Los sufridores del Orfeón, capítulo I.

Amaia Acaz: Detrás de cada orfeonista, hay seguramente más de un familiar echando un cable. O dos.

amaia acazPor Silvia Ansorena. “Pero cómo no me voy a sentir orgullosa de verlo cantar, si es por ese orgullo que estamos toda la familia apoyándole”. No sé si Santos Iribarren, orfeonista, sabe que su mujer siente ese orgullo cada vez que lo ve sobre un escenario, seguramente sí porque fue ella la que le animó, hace ya diez años, a hacer la prueba. O quizás no, porque a veces el ocio de uno puede suponer el trabajo doble del otro, y en esos momentos uno no está para cumplidos.

Amaia Acaz conoció a Santos cuando él todavía no era orfeonista, y cuando vieron en prensa un anuncio de “se buscan voces” casi le insistió para que llamara. No se acuerda bien, pero cree que quizás estuviera ya embarazada de su hijo Jon y no lo sabía todavía.
La cuestión es que Santos empezó a ensayar (tres días a la semana de ocho a diez de la noche), a participar en conciertos, y también a viajar. El Orfeón empezó a poner la banda sonora a la vida de Amaia, que recuerda la Donna del Lago y Marina de aquellos principios, la música que seguramente escuchó Jon antes incluso de nacer.

Con un bebé
Jon, que tiene ahora nueve años (cumplirá diez en julio), y que jugaba con espadas al son de Alexander Nevsky, de Prokofiev. “Ponme la de guerras, papá”- decía antes de ponerse el casco y coger la espada.
Jon, que tiene buena voz, que controla de música clásica (sin saberlo) más que ningún otro chico de su cole, y que sabe que el Orfeón a veces se lleva a papá en vacaciones, incluso en sanfermines, aparte de tres tardes a la semana, el rato antes de irse a la cama.
santosymujerstacec “La conciliación comenzó al nacer Jon-recuerda Amaia- porque yo tengo un trabajo de jornada partida, ineludible, soy la directora del departamento de idiomas en una Escuela de Negocios. Puedo tener cierta flexibilidad, y de hecho a veces salgo a las siete y media para que Santos pueda ensayar a las ocho, pero finalmente tengo un trabajo de responsabilidad y las cosas se tienen que hacer”.
Así que, sobre todo cuando Jon era pequeño, para poder organizar horarios Amaia tenía que tirar de su padre, su hermana, su tía (hermana de su madre), el marido de su tía y… la hermana del marido de la tía. Lo que en Estados Unidos llamarían un “Family Support System”. La familia.
Esa familia que iba a casa a quedarse con el crío o a llevárselo para que sus padres trabajaran y que además iba también a casa para cubrir esos ratos en que mamá seguía trabajando y papá se iba a ensayar.

Los viajes
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La primera gira del Orfeón fuera de Europa fue en 2007, con rumbo a México. México DF, Puebla, Guadalajara y Monterrey, el Réquiem de Verdi y la Orquesa Sinfónica del Principado de Asturias se presentaban como un caramelo musical para el Orfeón.
Amaya se quedó en tierra con un pequeño problema, la adaptación al cole de Jon, que empezaba con tres años primer curso de Educación Infantil en Teresianas. Ella trabajando y su cadena familiar cooperando. “Cada día el crío sabía que alguien iría a buscarle- recuerda Amaia- la cuestión era quién”.
Precisamente del viaje a México tiene Amaia una de esas anécdotas que define su condición de sufridora del Orfeón. Lo cuenta con gracia, porque ella es así, abierta. Habla con desparpajo, y lo cuenta igual en esta entrevista que en alguna cena con orfeonistas.
Con Santos por tierras mexicanas, a muchos kilómetros y siete horas de diferencia horaria, en estas idas y venidas con el niño en adaptación escolar, le fallaron los frenos del coche. Pudo manejar en vehículo calándolo de vez en cuando  hasta aparcarlo y coger una villavesa.
Mexico61 Estaba en la marquesina, asustada, recordando todavía el percance y pensando que más vale que el niño no iba con ella, cuando le sonó el teléfono y Santos, desde el otro lado de la línea, empezó a contarle los triunfos del Orfeón. “Un éxito todo”, alcanzó a decir.
“Soy muy visceral y muy de gritar- explica- y aquel día, cuando oí lo a gusto que lo estaba pasando Santos, no pude pensar en que se lo merecía o en el logro musical que era aquello. No sé ni qué le dije mientras le contaba lo mal que lo había pasado, pero una señora que estaba en la marquesina se marchó de allí”.

Cadena de favores
Será por eso que muchos orfeonistas piensan que sus parejas odian al Orfeón. “Que no lo odio- dice Amaia- si a mí me encanta que disfrute, y cuando voy a algo del Orfeón me lo paso bien. Me doy cuenta de que para él el Orfeón es una parte muy importante de su vida, que comparte con ellos algo muy especial”.
sCon el tiempo, Jon se ha hecho un poco mayor y poco a poco podrán depender un poco menos para conciliar su día a día con los ensayos de la Calle Pozoblanco. Eso sí, los viajes o los proyectos que exigen más dedicación temporal (la ópera, por ejemplo) siguen siendo toda una aventura.
Hace poco, en una comida familiar, después de que cayera sobre la mesa uno de estos proyectos musicales para los que parecía no haber apaño, la hermana de Amaia alzó la voz. “Yo podría cogerme unos días de fiesta para ayudaros con Jon”.
Y así fue. La cadena de ayudantes extendía sus brazos una vez más. Y aunque Amaia casi le echó la bronca a su hermana, ella se cogió fiesta y la banda sonora orfeonil siguió sin interrupciones.
Orfeon Pamplones New YorkAcabando ya la entrevista, ella vuelve a decir que le encanta ver a Santos en el escenario. Las mejores frases salen casi siempre cuando la grabadora ya se ha apagado. Es la hora del peligro en las entrevistas políticas, cuando el entrevistado se relaja y suelta la declaración más sabrosa.
Amaia lo dice. “Me siento orgullosa de verlo allí”.

Fotos (en orden): Amaia Acaz, Amaia y Santos en una comida de Santa Cecilia, orfeonistas en Xochimilco, Mx, el Orfeón participando en Forum de las Culturas (México), momento final del Carmina Burana con la Fura dels Baus, El Orfeón en Estados Unidos, Lincoln Center.

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