Vacaciones

Cada cual se monta sus vacaciones como puede o le dejan, siempre tratando de esquivar caminos trillados durante el año, intentando descubrir otros horizontes y procurando quebrar el ritmo habitual. Las vacaciones son etapa de descanso, aunque a veces haya que descansar de ellas, pero no rompamos la ilusión once meses almacenada. Aquí también manda el bolsillo y, así, podemos distinguir varios niveles.

Nivel A (*****). Todo atado y bien atado, las disfrutan quienes tienen alto poder adquisitivo, y van desde una isla perdida hasta el crucero que no necesita de olas para recibir las reverencias del personal. Son caras y, si algo sale mal, se echa mano de la visa oro y se resuelve sobre la marcha.

Nivel B (***). Es la gran opción, pero no siempre son lo mismo las tres estrellas. Unos repetirían y otros acumulan una amarga experiencia. De entrada, la llegada al hotel o apartamento puede provocar la primera sorpresa porque en recepción no han oído hablar ni en sueños de su reserva. Pelota al suelo y mucha calma. Una vez dentro -sobre todo si es costa saturada- dispóngase a una vivencia multiétnica, colas en los ascensores, bufés arrasados -los guiris siempre se comen el helado que le gusta a tu hijo-, saraos cañís y toallas chorreando desde el balcón de arriba. Poco a poco descubrirá que no leyó bien el folleto y que segunda línea de mar podría ser Pamplona con respecto a San Sebastián. Paciencia, el próximo verano corrige.

Nivel C (**). Lo suyo es la aventura. Ni safaris ni paint ball, ni rafting, pero no permita que se le encabrite el ánimo. Aquí le van a aflorar virtudes hasta ahora escondidas, sobre todo en capacidad de aguante. Necesitará cierta dosis de pasotismo para ver una ducha modernista en una fontanería más caducada que el huevo de Colón, un cuadro surrealista en la pared desconchada, una cama móvil en la piltra coja, una paella en el inseparable abrazo del arroz, un recio carácter de la zona en la mala leche del camarero, un ambiente festivo en el ruido nocturno… Los más temerarios pueden, incluso, arriesgarse a mirar bajo la cama. No importa, ha sido su opción de intrépido explorador.

Nivel D (-). Se queda en casa y, mire, hay gente que hace cientos y miles de kilómetros para ver lo que usted tiene a mano. Además, con la resaca festiva, puede disfrutar de una ciudad insólita, recorrerla a pie por donde pasa siempre en coche. Observe las fachadas, las inexplicables farolas, use las papeleras -usted también las paga-, haga excursiones playeras de ida y vuelta, busque esos rincones de la Comunidad que aún no ha visto. Disfrute ante la tele viendo cómo miles de pringaos se asan en sus coches en interminables caravanas. Y lea algún folleto de agencia para epatar a sus compañeros de trabajo, no sea que lo pillen en falso cuando comente el origen de su melanina. Sea como fuere, que lo pasen bien.

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Mierda de políticos (*)

Acabado el segundo capítulo electoral, y esperemos que sea el último de la legislatura por estrenar, se ha desencadenado un huracán de malos modos contra la voluntad del pueblo soberano, la fiesta de la democracia y otras metáforas con las que se llenan la boca algunos políticos, pero que sólo son, por lo visto, postureo.

No entienden el voto a partidos implicados en la corrupción, y eso es comprensible; lo que ya no es de recibo es proferir frases como que éste es un país de mierda, que equivale a catalogar a buena parte del electorado como una auténtica eme. Y por ahí, no, amiguito. Si no te han votado y han preferido hacerlo a partido o partidos sembrados de corrupción, pregúntate a ti mismo cuánto de mal haces las cosas para que te den la espalda. Ésa es la reflexión que te corresponde, y no tachar a este país de mierda.

Este es un país que, con sus problemas, corrupciones, paro, frenos a la cultura y la educación y otras lacras…, es maravilloso, y si  no te gustan sus gentes, equivocas tu vida y tienes un grave problema por delante. Un respeto al pueblo, compa, y analízate a ti msmo antes de pegar palos de recalentón estúpido.

También nosotros, cuando los políticos no cumplen, y mira que hay veces, podríamos decir qué pasa con esos políticos de mierda, pero no lo decimos, no al menos públicamente ni ostentando un cargo de repercusión mediática. Hala, salud.

 

(*) Eso no se dice

 

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Año viejo

 

Pasados los deseos de paz y amor, caducadas las amables palabras antes de tumbar las primeras cuatro semanas de 2016, vuelve la burra al trigo, que es como ratificar el regreso de ese constante goteo de corruptos. Si la corrupción fuera un partido, no habría otro más compacto y unitario, y democrático: todos los gremios tienen ahí acomodo.

Da igual una empresa del Gobierno que un diplomático, un diputado, un alcalde, un empresario, un ateo, un cristiano, un sindicalista, un futbolista o un tenista. Entre tanto, sigue la bronca política por ver quién pilla mejor cacho, y comenzamos a entender que el año nuevo será viejo en lo fundamental y peor en algunos añadidos.

Vaya como ejemplo la constatación de que el cambio no trae la Utopía soñada, y si quieres ganar paraísos, tira de imaginación y sumérgete en la literatura, porque en la vida real no hay asno que soporte tanto palo y tan escasa zanahoria. Los que pensaron algo distinto ya pueden hacer las maletas a sus pensamientos  y largarlos con viento fresco tras comprobar que nadie ata los perros con longaniza –eso, en esta tierra de txistorra debería ser la Carta Magna de los adentros-, ni el IRPF nos va a aliviar un ardite.

Desde la aldea aldeana, se lo digo a la aldea global: si la machada de tener Fueros equivale a ser más idiotas y paganos que el resto de vecinos, ya se las pueden meter por donde les quepan. Dejen, si acaso, la estatua para el turismo, no sólo de Encierro vive el guiri. La pela es la pela es mucho más que una frase llegada del Este. Y los del cambio, que lo hagan lo mejor posible. Dentro de los límites y siempre guardando en la manga aquella máxima popular que frena el descalabro: Virgencita, virgencita…

He comenzado el año de la mejor manera posible, como debe ser. Sin hacer ningún propósito de enmienda ni promesa de mejora, y luego, si mejoro, pues vale. Pero sin ataduras emocionales que nunca me dieron resultado. No voy a repetir más el programa de fracasos que llevo durante tantos años añadiendo cada uno de enero conforme me van cayendo encima los calendarios. Este año, a mi bola.

No tengo promesas, pero sí albergo intenciones. Voy a ser más sibilino, si alguien sabe de qué va eso. Por no liarme, diré retorcido. Comenzaré poniendo el listón alto y, así, volveré a creer en nuestros mandamases.

Pero no elegiré esa opción manida de separar los malos de los buenos y añadir la frasecita cutre que también los hay. No, creeré en todos y me blindaré contra los  pregoneros que anuncian malas y permanentes cosechas de gavillas sin fruto. Total, ya está visto que, a final de año, san Silvestre. Hombre, es verdad que mucha gente no ha dado este paso y sigue pensando, por ilustrar una perenne boutade, que de no haber gentuza choriza, las cosas irían mejor. Ni hablar, como nuevo cofrade retorcido aseguro que las cosas marcharían igual, menos, precisamente, para los chorizos, que irían peor.

Mira, prefiero ser retorcido que ingenuo. Ya no me trago que la ausencia de robos de dinero público nos iba a proporcionar una mejor sanidad, educación o ríos de cultura inundando las calles. Qué va. Un retorcido, aun siendo de nuevo cuño, sabe que un mundo de honrados sería como éste, pero más aburrido, sin noticias en letras de molde, sin asombrosos aspavientos, huero de tertulias enriquecedoras, acusaciones mutuas, de juicios, de escarnios. Espectáculo, oiga. Pero, vaya, en uno y otro caso, sin devolver un euro ni ahorrarlo con buen fin. ¿Lo ven? Da igual, todo da igual.

Soy consciente de que me espera un año duro, porque muchos de ellos, de la gentuza, harán lo posible para que yo desfallezca y caiga en el error de criticarlos y hasta vituperarlos. No lo haré, pueden seguir robando, prevaricando, cohechando y cuantos gerundios entren en el Código Penal; me mantendré con mi fe alta en sus conciencias.

Se lo merecen porque, a su vez, nos los merecemos. O si no, ¿me cuentas quién ha puesto ahí a muchos de ellos previo orgasmo electoral? De mí no van a tener ni la satisfacción de ver cómo me quejo.

Os quiero, chorizos.

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