97) Buenos días (*)

 

¡Se mueran, c…!

El Gobierno, que algunas veces hasta pierde la olla de tan previsor y otras, las fundamentales, ni las huele, ha echado cuentas de los años que les resta por vivir a los pensionistas y, aunque esos números los disfracen de esperanza de vida y bla, bla, bla, lo cierto es que han calculado cuándo debe morirse cada uno de ellos. Han puesto fecha de caducidad a los jubilados como sí fueran yogures de fresa. Lo ideal sería caducarlos cuanto antes y así se arreglarían las cosas, porque no hay nada más barato y que afecte menos al déficit público que un jubilado. Siempre que esté muerto, naturalmente. Descansa él y descansa todo el mundo. Pero eso no es políticamente correcto, de momento, y aún hay personas con mando que no ven bien darles matarile. Al menos, no hasta que Merkel se pronuncie. Todo se andará: en cuatro legislaturas a más tardar, un comité de sabios vendrá a concluir cuál es la solución final; por el bien de todos, faltaría más.

Pero hay un problema. Estos sabios expertos de los cojones pueden fallar y así como los yogures cumplen a rajatabla con las previsiones y son retirados de las baldas sin contemplaciones, ¿qué se puede hacer con un jubilado que se resiste a morir cuando se le ha calculado el día y la hora? Porque, no nos engañemos, eso puede ocurrir. Resulta increíble, pero hay personas retiradas que no asumen su estatus y se niegan a morir, así lo decida la mismísima Administración; es gente, no hace falta decirlo, egoísta e insolidaria que sólo piensa en sí misma, no acepta las reglas del juego, y muchos, incluso, gozan de una salud impropia para su edad. Es el colmo: mientras algunos con menos edad van sobrados de achaques, ellos restriegan su buena salud a la sociedad sin  ningún rubor. Entonces, como digo, ¿qué se hace con quienes se resisten a pasar a mejor vida, con los que se obcecan y no entienden qué es lo mejor para ellos?

Yo sólo veo una solución, y el Gobierno me dará la razón: matarlos. O también se puede decir, ponerles fin, que queda más suave y fino entre personas civilizadas. No será por falta de eufemismos: la operación podría denominarse Fin de la crisis, Pasando de los créditos, Un mundo mejor, Olvídate de los dolores o el clásico Descansa en paz. Ahora bien, en cualquier caso, eso plantea un nuevo problema. ¿El gasto de esa, digamos, desaparición del problema irá por cuenta del Gobierno o será la familia la encargada de pagar el óbito inducido? Esto puede parecer el chocolate del loro, pero a nada que sumes y sumes jubilatas finiquitados…, se dispara la factura; es mejor tenerlo hablado para saber a qué atenernos. Hay familias que andan mal para sobrevivir y no les puedes ir ahora con que han derivar una cantidad para matar al abuelo: no están para meterse en gastos.

Antes de que se pronuncien los sabios, propongo una solución: que el pensionista se pague su propio final. Es lo justo. No se ha querido morir cuando debía, ¿verdad?, pues que asuma el gasto. Se le va descontando de la pensión la cantidad estimada en base a los cálculos del comité, en función de los años que le quedan y, cuando llega el momento, ese dinero se aplica al deceso. Creo que es una buena idea.

Y es que ser sabio hoy día no es tan complicado.

 (*) Sírvanse ustedes y, en función de la hora, pónganse un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.

 (Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 23)

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96) Buenos días (*)

 

Malditos sean

La tentación es fuerte, nadie lo niega, pero llega un momento en que se cae en ella desnudado de cualquier dignidad.

Yo creo que la vida de Urdangarín debería llevarse al cine. Cualquiera no tiene seis testaferros y un negro intelectual, luego nos encontramos ante un personaje de metraje largo. Aquí, la historia no atendería al típico y tópico desarrollo de quien, saliendo de la nada, alcanza la gloria, pero sí podría ser la de un ambicioso caído en la marmita de su prepotencia, hasta confundir las normas y leyes con la letra y firma de un cheque en blanco. Presuntamente, desde luego.

Con cinco euros de comprensión, tampoco resulta asombroso verse cegado por los focos de un escenario, cuyos vatios deslumbran la escena hasta el punto de iluminarte un rey como suegro y una infanta como esposa. Con esos roles encima de las tablas, cualquier ambicioso puede imaginarse que la función no va a terminar nunca, que jamás vendrá alguien a arruinarte el atrezzo.

Tristemente y al tiempo que el Gobierno carga la caballería contra los pensionistas, que ya pagaron su pensión, y el pueblo de a pie, constatamos cómo la sinvergonzonería es una fábrica que no detiene su producción en las 24 horas del día ni tampoco cierra sus puertas durante los fines de semana. Aquí no hay ningún ERE, ni se le espera. De las tropelías descubiertas hasta ahora, muchas veces gracias a los medios de comunicación, asustan, por encima de la oferta existente, las que aún restan por descubrirse, pues si levantado el pico de la alfombra asoma semejante montón de mierda, ¡qué puede ser esto cuando quitemos la alfombra entera!

Y si individuos que no son yernísimos ni esposísimos se atreven a robar, estafar, esquilmar y suicear a cuentazo limpio en el país de los cantones, porque en su fuero interno están convencidos de que nunca los atraparán, ¿qué no planteará a su descaro quien se codea de tú a vos con un suegro campechano que, encima, es Jefe del Estado? En ese sentido es más comprensible -no admisible, quede claro- la apuesta de Urdangarín que la de esos chorizos incardinados en los aparatos de los partidos políticos, en las ingenierías  bancarias, en las patronales o allí donde metan mano.

Ahora bien, da la impresión de que tanto unos como otros terminan por perder la olla y discurrir que son Supermanes, que nadie olerá el hedor de sus cloacas, y terminan por considerarse a sí mismos intocables. Eso es, precisamente, lo que obliga a pensar que hay mucho sinvergüenza todavía por desenmascarar. Las chorizadas generalizadas, como ocurre en este país, no pueden crecer ajenas al mimetismo, cuya capacidad para clonar o repetir ladrones está más que demostrada. No, no pueden faltar quienes imiten a otros porque la feria les ha ido bien.

En cualquier caso, los síntomas de esa sensación de inmunidad son evidentes. ¿Cómo si  no puede nacer el arrojo de plantear a Aguas de Valencia -lo hizo Urdangarín- un trasvase entre el mar Muerto y el Rojo, o pedir la devolución del IVA de un disco que no llega a tres euros? ¿Hasta dónde puede llegar alguien a creerse por encima del bien y del mal? Sobre todo, del bien.

Ladrones los habrá habido siempre; libertad de expresión, al menos la que tenemos, no. Dicho esto, hoy concurren dos circunstancias que hacen a esta gentuza mucho más impresentable. Por un lado, el ataque a una democracia que prostituyen a su manera, aprovechándose de sus lagunas o amparándose en presunciones, es decir, lanzando  ataques de demócratas convencidos -también, supuestamente- contra su propio sistema; y, de otro, destaca la ausencia de ética para cometer las fechorías y hacer que alternen en la prensa sus escandalosos titulares con otros que hablan de desahucios, pobreza, desempleo, hambre y hasta miseria.

Sólo por eso, por la burla descarnada, malditos sean.

  (*) Sírvanse ustedes y, en función de la hora, pónganse un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.

 (Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 16)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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95) Buenos días (*)

 

Perra vida

La situación pinta cruda, son demasiadas las noticias negativas, y empiezo a cuestionarme si la perra vida no es tan mala.

Tengo una perra con ojos de aceituna negra, un animal que me quiere, se nota, y me huele. Sobre todo, me huele. El otro día nos fuimos al monte, una tachuela doméstica y suficiente para una rodilla, la mía, con vocación de sonajero. Mi perra iba delante, sin problemas, ella lleva tracción a las cuatro patas, y yo bastante tengo con seguirla a distancia. De vez en cuando se vuelve, se acerca, me olfatea y sigue a lo suyo, a oler las huellas de otros todoterrenos que pasaron antes y dejaron su impronta entre la maleza del monte bajo.

¿Está mal hablar con una perra? No lo sé, pero yo lo hago. Le cuento mis penas con la seguridad de que, no entendiéndome, resulta imposible marearla con pesares de humanos. Si sospechara que me comprende, me callaría. Y eso que me mira de frente y sin miedo, levanta las orejas y me hace sospechar. Pero no, no creo que me entienda. Es bonito hablar con alguien que no te comprende, quiero decir con alguien a quien le es imposible comprenderte porque, así, ya sabes a qué atenerte. No tiene ni comparación a cuando hablas con un congénere y esperas unas migajas de empatía, porque tiene capacidad para ello, y al final te da de lado. Mucho mejor la perra.

Como no me entiende, descargo en ella mis malos momentos, personales y generales, y le cuento lo poco que sé de la crisis y de cómo hemos llegado a este punto cuando hace cuatro días éramos la mundial del Estado de bienestar. Se lo digo sin tapujos: Chica, no tengo ni idea de por qué vamos tan mal, pero si me preguntasen en un programa de televisión, seguro que era capaz de explicarlo. Sí, no me mires así, este país está huérfano de soluciones y sobrado de explicadores. Me mira y se va. La entiendo.

Vete, ya regresarás, me digo en voz alta, aquí te espero para contarte las últimas imputaciones y el misterio de que, por más que se demuestren los robos, ni Dios devuelve nada en este país. Ha vuelto la cabeza de golpe, como si la irreverencia le hubiera llamado la atención, y se ha puesto de nuevo a mi vera. Muy bien, hablemos.

Mi perra, me fijo ahora en ello, es mucho más lista que yo. Ella nunca perdió un minuto en intentar aprender inglés, al contrario que yo, obcecado en el empeño para, al final, saber de ese idioma lo mismo que mi perra, nada. Hasta me purgué la gula en Brighton, residiendo con una familia autóctona y alimentándome de auténtica comida inglesa, si es que tal cosa existe y no estamos ante el origen del oxímoron puro. Fue una experiencia límite, de las que tanto alardean en la tele los intrépidos aventureros, un paso anterior a esa vivencia, drástica por excelencia, que es dejar de comer. Con todo, no hay unanimidad científica sobre cuál de las dos posturas se lleva la gloria de ser más radical. A nosotros -uno de Bilbao que tampoco habla inglés y yo- nos salvaron los perritos calientes de los puestos callejeros.

Y esto del inglés es sólo un ejemplo de cuán lista es mi perra.  Podría seguir: nunca la he visto en chándal en una gran superficie comercial, jamás se cuestionó la existencia, le importa un bledo saber de dónde venimos y aún menos adónde vamos, nunca oyó hablar de Urdangarín, cree que Bárcenas es un defensa del Granada, vibra con las caricias repetidas como si fuesen nuevas, no atiende a las tertulias mediáticas…, en fin, son arrolladoras en número sus aptitudes, si se compara conmigo.

Al llegar a casa, ella, la perra, busca su recipiente de agua. Ganas me dan de agacharme y compartirlo, pero desisto, no soy más que un estúpido humano.

 

 (*) Sírvanse ustedes y, en función de la hora, pónganse un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.

 (Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 9)

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94) Buenos días (*)

 

Pánico en
la carretera

Es un misterio. Si todos somos inocentes hasta que se demuestre nuestro delito, ¿por qué nos sentimos culpables?

Imaginen que han tomado un vuelo y, también en esta ocasión, se despreocupan de la azafata que, ese momento, explica cómo meter la cabeza por el agujero del chaleco salvavidas. De repente, ella interrumpe sus explicaciones y les dice: Mejor no sigo, porque me acaba de comunicar el piloto que caemos en picado; gracias por volar con nosotros y, créanme, me gustaría volver a verlos, aunque fuera en otra compañía…

A partir de ahí, según cuentan los muertos vivientes, supervivientes, comienza a pasarte por delante la película de tu vida y, en cuestión de segundos, la repasas en su totalidad. Pero no sólo sucede en los aviones y si usted no vuela, paso a informarle cuándo puede vivir esa misma experiencia sin tutear a las nubes.

El caso es que tú vas por la calle, ves pasar a una patrulla de la policía y piensas: estupendo, irán a detener a algún criminal, eso está bien. O pasas por delante de una comisaría y deduces que estamos seguros. Sin embargo, esos pensamientos se van a hacer puñetas cuando es a ti a quien para la policía. Digamos que estás conduciendo y te echan el alto. Inmediatamente, ves el fin y, como en el avión u otra situación extrema, los hechos de tu vida, incluidas las imágenes, ocupan tu mente. Y todavía te sobra tiempo para darte un repaso y contar cuántos cadáveres ocultas en el armario porque, está claro, vienen en tu busca.

Unos segundos más tarde te encuentras con que no has asesinado a nadie, y eso es aún peor: el delito del que te van a acusar, y por el que vas a pagar, ¡ni siquiera lo sabes tú! Dios, qué angustia, ¿qué querrán de mí?

La pareja, en este caso de la Guardia Civil, se te aproxima, ya no hay salvación, y esperas dentro del vehículo a que el destino se cebe contigo. Desde luego, los dioses te han abandonado, no ya uno, que es el tuyo, sino todos los demás que, aunque los crees de mentira, te hubieran venido de perlas para ayudarte.

¿Por qué nos da miedo la policía? No somos súbditos de dictadores, algunos todavía no hemos apiolado a nadie y, sin embargo, el abrazo del pánico es mortal, te asfixia el entendimiento, te bloquea. A medida que pasan los años, es verdad, deberías calmarte, como ocurre en ciertas áreas o zonas del cuerpo, cuyo nombre no diremos -no hace falta-, pero no, no decrece ni un ápice ese temor hacia lo desconocido…, siempre que lo conocido proceda de la decisión de un policía.

Ya está aquí el primero de los dos guardias, alea jacta est: o sea, traducido, date por jodido. No te va a engañar con su mirada de profesional y sus buenas tardes, que no rompen el hielo, y sí te fulminan los pocos arrestos restantes. Estás entregado, a punto de ofrecer las muñecas para que te ciña las esposas; piensas en tu mujer, ¿cómo la avisaré?, ¿conocerá a un abogado competente?, ¿cuánto tiempo estaré encerrado? Y lo peor, ¿qué habré hecho? Bueno, espero que al menos eso me lo digan.

- Buenas tardes.

- Buenas, señor agente – a ver si lo arreglamos con un poco de educación.

- ¿Va usted a Villapendejos?

- Sí, señor, pero si quiere me vuelvo; a mí ese pueblo no me dice nada…

- Sólo queremos advertirle que circule con cuidado porque en el kilómetro 36 ha habido un desprendimiento, y el paso está siendo alternativo en ambos sentidos.

- Alternativo.

- Eso es, primero pasan unos y luego, los otros; según se les indique.

- De acuerdo, señor agente -contestas sin entender nada.

- Buen viaje -se despiden.

Y respiras porque, una vez más, no te has cargado a ningún congénere. Eso sí, mañana mismo pasas la ITV.

 

 (*) Sírvanse ustedes y, en función de la hora, pónganse un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.

 

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 2)

 

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93) Buenos días (*)

 

¡A tomar
por el ojo!

El eyeballing consiste en tomar vodka u otro licor a través de los ojos y, al hablar de ojos, valen todos, no sean tiquismiquis.

Ustedes disimulen, no ha de notarse su extrañeza y deben evitar quedar como personas anticuadas e inadaptadas, alejadas de las nuevas tendencias, así que aplíquense el cuento de donde fueres, haz lo que vieres, y sigan adelante, sin temor, convencidos de estar a la onda, con actitud de a mí me van a enseñar éstos. Eso es, así se habla.

Si entran en un bar y encuentran al personal con los pantalones bajados y metiéndose cosas por ahí detrás, sangre fría ante todo, no se alboroten, es gente actual que sólo está tomándose una copa, así que pidan la suya y procedan como el resto; eso es lo que se espera de unos tipos modernos que saben lo que quieren. Rápidamente, comenzarán a notar en la sangre los efectos de la graduación alcohólica, enseguida se pondrán como motos, aunque se les irrite un poquito el tubo de escape. Aceleren, la vida es velocidad.

Vaya por delante que siempre he admirado el cuerpo humano, su complejidad, esa maquinaria que nos hace únicos y termina por matarnos, pero hay algo que me parece mejorable en cuanto a la distribución de funciones. Me asombra, desagradablemente, que la boca, tantas veces dueña de eróticos sueños y hasta abertura de fuerte enamoramiento, sirva lo mismo para despertar la pasión que para meterse por ella un cuarto de kilo de cordero. Y no, no me gusta, ni aunque sea lechal.

En mi modesto entender, el cordero, el pavo o la merluza deberían entrar por orificio diferente al que te sacude un beso apasionado, si bien es verdad que la incapacidad de concentración que nos abruma olvida, afortunadamente, estas coincidencias y termina uno por olvidarse de una función cuando practica la otra.

Así que el problema es de orificios, algo que, en cierta manera, acaban de solucionar los creadores de nuevas modas. Si no la ingesta de cordero, al menos la de alcohol ha encontrado la utilidad de otras entradas. Hoy se bebe alcohol por el ojo, digo, el de ver, levantando el párpado, y aunque causa escozor, el efecto es mucho más rápido que hacerlo por la vía tradicional. Puedes quedarte ciego, pero no importa, el hígado descansa. Y, la verdad, ya le tocaba. También se bebe por vía anal, con tampones empapados en alcohol -son los tampax on the rock-, mientras ellas prefieren utilizar la vagina. De eso no tenemos nosotros.

Ah, se me olvidaba hacerles una advertencia antes de que salgan ahí fuera y se la jueguen: si entran en un bar y la gente está bebiendo a pantalón quitado, en el caso de que les apetezca un pincho, no intenten innovar. Las tapas mantienen el conducto retro, aún no les ha alcanzado la modernidad, eviten otros intentos porque podrían hacerse daño.

Y, a partir de ahora, si alguien los manda a tomar por el c…, pelota al suelo, cuenten hasta diez y, antes de enfadarse, comprueben si no se trata de un gesto amistoso y, en realidad, los están invitando a un trago. ¡Hala, a disfrutarlo!

 

(*) Sírvanse ustedes y, en función de la hora, pónganse un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.

 

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 26)

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92) Buenos días (*)

 

No todas
somos infantas

No podría serlo, con estos pelos, y por eso nunca tendré un fiscal infantizado que, en vez de acusar, me defienda.

Se acabó lo que se daba, que no era nada, y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza, y el señor cura a sus misas. Gracias, Serrat. Ya puede doña Justicia, con nuestro respeto y acatamiento, vestir de celofán el dulce caramelo de su decisión y enviarlo por seur al distrito de Pedralbes o al domicilio que ahora soporte la tramontana judicial. Siempre sostuve que es mucho más fácil hallar un abogado defensor que te acuse que encontrar un fiscal defensor y, sin embargo, vivir para ver. En cualquier caso, nos merendamos una zarzuela de  marisco -no muy fresco, por el cante que despide-, regado con Colares de Estoril.

No, ni yo ni muchas más somos infantas. En mi caso, la depilación a la cera dejaría a oscuras un buen número de iglesias, por escasez de velas, pero no me hubiera importado vivir la experiencia de serlo. Sobre todo en este país de Audiencia empalmada, para verla rendida a mis encantos y convertida en audaz defensora de mis mermadas entendederas, porque la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, bien lo dice el evangelio y, siendo así, no tiene una por qué saber en qué anda metido el marido, y si trae pasta abundante y generosa, él sabrá, no se mantiene a una infanta con el sueldo de un tornero, qué coño me explican.

Lo que hay que oír del populacho, porque audiencia viene de oír, del verbo audio, a ver si estudiamos un poco de latín y no nos vamos siempre por los cerros pardos de la gramática bajofondista, de pensar mal de todo y canear a la realeza ahora que anda baja de defensas. Una entiende que las envidias corroan, pero no puede comprender la inquina oxidante de gente contra la que nada malo he hecho en mi vida. Que se os llena la boca de apostar por la justicia y cuando ésta emite una decisión o un fallo -curioso, el nombrecito- os dais a todos los demonios y os sentís frustrados porque no me empluman. Lo que hay que oír. ¿Sabréis más vosotros que yo de la intimidad que guardo con mi marido, so listos?

Otrosí, las infantas damos lustre a una sociedad gris, sin brillo; llenamos los envases cuché, os entretenemos con nuestras andanzas y malandanzas, os diferenciamos de esas sociedades ahítas de gordos hamburgueseros, que ni un triste rey tienen para echarles pedigrí dinástico a sus negros algodonales. Y vosotros nos lo pagáis así, con esa mezquindad de cuestionar a la Audiencia porque nada prueba que yo sea lista y sepa cuanto ocurre en mi casa. Bastante tengo con lo mío, pero no esperen que eso lo desvele, ¿o acaso me cuentan ustedes sus intentos de defraudar a Hacienda, el absentismo secular y otros desatinos que leo en la prensa?

Estoy contenta, pero contenta relativa, como un pronombre, con ese regusto de malestar provocado por las posturas críticas y ácidas, como si no bastara haberme tenido en la picota del honor durante un buen trecho. El día en que se exporten infantas a países faltos de nuestra rutilante clase vip y exquisita gracia, ya hablaremos; os vais a enterar de lo que vale un peine (envuelto en un palacete, desde luego)

Por cierto, he de hablar con mi marido y dejárselo muy claro: No quiero que me cuentes nada, si no desgrava. Que las audiencias oyen.

Hablo como una infanta, oye.

(*) Sírvanse ustedes y, en función de la hora, pónganse un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 19)

 

 

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91) Buenos días (*)

 

¡Es la psiquiatría, estúpido!

La frase surgida en la campaña de Bill Clinton como un enorme hallazgo -la economía, estúpido- ha pasado a peor vida. De ésta no nos sacarán los economistas.

Volví al psiquiatra. De mi anterior visita salí impresionado, no tanto por saber que tenía dos egos, como por conocer la existencia de personas que suman tres, cuatro y hasta seis. En parte, me molestaba que hubiera unos seres superiores, que, en el mismo espacio de tiempo que yo -los años que nos concede la muerte-, fuesen capaces de vivir experiencias tan ricas. Como si disfrutaran de diferentes vidas a la vez.

Además, yo tenía un segundo ego de quita y pon, apenas me duraba una Navidad, cuando me convertía en otro, cuando me volvía amable, cuando creía sin asomo de duda que la familia era cosa de siete días. Pero, con la llegada del Año Nuevo, mi viejo ego echaba al nuevo y recuperaba el ser impresentable que era antes del 24 de diciembre. Sin embargo, ahora sabía, gracias al psiquiatra, que no faltaban en el mundo personas con varios egos, mantenidos de forma estable.

No he estudiado medicina, ni psiquiatría, sólo me asiste la experiencia de vérmelas conmigo, así que pedí al doctor una explicación llana, una manera fácil de entender por qué los egos se reparten de manera tan caprichosa, y algunos debemos conformarnos con uno -aunque esté hinchado- y otros disfrutan poco menos que de un catálogo. Después de saludarnos efusivamente, no en vano soy ya cliente,  me invitó a tumbarme en el diván, y no por prescripción, sino que, así me lo aclaró, era mejor buscar una postura cómoda ante la facundia que se me venía encima.

- Se lo explicaré gratis y de forma que lo entendería cualquier idiota- dijo.

- ¿Incluso yo? –pregunté, por si acaso.

Iré al grano de cuanto me expuso, así ahorramos tiempo. Al parecer, los casos más evidentes de personas con varios egos se refieren a mentes privilegiadas, individuos que acostumbran a vivir sin dar golpe. La gente con preocupaciones, bastante tiene con mantener uno. Ése es el punto de partida. Y si hablamos de ociosos, nos vamos, generalmente, a tipos con dinero, cuyas personalidades cuadruplicadas son utilizadas para ser unos al pagar la renta a la Hacienda de su propio país y otros diferentes cuando abren cuentas secretas en Suiza, Luxemburgo o islas Caimán. Era un ejemplo, pero hubo muchos más. Con la corrupción, ocurre lo mismo. Es el caso reciente de las dietas cobradas por asistir o no asistir a reuniones inanes: un político está trabajando duro por el pueblo al que sirve, y uno de sus egos, taimadamente, se escapa a cobrar esas dietas. Luego le cuesta explicar que se ha tratado de un ego desmadrado, y mucho más concretar qué ego se ha quedado con la pasta. Porque, eso sí, la desaparición del dinero es una constante en cualquier rama, científica o no.

Casos habituales de multiegos se refieren, pues, a los políticos; especialmente a los líderes, y basta con fijarse un poco. Si no fuéramos por la vida con las orejeras puestas y mirásemos a los lados, para calibrar las dimensiones y reparar en los detalles, ya nos habríamos dado cuenta de que nada tiene que ver el político que da el mitin y presenta su programa electoral con el político -aparentemente el mismo- que carece de memoria sobre lo prometido en cuanto pilla poder.

La cosa funciona así: un ego se ocupa del espacio estridente del mitin, otro muestra el programa, otro abraza a niños y viejecitas por las calles, otro acude a la tele vestido de populismo…; también hay un ego para valorar los resultados electorales -es un clásico- y se emperra en afirmar que ha ganado, sin importar los batacazos cosechados. El público se lo toma a risa -mal hecho- y la verdad es que sí ha ganado, porque, al margen de los votos recaudados, continuará viviendo cojonudamente hasta las próximas elecciones. Finalmente -no se olvide que estamos hablando de la misma persona multiego-, el ego del poder ni sabe ni quiere saber nada de los otros: ya no abraza a nadie y si ve un niño cerca, lo mismo le sacude una hostia; el programa no aparece, las promesas no existen y se niega a rendir cuentas. Como mucho, reconoce ser víctima de sus otros egos, pero lo cierto es que todos sabemos quiénes son las víctimas.

Al final, pese a haberme dicho lo contrario, el psiquiatra me cobró la consulta, negó su promesa de gratuidad y me reprochó que quisiera aprovecharme cuando no nos conocíamos de nada. No quise discutir ni tampoco me extrañó que, poco después, alguien me comentara su más que segura presencia en las listas de un partido político.

En resumen, no puede explicarse sin la erupción de múltiples egos que una concejala de Pamplona, verbi gratia, se reúna consigo misma y cobre por ello, ni que un honrado padre de familia se vaya a un paraíso fiscal con el maletín lleno, ni que un político se corrompa…, son los egos díscolos los autores de esas fechorías.

La solución a la crisis y al descojono financiero no pasa por los economistas, sino por extirpar los egos sobrantes: los corruptos, los que roban y los que no tienen puta idea de gobernar. Y esos recortes, no nos engañemos, están en manos de los psiquiatras.

¡Loqueros al poder, ya!

  (*) Sírvanse ustedes y, en función de la hora, pónganse un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.

 

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 12)

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90) Buenos días (*)

 

 

Jubilados
entre rejas

No, el título no hace referencia a una nueva medida del Gobierno para solucionar el gasto de las pensiones. Todo se andará, depende de Merkel y su neura.

Éste de las pensiones es un asunto muy abordado y poco solucionado, pero, por encima de todo, es una cuestión aún pendiente y, todavía peor, sobre ella se posan nubarrones amenazadores: lo que hoy parece malo, mañana, a este paso, podría despertar la nostalgia de un grato recuerdo porque lo pasado fue mejor. Pero, aparcando ese grave problema, aquí se habla hoy de los jubilados presos. Que los hay.

Si usted tiene pensado acabar con ese conocido que nació incordio, se crió molestia y ya anda por mosca cojonera, déjelo, no vale la pena, sería su ruina. Pero si le fallan los argumentos para echarse atrás y considera que le ha llegado su hora -la de él, claro está-, no se lo piense demasiado y hágalo cuanto antes, no espere a la jubilación porque lo mismo no llega, cada vez la retrasan más, y, por supuesto, se equivoca si cree en esa leyenda urbana que explica cómo, a partir de cierta edad, vale todo y no hay cárcel ni castigo para personas provectas.

Tengan cuidado ahí fuera; los mayores de 70 y de 80 años sí van a la cárcel y, encima, se ven obligados a vivir en edificios que jamás fueron pensados para albergar a personas de la tercera edad. Se dice que, por su situación vulnerable, ese sector de la sociedad no pisa una prisión, pero  la realidad desmiente esa teoría, perdón, esa tontería. En estos momentos hay 2.051 internos con más de 60 años en las prisiones españolas, el 2,9% de un total de 69.113. De ellos, 1.700 están entre los 60 y los 69 años; 303 entre los 70 y los 79; y 48 tienen más de 80. Y aunque parezca escaso ese porcentaje sobre el total de la población reclusa, tendremos que admitir que  no es tan irrelevante, si tenemos en cuenta que, a medida que se cumplen años, se van perdiendo los apetitos. Incluso el ansia de delinquir, además del otro.

Entre los jubilados que hoy residen entre rejas, se encuentra un poco de todo: hay homicidas, agresores sexuales, maltratadores, estafadores reincidentes, traficantes de droga…, personas condenadas por delitos graves que no logran evitar la prisión a pesar de su edad avanzada.

Es cierta la existencia de una regla general, cuya letra reza que alguien con más de 70 años no debe estar en prisión, pero esa disposición no está exenta de excepciones para garantizar la inexistencia de impunidad absoluta. No hace mucho, las mafias del narcotráfico -espero que no sea éste su caso- se dieron cuenta de la ventaja de esa regla en favor de quienes suman siete décadas, y comenzaron a aprovechar a septuagenarios para transportar la droga. Sirvió de poco, porque una cosa es facilitar la libertad condicional de una persona mayor y otra  construirle al delito una autopista sin peaje.

Así están las cosas; por eso, si están pensando en hacerla gorda, no esperen a ver qué edad considera el Gobierno aparente para ser un jubilado. Además, cuanto antes se decidan, más tiempo tendrán para arrepentirse.

De nada.

 (*) Sírvanse ustedes y, en función de la hora, pónganse un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.

 (Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 5)

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89) Buenos días (*)

 

Te quiero, Pantoja

Isabel, estoy contigo. Ni cárcel ni devolución, no vas a ser tu menos que la ristra de chorizos que te precedieron. Y la que vendrá.

Maldita sea esa justicia y la madre que la parió, Pantoja mía, que nos enseña el trampantojo -diríase que la palabra es tuya- de tu sentencia y nos esconde el solomillo del hurto. No eres tú quien va a Suiza y vuelve de vacío, no eres tú la que esquilma el Tesoro nacional, ni eres tú la que pone la divisa, de fuga y oro, en el morrillo de un paraíso fiscal. Un país donde el que no roba no mama se ceba en tus carnes, prietas las imagino, por la envidia emanada de verte amazona, bitetal y exuberante, de las marismas.

Aquel drama arrancado por la taimada cornada de Avispado se cierra ahora con dos años de cárcel virtual y una multa de tráfico (tráfico de pasta), y la España de los faralaes, traidora y veleta, mira hacia otro lado. Ya no llora contigo. Tu carita de cera la echan del museo al arroyo, sin contemplaciones. Ni siquiera el Norte, ese pedazo de la piel de toro que odia tu folclore y llena los teatros por donde pisan tus pies morenos, se pronuncia… si no es para repetir, como lorito global, que se ha hecho justicia. Y una eme pinchada en un palo.

No tienes pecado mayor, querida mía, que tus malandanzas con ese Cachuli de medio pelo y pantalón sobrecinturado que, sin más gracia que una alcaldía esquilmada, te llevó al huerto. Eso sí es imperdonable. Hubieras encontrado, a millares, galanes dispuestos a compartir los polvos del Rocío, los del camino, digo, sin tener que verte arrimada a un truhán que, mírate, adónde te ha conducido. Cuando pongo en el mismo plano visual a tu difunto de arena dorada y a ese gañán, se me cae el alma al suelo. Y debería pasarte lo mismo.

Hacen sangre de tu trompazo, Pantoja, y el pueblo engañado respira hondo porque te llevas lo merecido, ese mismo pueblo que te elevó a los altares copleros y que volverá a idolatrarte cuando regreses a las tablas con tu voz de pentagrama superado.

Pues yo quería decirte, ahora, en mitad de la tormenta, que te quiero. Y me niego a formar parte de las hordas aprovechadas, me resisto a verte humillada porque, al fin, ha sido un amor extraviado, equivocado, despertador de avaricias innecesarias, el que te ha llevado a este brete, y lo que se hace por amor, aun incomprensible, no hay justicia que pueda, ni deba, remediarlo. El día en que los jueces decidan el amor, estaremos perdidos, mucho más que ahora, cuando juzgan el peso de cuatro migas para echar a los pollos y se dejan sacos llenos de trigo sin orear al viento de las leyes.

Me duele que no vayas un ratito a la cárcel, reina mía, porque es algo que hubiera engordado tu biografía hasta desparramarse en mito. Pero hasta eso lo hacen mal, y te privan de alcanzar el Olimpo mediático de unas rejas desgarradas por el grito jondo.

Te quiero, Pantoja, blanqueaora mía.

 

(*) Sírvase usted mismo y, en función de la hora, póngase un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 28)

 

 

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88) Buenos días (*)

 

A 140 por la AP-15

A veces da igual cómo te expliques, nadie logra entenderte. Ni siquiera aunque vayas a pagar una multa.

Como iba salir de viaje, me personé en la Jefatura de Tráfico a ponerme en paz con mis obligaciones. Hice la cola correspondiente y se lo dije al funcionario con mi mejor voz, para que no hubiera dudas y pudiéramos, él y yo, retornar a lo nuestro. El diálogo fue así:

-  Mire usted, dentro de dos horas salgo de viaje con el coche; vamos la mujer, los niños y la suegra, sí, la suegra, en mi casa somos así. Queremos acercarnos a Port Aventura y pasar por la zona los dos días que la actividad laboral -y usted perdone, somos afortunados- nos permite. Entonces, yo venía a pagar una multa por exceso de velocidad, y le explico: exactamente circularé a 140 km/hora por la AP-15. ¿Cuánto es?, cóbreme.

-  ¿Estamos de cachondeo? Porque aquí también somos afortunados de tener trabajo y no nos apetece perder el tiempo con graciosillos como usted.

-  Perdone, yo lo único que pretendo es ser previsor y pagar por unos hechos que, no lo dude, voy a perpetrar contra el Reglamento General de Circulación. Ah y, de paso, cóbreme otra multa por ir con una bombilla fundida, no la pienso arreglar hasta la vuelta; yo no tengo ni idea de cambiarla. Así, ¿cuánto es todo?

-         Al final tendré que enfadarme, no estamos aquí para cobrar unas sanciones que no existen.

 -  Ya, pero van a existir, le doy mi palabra.

-  Váyase, no me haga perder el tiempo.

-  Pues he leído en la prensa local que algunos políticos cobraban las dietas por asistencia antes de acudir a los actos que las generaban y, si eso es así, no veo por qué no puedo yo pagar una multa antes de cometer la infracción…

-  ¡Es que no se puede hacer eso! En este país, lo normal es que usted cometa la infracción y no quiera pagar la multa, eso es lo que hace la gente normal. ¡Habrase visto semejante barbaridad! ¿Es que nos hemos vuelto todos locos? A ver si lo entiende de una vez…

-  No, no lo entiendo. No sé por qué he de ser yo menos que nuestros políticos y se me impide convertirme, como ellos, en un adelantado a su tiempo.

-   Métase a político y quizá así consiga ir por delante del presente, metido en el futuro.

 -   No me vale; al margen de cobrar las dietas anticipadamente, no los he visto nunca prever nada decisivo.

-   Por favor, despeje, que hay cola.

-   De acuerdo, pero luego no se quejen si me niego a pagar la sanción.

Me fui de viaje, a 140.

(*) Sírvase usted mismo y, en función de la hora, póngase un Buenos días, tardes o noches. Éste es un blog, como puede verse, muy participativo.

(Gracias por la visita. Regreso el domingo, día 21)

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