¿Es usted un chorizo?

La corrupción no está generalizada, ha dicho por ahí algún listo. Claro, no roba quien quiere sino quien puede… y quiere.

Cada día se confirma que esta península –y alguna isla- podría ser recorrida, sin tocar suelo, por una ardilla que saltara de corrupto en corrupto. Es lo que hay y lo que sigue habiendo. Sindicatos que mutan la lucha de clases por la de sobres, empresarios de fuga fácil, contante y sonante; políticos desahogados y profesionales de todo tipo con el denominador común del embutido patrio; todo un catálogo de chorizos extremadamente rico en cantidad. Por cierto, la lista Falciani, tan extensa, debe de representar un 0,001% del fraude, según un experto en opacidades y negruras del capital.

Pero vayamos al grano: ¿es usted un chorizo?, ¿soy yo un chorizo? La duda ofende, atribula, duele… porque no resulta fácil contestar a la pregunta, hay en ella implícita una cuestión metafísica que trasciende a la mera decisión de definirse. No es para menos. Cuando se observa el panorama y se constata que se ha asentado sólidamente la norma general de que una buena porción de los que llegan arriba delinquen y estiran la mano tanto o más que la manga, algo grave pasa, algún motivo intrínseco nos desborda. ¿Llevamos en los genes nuestra condición de chorizos? ¿Podemos afirmar, de verdad, que carecemos de esa contravirtud o realmente lo que nos falta es la ocasión de merecerla? Dicho en plata: ¿si nos pusieran delante el cajón, meteríamos la mano?

Ésa es la pregunta que me vengo haciendo desde hace algún tiempo y no me atrevo a contestar: no la sé. Si yo hubiera sido tocado con la varita del sufragio y hubiese  alcanzado un cargo importante y público…, si me dieran la oportunidad fácil de meter mano en el dinero de los contribuyentes…, ¿me hubiera abstenido,  teniendo la casi completa seguridad de que no me iban a pillar? No soy capaz de responderme. Pero sé otras cosas, eso sí.

Admiro el trabajo de los políticos y su dedicación a los demás. En cierta manera, esta profesión, vista desde la honradez, es una labor vocacional de servicio al prójimo, de repartir los medios equitativamente, de socorrer situaciones, de elaborar leyes justas para que tal ocurra. Todo ello por un pago no excesivamente generoso –salvo unos pocos- y unas jornadas sin horario, así que difícilmente puede encajar en la política quienes no tengan esa voluntad férrea de pensar constantemente en las necesidades de los demás. Ahí es donde descansa, en todo caso, mi mayor mérito: como no me veo capaz de ese esfuerzo continuado y no doy la talla, no me meto a político y dejo el puesto a quienes de verdad valen para ello.

Sin embargo, parece que muchos otros se encandilaron del oficio de la política, sin reflexionar estos dos minutos escasos que cuesta ponerse en situación y analizar mínimamente cuál es la responsabilidad de emprender ese camino. Ellos, los que desmerecen esta profesión, ni siquiera pensaron qué ocurriría ante la tentación, cómo la superarían o si caerían de bruces en ella. Es, pues, indudable que el ejercicio de la política requiere de personas íntegras, es innegable que los filtros son escasos y que, al final, llega cualquiera. Y es demostrable que muchísimos de esos cualquiera no deberían estar ahí.

Por este simple razonamiento llego a la conclusión de que la pregunta sobre si soy o no un chorizo es un planteamiento falso: no debo hacerme la pregunta porque ya desistí de la posibilidad de hacérmela cuando renuncié a ser político, a aspirar a un alto cargo, a la posibilidad de aparcar mis manos cerca del cajón. Y lo mismo les digo, para que lo tengan claro y exijan firmemente reparaciones a cuantos abusan sin ningún miramiento ético desde sus posiciones privilegiadas.

Eso sí, la pregunta del título la dejo ahí porque a alguien le vendrá bien.

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La infamia de los patriotas

Hubo un tiempo no lejano en el que, en este país, caía gente muerta por las balas del terror, por el intento de imponer unas ideas.

Incluso, quienes eran los garantes del sistema sucumbieron a la tentación de hacer la guerra por su cuenta, al margen de la ley. Ya entonces, a muchos  nos parecía que llegaría un día en el que añadiríamos al dolor de la masacre la constatación de cuán inútil había sido la irracional escabechina y qué terrible sinsentido era aquella dolorosa siembra de cadáveres. Quizá, puede admitirse, no supimos intuir que esa sensación ocurriría tan pronto ni que todo lo sucedido fuera tan macabramente absurdo que la misma ambición de los pistoleros podía haberse reclamado mediante la convocatoria de una consulta. Así de sencillo: ¿no es lacerante?

Igual que en la transición, la machaconería asesina frenaba otros proyectos y avances porque los muertos inocentes son, y deben ser, la prioridad. De manera que los sondeos y las encuestas colocaban entonces como primer problema nacional la sangría y dejaban en planos secundarios otras lacras. Como el paro, la falta de vivienda o las carencias sanitarias. La vida transcurría entre el temor y el hastío. Pero no para todos.

Mientras la desazón se apoderaba del grueso de la sociedad, otras gentes sin escrúpulos, que también acudían a los funerales y se ponían la careta de los compungidos, maquinaban maniobras espurias,  tretas de patriotas felones, como la fuga de capitales, las cuentas opacas, la corrupción y la rapiña. Vaciaban el país de contenido en beneficio propio, a favor de una ambición ilimitada. Ya que la noticia eran los muertos y allí estaba colocado el foco de la justa indignación, debieron de pensar, movámonos en las sombras, donde se mueven las ratas y hagamos negocio. De vez en cuando, asomaban el hocico por las alcantarillas para hacer ver que estaban ahí, solidarios, y hasta daban consejos de cínica moralina a diestro y siniestro. Incluso se les ponía oídos.

Pero la muerte se cansó, al final ella misma tiró la guadaña, tal vez hastiada. También acosada, desde luego. Y los sondeos se fueron desplazando hacia zonas de menor carga de sentimientos, pero con mayor profundidad prosaica: el desempleo, la crisis, el hambre, la exclusión… Algunos comenzaron a oír por primera vez la existencia de una tal Cáritas, cuyo auge casi siempre es una mala noticia porque su mayor implicación social diseña el dibujo de la sociedad empobrecida.

Ya no se mataba, pero era preciso poder vivir, disponer de los medios mínimos para hacerlo con dignidad. Y tras el estallido de otras burbujas, eclosionó la bomba de los escándalos, unas explosiones continuadas, cuyo final y alcance nadie conoce todavía. Y todo se cubrió de vergüenza porque  la paz de los muertos dio paso al conocimiento de una actividad delictiva que, aprovechándose del ruido, había minado el subsuelo de la honradez. Con la dificultad de una medición compleja, ciertos estudiosos estiman el coste social de la corrupción en 40.000 millones de euros anuales, en precios constantes de 2008. La cuenta total es una afrenta pavorosa.

Un robo descomunal de patriotas que lloraban en los funerales.

 

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