Begoña Abad o el estado fascinante de la poesía

Dice Begoña Abad que la felicidad no es otra cosa que “vivir con amor nuestra divina insignificancia”. Así de simple. Y así de complejo. En un mundo que prima lo sofisticado y valora sobremanera lo inmediato, esta poeta defiende a capa y espada su profesión de portera, de abridora humilde de puertas y de almas, de artesana de la palabra que modela la vida a diario, mientras se deja sorprender por esta experiencia fascinante que supone el hecho de estar viva.

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No puedo dejar de mirarla. Es una mujer luminosa, en plena madurez, repleta de sabiduría y de una serenidad que la trasciende, porque la hace aún más bella y cercana. Begoña Abad luce pelo azul, camisa en tonos azulados, gafas de color azul, pendientes azules, anillo de piedra azul… y ha venido a Pamplona a presentar la antología de sus diez años de estar poeta, un libro titulado ‘Diez años de sol y edad’, toda una declaración de intenciones de lo que supone este momento vital para ella.

La miro y creo recordar que en la antigüedad el color azul se asociaba con el infinito, con la inmortalidad, la realeza y lo sagrado. Si no recuerdo mal, era el color de las divinidades y estaba muy asociado al concepto de la sabiduría. Quizá por eso es que Begoña Abad aparece rodeada de esta especie de halo azulado que le da una apariencia como de maga o moderna sacerdotisa dispuesta a compartir con sus lectores lo mejor de sí misma. Habla con unos y con otros, y sonríe. 

Son las 7 de la tarde y somos muchas y alguno (hombres han acudido menos que mujeres, esa es la verdad) los que nos damos cita en esta especie de cueva de las maravillas que es la librería de Mireia Arbizu (otra maga de la vida) y es que por algo esta librería es mucho más que eso y de hecho se llama la Objetería de los días felices. Hay mucha gente feliz por metro cuadrado en esta sala. Se nota.

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Estamos unos sentados en el suelo, algunos en sillas, otros de pie, los últimos en llegar están casi asomados sobre los hombros y cabezas de los que llegaron antes, y todos estamos -eso sí- listos y dispuestos a escuchar la voz de Begoña.

No es ella una mujer de discursos, ni de ponerse a hablar como si sentara cátedra. Así que, sin dejar de sonreír ni un momento, pide permiso para sentarse, nos mira y  comienza a leer poemas. Lo hace, dice, “porque estos poemas son como hilos de una madeja con los que intento tejer momentos y unir a los que están cerca con los que están lejos. Imagino que lo que hago es como tejer una cobija -que es como llaman en Sudamérica a las mantas-, para cobijarnos y abrigarnos bien“. Hace frío ahí afuera. Y aquí, entre sus poemas, comienza a notarse el calor y se está la mar de bien.

El libro que viene a presentarnos es un compendio de toda su obra, nos explica. Se cumplen diez años desde que publicó su primer poemario, y este cumpleaños supone un momento perfecto para dar luz a la antología Diez años de sol y edad’, una suma de todo lo vivido y escrito en esta década además del poemario Hebras, hasta ahora inédito, que también se incluye en el libro“.

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Begoña Abad está a punto de cumplir 65 años y, según dice, está también “a punto de cerrar una etapa muy importante de mi vida. Durante más de 40 años, cuenta que en su DNI en el apartado de profesión ponía “sus labores”, y que en este tramo actual de su vida, ya no sabe cómo definir lo que hace. “Cada veinte años mudo. He escrito siempre. Y, sin embargo, quienes me conocían y saben cómo era yo antes de ‘estar poeta’, apenas pueden creer la mujer en que me he convertido; y a la inversa, quienes no me conocieron, no se hacen idea del tipo de persona que yo era antes… Siempre me sorprende la vida. Siempre me salva esta profesión mía de abrir puertas (por algo soy portera). Cada puerta nueva es un misterio que me atrapa y me da la oportunidad de seguir aprendiendo“.

Y cada poco, hace un comentario, nos interpela con su mirada y lee un poema, uno tras otro. Nos los ofrece como si fueran bombones o perlas. Y con este,  Begoña se retrata y se define, sincera, honesta y desnuda:

A los cincuenta me nacieron alas.

Dejaron de pesarme los senos

y los pensamientos que cargaba desde niña.

A las alas les enseñé a volar

desde mi mente que había volado siempre,

y comprobé desde el aire

que mientras yo anduve dormida tantos años

alguien trabajaba afanosamente

recogiendo plumas para hacer esas alas.

Tuve suerte de que cuando estuvieron hechas

me encontraron despierta en el reparto.

Begoña es sabia porque ha aprendido a no esperar nada de la vida, solo fluye, vive, respira y se asombra: “La vida me sorprende, y yo me dejo… me dejo hacer por la vida que llega de mil maneras diferentes para ponerme en lugares que nunca busco, nunca pretendo. Y es así que sigue asombrándome la vida porque su poderío sigue siendo fascinante“.

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En un momento de la tarde nos explica que ella es autodidacta en esto de escribir, como lo es en la vida, pero ¿y quién no? Sonríe mientras nos cuenta que a ella le dijeron que había que escribir poesía sobretemas importantes o cosas serias, no sobre cucharas o artilugios domésticos”. Y dicho y hecho, ella se ha dedicado a escribir acerca del tema más importante y más serio que existe: la vida. La vida en todos y cada uno de sus matices cotidianos, también en forma de cuchara y artilugio doméstico. La vida con la forma y fondo de todo lo que le rodea y le conmueve: su casa, sus padres, sus abuelos y bisabuelos, sus miedos, sus heridas como mujer y sus sueños y logros del día a día.

Nos habla de su madre y entonces su mirada no es que brille, es que hasta le baila (copla, a poder ser): Mi madre es una mujer maravillosa que tiene una vida pequeña -dice-, hecha de migas y de coplas“. Y se nota que es una de sus raíces principales, como lo son el resto de sus antepasados, las demás mujeres de su vida y las mil mujeres que hay dentro de ella. “No escribo nada que no pudiera entender mi madre. Esa es mi medida de lo importante, tanto en la forma como en el fondo”.

Me llamo Begoña, pero me llaman ‘rara’. Esa es la realidad también”.  Y entonces, al decirlo, su sonrisa se hace aún más amplia porque se reafirma al sin dudar: Me ha costado casi 65 años llegar a este punto y decir en voz alta que  yo no sé escribir, que solo soy una herida que habla y que ‘estoy poeta’ porque quiero, porque cada verso para mí es una reclamación de paz.

Su reclamación tiene forma ya de una obra fecunda e inspiradora, y ella se ha definido en estos diez años -y casi sin pretenderlo- como una escritora fértil y lúcida. Lo demuestran sus libros: ‘Begoña en ciernes’, ‘La Medida de mi madre’, ‘Cómo aprender a volar’, ‘A la izquierda del padre’, ‘En legítima defensa’, ‘Cuentos detrás de la puerta’, ‘Palabras de amor para esta guerra’ o ‘Estoy poeta’.

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“Está tan pasada de moda la ternura“, dice mientras se nos queda mirando inquisitiva y al mismo tiempo comprensiva y hasta cómplice. “Pero a mí escribir me salva -concluye-. Esa es mi forma de estar en el mundo y también mi forma de querer y de ser“.

Y eso es lo único que de verdad importa.

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2 respuestas a Begoña Abad o el estado fascinante de la poesía

  1. Blanca Cerruti dijo:

    Como ya te lo han dicho todo, querida Begoña, sólo desearte que sigas en la misma línea, escribiendo como escribes, rime o no rime, se llame como se llame lo que viertes sobre el papel.
    Un abrazo tan libre como tus escritos, y, eso, sí, lleno de cariño.
    Blanca

    P.D.Otra rara…

  2. Elena Larruy dijo:

    Descubrí a esta maravillosa poeta hace muy poquito y me quedé prendada de su palabra sencilla, de su prosa, de sus poemas, de su presencia. Fascinada de esa voz, que es la mía … ya tengo en casa conmigo su libro Estoy poeta. Agradezco infinito esta entrada de Blog, que recoge tan bien el espíritu de esta alma grande que es Begoña. Ojalá tenga la oportunidad algún día de conocerla personalmente desde mi ciudad, Barcelona, de donde le mando un cariñoso abrazo y mi admiración y aplauso. Muchas gracias a la autora de este Post y a Begoña

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