Domingo, 22/11/2009 El superhombre medio Juan PALOP MARTÍNEZ (YAKARTA, INDONESIA) “Catorce, mister, catorce horas al día”, me repitió despacito mientras sonreía a través del retrovisor central de su destartalado taxi. Luego enmudeció, concentrado en la agotadora tarea de esquivar los innumerables coches, carros, motos y otros objetos rodantes no identificados que juegan a enmarañar las anárquicas calles de Yakarta. Entonces yo apenas sumaba unas semanas en Indonesia. Ingenuo, pensé que le había entendido mal. Acababa de decir que estaba muy contento con su trabajo. Que su anterior ocupación era bastante peor. Y a continuación me soltó que se dejaba más de medio día -¡Cada día!- detrás de aquel manoseado volante. Por eso le pedí que repitiera. Pero no, aquello no era un problema idiomático, era una cuestión cultural. Una diferencia abismal en la que yo, hijo del bienestar, caí de golpe en aquel instante. Luego, viendo que los taxistas indonesios no se cortan un pelo a la hora de escarbar en lo que nosotros consideramos intimidad -nacionalidad, religión, trabajo, familia-, yo empecé a contraatacar e indagar un poco más sobre las condiciones laborales de los miles de choferes que circulan por esta ciudad de gigantes. Los respuestas son de escalofrío perpetuo. Jornadas maratonianas de hasta 18 horas, descansos mínimos, conductores que duermen en los coches porque no pueden pagar un alquiler, comisiones sangrantes para las compañías propietarias de los vehículos, turnos de noche infames, salarios que nunca rebasan los 100 euros al mes,... Y lo asombroso es que la mayoría coinciden -yo sigo pinchándoles para que se explayen- en destacar que no pueden quejarse. Que las cosas podían irles muchísimo peor. No hay más que mirar por la ventanilla, me dicen, subrayando lo obvio. Al otro lado, víctimas del terrible calor o las lluvias torrenciales, malviven decenas de miles de indonesios, los pobres entre los pobres, tirando de un carrito, como vendedores ambulantes o recogiendo desperdicios. Recuerdo que hace años tenía un profesor de judo que cada vez que flaqueábamos nos azuzaba acusándonos de ser unos “come-yogures”. Viviendo aquí, empiezo a creerlo. Escrito por Juan PALOP MARTÍNEZ (YAKARTA, INDONESIA) a las 21:42 pm Hacer comentario
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