Palabras como dardos

El arte de usar las palabras como dardos y dar en la diana. La habilidad de arrojar los prejuicios como argumentos para ser debatidos entre todos. El ejercicio de dar voz a un grupo de jóvenes y escucharlos hablar de las cosas que de verdad les importan. Es lo que ocurre cada semana en el foro de debate BOSS, en la universidad Chattanooga State Community College. Los temas: la identidad, la imagen en la sociedad actual, el racismo, las relaciones personales, la religión o la política en los Estados Unidos.

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Las sesiones suelen comenzar con una ronda de presentación de todos los asistentes y una reflexión compartida en torno a una pregunta sugerida por el líder del grupo. Hoy han hablado acerca de la importancia que tiene el hecho de cambiar o no de opinión, de variar la orientación de las ideas. Y se han planteado hasta qué punto eso es bueno o necesario y hasta qué punto un cambio en la forma de pensar denota inmadurez o falta de criterio. Para la mayoría, cambiar de ideas es necesario y forma parte de su proceso de aprendizaje vital.

En la segunda parte de la sesión se propone un ejercicio que hoy consiste en sentar a dos de los participantes espalda contra espalda en un par de sillas, darles un par de argumentos contrapuestos en torno a un tema y pedirles que lo desarrollen. A partir de ahí, se trata de que defiendan cada uno su postura de la forma más efectiva posible en un tiempo limitado. Escucharles es asistir a un brillante combate dialéctico.

Los temas y los argumentos van y vienen en forma de palabras, de un lado a otro de este aula, como si fueran armas arrojadizas. Hablan de racismo y uno de los jóvenes mantiene la idea de que aún existe discriminación para los ciudadanos de raza negra en este estado del sur, en Tennessee, donde la esclavitud aún pervive en el recuerdo histórico de la población actual. Y argumenta esa idea con el dato de que más del 70% de los reclusos en muchas cárceles de esta zona de los Estados Unidos son de raza negra. El estudiante que le enfrenta la espalda levanta también su argumento en contra al decirle que ser un ciudadano negro lejos de suponer un argumento discriminatorio es un orgullo, una herencia y una forma más de ser ciudadano del mundo en una sociedad que ya es global. Pero la mayoría de los jóvenes en este aula cree que los prejuicios raciales siguen vivos.

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Rápidamente el tema cambia y entonces hablan del matrimonio. A favor o en contra. Uno dice que no, que no funciona una institución que te obliga a pasar toda tu vida con una misma persona sin capacidad de cambio y sin la opción de tener una segunda oportunidad, si con el tiempo te das cuenta de que te has equivocado en la elección. El otro le rebate diciendo que para eso hay que casarse convencido y aceptar un compromiso que te ata, pero también te aporta un compañero de vida. Se trata, dice, de ir más allá de los intereses individuales para dar paso a intereses comunes como el desarrollo de un proyecto familiar y vital. Pero la mayoría cree que es difícil acertar con la elección y opinan que probablemente necesiten cambiar de pareja a lo largo de sus vidas, como entienden que les ha ocurrido en su experiencia vital hasta ahora.

Plantean luego temas aún más controvertidos como la religión, el control de las bandas, la imagen que nos representa, los embarazos en la edad adolescente o el aborto. Y los argumentos siguen dando muestra de la rapidez mental y la gran capacidad crítica y de desarrollo de ideas de estos jóvenes.

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Está claro que están en buena forma dialéctica y acostumbrados a ejercitar su sentido de pensamiento crítico desde hace tiempo.

Y así es. El grupo de debate BOSS surgió hace unos años con el objetivo de fomentar diálogos abiertos semanales sobre temas de interés para los jóvenes universitarios. Nació con la idea de desarrollar el pensamiento crítico, hacer comunidad, fomentar las amistades desde una perspectiva intelectual y aliviar el estrés de los estudiantes mediante el desarrollo de acalorados e interesante debates sobre temas controvertidos.

Hace poco más de un año que la asociación “Build me a World” (Constrúyeme un mundo) dedicada al desarrollo de proyectos multi-media y bellas artes en un entorno colectivo, tomó el liderazgo de este grupo de jóvenes. Al frente de esta entidad están Chris Woodhull y Genesis Greykid, dos consultores llenos de energía y capaces de ejercer de conectores entre los jóvenes que integran el grupo. “Build me a word” trabaja para promover el activismo en la comunidad negra de Chattanooga, ayudando a las personas a desarrollar sus ideas a través de la creatividad y del arte, fomentando maneras de descubrir e implementar nuevas formas de pensar. Este taller es buena muestra de su capacidad dinamizadora entre la población joven y de color en esta ciudad.

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“Queremos que desarrollen capacidad crítica, potenciar sus habilidades de liderazgo y sus herramientas de trabajo en equipo, fundamentalmente. Los estudiantes que participan en el grupo son jóvenes muy talentosos y destacan en especial por su curiosidad e interés a la hora de compartir ideas sobre el mundo que les rodea y sobre su propia impresión personal, sobre ellos como individuos”, explica Chris Woodhull.

“Mi papel como líder del grupo a veces supone hacer de abogado del diablo. Soy consciente que puedo resultar provocador e incómodo cuando les expongo a temas que no siempre son aceptados ni resultan fáciles de abordar. Sin duda, algunos de esos temas que les planteamos forman parte de tabús sociales o personales que todos nosotros de alguna manera arrastramos y de los que no nos gusta hablar normalmente, como el racismo, la discriminación, la inseguridad o el temor al que es diferente, al otro. Pero es necesario que abramos la válvula de la expresión, de la comunicación, del debate, del enfrentamiento dialéctico en términos de respeto también, porque esa es la única manera de convivir y, a la larga, de sobrellevar y superar estos conflictos con los que nos toca convivir día a día en nuestra vida y en nuestra sociedad”, termina explicándome Woodhull.

Les he escuchado durante horas y puedo sentir la energía del grupo e intuir su enorme capacidad y talento.  Ellos son el futuro de este país. Y su actitud luchadora, su sonrisa dialogante y su capacidad crítica en positivo marcan el mejor rumbo.

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