Maneras de leer en Babel

Una torre de Babel donde se hablan 77 idiomas y en la que están representadas personas procedentes de más de 50 países. Una inmensa biblioteca humana donde las lecturas no necesitan intérprete. Un mosaico de partituras donde es posible degustar los sabores de cada tierra sin salir de una pequeña ciudad del sur de los Estados Unidos. En eso se ha convertido el Festival Cultural que cada año se organiza en la ciudad de Chattanooga. En una especie de utopía con los pies enraizados en el suelo y donde es posible dar una vuelta al mundo en menos de un día.

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El programa del evento es lo primero que leo al entrar al recinto donde se celebra el Festival Cultural. Está previsto que actúen más de 200 personas en las 5 horas que dura esta fiesta. Lo interesante es que todos los participantes son vecinos de Chattanooga. La fiesta es una muestra orgullosa de su variedad de orígenes y procedencias. Actuaciones de danza y música de países de Latinoamérica, de India, Filipinas y países árabes se disputan la atención del público. Hay algo hipnótico en la cadencia con que se suceden las actuaciones, en el ritmo de los aplausos, en la fusión que se observa entre los espectadores con los bailarines, con cada acento, con cada expresión cultural de esta burbujeante diversidad.

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No quiero quedarme solo viendo las actuaciones así que sigo caminando y me detengo a leer las tapas de un libro en uno de los puestos dedicados a los distintos países y culturas. Estoy en el stand de la República Dominicana. Sheida Rosario, es Embajadora Cultural de su país, lleva 14 años viviendo en Chattanooga y se encarga de mostrar a todo el que se acerca a su puesto algunas de las maravillas de ese destino del Caribe. Quiero saber qué elementos definen ese exótico lugar y me muestra la artesanía elaborada con conchas de las paradisiacas playas de Punta Cana, me habla de la receta para elaborar el típico plato de “magu con cebolla”, escucho el sonido de instrumentos musicales como la Guira, observo la afición de los dominicanos al juego del dominó y me quedo absorta durante un rato leyendo el prólogo del libro de Miguel Aquino, titulado “Tres heroínas y un tirano”, que narra la historia de las hermanas Mirabal, convertidas en leyenda política de la República Dominicana.

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Un poco más adelante, me detengo en la lectura de los pasos de baile de las hermanas Visesiya Uwifashije y Frida Uwinana. Sus cuerpos traen al escenario por un instante la magia de Burundi. Y sus atuendos tradicionales hablan de antiguas raíces, de una profunda fusión con la naturaleza, del sonido de la vida. Es la danza que les enseñaron su madre y sus abuelas y que ahora ellas han traído a este lugar donde viven y donde me aseguran que se sienten “tan bien acogidas como en su propio hogar“.

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En el puesto de Colombia, Luz Bohórquez muestra a todo el que se acerca las típicas “Chivas”, artesanías colombianas que reproducen en barro la silueta de antiguos autobuses que hace décadas transportaban a los jornaleros de la montaña a la ciudad y que se han convertido hoy en una atracción turística. De igual modo, me enseña las “mollas”, platos de cerámica elaborados a mano y donde se puede servir una comida completa. Me habla de los bolsos de las tribus indias y se detiene a explicarme las diferencias entre los distintos tipos de sombreros colombianos: el sombrero volteado original y típico de Antioquia y Medellín; y el sombrero de cuero de los Llanos orientales. También sobre una mesa de este puesto guarda unas réplicas de colgantes del Museo del Oro de Bogotá. “Son las reliquias del pasado”, me dice, “pero guardan toda la historia de mestizaje de mi país”.

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Johana Eason, Embajadora Cultural de Guatemala, exhibe las tradicionales muñecas con vestidos típicos de las tribus indígenas, las pulseras elaboradas con coco y las hechas a mano con monedas de ese país. En el apartado musical, me deja tocar la “Marimba” y me dedico a comprar algunos de los típicos brazaletes y abalorios hechos con cuentas de colores y que, en ocasiones, elaboran los niños de las tribus de la selva.

Llega el momento álgido del Festival Cultural, el tradicional desfile de países, con representación de cerca de medio centenar de naciones. Los participantes son niños, jóvenes, adultos y familias enteras que visten sus trajes típicos y portan sus banderas desfilando por el recinto al ritmo de las danzas de sus países y las músicas de cada nación.

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El alcalde de Chattanooga, Andy Berke, pregunta al público asistente: ¿Qué es lo que hace grande a una ciudad? Lo que la engrandece es su variedad. Porque una ciudad crece cuando se convierte en un lugar vibrante, energético y variado, donde cada uno pueda aportar su diversidad y todos pueden aprender y experimentar otras sensibilidades, no siempre lo mismo. Me siento afortunado de vivir en Chattanooga, una ciudad llena de gente diferente, de variadas procedencias que piensan y sienten de modos distintos, pero que se respetan profundamente y que entre todos hacen grande la ciudad. Estoy contento de estar en este lugar donde la gente se siente bien y quiere venir y quedarse”.

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Hay algo de la esencia de Estados Unidos en este evento, en esta celebración de diversidad.  En una pequeña ciudad del sur, en Tennessee, se representa una parte de la idiosincrasia de una nación hecha de retazos de otras muchas naciones, pero donde todos han encontrado su hogar. No puedo explicar por qué a ratos me aguijonea un leve punto de envidia porque, aunque suene a utopía, estoy aquí viendo con mis propios ojos esta auténtica celebración del respeto mutuo, del orgullo por los orígenes nacionales y culturales de cada uno, pero bajo la unión de un país y una bandera que les acoge a todos, la de los Estados Unidos, y sobre el entendimiento de saber cada uno quién es, sin necesidad de imponer nada a los demás.

Felicidades, Chattanooga.

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