¿Has probado a dar los buenos días a la dependienta?

“Tú debes ser el cambio que quieres ver en el mundo” Gandhi

He escuchado muchas veces frases como “todo el mundo va a su rollo” o “la sociedad se ha vuelto demasiado individualista” y desde hace un tiempo intento poner en práctica la frase de Gandhi. En las ciudades, aunque no tengan muchos habitantes, tenemos prisa para todo y lo queremos todo “para ya”. Somos exigentes con los servicios que nos prestan (no hablo de los ayuntamientos sino de una barra de pan o un café) porque ya pagamos el producto: Llegamos, “hola”, pedimos, nos dan el producto, pagamos, “adiós” y nos vamos corriendo a hacer lo siguiente que tenemos en mente. Y además es su obligación atendernos con un saludo más o menos educado porque la cosa está muy mal y si no lo hacen puede que vayamos a tomar el café a un sitio con un servicio más “agradable”.

Desde luego hay personas para todos los gustos, pero después de este tiempo practicando la frase de Gandhi me he dado cuenta de una cosa: si insistes, al final lo consigues. Si entras en un lugar habitual y al dependiente o dependienta le saludas con una sonrisa y al despedirte le dices “que pases buen día” (cuando no esté a otra cosa y no te pueda escuchar, claro) al principio le sorprenderá y quizás ni le dé tiempo a contestar, pero si repites lo mismo varias veces, verás cómo acaba al menos sonriendo (una sonrisa sincera, no la de cortesía) e incluso te conteste con un “gracias, igualmente”.

Después te puedes atrever en lugares no habituales: hace poco fui a un restaurante de comida rápida una noche de fin de semana, con una larga cola de gente impaciente por hacer su pedido o por recogerlo. Los dependientes y los cocineros sudando la gota gorda para hacer frente a las comandas. Cuando recibí mi producto, me despedí de la dependienta con un “gracias, que tengáis buena noche” y fue la primera vez que la vi sonreír en la media hora que yo llevaba en el local. Mi sorpresa fue más grata cuando una clienta junto a mí se quedó sonriendo y sorprendida al oírlo. No sé si ella hizo lo mismo antes de salir del local, no me importó…yo lo hice y me sirvió para hacer sonreír a una persona, con eso me sobró.

Claro que me he encontrado con trabajadores secos, de esos con “cara de palo” que quizás tengan una vida con preocupaciones que no conozco a los que no les apetece precisamente sonreír, pero lo que tengo claro es que a nadie le amarga una sonrisa y que le deseen un buen día de forma sincera.

Que tengas un buen día querida lectora, querido lector.

Carlos Moreira. Psicólogo del Teléfono de la Esperanza de Navarra

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