Aquel Macondo de mis 15

Ordenar una estantería o un armario es una de las tareas más aburridas que existen si no fuera porque, de vez en cuando, en medio de la faena uno encuentra algo, no importa qué sea: una camiseta, un bolígrafo, un antiguo cd o un libro… algo que se convierte en una máquina del tiempo porque tiene el poder de devolvernos en una fracción de segundo al momento vital al que perteneció ese objeto.

A mí me acaba de pasar hace un rato con un libro y no he podido evitar dejar lo que estaba haciendo para venir a ponerlo por escrito.

Se trata de una edición de Austral de 1985 de ‘Cien años de Soledad’ el libro que acaba de abrir la caja de Pandora de los recuerdos. Ha sido algo instantáneo: verlo y respirar aquel oxígeno de hace casi 30 años, con toda la intensidad y la frescura de entonces, con toda la fascinación que Gabriel García Márquez llegó a inspirarme conforme me adentraba en Macondo y descubría cada uno de sus recovecos.

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Tenía 15 años, leía a cada momento, vivía en una constante emoción, me sumergía en cada novela que caía a mis manos, a veces sin importar el qué y el cómo, y  alguien me habló de la historia de Aureliano Buendía y su familia. Lo que primero viene a mi mente al recordar la impresión que me causó ‘Cien años de soledad’ es la intensidad. Intensa la historia de aquella saga invencible en el corazón del Caribe, intensa la jungla y los colores y los sabores y los olores de aquella atmósfera tan exótica como adictiva, página a página.

Recuerdo leer y avanzar como en un ancho mar por aquellas páginas, sin descanso, por horas y días, y hasta alrededor de una semana que me tomaría leerlo entero. Y recuerdo la sorprendente y gratificante sensación al descubrir el realismo mágico, con su ruptura de límites, donde todo era posible, y la muerte no era mortal, y la vida no era lineal sino tangencial y extraordinaria.

Dicen que los primeros cinco años de vida marcan el carácter y la personalidad de un niño. De la misma forma, es más que posible que los libros que uno lee en el camino hacia la madurez también dejen un poso de intensidad y de fascinación que acompañan al lector de por vida…

No sé muy bien por qué pero a mí Gabriel García Márquez me conquistó desde aquella primera lectura. Se instauró en el Olimpo de mis grandes referentes literarios por méritos propios y porque yo me rendí a todos y cada uno de sus encantos. Y aquí sigo. Mirando este libro, volviendo a hojearlo una y otra vez, oliéndolo, mirándolo y observándolo desde todos los ángulos, fija mi mirada en esas marcas del lomo que son como huellas del tiempo, del tiempo que ha pasado y del tiempo que aquel ejemplar estuvo entre mis manos… Sigo allí, en aquel Macondo de mis 15. A la orilla de otra vida, gracias a la magia de la memoria y al poder de los libros.

 

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