El año de la paja

Estamos listos, ya pueden venir a vendernos mentiras, lo compramos todo. Somos los entreguistas del voto.

Andan sueltos los predicadores, que es éste un año de facundia larga, de la que va y viene a destajo…, es el año de enseñar el grano y repartir la paja. Recuperan los mudos el habla cual milagro portentoso, y petardea la semántica, como las viejas motos, salpicando de palabrería un discurso al que no le mete mano ni la santísima RAE, por muy abusador y malparido que sea el mensaje y aunque luzca más engañoso que el secular tocomocho. De continente y contenido. Viva la feria de los Landas paletos, con la maleta de cartón a cuestas y las rayas pintadas, dispuestos a ser embaucados de nuevo en la puerta de Atocha.

Ellos, los del púlpito, van a lo suyo, no hay rubor ni asomo del mismo. Los del poder porque ahora prometen hacer lo que nunca hicieron, cuando pudieron, y los aspirantes porque, aseguran, traen la solución… Es de temer que también éstos pierdan la integridad en cuanto toquen moqueta y tiren de tarjeta black. Black is black (I want my baby back…, decían Los Bravos).

¿Injusto meter a todos en el mismo saco?, posiblemente, pero resulta  desilusionante e irritante en extremo observar el día a día y comprobar que no existe límite de alistamiento para engrosar el ejército de los sinvergüenzas. Por eso caemos en la injusticia de no creer demasiado en los que, tal vez, son gente honrada y de buena fe, con vocación de servicio. Es que nos han dejado, y nos dejan a diario, escaldados.

Cómo darle la vuelta al pensamiento, si el partido en el poder lleva 18 años, que se sepa, financiándose ilegalmente, amén de otras menudencias modulares. De módulo carcelario. Qué esperanza nos queda si en la oposición se mueven por derroteros parecidos, como clones corruptos, y en  este país no se libran de andar pringados ni la monarquía ni los sindicatos, cuya combatividad es más de hucha que de lucha. Y nadie reconoce ni un 5% de sus pecados, así fuera por tener un detalle. Nada. Sólo ponen de frente la caradura y el retorcido colmillo de la sintaxis. Hay profetas de nuevo cuño, cierto, pero habrá que catarlos antes de aceptar sus sermones: llueve tanto sobre mojado y nos ha pillado tanta borrasca…

Y qué vamos a hacer si nos asiste el mejor sistema político inventado, salvedad hecha de que la condición humana es cada vez más previsible y escorada hacia la rapiña y el ventajismo de la corruptela. A la altura de la acera, los mortales ven pasar la marabunta de felones al sistema y se barruntan que no alcanzan a ver la auténtica dimensión de la basura; falta perspectiva. Intuyen que hay mucho más, dado que no se detiene la aparición de nuevos delincuentes y se presentan cifras mareantes en un cálculo aproximado del hurto sostenido.

A esto nos han llevado sus malandanzas: a la decepción, al descreimiento y a la insulsa pataleta nacida de la impotencia. Pudiendo ser fuertes, somos los maestros en la aplicación de recortes…, ataques directos contra quienes menos culpa tienen del descalabro originado desde el robo sistemático, la fuga de capitales y el fraude en general. A falta de depuraciones que no interesan, para no perder poltronas, ladrones, consentidores, responsables y allegados nos vendrán a vender una ristra de mítines ajustados a los oídos, recorrerán los mercados con sus sonrisas de tiburones y besarán a los niños. A poco que se descuiden sus madres.

Con el hartazgo de oír siempre lo mismo, mientras hacen lo contrario, avísennos ustedes, señores predicadores, cuando den trigo.

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¿Es usted un chorizo?

La corrupción no está generalizada, ha dicho por ahí algún listo. Claro, no roba quien quiere sino quien puede… y quiere.

Cada día se confirma que esta península –y alguna isla- podría ser recorrida, sin tocar suelo, por una ardilla que saltara de corrupto en corrupto. Es lo que hay y lo que sigue habiendo. Sindicatos que mutan la lucha de clases por la de sobres, empresarios de fuga fácil, contante y sonante; políticos desahogados y profesionales de todo tipo con el denominador común del embutido patrio; todo un catálogo de chorizos extremadamente rico en cantidad. Por cierto, la lista Falciani, tan extensa, debe de representar un 0,001% del fraude, según un experto en opacidades y negruras del capital.

Pero vayamos al grano: ¿es usted un chorizo?, ¿soy yo un chorizo? La duda ofende, atribula, duele… porque no resulta fácil contestar a la pregunta, hay en ella implícita una cuestión metafísica que trasciende a la mera decisión de definirse. No es para menos. Cuando se observa el panorama y se constata que se ha asentado sólidamente la norma general de que una buena porción de los que llegan arriba delinquen y estiran la mano tanto o más que la manga, algo grave pasa, algún motivo intrínseco nos desborda. ¿Llevamos en los genes nuestra condición de chorizos? ¿Podemos afirmar, de verdad, que carecemos de esa contravirtud o realmente lo que nos falta es la ocasión de merecerla? Dicho en plata: ¿si nos pusieran delante el cajón, meteríamos la mano?

Ésa es la pregunta que me vengo haciendo desde hace algún tiempo y no me atrevo a contestar: no la sé. Si yo hubiera sido tocado con la varita del sufragio y hubiese  alcanzado un cargo importante y público…, si me dieran la oportunidad fácil de meter mano en el dinero de los contribuyentes…, ¿me hubiera abstenido,  teniendo la casi completa seguridad de que no me iban a pillar? No soy capaz de responderme. Pero sé otras cosas, eso sí.

Admiro el trabajo de los políticos y su dedicación a los demás. En cierta manera, esta profesión, vista desde la honradez, es una labor vocacional de servicio al prójimo, de repartir los medios equitativamente, de socorrer situaciones, de elaborar leyes justas para que tal ocurra. Todo ello por un pago no excesivamente generoso –salvo unos pocos- y unas jornadas sin horario, así que difícilmente puede encajar en la política quienes no tengan esa voluntad férrea de pensar constantemente en las necesidades de los demás. Ahí es donde descansa, en todo caso, mi mayor mérito: como no me veo capaz de ese esfuerzo continuado y no doy la talla, no me meto a político y dejo el puesto a quienes de verdad valen para ello.

Sin embargo, parece que muchos otros se encandilaron del oficio de la política, sin reflexionar estos dos minutos escasos que cuesta ponerse en situación y analizar mínimamente cuál es la responsabilidad de emprender ese camino. Ellos, los que desmerecen esta profesión, ni siquiera pensaron qué ocurriría ante la tentación, cómo la superarían o si caerían de bruces en ella. Es, pues, indudable que el ejercicio de la política requiere de personas íntegras, es innegable que los filtros son escasos y que, al final, llega cualquiera. Y es demostrable que muchísimos de esos cualquiera no deberían estar ahí.

Por este simple razonamiento llego a la conclusión de que la pregunta sobre si soy o no un chorizo es un planteamiento falso: no debo hacerme la pregunta porque ya desistí de la posibilidad de hacérmela cuando renuncié a ser político, a aspirar a un alto cargo, a la posibilidad de aparcar mis manos cerca del cajón. Y lo mismo les digo, para que lo tengan claro y exijan firmemente reparaciones a cuantos abusan sin ningún miramiento ético desde sus posiciones privilegiadas.

Eso sí, la pregunta del título la dejo ahí porque a alguien le vendrá bien.

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