Una historia escrita en blanco y negro

Esta es una fotografía antigua de 1951 donde se puede leer un cartel expuesto al público cada jueves delante de la puerta de entrada del zoo de Chattanooga, en Tennessee: No se permite a las personas blancas acudir hoy al zoo”, dice el anuncio. El jueves era el único día en que los ciudadanos negros tenían acceso a ese lugar y por eso no se permitía la entrada a los blancos. Así funcionaba la segregación racial en la vida cotidiana de millones de personas en el sur de los Estados Unidos, durante los años 50.

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Hoy es el país de las oportunidades, el lugar donde cualquiera que se lo proponga y trabaje duro puede llegar a lo más alto. En pocos lugares del mundo se puede decir que eso sea una realidad. En Estados Unidos lo es. Pero durante muchos años, y sobre todo en el sur de este país, las oportunidades solo existían para unos pocos. Fue el tiempo en el que la vida de las personas se escribía o en blanco o en negro. Y entre esos dos colores había una barrera infranqueable de dolor e injusticia.

La historia de Franklin McCallie es especial porque se escribió en ambos tonos, en blanco y en negro. Descendiente de una de las familias más antiguas y prestigiosas de Chattanooga, nieto del fundador de la exclusiva escuela McCallie, todo parecía indicar que Franklin seguiría los pasos de su abuelo y de su padre. Sin embargo, este hombre se enfrentó a las creencias de su familia y resultó ser uno de los pilares de la integración y de la lucha contra la segregación racial en esta ciudad.

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Conocí a Franklin de forma casual en un evento. Y lo primero que pensé al verle fue que me recordaba a los primeros presidentes norteamericanos. Tiene un aire a Abraham Lincoln: alto, de constitución sólida y añeja, como un viejo roble, cercano, con mirada inquisitiva y barba blanca. Me inspira dignidad, respeto y simpatía. Es un hombre noble que ha dedicado toda su vida a la enseñanza y a luchar contra el racismo. Pero el camino no ha sido fácil.

Recuerdo una infancia en la que tenía todo lo que necesitaba y todo lo que quería. Recuerdo ser un niño blanco que creció entre privilegios de todo tipo y que tuvo una infancia maravillosa y feliz. Crecí en el campus del colegio en el seno de una familia que era una de las familias con más prestigio y posición de Chattanooga. Recuerdo haber sido criado en la creencia del racismo, amando la bandera confederada e incluso la segregación. Además, me apellido McCallie, que es un apellido importante en la ciudad, que da nombre a calles e instituciones, con lo que parte de la historia de este lugar, con todos sus claroscuros, está ligada a mi familia y por extensión a mí mismo. Nací con eso”.

Hoy me ha invitado a tomar un café en su casa para contarme su historia. Sabe que soy periodista y que escribiré sobre lo que hoy me hable. Y su elocuencia y su gran memoria me asombran. Así como su entusiasmo. No solo sus palabras me trasladan atrás en el tiempo, como si fuera capaz de volver a esa Chattanooga de los años 50 o 60, sino que además me muestra cartas y antiguos periódicos donde se habla de duros episodios de segregación en la ciudad; me enseña fotos antiguas de sus bisabuelos y me deja que por unas horas transite la senda de su memoria.

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¿En qué momento dejó de creer lo que le habían enseñado en su infancia y comenzó a apostar por la igualdad entre negros y blancos, Franklin? Me explica que fue a raíz de un episodio en su adolescencia, cuando se dio cuenta de que había más realidades que la suya:

Fue en LeMoyen-Owen College, en Memphis, en 1961. Ese año participé en un diálogo con 70 jóvenes blancos y otros 30 de raza negra. La actividad principal consistía en un diálogo de tres horas en el que se marcaban tan solo dos reglas: ser honesto y ser educado. Los primeros 15 minutos de esas tres horas de reunión recuerdo que estuve absorto, escuchando a un estudiante de raza negra. Explicaba al resto, desde su experiencia, lo que significaba “ser un negro en el sur”. Sus palabras me impactaron de una forma tremenda. También contó que sus tíos habían luchado en la guerra, al igual que lo habían hecho los hombres de mi misma familia. Y todos ellos, sin distinción, había luchado por la justicia, la democracia, la paz y el derecho a que un ser humano pueda gozar de la felicidad.

Y aquellos hombres, aquel estudiante, que yo sentí en aquel momento igual a mí, no podía tomar el almuerzo en los mismos sitios donde yo lo tomaba, tan solo podía comprar en las mismas tiendas. Pero, si quería comer en un restaurante, debía desplazarse a dos millas de la ciudad, hasta lo que se llamaba “la ciudad coloreada”. Y todo porque la gente de color no era aceptada en los mismos lugares donde acudían los blancos a comer.

Cuando escuché aquella historia, yo llevaba viviendo ya 20 años de mi vida en el racismo y en la creencia de la segregación. Recuerdo que no dije nada en el resto de la reunión aquella tarde. Me fui a la cama por la noche y me sentí terriblemente culpable y muy arrepentido. Ese día cambió mi vida para siempre”.

Por aquel entonces, Franklin me cuenta que el racismo seguía siendo un serio problema, tremendamente serio. Incluso cuando la ley y el gobierno de los Estados Unidos habían aprobado erradicar el segregacionismo, la mayor parte de los ciudadanos del sur seguía alimentando sus prejuicios acerca de la población de raza negra. Se amparaban incluso en un texto de la Biblia, cuando se habla de la historia de Noah y su hijo Ham y dice: “Son gente de raza negra. Son sirvientes. Y serán los sirvientes de los blancos por siempre”. Y la mirada de Franklin se ensombrece cuando me muestra una publicación de hoy mismo, aquí en la ciudad de Chattanooga:

Incluso en nuestros días, en 2016, en uno de los periódicos locales de Chattanooga se puede ver una fotografía en la que se muestra una banda de música local actuando en la ciudad, mientras exhibe la bandera confederada. Esa bandera simboliza una época en que la esclavitud se consideraba admitida y legítima. Y según parece, aún se puede ver eso públicamente y no pasa nada. Da la impresión de que, para algunos, las cosas apenas han cambiado. Y el periódico lo publica. Y no protesta nadie.”

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Franklin se queda callado por un momento y vuelve al relato de su historia personal. Retoma el hilo de lo que ocurrió tras aquella experiencia en Memphis, cuando volvió ya graduado de Harvard a la ciudad de Chattanooga para enseñar en el colegio de su familia:

Había estado enseñando en Baltimore durante dos años en una escuela superior en la que conseguí el título de “Profesor del año” en 1967.  Me había graduado y obtenido el master en Harvard. Ya estaba casado con mi esposa Tressa, así que volví a Chattanooga con la intención de enseñar en el colegio de mi familia. Le puse a mi padre solo una condición: que hubiera una integración en las aulas entre los estudiantes blancos y negros. Pero mi padre no lo entendía y dijo que no. Principalmente por dos razones: por la cultura en que había sido educado y en la que había crecido, y porque él seguía pensando que la gente de color no era igual a la gente blanca. ¡Y estamos hablando del año 1968! Hacía 14 años que el segregacionismo se había eliminado de la sociedad norteamericana, y la ley así lo señalaba. Pero la realidad en el sur era otra… Si el sur no hubiese perdido la guerra civil norteamericana, no sé hasta cuándo hubiese durado la esclavitud… Así de dura era y aún es la realidad en esta tierra. Sobre todo porque aquella división existe todavía hoy. Aquel día entendí que mi padre no aceptaba que las personas de raza negra eran seres humanos iguales a los demás”.

Tras discutir con su padre, Franklin aceptó un trabajo en Howard School, una emblemática escuela de Chattanooga, donde los estudiantes eran todos negros. Enseñó allí durante dos años, entre 1968 y 1970, y en ese tiempo participó activamente en protestas y manifestaciones públicas por la integración y los derechos humanos. “Fueron momentos difíciles porque una parte de mi familia me había dado la espalda y en la sociedad de Chattanooga de aquella época no era bien visto que alguien como yo fuera el único blanco marchando por las calles de la ciudad, a favor de los derechos de la población negra. Pero un día, recibí una llamada que lo cambió todo. En la reconocida asociación Kiwanis de Chattanooga habían aceptado por primera vez un miembro de raza negra. Ante mi sorpresa, pregunté a un viejo amigo cómo había decidido dar tal paso. Su respuesta me hizo llorar, cuando me dijo: “Franklin, no he sido yo, ha sido tu padre”. Ese momento lo cambió todo porque entendí que mi padre había modificado su postura a favor de la igualdad”.

Todos necesitamos una oportunidad”, me dice al final. Desde entonces, Franklin no ha dejado de ser un activista comprometido por la igualdad y los derechos humanos. Sigue abanderando su mensaje por la unidad de blancos y negros cada vez que tiene ocasión, tanto de forma pública como privada. Incluso organiza encuentros periódicos en el salón de su casa en los que invita a decenas de personas de raza blanca y negra, que no se conocen entre sí, para que hablen, intercambien opiniones y compartan un café con postre.

Su testimonio es impresionante y sus palabras me conmueven, mientras no dejo de escribir y de escucharle. Creo que el mundo sería un poco mejor si hombres como Franklin guiaran nuestras sociedades y países.

Ojalá se presentara a presidente. Aquí o allá. Yo le seguiría sin pensármelo ni un momento.

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