Vientos de cambio

Cuenta en uno de sus libros Indro Montanelli, con ese tono suyo chusquero y mediterráneo que tanta escuela ha creado entre los divulgadores de la Historia, que ni uno solo de los romanos de Roma percibió llegado el momento que su Imperio se había acabado.

Nosotros, con la perspectiva que da el tiempo, podríamos decirles a los desinformados romanos que aquel hecho se produjo “¡en el año 476!”, con la misma ufana satisfacción que sentimos al gritarle a la pantalla de la tele las respuestas en los programas ‘culturales’. Y tan anchos, claro, porque los libros aseguran que en ese año que tan bien recordamos fue depuesto el último emperador y, si el programa es muy exigente, añadiríamos que quien mandaba en la Ciudad Eterna, un germano, no vio necesario ser investido con las insignias imperiales y se deshizo de ellas empaquetándolas rumbo a Constantinopla. ¿Hacen falta más pruebas?

Para un espectáculo televisivo seguramente no, ni tampoco para aprobar esos exámenes en los que la obsesión por el dato y por etiquetar el pasado con fechas aprehensibles ahoga al análisis y a la compresión de los hechos en su justa complejidad. Pero estos, caprichosos, suelen ser hijos y nietos de situaciones extendidas en el tiempo, heraldos que los vienen anunciando y, finalmente, los desencadenan.

No obstante, para quienes lo viven y lo sufren, lo fácil es constatar los cambios de tendencia, los avisos; lo difícil, saber en qué momento no hay vuelta atrás y la fractura, la crisis, ya se ha convertido en un hecho consumado. Si hubiera querido poner un ejemplo cercano para ilustrar esto, me hubiera bastado con remontarme al inicio de esa dichosa crisis económica de la que todavía no hemos salido. Pero, como esta afecta -y de qué manera- a gente con cara y ojos y estómago que llenar y recibos que pagar, no voy a frivolizar con el tema.

Y hablando de temas, me zambullo ya en el de este blog, la pelota. Porque la razón de ser de estos párrafos iniciales es que se barruntan vientos de cambio en la modalidad reina de este deporte, una tendencia clara hacia una nueva realidad en la que los navarros, que desde los 80 mantienen la hegemonía con puño de hierro en la mano profesional, vean discutido su dominio y, quizá, incluso puedan llegar a perderlo en un futuro más o menos cercano.

Las cifras, esta vez sí, no mienten. En 2011 había 23 manistas navarros en Aspe y Asegarce; hoy son 17. Y la última hornada de pelotaris que han pasado al profesionalismo o están a las puertas de hacerlo está copada íntegramente por guipuzcoanos (Tolosa, Jaka, Rezusta y Artola) y vizcaínos (Larunbe).

Además, aunque en el Campeonato de Parejas todavía son mayoría los navarros (ocho, tras la sustitución de Galarza por Ibai Zabala, por cuatro vizcaínos, dos riojanos, un guipuzcoano y un francés de Iparralde), en el torneo donde se foguean las promesas, el de Promoción, la realidad es bien distinta: solo un navarro compite junto a cinco pelotaris de La Rioja, cuatro de Guipúzcoa y dos de Vizcaya.

Estos son dos indicadores, por sí solos, de que la abrumadora presencia de pelotaris navarros en la elite, incontestable hasta hace apenas unos meses, puede tener fecha de caducidad. Pero echando un vistazo más allá, a la base, al campo aficionado, se pueden añadir más datos y, también, pistas sobre lo que está sucediendo y sus causas.

En el atomizado calendario de la pelota aficionada, dos campeonatos han dado en los últimos años medio billete a profesionales, el Torneo Diario Vasco y el Biharko Izarrak. El primero adorna su palmarés con los triunfos de Aimar Olaizola (1996), Laskurain (2001), Merino II (2006), Aritz Lasa (2006), Urrutikoetxea (2007), Cecilio (2008), Gorka (2008), Aretxabaleta (2009), Víctor (2010), Elezkano II (2011) y Larunbe (2012), todos ellos en la nómina de Aspe y Asegarce hoy en día. El segundo ha visto ganar a Merino I (2007), Larrinaga (2009), Merino II (2010), Mendizabal III (2011), Tolosa (2012) y Rezusta (2013), así que la eficacia de ambos como escaparate de pelotaris está más que comprobada.

En los dos últimos años, 26 pelotaris se han clasificado para las finales de estos dos torneos, en sus modalidades senior y promesas (en un caso) y por parejas y en el cuatro y medio (en el otro). Entre ellos, la mayoría eran guipuzcoanos (once, de los cuales tres ya han dado el salto) y tras ellos se situaban los vizcaínos, con siete representantes, incluido el ya profesional Larunbe. Navarra tuvo que conformarse con meter a cinco pelotaris en la lucha por las txapelas (Yoldi, Peñas, Martija, Iñigo Larunbe y Agirre); La Rioja, dos; y Álava e Iparralde, uno.

No cabe duda de que este análisis se queda corto, porque se deja en el tintero muchos factores importantes. Nadie como el cebollero Eneko Yoldi lo ejemplifica mejor: tras proclamarse tres veces campeón del torneo del Diario Vasco, en 2008, 2010 y 2012, no ha recibido la llamada de las empresas para jugar con los mejores.

Sin embargo, lo innegable es que los navarros son minoría, actualmente, en los caladeros donde pescan los ojeadores de Aspe y Asegarce. Y si esa tendencia refleja que el trabajo de cantera, especialmente en Guipuzcoa, pero también en Vizcaya y en La Rioja, está comenzando a dar unos frutos que durante décadas han parecido solo al alcance de Navarra, podemos estar asistiendo al comienzo del fin de la época dorada de nuestra pelota a mano. Aunque, con Olaizola II e Irujo copando prácticamente todas las finales, no lo veamos.

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