Un frigorífico lleno de libros

Alimento para el espíritu. Eso es lo que contiene este frigorífico instalado en la Biblioteca de Yamaguchi y que funciona desde 2012 como espacio para el trueque de libros. Conserva, en las mejores condiciones, aproximadamente un centenar de libros y supone todo un alegato del reciclaje, tanto material como intelectual. En lugar de frutas, verduras, carne o pescado, en las baldas del Frigocambio de libros se puede encontrar desde un manuscrito antiguo de ‘El Quijote’ hasta cuentos infantiles.

Es una idea genial. De hecho, el frigo es lo primero que da a la vista cuando se accede a la Biblioteca de Yamaguchi. Nada más entrar por la puerta, ahí está la nevera, con sus puertas abiertas de par en par, a modo de saludo, ofreciendo generosa una media de entre cien y ciento cincuenta libros a quien quiera participar del trueque. En su interior, hay casi de todo: novelas, libros educativos, de texto, infantiles, best sellers, libros en inglés, manuales y hasta alguna joyita que otra, invitando a acercarse a sus baldas.

Un frigorífico que es un sugerente y original reclamo para la lectura, pero también una iniciativa que fomenta el reciclaje. La propuesta como tal se lanzó en diciembre de 2012 en el marco de la Semana Europea de la Prevención de Residuos, impulsada por la Mancomunidad de Residuos, los Traperos de Emaus, Ecointegra, Gobierno de Navarra y el Crana; y en la que participaron también la Casa de la Juventud de Mutilva y la Biblioteca de Tafalla. Iba a ser una cosa puntual en el tiempo, pero gustó tanto y tuvo tal aceptación, que el Frigocambio se ha quedado ahí en la Biblioteca de Yamaguchi y sigue sorprendiendo a quien entra por primera vez a la sala, además de dar un servicio más que útil a muchos lectores y usuarios habituales.

Los bibliotecarios al frente de la Biblioteca de Yamaguchi, Ana, Mari, Eneko y Natxo, me cuentan que no hay día en que no haya alguien interesado de una manera o de otra por el frigorífico. La mayor parte de las veces se trata de alguien que quiere donar libros que ya no usa o, a la inversa, alguien que viene buscando un libro concreto o un libro que le sorprenda. Y sorpresas ha habido unas cuantas, me dicen los bibliotecarios. Hasta un profesor que, harto de buscar un ejemplar descatalogado por todas las librerías de Pamplona, lo encontró de forma casual en las baldas del frigo.

Y luego están las anécdotas, como el hecho de que algún usuario despistado haya llegado al frigorífico pensando que está haciendo la compra, con bolsa de plástico incluida, con la intención de llevarse un puñado de libros sin traer otros a cambio. O la existencia de un libro muy especial, al que los bibliotecarios se refieren con cariño y que lleva por título el apropiado ‘El congelador’ ya que está ahí desde la llegada del electrodoméstico, en 2012, como “congelado” (de hecho nadie se lo ha llevado nunca).

El menú del día en el Frigocambio de libros es apetecible y hasta suculento. Si te gusta Nora Roberts, tienes al alcance de la mano ‘Esplendor secreto’ en el lugar que habitualmente ocuparían las bebidas y los tetrabriks. Si eres de la cuerda de Andreu Martín, encontrarás su libro ‘Lo que más quieres’ en la balda de los embutidos. A Fernando Sánchez Dragó o Terenci Moix puedes encontrarlos ( junto a una edición de ‘Guillermo Tell’ entre otros) en la zona donde normalmente pondrías la carne o el pescado. Y quizá te resulte sugerente saber que ‘Black dogs’ de Ian McEwan, descansa plácidamente en la zona de la huevera. Tampoco deja de ser curioso que, junto con una amplia selección de libros y cuentos infantiles, puedes saborear lo mejor de las ‘Rimas y leyendas’ de Becquer, en las cajoneras de la verdura.

En fin, echar un vistazo a este frigorífico tan poco convencional resulta divertido y no deja de sorprender a cualquier lector. La joya de la nevera me la encuentro entre los congelados. No sé qué diría Cervantes si levantara la cabeza y viera que alguien ha dejado una edición antigua en capítulos de ‘El Quijote’, como si tuviera intención de criogenizarlo y que perdurara en el tiempo, ahí donde el frío bajo cero campa a sus anchas. Lo cierto es que está muy bien conservado. Puede que sea porque este Frigocambio no está enchufado a la luz eléctrica, sino al amor por los libros de los usuarios de esta biblioteca. Y no se me ocurre mejor energía para dar más vida a los libros que esa. Ni mejor alimento para los lectores que estos.

 

 

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