Recuerdos que queman

Hay libros que no pueden ser escritos sino con el paso del tiempo. Cuando los años han logrado dejar poso en la experiencia y es posible volver a lo vivido sin que el dolor nuble la escritura. Es lo que le ha ocurrido a James Dorris, ex combatiente americano de la Segunda Guerra Mundial y uno de los hombres que liberó el campo de concentración de Dachau en Abril de 1945. Dorris ha tenido que esperar 70 años para poder volcar en un libro los recuerdos de aquella guerra.

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James Dorris fue uno de los primeros soldados americanos en pisar un campo de exterminio nazi. Hoy es un reconocido jubilado de 90 años, que ha vivido y trabajado como ingeniero en Chattanooga durante toda su vida y que hace 6 años decidió poner por escrito sus memorias. Se acaban de publicar en Amazon con el título “My View of WW2”.

Quería contar que se puede extraer un aprendizaje incluso del horror de una guerra. He escrito este libro con la intención de transmitir a todo el que quiera leerme lo que es vivir un conflicto bélico, mostrándolo a través de recuerdos, detalles y momentos en forma de vivencias. Y también porque quería dejar un legado de vida a mis hijos y nietos”, me cuenta James.

No es el primero en su familia en poner negro sobre blanco su vida. Su bisabuelo hizo lo mismo tras participar en la Guerra Civil norteamericana. En 1902 escribió un diario en donde relata aquella dramática experiencia. También un primo de su mujer, de origen irlandés, escribió recientemente un libro hablando del papel que tuvieron los combatientes europeos originarios de este país en esa contienda. “Disfruté tanto con ambas lecturas que en un momento dado me dije a mí mismo: ´¿Por qué no contar yo también mi experiencia en un pequeño libro?´. Y así lo hice“, explica este veterano ex combatiente.

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Su participación en la II GM es algo que sigue estando muy presente en su vida. Hace unos días acudió a un evento en el que un amigo suyo iba a ser galardonado y en el que le habían dicho que se iba a entregar la medalla Corazón Púrpura por su servicio en la II Guerra Mundial. En la presentación, James Dorris se sorprendió cuando escuchó su nombre de forma inesperada en medio del acto. Fue él quien fue honrado con varios premios por el honor y la valentía con el que peleó en la batalla. Entre otras condecoraciones se le entregó la medalla Corazón Púrpura por haber resultado herido en Alemania.

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Cuando le pido que me cuente qué recuerda de aquello, se queda callado un instante con la mirada perdida. Entonces me cuenta que un día, tras sufrir un bombardeo, buscó refugió en una casa en medio del camino. Creyó que estaba vacía y se sentó a observar desde la ventana lo que estaba ocurriendo en el campo de batalla cuando sintió que alguien le estaba apuntado a la cabeza con un arma. Era una mujer mayor, de unos 80 años, que asustada intentaba defenderse de él apuntándole con manos temblorosas: “Me di cuenta enseguida de que aquella mujer sentía pánico y que si no actuaba rápido, iba a dispararme. Así que me giré despacio y la abracé. No sé muy bien por qué lo hice, solo noté su miedo inmenso y me embargó la necesidad de mostrarle de una forma lo más humana posible que yo no iba a hacerle ningún daño. Así que la abracé, ella comenzó a llorar y soltó el arma, relata Dorris. “También hubo un instante muy difícil de olvidar. Habíamos entrado a una casa buscando algo de comer. En aquella casa no vimos a nadie y estábamos a punto de cocinarnos unos huevos que encontramos por allí cuando escuchamos los gritos de una niña muy pequeña llorando en el jardín. Lo que encontramos fue dantesco. La niña estaba tendida en el suelo sobre el cadáver del que parecía era su padre. Al hombre le habían volado la tapa de los sesos y la niña se abrazaba a él cubierta de sangre y materia humana”.

James tuvo ocasión de compartir también momentos cotidianos con la población alemana. Como cuando iban a misa el domingo: “Nos dábamos perfecta cuenta del odio que había en algunas miradas entre las personas que acudían al culto. Para ellos, nosotros éramos el enemigo y podíamos notar claramente que no querían que estuviéramos allí con ellos. Era una situación complicada e incluso violenta para nosotros, pero también necesitábamos escuchar la palabra de Dios.

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Pero sin duda los momentos más estremecedores son los que vivió cuando pudieron acceder al interior del campo de concentración de Dachau, cerca de Munich. “El 29 de abril de 1945 entramos a aquel infierno. Teníamos orden de liberar un campo de concentración que estaba de camino, pero nadie sabía qué era exactamente lo que íbamos a encontrar. Pensábamos que sería una prisión. Sin embargo, conforme nos íbamos acercando notamos un olor tremendamente desagradable. Un olor que se extendía por millas y que aún puedo traer a mi memoria de nuevo. Era un olor a algo quemado que recordaba a la materia orgánica, pero que nunca antes habíamos experimentado. Era el olor de los cuerpos quemados en los hornos crematorios.

Una vez dentro, me sigue contando James, lo que vieron los dejó sin palabras al observar a miles y miles de personas en las peores condiciones que se puede uno imaginar e hileras de cadáveres por los suelos, junto a montañas de enseres por todos lados. “Cuando nos vieron entrar, por un momento se produjo el caos. Algunos guardias intentaron huir y otros se dedicaron a disparar las ametralladoras contra los prisioneros, con el afán de acabar con el mayor número posible de personas en el último momento. En cuanto a los prisioneros, los que estaban a punto de ser fusilados y permanecían de pie en los patios se abalanzaron sobre nosotros pidiendo comida de una forma desesperada”.

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La dureza de lo vivido se refleja en los gestos de James, sentado en el sillón de su casa en la ciudad de Chattanooga. Pero él no está ahora aquí en 2015 sino que con cada chispa de la memoria está volviendo en oleadas a aquellas horas del 29 de abril de 1945: “Recuerdo que en algún momento de aquel día pensé ‘Dios mío, sácame de este sitio’. Sentí que no podía haber horror mayor que aquel. Recuerdo un niño preguntando a gritos dónde estaban sus padres y a alguien diciéndole que sus padres estaban allí, señalando el humo negro que escupían aquellas chimeneas enormes. Y recuerdo también un momento en que se me acercó un prisionero y me preguntó si yo tenía tabaco. Le dije que no. Entonces salió corriendo y desapareció en el interior de un barracón para volver al poco con algo en sus manos que me entregó. Era una pequeña caja y en su interior, guardado como si fuera un tesoro, había medio cigarrillo. Me lo entregó, me miró a los ojos y me dijo: ‘Gracias por habernos liberado’. Aunque nunca me fumé aquel medio cigarro, lo guardé durante mucho tiempo como recuerdo de aquel momento y de la esperanza y gratitud que observé en su mirada”.

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Al volver a casa, me sentí inmensamente feliz y agradecido por tener de nuevo la oportunidad de experimentar cada pequeño detalle y momento de vida cotidiano. Tanto, que no sabría expresarlo con palabras. Sin embargo, no fui capaz de hablar de todo aquello hasta que pasaron 10 años. Me centré en los estudios y en vivir, con el afán de dejar atrás tanta muerte y desolación. Fue hace unos pocos años que me decidí a poner mis memorias por escrito. Ahora quiero que mis hijos y mis nietos lo lean y comprendan lo valioso que es vivir en paz, que aprecien lo que tienen y ojalá que con mis palabras pueda ser capaz de contribuir a que nunca nadie más tenga que sufrir algo tan horrible como lo que yo vi en aquellos campos de Alemania”, concluye James Dorris.

Le miro. La sonrisa cálida con que me recibió al llegar para entrevistarle se ha desvanecido. Observo sus ojos aún perdidos en los recuerdos tras las gafas, su bastón, su pelo blanco y su dignidad. Miro a mi alrededor: sus cuadros, las medallas, sus libros y la fotografía con sus nietos presidiendo la pared principal de este cuarto. No sé qué decirle. Y le observo con admiración una vez más, antes de despedirme. Y es entonces cuando le digo ‘Gracias’.

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