Formemos un tándem

Voy hablar del papel de la suegra. Sí, de la suegra he dicho. Sé que algunas fruncirán el ceño, ya que la suegra suele llevar mala prensa. Existe hasta un cactus con el nombre de “asiento de suegra”, con eso está dicho todo. Yo estoy en contra de estas etiquetas, tal vez sea porque yo tengo una suegra de muchos muchos quilates. La suegra puede llegar a tener un papel muy importante y muy positivo en la vida de una pareja,  pero también puede ser fuente de las más variopintas  quejas y lamentos con mayor o menor motivo. En ocasiones, y esto hay que decirlo, han tenido mucho que ver en la ruptura de algunas parejas
El suegro en cambio, por norma general, pasa más de puntillas, no toma tanto protagonismo. Pero  yo quiero centrarme en la relación suegra-nuera, ya que es ahí donde potencialmente radican muchos choques de auténticos trenes. Si lo analizamos bien, son dos mujeres que quieren a un mismo hombre, dos amores muy diferentes, pero de donde puede surgir toda una batería de celos y rivalidades entre ellas. El amor que le profesa una mujer a su pareja  nada tiene que ver con el amor de una madre, esto está claro. Ni mejor ni peor. Diferente. Entonces, ¿por qué no ir de la misma mano ya que tenemos un denominador común? Nuestro querer tiene que ser paralelo, nunca superpuesto. Sería bueno que las suegras recordásemos que un día  también empezamos de cero, con incertidumbre acerca de una nueva vida de pareja, con la tarea de educar a unos hijos, con igual desconocimiento de cómo hacerlo como el que ellas –las nueras- tienen ahora. No comparemos  nunca,  “cuando yo me casé…” “cuando tuve a mi hijo hacía esto o aquello…” “es que tú .…”. Respetemos su parcela. Es importante saber hasta dónde podemos llegar en “nuestra opinión” y así conocer las zonas en las que no conviene entrar.  Unamos nuestra experiencia y la sabiduría que nos ha dado la vida,  con la juventud, fuerza y conocimiento de ellas para así formar un tándem aprendiendo la una de la otra. Los hijos lo agradecerán  porque tengamos en cuenta que ellos están siempre entre dos aguas.

Un hijo no es propiedad de una madre, pero sí es responsabilidad de la misma criarlo y educarlo con amor, dotándole de diferentes herramientas para cuando emprenda su vuelo. Pretender tenerlo bajo nuestras necesidades y apegos nunca ha tenido un buen pronóstico. Si hemos depositado en él argumentos sanos, con toda seguridad nos seguirán amando, pero desde la libertad. La mayor satisfacción para una madre es ver feliz a su hijo, también cuando otra mujer aparece en su vida y en gran parte esa felicidad está en nuestras manos.

Lourdes Barragán Martínez. Teléfono de la Esperanza de Navarra

 

 

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