Navarros en la Aldea Global

Borja Monreal Gaínza Aldea global
Borja Monreal Gaínza
Trabaja para una empresa de ingeniería informática en Luanda (Angola)



Lunes, 01/02/2010

Triste fin para un principio

Borja MONREAL (LUANDA, ANGOLA)

A todos los que me habéis leído durante el año pasado, os lo debo. Y ya de paso os hago partícipes de mi sufrimiento para que lo sufráis al menos en parte. Y así una parte del mío se diluya entre la multitud. Manelito murió mientras yo estaba en España, como no podía ser de otra manera:

 

Angola imparte lecciones de vida incluso en la distancia. Cuando más lejos crees estar de ella más te das cuenta de que aquel mundo vive tan cerca de ti como lo hace la gente que te rodea. No puedes desvincularte porque ya forma parte de tu vida, de tu manera de pensar, de tu forma de hacer las cosas. Angola es ya parte de mí. Y hoy, por haberla dejado olvidada durante unos meses, por entregarme a la vida fácil y volver a acostumbrarme a la mesa puesta, se ha hecho notar de la forma más dura y cruel que podía hacerlo: como sólo ella sabe, mostrando su lado más jodido y despiadado. Hoy paseaba por Logroño junto a mi madre cuando me llamó una amiga, una hermana ya quizás. Su voz sonaba ronca entristecida y dolorida. Su voz hoy lloraba sangre retenida, enquistada de tanto esperar a lo inevitable. En sus primeras palabras supe lo que iba a seguir. No podía ser de otra manera. Nunca pudo ser de otra manera. Era la crónica de una muerte anunciada a punto de ser enunciada. No quise adelantarme y le dejé hablar: Manelito ha muerto. Sonó seco, doloroso, pausado, frío de tanto haberlo llorado. Familiar de tanto haberlo esperado. Callé un momento y pregunté: ¿Qué ha pasado?

--Se ha quemado vivo con un bidón de gasolina. Se cayó el bidón en el baño y se prendió fuego con una vela. Él estaba dentro.

Y desde entonces sólo el silencio. Hay cientos de maneras de vivir y cientos de morir. Y hasta conocer a Manelito nunca se me hubiera ocurrido ninguna tan jodida para ambos. Nunca hubiera pensado que era posible vivir sin familia, sin dinero, sin casa… sin nada. Nunca hubiera pensado que era posible morir quemado en tu propio baño y sufrir durante una semana internado en un hospital de mierda mientras la muerte juega con tu cuerpo a hacerle padecer el máximo dolor posible. Hasta la muerte fue hija de puta con Manelito. Ni siquiera ella tuvo compasión. La vida real es mucho más puta de lo que nos creemos. No tiene miramientos ni remilgos, no emplea calmantes ni oculta lo atroz de sus actos. Somos nosotros quien la hemos edulcorado con nuestra ciencia y nuestro “desarrollo”. Pero cuando ella se escapa de nuestra jaula dorada se muestra tal y como es: hija de puta como nadie. Y si hay alguien desde el Olimpo que la guía, espero se muera de vergüenza al ver lo que pasa en ella. Y que ningún purista me hable del libre albedrío, que día tras día tengo que aguantar mierda sobre las cosas buenas que se hacen desde allí arriba. O para todo o para nada. O lo bueno y lo malo o ni lo bueno ni lo malo. Que para las buenas ya estamos muchos en la foto. Manelito vivió jodido y murió más aún. Y siempre tuvo una sonrisa entre los labios y un apretón de manos y una mirada cómplice. Gestos que parecen cada día más escasear en nuestro desarrollado día a día. Gestos que nos sobran por el vaciado de significado al que los hemos sometido.

Lo pienso y no encuentro respuesta. ¿Porqué a él todas? Me da la impresión de que el mundo es un lugar de suma cero: a mi me tocó todo lo bueno y el pobre Manelito tuvo que pagar por todas mis felicidades. Puta realidad compensatoria. Y en una segunda vuelta veo que ésta no es la respuesta: hay muchos más jodidos de los que hay disfrutando de sus jodiendas. Aún así el mundo es un lugar injusto. No por haberse llevado a Manelito. Sino porque no todos habéis tenido la oportunidad de conocerlo. Porque no todos conocéis a un Manelito que os enseñe el mundo desde dentro. Porque todos os creéis que Manelito es la excepción, una aislada historia triste. Los que lo hemos conocido hemos descubierto la verdad, él nos la ha enseñado: qué suerte hemos tenido de no haber nacido manelitos. Que suerte de no haber muerto manelitos. Que suerte de poder contarlo desde la barrera.

Y lo peor de todo es ver que su muerte, sus muertes, no afectan a nada ni a nadie. Mueren y nada les recuerda. Mueren y sus cenizas corren con el viento como si nada hubiera pasado.

 Hoy no será así. Hoy Manelito será eterno al menos en mis escritos y en mi memoria. Hoy su fin será un principio en un lugar en el que nunca un fin es el principio. En el que un fin no es un punto y aparte sino un punto y final y se acabó, uno de esos de Sabina: uno sin puntos suspensivos.

Escrito por Borja MONREAL (LUANDA, ANGOLA) a las 16:54 pm    Hacer comentario

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