casa, cuya estructura no estaba ya para trotes carnales. Y de hurí, ni la hache tenía.

En esos pensamientos se debatía, a un lado y a otro de la línea que separa una vida y otra, tratando de averiguar si permanecía ubicado en una muerte acaecida en vida o en una vida posterior a la muerte, intentando discernir por dónde se movía (la verdad es que el razonamiento es un tanto confuso, yo en su lugar no haría mucho caso). Digo que así estaba cuando sonó el timbre de la puerta. Era el cartero, aún no sabía si de corte celestial, con un sobre que le entregó en mano. Y vio, y leyó, y comprendió. La carta era de ella, la que nunca abandonaba a los suyos, que eran todos. Le escribía Hacienda: habían detectado irregularidades en su declaración, le convenía ir a verlos con la mayor urgencia.

Volvió a la vida porque, ciertamente, no hay duda alguna de que continuaba en este mundo: al Fisco le resbalan los muertos.

(Gracias por la visita. Cuando consiga reunir otro puñado de letras, vuelvo)

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Antros de perdición

 

Hace poco tiempo, entré en un antro. Yo he sido bastante de visitar antros porque en eso, como en todo, no se puede hablar de oído. Ni mucho menos escribir.

Antros hay de muchos tipos, algunos ni se tienen por tales y son los peores, los que arruinan pueblos enteros y quiebran dignidades, lupanares para fornicar a las personas y ciscarse en las leyes…,  y dejar el sexo en mera coyuntura. Mi tendencia hacia los antros es más normal: la firmaron los reductos de sota, caballo y rey, donde corría el dinero; y aquellos de sólo sotas, donde también corría, pero sólo en una dirección, hacia las sotas. Como decía, entré en un antro y me vi sorprendido. Han cambiado mucho, exhiben demasiada luz, excesiva, incluso, para estar en crisis. Los antros, no sé si se han fijado, no están bien señalizados, y me refiero a los que admiten público sin más requisito que disponer de papel moneda, nada de callejones oscuros y de contraseñas pactadas sobre bultos de gatos muertos. Menos mal que uno tiene sus recursos y hay unos neones de colores que son como códigos renegados del mundo arcano; vamos, que más claro, el agua. Pero, insisto, falta señalización, con lo ortodoxo que sería un letrero donde pudiera leerse: Antro de Perdición. No es tan complicado.

Entré en un antro, digo, por chutarme unas nostalgias de ímpetus agostados y porque, parece obvio, debía escribir este post basado en una experiencia. Mi atracción por los antros, ya lo he dicho, viene de lejos. De pequeño, fui un niño muy sobreavisado, y no quiero decir con eso que me advirtieran de las cosas mediante una entrega permanente de sobres; no, en absoluto, la cultura del sobre o sobrecultura, aun siendo planta de hoja perenne, me llegó posteriormente al conocimiento. Pretendía explicar que en mi casa eran dados a poner la venda antes que la herida y, así, te sobreavisaban de cuanto pudiera acaecer-te. Por ejemplo, me tenían muy advertido del peligro de caer en los antros, unos lugares inmundos. Pero, ya ves, tanta advertencia me estimuló en la dirección contraria.

Sentado en una banqueta de cuestionable diseño y enfrentándome a un gintónic, sin duda pensado para Botín (por el precio), una especie de gimbotín, comencé a meterme en vena el pasado. Recordé la primera vez que antroentré -tantos años ya- y la decepción cosechada; suerte que uno no se desanima con facilidad porque enseguida vi que allí había poco que perder o, mejor, nada por lo que perderse. La sensación decadente de aquel local alcanzaba a la camarera, mujer muy caducada de palabra y obra, según pude comprobar al poco de sumergirme en aquel clima, más propio de la competencia sanitaria o de un ejército de salvación que de una brigada antivicio.

A punto estuve de dar media vuelta, pero no tenía yo todavía impresa la soltura de esos ambientes, en los que más tarde sacaría sin esfuerzo no pocos cumlaudes. Pedí una ginebra, como si estuviera habituado a beberla con frecuencia, cuando la única experiencia de grado alcohólico se limitaba a la ingesta de algún bombón de licor en los cumpleaños de mi tía Mercedes.

Observé el entorno mientras la veterana guerrera -por el aspecto no iba huérfana de batallas- se disponía a servirme. Decepción tras decepción, no me daba la imaginación para recolocar en aquel local un poco de vida disoluta, como dicen los cursis. Perdiciones no había, y si la tentación se quedaba en la dueña de la barra, ni siquiera yo, harto necesitado de cariño extraoficial, estaba dispuesto a despeñarme por aquellos andurriales, ya habría otras oportunidades. Recuerdo que  ella habló:

- Aún no han llegado las chicas, guapo. Falta media hora.

- No se preocupe, señora, tomaré esa copa …

Me observó de manera rara, reacción que este pardillo no supo interpretar, cuando la dama únicamente pretendía captar algún síntoma de burla o sorna por haberla llamado señora. Aún no sabía, tampoco, que llamar señora a determinadas señoras no está ni medianamente bien visto por ellas mismas. Bueno, ¿y qué?, ella me había llamado guapo, el negocio es el negocio.

Le daba yo vueltas aquel día al viejo asunto del sexo, tan ponderado, por peligroso, y me preguntaba si no estaría excesivamente sobrevalorado, a la vista del panorama (hoy vuelvo a preguntármelo). Nos habían advertido en tantas ocasiones acerca de los antros, que resultaba descorazonador comprobar, una vez más, cómo la teoría y la práctica se daban de tortas, sin encuentros comunes donde recomponer su relación.

Y aquí, en este punto, se me interrumpieron los viejos pensamientos y regresé al momento presente porque se me acercó una de las perdiciones presentes en el antro, y traía argumentos sólidos. Pero esa historia sería otro post.

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