Hacerlo en lugares raros

Puedo presumir de tener algunos de los amigos más lectores que se pueda imaginar. En una conversación con uno de ellos, me explicó que se había leído la mitad de ‘Muerte en Venecia’, de Thomas Mann mientras paseaba en una de las góndolas que recorren los canales de Venecia. Hay que ser lector empedernido y hasta enfermizo para no poder aguantar el impulso de leer ni siquiera en un lugar y en una situación tan exótica y estimulante como esa. Y si os parece excesivo, os diré que la compulsión lectora aún puede llevarte más lejos. Y los sitios donde uno puede ponerse a leer pueden ser desde extraños hasta inusuales.

Goodreads es una de esas comunidades de lectores que proporciona un espacio para la reflexión y el intercambio de ideas sobre algo original relacionado con los libros. Los lectores que integran esa gran comunidad cuentan cosas que te hacen sentir identificado con ellos (o no), y a veces sirve también para estimular el hábito lector. A la larga, casi siempre te arranca una sonrisa. No falla. Y al hilo de esta conversación con mi amigo me acordé de una encuesta popular que realizaron hace poco sobre los lugares más inusuales donde los lectores suelen invertir el tiempo que disfrutan leyendo. Me acuerdo de que la leí a ratos asintiendo, y a ratos sorprendida. Porque, como yo, seguramente el gran porcentaje de los lectores se pueden sentir identificados en algunos hábitos, pero en otros no, por lo que tienen de excesivo, de poco ortodoxo y hasta de surreal. En la encuesta hay de todo: costumbres, manías, excepciones, rarezas, hábitos asentados… pero destacan algunos más que otros. En primer lugar, con un 23.4% de los votos recibidos (más de 2.500) el clásico “leo mientras estoy sentado en la taza del váter“. Que levante la mano el que no se haya sumado a este club masivo, en un momento u otro. Como digo, todo un clásico. 

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Pero no menos clásica y habitual que la opción segunda de “leo en la cama, con una mini linterna o bajo las mantas” (20% de los votos), especialmente recurrente en la adolescencia y en momentos de la vida en que uno no duerme solo (bien sea porque duerme en un mismo espacio con hermanos o pareja) y debe apañárselas para leer y dejar descansar a los demás. Luego, en esa larguísima lista de hábitos y manías que definen a los lectores, están los que leen comiendo (15%), los que lo hacen mientras caminan (14%), pedalean en la bicicleta estática, mientras están sentados en las escaleras, mientras cocinan cosen o tejen, mientras viajan en bus o metro, o incluso mientras se lavan los dientes o amamantan a sus bebés.

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La lista es casi interminable pero mención aparte merecen, desde mi punto de vista, los malabaristas de la lectura, porque dudo de la comodidad de leer “mientras me apoyo en el hombro de un amigo”, o cuando se pone rojo el semáforo, bajo la ducha, en el momento álgido de una tormenta o cuando avisan de riesgo de tornado, y hasta subido en la rama de un árbol o haciendo escalada, en el campamento base a dos mil metros de altitud.

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Los hay que no le temen al riesgo y además aman las alturas como los que aseguran (un 9%) que leen encaramados al tejado. Y algunos otros son capaces de bilocarse y hasta leer mientras hacen el amor con la pareja, con lo difícil que debe de ser eso.

Y los hay que leen y leen y leen. De todos modos y en todo tipo de situaciones cotidianas: en el coche, en un viaje en barco, en el estadio de fútbol, esperando el momento del parto, esperando que llegue el tren, en una tienda de campaña, mientras conducen el carrito de golf, a la vez que se preparan un té o un café, viendo la televisión, en el trabajo, mientras dan de comer o pasean a sus mascotas, a la vez que acompañan a su marido cuando va de pesca, en un crucero en medio del océano, en las carreras de caballos, en la sauna o en la fila del supermercado

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Entre tantas situaciones y opciones, hay una respuesta que es clara y definitiva donde las haya, cuando uno de los encuestados afirma que lee “en todo momento y ocasión”. Argumento de sobra convincente. Nada que añadir ni rebatir. Lee. Siempre que puede. Y punto.

Llevando esta peculiar encuesta al terreno de lo personal, me he pasado un rato pensando acerca de los lugares más inusuales donde yo he leído. Y me acuerdo de que, siendo adolescente (y ya entonces lectora compulsiva), rodeada de mi familia y con dos hermanos pequeños en casa, llegué a aficionarme a leer metida en la bañera (vacía), mientras hacía ver que me estaba bañando, porque yo lo que de verdad ansiaba era encontrar un momento de paz y silencio, y poder sumergirme de pleno y a solas en la lectura.

Así que ahora te devuelvo la pregunta. Párate un momento a pensar. Seguro que también tienes un lugar o una situación inusual que añadir a la lista.

Venga, piensa un poco…

Y tú, ¿dónde lo haces?

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