Vuelta a la rutina

Bueno, pues ya se ha acabado el verano…puede que seas de las personas que han pasado el mes de agosto sin trabajar, pasando otro año más esa prueba, que a veces parece insuperable, de convivir cada hora del día con la familia sin posible escapatoria. O puede que no tengas trabajo más o menos estable y después del contrato de verano vuelves a esas vacaciones forzadas que te estresarán más que el trabajo. O quizás hayas cogido vacaciones ahora.

Sea como sea, me gustaría hablarte, aprovechando que la mayoría lleva pocos días trabajando después de sus vacaciones, de la motivación en el trabajo: más bien de las diferentes motivaciones…

En la televisión, aparte de comenzar los anuncios de la primera entrega de nosequé colección que vienen bien, al estilo “planes para el nuevo año de Nochevieja” ya que te facilitan dar el primer paso para practicar un hobby que habías abandonado hace años, también hablan del “síndrome postvacacional”.

Es como levantarse durante un lunes perpetuo…no te sienta bien madrugar, ves caras largas en lugar de las sonrisas de primera hora de las vacaciones, vuelves a la rutina de tu jefe y de tus compañeros…dicen que el síndrome es más acentuado en trabajadores que sufren acoso laboral o que no les gusta su trabajo. Normal.

Por otra parte, hay muchos que aunque no les guste el trabajo o sufran acoso, no se atreven a tomar la decisión de cambiar nada porque aunque estén mal, ese trabajo les da de comer e intentan pasar las horas lo mejor que pueden para terminar y volver a casa con los suyos. Me parece muy bien. Pero ¿cuánto crees que vas a durar así?

Hasta ahora he hablado de “la motivación extrínseca” en el trabajo: te motiva algo externo al trabajo. El sueldo o la estabilidad aunque sea durante unos meses se convierten en tu razón para levantarte cada mañana para ir al trabajo. Pero si te miras al espejo cuando te lavas la cara, cada vez te verás más triste porque el trabajo en sí no te motiva…y esta es la motivación intrínseca, la que te empuja a ir al trabajo por el mero hecho de trabajar.

Me voy a explicar que te veo con cara rara…puedes tener un trabajo muy muy malo, con un jefe muy muy malo, en el que no te dejen desarrollarte como persona (como tú crees que deben dejarte desarrollar), en el que el jefe corta cada una de tus iniciativas o las haga suyas cuando son buenas, no sé, tú mejor que nadie sabe lo malo de tu trabajo…

Te voy a proponer algo que no es nuevo en este blog: coge papel y lápiz y haz una columna a la izquierda de las cosas malas de tu trabajo. Cuando ya hayas concretado lo que no te gusta, céntrate una por una y analiza si está en tu mano cambiarla. Pero no digas que no tan rápido, piénsalo de verdad: busca alternativas aunque te cueste esfuerzo realizarlas. Verás cómo no son tantas como creías…cuando tengas localizadas las que no puedes cambiar, no te amargues por ellas, ¡no vale la pena!

Bueno, ya hemos hecho la parte fácil…ahora vas a hacer una columna con lo que te gusta o te podría llegar a gustar de tu trabajo. Ahora es el momento de acordarte de esos pequeños detalles que te alegran el turno: que aunque sea una persona te devuelva los buenos días con una sonrisa, que te esfuerces por hacer tu trabajo bien (da igual lo que ocurra después respecto a lo que no puedes cambiar de la lista de la izquierda…), que ese esfuerzo se premie solo con que el cliente vuelva (no busques que te dé las gracias ni que te sonría, aunque si lo hace, mucho mejor…).

En fin, sé más realista. No hablo de resignación, hablo de realismo positivo. Es lo que hay. Baja si es necesario las expectativas sobre lo que los demás “deberían” hacer, y no te amargues por lo que no puedes cambiar.

Carlos Moreira.

Psicólogo del Teléfono de la Esperanza de Navarra

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