“Es una locura”, me dice mi amigo Taka. Acaba de volver de un fin de semana en Macao, el paraíso del juego. A estas alturas de la partida, ese rinconcito de China pegado a Hong Kong se ha convertido en la ciudad que más dinero hace gracias a los casinos. Por delante, incluso, de la cinematográfica Las Vegas.
La adormecida colonia portuguesa –Lisboa la devolvió a Pekín en 1998– se ha transformado en apenas unos años en una gigantesca sala de juego. Apenas cuenta con medio millón de habitantes... y más de veinte casinos. No hablo de oscuras salas repletas de humo rancio. Nada de eso. En el perfil de Macao despuntan los deslumbrantes templos de la ludopatía. Las casas de juego no cierran ni de día ni de noche. El conjunto roza lo excéntrico. Aquí, una réplica a tamaño real del Gran Canal de Venecia, gondoleros de ojos rasgados incluidos; allá, un hotel de 52 alturas con forma de flor de loto. A lo lejos, el primer casino submarino del mundo recibe los últimos retoques. Más de veinte millones de personas viajan a Macao todos los años para probar fortuna.
Recuerdo la noche que pasé allí. El ambiente era febril, de madrugada, en el Sands Macao, uno de esos nuevos colosos de acero y neón. La sala era un espacio abierto enorme, ocupado tan sólo por decenas y decenas de mesas. Y todas repletas de ávidos jugadores.
Yo no aposté. Me dediqué a pasear por entre las mesas y ver jugar a la gente. Era un espectáculo sociológico que no me atrevería a calificar. Daba vértigo. Las fichas iban y venían como si efectivamente fueran tan sólo de plástico. Y los ojos de los jugadores: hinchados, vidriosos, perdidos o tremendamente concentrados. Había quienes miraban al cielo y quienes preferían hacer sus cábalas –sus cálculos de probabilidades, sus números frenéticos– en un pequeño trozo de papel.
Comparado con eso, los
Pachinko, las ruidosas salas de máquinas de Japón, son un juego de niños.