Derechos y obligaciones

Parece como si saliésemos del cine, impactados por la película pero con la tranquilidad de que al fin y al cabo es pura ficción y qué tal si tomamos un café. Pero el problema es que ya estamos con las zapatillas puestas en el salón de nuestra casa y es Matías quien nos cuenta lo que ha sucedido en cualquier parte del mundo y dentro de poco a la cama después de pasar por las hormigas. Y no, no es ficción. Realmente está pasando. Todos los días. A niños. Aunque lejos. A ancianos. Aunque lejos. A hombres y mujeres. Aunque lejos. A familias. Aunque lejos, a personas. Por su color. Por su sexo. Por su militancia. Por su testimonio. Por su Fe. Aunque lejos. Tan lejos que la magia de la varita del mando a distancia es capaz de anestesiar el malestar que supone la consciencia de lo que les está ocurriendo a otros seres humanos. Aunque estén lejos. Con un solo botón y apuntando a la televisión, parece que el sufrimiento ajeno se marcha con el último capítulo de yo que sé serie. Y hasta mañana, que viene el sueño.

Pero la realidad no cambia de canal.

De vez en cuando vuelvo a leer los treinta artículos de la declaración de los derechos humanos. Le invito a que haga lo mismo, pero a modo de reto. Preste especial atención al 3, 5, 14, 18 y 26. Y a continuación, y con la memoria fresca, póngase un telediario, lea un periódico o escuche las noticias por la radio. Tal vez le suceda algo parecido a lo que a mí me pasa en forma de pregunta: “pero, ¿nadie es capaz de hacer nada?” Si más o menos le ha ocurrido esto, lea finalmente el artículo 28 y sueñe con una redacción alternativa: “Todo gobierno e institución tiene la obligación de que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos”. Y siga soñando en que los ciudadanos de todo el mundo no admitimos otra cosa distinta.

Alfonso Echávarri

Psicólogo. Coordinador de Programas de ASITES en Navarra

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