No se fíen de su memoria

Se atribuye a Albert Einstein la frase de que “la memoria es la inteligencia de los tontos” y, desgraciadamente, no seré yo quien, con mi ejemplo, le refute. Porque siempre se me ha dado mejor recordar datos que razonarlos, aprender fechas que resolver ecuaciones o retener relatos antes que idearlos.

Dicho esto, yo era feliz. Confiaba en mi memoria. En mi buena memoria. Es cierto que a veces me bailaba el nombre del pelotari aquel, del futbolista ese o del general tan famoso que se empeña en atascarse en la punta de la lengua, pero no me preocupaba. Eran simples deslices, quizá -pensaba-, producto de la edad que uno ya va sumando.

Sin embargo, esta semana me he llevado la desagradable sorpresa de que mi memoria tiene más socavones que la carretera de Lerín a Berbinzana después de un aguacero. Y todo porque se me ocurrió que era una idea genial publicar en www.diariodenavarra.es una serie de reportajes sobre los duelos entre Aimar Olaizola y Juan Martínez de Irujo en las finales del Manomanista. Contaba con mi memoria para hacerlos, claro.

Error.

Cada uno de los aficionados a la pelota tendrá su propia impresión de cómo nació, se desarrolló y ha llegado hasta hoy la rivalidad entre los dos pelotaris más grandes de la actualidad. Evidentemente, yo tenía la mía y era equivocada, como le he demostrado a mi terca memoria después pasarme una semana buceando durante horas en la hemeroteca.

Sirva de excusa para mis neuronas que han pasado ya más de nueve años desde que Juan Martínez de Irujo, recién aterrizado en el campo profesional, le endosara un 22-1 al consagrado Aimar Olaizola en semifinales del Manomanista de 2004. Y desde entonces, desde aquel primer enfrentamiento, ha llovido (con perdón, que no está el tema para juegos de palabras) demasiado como para recordar los detalles, las lesiones, los bajones, las exhibiciones de juego… o de malas formas, que de todo ha habido. Así, en mi cabeza el relato de los hechos se había simplificado hasta quedarme con la idea de que su supremacía había sido continua, prácticamente incontestada, y que la de este domingo iba a ser una final más entre ambos, una de tantas… cuando no es así.

En la última década, son más veces las que no se han encontrado en la final que las que sí lo han hecho. En 2005, Olaizola II rompió el mito de la imbatilidad de Irujo, ya que el de Goizueta puso fin a una racha de 729 días sin perder en el Manomanista del de Ibero. Desde de su debut hasta aquel 5 de junio. Y como en 2006 ambos repitieron, en la final más esperada, pero a la que le sobró tensión y le faltó juego, aquello se presumía como el inicio de una saga de enfrentamientos equiparable a los Retegi II-Galarza de los 80. Nada más lejos de la realidad.

Desde entonces, sólo dos finales del mano a mano han contado con Irujo y Olaizola en el cartel. Ni en 2007 ni en 2008; tampoco en 2010 y en 2011. Cuatro años ‘perdidos’ por lesiones, bajas formas, eliminaciones inesperadas o, en una ocasión, un sorteo caprichoso que les obligó a cruzarse en la ronda de cuartos.

En 2009, la tercera final bendijo la resurrección de Irujo. Y el año pasado Olaizola II desató el juego “perfecto” y barrió al de Ibero. Dos resultados contrapuestos, que hablan a las claras de la igualdad existente entre ambos y de la dificultad de adelantar un pronóstico, pero que también ofrecen pistas sobre lo que veremos este domingo en la quinta final. Por ejemplo, que casi con toda seguridad no será el mejor partido del año por la tensión, por la capacidad de anularse uno al otro y porque las finales, en cualquier deporte, raramente tiran hacia la brillantez.

Sin embargo, indiscutiblemente es el partido del año: el gran duelo y en la competición reina de este deporte. Por eso, y más aun repasando crónicas de hace no mucho, me chirría que todavía queden entradas sin vender, que esta rivalidad ya no mueva los mismos sentimientos en los aficionados. Quizá puede haber algo de hartazgo, de falta de caras nuevas, de rivalidades ilusionantes. Pero no se fíen de su memoria, se lo digo yo, y vean este duelo, en su casa, en el bar o en el frontón, que no sabemos cuanto tiempo pasará antes de que se vuelva a repetir.

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