Navarros en la Aldea Global

Juan Palop Martínez (28 años) Aldea global
Juan Palop Martínez (28 años)
Periodista en Yakarta (Indonesia)

Superficie: 1.919.440 km². Población: 245.452.739 habitantes. Densidad: 119 h/km². PIB: 410.317 millones de dólares. Por habitante: 4.684. Moneda: Rupiah. Índice de desarrollo humano: 107 del mundo. Lema: Unidad en Diversidad. Jefe del Estado: Susilo Bambang.


Domingo, 28/02/2010

Los pilares de esta tierra

Juan PALOP MARTÍNEZ (YAKARTA, INDONESIA)

Son una pareja joven, cultivada y exitosa. Se les ve en la cara. Mediando la treintena, con gesto de relajada satisfacción, pasean sin prisas por los amplios pasillos de mármol de Plaza Indonesia, la catedral del lujo de Yakarta. Ropa cara y el aplomo de una cartera repleta. Dos buenos empleos. Seguro. Y un par de metros más atrás, intentando no perder comba, camina su asistenta -siempre mujer- con un humillante uniforme que parece un pijama y los dos hijos de la fulgurante pareja tirándole de los brazos.



Esto es una constante en los sitios más selectos de Indonesia. Me hierve la sangre. ¿No pueden los padres ricos encargarse personalmente de sus hijos como lo hacen todos los demás? ¿No? Pues no haber tenido descendencia. Y si resultaba imprescindible eso de rascar tarjeta, ¿por qué no va uno sólo? Y si, aún y todo, era absolutamente necesaria la ayuda de la asistenta, ¿por qué hay que pisotearle la dignidad en lugar de agradecerle el cable? No lo entiendo. La ostentación es obscena. Más en este caso, en el que uno se enaltece a costa de rebajar a otro. Y desgraciadamente esto está profundamente arraigado en este país de déspotas y titanes, especialmente en la mayoritaria y jerárquica cultura javanesa.

El drama del servicio doméstico es representativo del de una mayoría silenciosa y abrumada en Indonesia. Su miseria sustenta un sistema basado en las desigualdades, algo similar a lo que pasa entre países ricos y pobres. Con sueldos de menos de cien euros al mes, casi todas carecen de contrato, derechos o seguridad social. Están a merced de sus empleadores, que juegan a ser trasnochados señores feudales. Para cualquier cosa, desde un accidente hasta la ropa de sus hijos, dependen de la magnanimidad de quien paga. La mayoría se ven obligadas a vivir en la casa donde trabajan, incapaces de aspirar a una vivienda propia. Otras, además de subempleadas, deben recurrir al pluriempleo. O peor aún, acaban arrastradas al cruel submundo de la prostitución.
Escrito por Juan PALOP MARTÍNEZ (YAKARTA, INDONESIA) a las 22:54 pm    Hacer comentario

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Lunes, 22/02/2010

Oro y goma

Juan PALOP MARTÍNEZ (YAKARTA, INDONESIA)

Llevaba muy poquito en Indonesia. Apenas una semana. Tenía una entrevista clave en el Ministerio de Asuntos Exteriores para arreglar mis papeles y conseguir el visto bueno final de un pez gordo para mi visado de periodista. Me afeité, me puse traje y corbata. Quería controlar hasta el más mínimo detalle. Comprobé la dirección del edificio en un mapa, calculé los tiempos,.. y entonces empezó el diluvio universal, con sus rayos y truenos, se formó un monumental atasco -todo un clásico en Yakarta- y llegué irremediablemente tarde a mi cita.



El pez gordo aleteó con su manos regordetas en el aire cuando entré en su despacho balbuceando disculpas. Yo llevaba aún el paraguas en la mano y el gesto contraído por la típica ensalada de desesperación y mala leche que provoca indefectiblemente el horroroso tráfico de esta ciudad de titanes. Él, sin embargo, me miraba entre curioso y divertido, como si no entendiese lo que le estaba diciendo. Me invitó a sentarme, me tranquilizó y dijo afablemente: “Jam karet, el tiempo es de goma, esta es una de las primeras cosas que tiene que aprender aquí”.

Cuánta razón tenía. El dicho es una de las máximas fundamentales del país y una brújula para moverse entre sus habitantes. En contraposición radical a nuestro occidentalísimo “el tiempo es oro”, aquí las horas son vagas referencias que se pueden estirar o derretir a voluntad. Entes etéreos que se entremezclan y se desvanecen sin grandes aspavientos, sin que nadie ansíe exprimirlos o pretenda optimizarlos para alcanzar la felicidad. Las horas en Indonesia se parecen más a una nube deshilachándose en el cielo que a los estrictos mojones que guardan nuestros eficientes horarios, calendarios y cronogramas.

Aquí, llegar veinte minutos tarde es ser puntual. Y una hora de retraso es algo habitual, una menudencia que no es necesario justificar. Yo he esperado hasta la desesperación y he hecho esperar. Pero no pasa nada. Absolutamente nada. ¿Saben por qué? Porque nos han engañado: el tiempo no existe.
Escrito por Juan PALOP MARTÍNEZ (YAKARTA, INDONESIA) a las 12:07 pm    Hacer comentario

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Lunes, 15/02/2010

No esperéis a hoy

Juan PALOP MARTÍNEZ (YAKARTA, INDONESIA)

Ofensiva sin cuartel en todos los frentes. Mi supermercado habitual acaba de sustituir el largo estante de productos extranjeros por una sucesión cursi de bombones de chocolate para San Valentín, cajitas rosas chillonas con forma de corazón, y un estridente y dulcísimo no sé qué más. La pizzería junto a la embajada española, de parroquia exclusivamente local, anuncia como promoción de esta semana el Calzone d'Amore. Y los clubs más selectos invitan a exclusivas celebraciones por la llegada del 14 de febrero.



¿El objetivo? Los bolsillos de los 35 millones de ciudadanos de este país de casi 250 millones de almas que se consideran clase media. Gente, en su mayoría vecinos de grandes ciudades, que no sólo se puede dejar encandilar por cierta publicidad facilona y sensiblera, sino que además puede respaldar un impulso momentáneo con unos cuantos miles de rupias. El resto de la población, apenas cuenta. Por no ser, no son ni consumidores.

No obstante, lo que a mí me fascina es la relación que mantienen los indonesios con el amor, un concepto tan difícil de definir como universal. Durante siglos, el conservadurismo social imperante impedía la interacción entre ambos sexos. Las parejas apenas se conocían antes de casarse. El buen marido era el que lograba alimentar y proteger a su familia; y la buena esposa, la que sabía encargarse de los quehaceres del hogar. El amor no tenía mucho encaje en esa ecuación, se veía casi como un factor de distorsión.

A pesar de la oposición de los sectores más retrógrados, ahora parece que las cosas están empezando a cambiar, al menos entre algunos grupos de las generaciones más jóvenes. Para aquellos con cierta educación, un puñadito de imprescindible fortuna e ingresos suficientes como para encaramarse a la incipiente clase media urbanita. Ellos son los únicos que pueden poner en duda las ataduras tradicionales.

Ojalá que en ese despertar no confundan eso que sienten con un arranque consumista. Y que, si quieren a alguien, no esperen a hoy para decírselo.





Escrito por Juan PALOP MARTÍNEZ (YAKARTA, INDONESIA) a las 08:41 am    Hacer comentario

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Domingo, 07/02/2010

Hogares con raíces

Juan PALOP MARTÍNEZ (YAKARTA, INDONESIA)

Las quijadas de cerdo cuelgan, perfectamente ordenadas, de una de las robustas vigas maestras de la casa, a dos metros sobre mi cabeza. Cuento más de treinta. Su blanco pulido y sabio contrasta con el color de la madera, ennegrecido tras mil noches de hogueras. Éstas son las mandíbulas de los animales que se sacrificaron en la inauguración de la casa, me explica mi amigo Yoga. “De eso hace ya más de un siglo”, añade. La casa es uno de los más perfectos ejemplos de arquitectura tradicional de la isla de Nias. Con sus quince metros de largo y casi diez de alto, está levantada exclusivamente en madera, sin un sólo clavo, y mediante un complejo sistema de pilares oblicuos, es capaz de soportar fortísimos terremotos. Varias generaciones de la familia noble de la aldea de Onohondro han residido allí. Nadie ha pensado nunca en abandonarla.



He visitado casas así por toda Indonesia. Hogares profundamente enraizados en la memoria, la tierra y la familia: viviendas entretejidas para siempre en la idiosincrasia del pueblo, no inocuas estancias de tránsito. De las increíbles cabañas cónicas de la isla de Flores, de hasta quince metros de alto, a las altivas construcciones de Tana Toraja, en las Célebes, donde los tejados a dos aguas recuerdan en silencio las proas de los barcos que trajeron hasta aquí a sus ancestros. Y las de la remota Sumba, donde las viviendas tradicionales, rústicas pero increíblemente adaptadas al medio, pasan de padres a hijos, como los conocimientos del campo, los búfalos y los rasgos físicos.

¿Por qué se van los jóvenes de casa en Occidente? Porque quieren ir a estudiar a una universidad de otra ciudad. Porque se marchan en busca de trabajo o nuevas experiencias. Porque consiguen un sueldo que les permite independizarse. En definitiva, porque desean emprender un camino propio. Se van para progresar, por su cuenta y riesgo. Pero esta idea de cambio, de avances aunque tímidos, apenas tiene arraigo aquí, en las Antípodas de lo Común.
Escrito por Juan PALOP MARTÍNEZ (YAKARTA, INDONESIA) a las 22:10 pm    Hacer comentario

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