Cuentos chinos

 

Abran los oídos, vivimos con los contadores de cuentos instalados en la calle. De golpe, no hay ninguno que no sepa rematar sus relatos con el broche, manido y secular, de felices y perdices; en qué lugar permanecían ocultos y faltos de soluciones hasta ahora, no se sabe, pero es como si la ciencia infusa se hubiera apoderado de ellos, la misma que los abandonará, probablemente, al minuto de pisar la moqueta. O repisar, que de todo habrá. Del plomo sale oro con la alquimia del pico, y donde no había salidas, sobra por decalitros el bálsamo de fierabrás, y si hace un cuarto de hora únicamente triunfaban los recortes, ahora pastan las promesas de vacas gordas a reventar. Sólo si lo votas a él. Se acabó la miseria, de ilusión también se vive. Viva la  credulidad, que nos permite cumplir los requisitos y trámites establecidos al toque de campana y sostener así el sistema. Cuentos, cuentos, cuentos…

 ¡No me vengas con cuentos chinos!, solían decirnos cuando estas alusiones etnológicas eran políticamente correctas. Entonces, China estaba mucho más lejos que hoy, ni en broma tropezabas con uno de sus súbditos por la acera, y la frase de marras se traducía, llanamente, por falsas promesas, engaños o intentos de. Hoy no la pronunciamos porque los chinos de verdad nos rondan por las calles y podrían sentirse ofendidos, aunque esa delicadeza de prudencia concedida, por nuestra parte, no modifica en absoluto el concepto que todavía mantenemos sobre qué es y qué pretende un cuento chino.

Tengo visto en el parque un bonito cerezo chino. Debe de estar ahora en campaña electoral. No da cerezas, pero sí da…  gusto verlo. Podría alegarse en su contra esa tozuda ausencia de fruto, pero es ley no escrita que nadie es perfecto. Incluso esa banda de chorizos que oscurece la luz del sol en este país no puede tenerlo todo y acaba -si no completa, buena parte-, entre rejas. Pierden la impunidad, se delatan al creerse dioses irreprochables y aterrizan de bruces en  el fango. No, no se puede alcanzar la perfección, es verdad. Lo sé porque también yo soy cerezo chino: de más ruido que nueces, para dejarlo claro. Eso sí, mis limitaciones no se abonan con dinero público.

La huella de China, decía, aparece hoy en la mayoría de lugares -no sólo en mi parque-, y cualquiera es poseedor de algo originario de aquel país. Bueno, de hecho resulta casi imposible no tenerlo y si usted cree que lo ha conseguido, haga el favor de repasar, por arriba y por abajo, esa tostadora alemana de la que se siente tan orgulloso y verá cómo por ahí, escondida, aparece la marca del made in que lo pondrá mirando a Oriente. Y no por ser china, sino porque se la metieron doblada con intención de engañar. Ése es el problema. Importa menos el producto que la burla.

Tú puedes acudir a un mitin y confiar en la persona que sale a la palestra a desgranar un programa y prometer una trayectoria apetecible. Es más, habrá detalles que, de no cumplirse, podrás entender, hacerte cargo porque los imponderables, los malditos imponderables, terminan por imponerse a las voluntades más firmes. Es posible que ese candidato luzca un interior colmado de buena fe y que, más tarde, alguien lo ponga en su sitio y le explique que las campañas no pasan de ser eso, campañas. Campañas donde se promete el oro (lo del moro, lo dejamos para otro día).

Pero más allá de ese encuentro comprensivo con el político, al que estás dispuesto a llegar, existe un tope de indecencia que no es posible traspasar sin sufrir arcadas: el engaño por el engaño, el cuento chino planificado y prefabricado antes de subir al escenario, el escarnio elaborado desde el robo, el desahogo de nutrirse de sobresueldos obscenos, los mil y un abusos derivados del cargo y en el propio beneficio, aumentarse el sueldo sin consuelo cuando la gente las pasa putas,  enchufar a  los amigos…. Todas esas prácticas perfectamente maridadas con los sinvergüenzas.

Por eso, ahí sentado, oyendo al candidato te entra la duda de si estarás ante una nueva patraña o en esta ocasión será posible digerir sin sobresaltos ese discurso esperanzador. Quisieras creer, te gustaría olvidar el pasado reciente, poner la ilusión en el voto…, ya sabes qué hay al otro lado de los sistemas democráticos, y no es nada bueno. También eres consciente de que la imperfección de los sistemas se multiplica por mil cuando caen en manos de corruptos.

¿Qué hacer, entonces? Muy fácil: si viviste cuando la noche oscura no dejaba ver las urnas, corto es el consejo, sabes de sobra qué conviene; y si llegaste a este mundo con la oprobiosa finada, pregunta por ahí, y te dirán hasta hartar.

Hay lo que hay, luchemos por que haya algo un poco mejor.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | Deja un comentario

El año de la paja

Estamos listos, ya pueden venir a vendernos mentiras, lo compramos todo. Somos los entreguistas del voto.

Andan sueltos los predicadores, que es éste un año de facundia larga, de la que va y viene a destajo…, es el año de enseñar el grano y repartir la paja. Recuperan los mudos el habla cual milagro portentoso, y petardea la semántica, como las viejas motos, salpicando de palabrería un discurso al que no le mete mano ni la santísima RAE, por muy abusador y malparido que sea el mensaje y aunque luzca más engañoso que el secular tocomocho. De continente y contenido. Viva la feria de los Landas paletos, con la maleta de cartón a cuestas y las rayas pintadas, dispuestos a ser embaucados de nuevo en la puerta de Atocha.

Ellos, los del púlpito, van a lo suyo, no hay rubor ni asomo del mismo. Los del poder porque ahora prometen hacer lo que nunca hicieron, cuando pudieron, y los aspirantes porque, aseguran, traen la solución… Es de temer que también éstos pierdan la integridad en cuanto toquen moqueta y tiren de tarjeta black. Black is black (I want my baby back…, decían Los Bravos).

¿Injusto meter a todos en el mismo saco?, posiblemente, pero resulta  desilusionante e irritante en extremo observar el día a día y comprobar que no existe límite de alistamiento para engrosar el ejército de los sinvergüenzas. Por eso caemos en la injusticia de no creer demasiado en los que, tal vez, son gente honrada y de buena fe, con vocación de servicio. Es que nos han dejado, y nos dejan a diario, escaldados.

Cómo darle la vuelta al pensamiento, si el partido en el poder lleva 18 años, que se sepa, financiándose ilegalmente, amén de otras menudencias modulares. De módulo carcelario. Qué esperanza nos queda si en la oposición se mueven por derroteros parecidos, como clones corruptos, y en  este país no se libran de andar pringados ni la monarquía ni los sindicatos, cuya combatividad es más de hucha que de lucha. Y nadie reconoce ni un 5% de sus pecados, así fuera por tener un detalle. Nada. Sólo ponen de frente la caradura y el retorcido colmillo de la sintaxis. Hay profetas de nuevo cuño, cierto, pero habrá que catarlos antes de aceptar sus sermones: llueve tanto sobre mojado y nos ha pillado tanta borrasca…

Y qué vamos a hacer si nos asiste el mejor sistema político inventado, salvedad hecha de que la condición humana es cada vez más previsible y escorada hacia la rapiña y el ventajismo de la corruptela. A la altura de la acera, los mortales ven pasar la marabunta de felones al sistema y se barruntan que no alcanzan a ver la auténtica dimensión de la basura; falta perspectiva. Intuyen que hay mucho más, dado que no se detiene la aparición de nuevos delincuentes y se presentan cifras mareantes en un cálculo aproximado del hurto sostenido.

A esto nos han llevado sus malandanzas: a la decepción, al descreimiento y a la insulsa pataleta nacida de la impotencia. Pudiendo ser fuertes, somos los maestros en la aplicación de recortes…, ataques directos contra quienes menos culpa tienen del descalabro originado desde el robo sistemático, la fuga de capitales y el fraude en general. A falta de depuraciones que no interesan, para no perder poltronas, ladrones, consentidores, responsables y allegados nos vendrán a vender una ristra de mítines ajustados a los oídos, recorrerán los mercados con sus sonrisas de tiburones y besarán a los niños. A poco que se descuiden sus madres.

Con el hartazgo de oír siempre lo mismo, mientras hacen lo contrario, avísennos ustedes, señores predicadores, cuando den trigo.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | Deja un comentario