Chestoberol

Cervantes inventó el yelmo de Mambrino para Don Quijote, con la intención de convertirlo en invencible. Fernando Aramburu ha inventado el chestoberol para recordarnos precisamente que no lo somos, que nos vence el paso del tiempo y el olvido y que contra ambos, no hay mejor remedio que la memoria, la sorpresa, la risa y la buena literatura.

Y, ¿qué es el chestoberol? Un invento literario. De hecho el origen del chestoberol hay que buscarlo en una novela.  Fernando Aramburu habló por vez primera de este artilugio en un cuento incluido en el libro No ser no duele y después en dos novelas, Los ojos vacíos y Bami sin sombra. Y se trata de un objeto decorativo existente en el universo Aramburiano, que antiguamente usaban los ancianos, o mejor aún las familias “como medida familiar para saber cuándo el abuelo ha fallecido, puesto que el artilugio en cuestión dejaba de hacer ruido”, según contó el escritor en el club de lectura con su particular sentido del humor.

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El chestoberol, como artilugio para viajar por la vida. Y como brújula, para sondear las profundidades literarias y existenciales de uno de los escritores más potentes, brillantes y personales del momento.

Fernando Aramburu es un escritor viajero, acostumbrado a navegar mar adentro, sin miedo a las distancias ni a los retos. Valiente  y sagaz, cauto y paciente.  Nos ha llevado de viaje por Alemania, por los fiordos y hasta a los fondos marinos.  Como un capitán de barco y nosotros, los lectores, sus marineros. Somos muchos los fieles seguidores que hemos navegado en las aguas del sufrimiento leyendo Los peces de la amargura, nos hemos reído a mandíbula batiente con las divertidas peripecias de Ratón y su esposa en Viaje con Clara por Alemania; hemos vibrado al leer El vigilante del fiordo. Con Años Lentos nos maravillamos con su capacidad de reinventar el armazón literario sobre el que se levanta, como un buque, un gran libro. Esta es la historia de una travesía, como veis.

Hace unos días, vino al club de lectura de Diario de Navarra, con su chestoberol bajo el brazo, para hacernos pasar un buen rato, hablar de literatura y presentarnos su última novela, La gran Marivián. Repetía en el club. Ya nos visitó hace cerca de dos años presentando entonces El vigilante del fiordo.

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En este ocasión, nos llevó de viaje una vez más… ¿habéis estado en Antíbula?. Quizá sí, si leísteis Los ojos vacíos y Bami sin sombra, las dos novelas anteriores centradas en este país imaginario que Aramburu se ha sacado de la chistera, una trilogía que cierra ahora con La gran Marivián.  

Con ecos de 1984, de George Orwell, o El Cuento de la criada de Margaret Atwood, en las tres novelas recorre los movimientos ideológicos del siglo XX, entre católicos, apostólicos, burgueses, colectivistas, comunistas y marxistas, hasta llegar a la democracia liberal. Más allá de la alegoría , la fantasía o la metáfora, Aramburu transita por una literatura realista y muy literaria, donde reconocemos momentos de la historia, personajes y obras de arte; y donde todo tiene un reflejo mucho más cercano de lo que podemos imaginar.

En el fondo, al recorrer su obra, atravesamos una experiencia. No siempre fácil, su literatura nos saca de la zona de confort, experimenta con nosotros como lectores en el fondo de una probeta; nos zarandea para dejarnos despeinados en la orilla , después del viaje por ese mar de letras. Y es que Aramburu no ha permitido que nadie le etiquete, ni que sus lectores se acomoden en exceso: tiene la capacidad de reinventarse y por ende, reinventarnos en la lectura. Seguramente esto tiene que ver con que estamos hablando de un escritor de los que no abundan: siempre en búsqueda, siempre innovador, que nos plantea un juego literario de fondo en cada una de sus obras. Y nosotros jugamos, sorprendidos, agradecidos y hasta un poco asustados, pero siempre buscando el hallazgo.

Con el chestoberol en la mano, nos dijo en el Club de lectura de Diario de Navarra: “No sé si dejaré huella como escritor, pero por lo menos sí un objeto que me hará único”. Y único es, don Fernando Aramburu. Nadie le iguala.

 

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