¡Socorro, la Navidad!

 

Hay que estar preparado, los cambios bruscos pueden provocar cortocircuitos, y la Navidad viene cargada de voltios.

Este año, todo comenzó con una llamada de teléfono. Ah, eres tú, oí al otro lado. Dile a tu mujer –su hija- que iremos el 23. Cojonudo, de víspera de la víspera. Señora, le repliqué, que ni la consulta del 9-N ha podido modificar las fechas: Nochebuena sigue siendo el 24, como en sus tiempos -toma recadito- y no hace falta que adelanten su llegada. Me colgó, mi suegra es así: colgar el teléfono es el argumento más sólido de sus discursos. Exposiciones unidireccionales, por supuesto.

Hace ya unos cuantos calendarios que estos días se me atragantan y me obligan a recordar otros, superados en el tiempo, de ilusiones interminables. Podría parecer que se trata de los mismos días señalados, pero no, yo me acuerdo. Éstos son muy diferentes y, sinceramente, peores. Ya vendrán los listos a denostar las nostalgias, pues que les den, porque a mí me parece, y así lo sostengo, que la Navidad se va complicando con los años y va dejando por el camino jirones de lo vivido… hasta llegar a turrones mal digeridos y la presencia, cuestionable y cuestionada, de un rey negro tiznado. Pero, luego, lo piensas…, y no, la culpa no es ni de de las celebraciones ni de sus consecuencias. Me temo algo peor: la culpa es de uno mismo, que ya no es el mismo.

Antes no reparabas en determinadas situaciones, pero ahora las detectas con el pasotismo trufado de cinismo y otros ismos poco confesables. ¿A qué juega esa gente, mea culpa incluido,  reciclada de golpe en personas amables como por arte de transmutación filosofal? ¿Cómo pueden sus sentimientos, habitualmente de plomo, transformarse en oro? Y, sin embargo, así es, el ambiente se llena de alquimistas voraces  a tiempo parcial, hasta el día 6. ¡Pero si hasta ese idiota del Quinto B parece otro y ayer me habló del tiempo en el ascensor! Nada, no irá lejos el cambio: lo que dura una tablet a la puerta de un colegio. A partir de enero, nadie te cederá el paso, ni el asiento en el bus, y el vecino del quinto continuará con su tono borde. Imbécil, ya te lo digo ahora, vecino, para ir adelantando.

Pero hay que pasarlas, estas fechas, digo, porque es tarea obligada si pretendemos que lleguen otras. Una vez más, nadie será  capaz de decirle al cuñado pesado que esos chistes los ha contado veinte veces y todos alabaremos el pavo. Duro como la cuesta de enero, entre enero y diciembre.  Con todo, si hemos de ser sinceros, a alguno le vendrán bien estos días, es bueno pensar que todavía quedarán por ahí personas –gente menuda, sobre todo- que jamás dirían eso de que estamos ante una porquería de fechas, es gratificante pensar que resta peña con ilusión de embarcarse en esta travesía familiar y salir bien parada.

Suena de nuevo el teléfono y no lo voy a coger. Seguro que es mi suegra. ¿Porquería de fechas? No sé, pero no osaré romper un tópico delicioso, así que… ¡Feliz Navidad!

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Los hombres de corcho

No me hubiera importado ser ministro. Menudas pretensiones, dirán algunos, pero lo harán de forma precipitada.

Analicemos: ¿admitiendo excepciones, acaso no vieron jamás ministros inútiles, de ésos que nada solucionan? Pues yo podría haber sido de esa clase sin ninguna duda. Los ministros incapaces -especie común en cualquier gobierno y fuera del peligro de extinción- son seres fantásticos, como salidos de un mundo maravilloso vetado a los simples mortales. Un ministro es de tal o de cual ramo, aunque a veces sea de tal y cual al mismo tiempo…, porque ésa es su virtud más asombrosa o su mayor cualidad: sirve lo mismo para una cosa que para otra, lo cual no acostumbra a ser sinónimo de utilidad.

Un ministro, venía a decir cuando me he interrumpido a mí mismo, puede esconder detrás de sí una trayectoria llena de plomo, de lastre superado; quiere decirse, ahíta de dificultades pero, llegando a pillar cartera, se acabaron los problemas. Un ministro inoperante se asienta en el cargo y ve la luz, le desaparecen para siempre las tinieblas, y conceptos como desempleo, falta de liquidez o preocupación, en general, dejan de tener sentido.

Lo importante no es la cartera, todas sirven; vale decir, Trabajo, Educación, Sanidad o cualquier otra de corte surrealista. Tan surrealistas, por citar éstas, que las tres permanecen siempre con los deberes pendientes. Unos meses en ese puesto, y después a vivir como ex ministro, sin apuros económicos ni sequía en las relaciones sociales. Sin escasez de ofertas de trabajo…, en el bien entendido que se tratará de propuestas de figuración. Para no hacer nada.., acomodos en consejos de administración que rinden dietas sustanciosas o embajadas que exigen menos dedicación que la invertida por un pez en peinarse.

Los ministros son fantásticos en su mayoría porque han sabido vender ilusión. A ver, no es una ilusión que encandile al personal, no, sino un concepto creado por ellos y para ellos. Han hecho virtud de la necesidad inexistente, han sabido convencernos -y, si no, da igual- de que su presencia es imprescindible en todo gobierno que se precie o se deprecie y, una vez despejada la duda de su utilidad, ya aparece el camino desbrozado para seguir adelante e ir fabricando ministros y ex ministros con el mismo rendimiento que una huelga japonesa.

No nos da por pensar, pero ¿qué sucedería en un gobierno sin ministros, ministerios sin sus titulares, manteniendo las áreas especializadas, a cuyo frente se situaría un personal técnico que ya está de nómina en las administraciones? Nada, no pasaría nada, y hasta puede que se agilizaría el funcionamiento en las diferentes materias.

El ministro llega, se establece y perdura, no es un yogur que se despacha cuando caduca, él no desaparece al cesar en el cargo o al ser destituido. Ni de broma. Síganle la pista y verán que su materia de supervivencia es corcho de la mejor calidad, siempre flota, poco importa si toca tempestad, galerna o levante otoñal. Como mucho, cambia de mar, pero estar, ahí está.

Yo no tengo nada contra los ministros. Si acaso, envidia. Nada más, aunque en absoluto pueda hablarse aquí de sana envidia. Envidia de la de verdad, sin edulcorantes. Por eso me salen textos como el presente, porque lo que quisiera para mí es un cargo de ministro, pues me considero, como mínimo, igual de mal capacitado que muchos de ellos para ocupar el puesto. Y luego, como ex ministro, lo bordaría, no tengo ninguna duda. ¡Anda que no iba a saber yo comportarme como si estuviera haciendo algo!

Precisamente, lo que aquí sobra son especialistas en no hacer nada, y tal vez por eso nunca han faltado ministros. O ministras.

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Pavos mosqueados

Los golpes duelen, pero se termina por aprender a encajarlos. Es más duro comprobar la apatía ante el desmadre.

Ahora que estamos hasta el cuello de mierda, conviene mirar bien dónde ponemos el pie para no salir aún más perjudicados por culpa de caer en un bache y rebajar la línea de flotación. Entramos en un tiempo de sentimientos encontrados: en cuatro días nos pondrán las luces de colores en las calles y comenzará el anual mosqueo de los pavos, a los que cada año les alargan el estrés en aras del consumismo. No son los únicos, hace tiempo que el personal vive un mosqueo permanente.

Decía tiempo contrapuesto porque la Navidad recupera emociones, si no desaparecidas durante once meses, bien aparcadas en las entretelas del alma. No en todos los casos, desde luego, pero sí en una gran porción de humanidad. Y, por otro lado, nos enfrentamos al hartazgo generado por conductas reprochables que cada poco nos sirven una nueva aventura perversa.

Pero no debemos caer en la trampa: la generosidad interior no está reñida con la exigencia de justicia, al contrario, y eso es lo que nadie debería arrebatarnos. Porque lo peor de que en este país se robe sin desmayo, mientras hay gente que no puede ni comer todos los días, lo pésimo, es el horizonte presente y el que se adivina. Lo que nos fustiga lo vamos asimilando entre enfados descomunales y promesas íntimas de cambiar de urna cuando llegue la cita, pero es desalentador mirar al frente y no observar un cielo azul, un resquicio, siquiera, entre las nubes grises… Una ventana por donde lanzar la vista hacia la lejanía en busca de una salida de emergencia para abandonar este laberinto de abusos contra las personas y el sistema.

Hace falta que llueva fuego, como en Sodoma (metáfora ígnea), y se regenere el ambiente, es preciso que corra el aire del norte y barra la basura. Pero esas cosas no suceden porque sí, son imprescindibles las voluntades dispuestas a limpiar cada casa, orear las habitaciones y, si preciso fuera, desterrar al corrupto sin mirarle el carné. Y no, apenas se aprecia un intento de virar hacia otros rumbos, bien que no exentos de incertidumbre porque aún no se sabe bien si la novedad es carne o pescado.

La clase política de grueso sedimento huye de la catarsis con la velocidad del dinero negro hacia los paraísos fiscales; se atrinchera en el corporativismo bastardo y partidista del hoy por ti y mañana por mí, dando por sentado que la tormenta amainará con sólo dejar correr el reloj y que en cuatro días podrá volverse a las andadas sin abandonar la delincuencia de guante blanco.

Ya es cruda la crisis, y en absoluto necesitábamos el añadido de la permanente chacota, de la mofa y el escarnio, esquivando responsabilidades, alargando procesos hasta la extenuación, concediendo indultos interesados, terceros grados…, cualquier artimaña que eluda la asunción del delito. Este país viene de un reciente pasado de cadenas y condenas, y supo librarse de ello con la fuerza que da la construcción de un futuro en libertad. Y ahora estamos dilapidando ese patrimonio y desbaratando la confianza ganada a pulso, como si algunos se empeñasen en vender esa ucronía de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Memoria, un poco de memoria.

Vienen días supuestamente encontrados, de llamada a la esperanza virtual y de golpes de desesperanza real, todo revuelto en medio de las luces de colores, los pavos mosqueados y una ciudadanía cansada de poner sus mejillas a mal recaudo.

No caigamos en un bache sentimental, la justicia es también un alimento exigible por los sentimientos.

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