Jueves, 05/02/2009 Ainda nâo Borja MONREAL (LUANDA, ANGOLA) Pisas el embrague. Primera. Aceleras levemente. Frenas. Pisas el embrague. Punto muerto. Y así sucesivamente. Y entre todo esto da tiempo a pensar muchas cosas. Te da tiempo a pensar cuestiones que nunca antes te habías si quiera planteado. Hoy en ese tiempo pensé en el tiempo. Pensé en cómo se interpreta el tiempo: en su cariz cultural. En cómo las diferentes personas concebimos algo tan fundamental y en cómo estas concepciones condicionan nuestra forma de enfrentarnos a cada uno de nuestros quehaceres diarios. Por mi parte tiendo a concebir el tiempo como lo más valioso que tengo. Esto me lleva a pensar que muchas de las actividades cotidianas son una pérdida de tiempo, y esta pérdida es, por consiguiente, un derroche de lo más valioso que tengo. Y un derroche así es inadmisible. No sé esperar. Siempre pienso que todo puede hacerse más rápido (o casi todo al menos). Y Angola en esto me ha hecho aún más meticuloso: no he conseguido que esta sensación remita. Por ello mis días aquí circulan con rapidez, llenos hasta el último segundo de actividad para no tener la sensación de que estoy perdiendo el tiempo. Y cuando las preocupaciones son pocas, más fácilmente aún, se pasa el tiempo. Así que mi tiempo viaja aquí a toda velocidad. Incluso cuando tengo que esperar sentado en el coche durante más de diez minutos a que el coche de delante se mueva y consiga avanzar diez metros, mi tiempo va rápido. Porque hasta en esos momentos me mantengo ocupado, listando mentalmente qué es lo que voy a hacer durante el día, pensando sobre qué puedo escribir al día siguiente, o simplemente resolviendo alguna cuestión del trabajo. Por el contrario el tiempo en Luanda es diferente. Da la impresión de ser algo que sobra. El tiempo es sólo eso: tiempo. Y por ello no merece ninguna consideración más. Así que la gente espera a que pase el tiempo sin esperar que el tiempo les de nada a cambio. Y prueba de ello es que en todos los lugares de Angola hay colas interminables que suelen acabar en no hacer nada o hacer muy poco. Vas al banco y ves que la gente espera durante horas, a la gasolinera y lo mismo, a una cafetería y la misma imagen se repite una y otra vez. Colas que ni en mis sueños más húmedos conseguiría aguantar hasta la mitad y que, para sobrevivir, las evito hasta morir. Sin embargo ellos parecen acostumbrados a esperar y lo hacen sin esfuerzo: sencillamente esperan. Además ni si quiera los días quieren decir lo mismo. Terça fera (martes), no quiere decir terça fera, o al menos no exactamente: quiere decir alrededor de la terça fera. Y alrededor puede ser dentro de dos terças feras: Ligo para ti na terça fera. Y tú esperas, con tu anacrónica concepción del tiempo, a que te llame el martes. Y en tu estúpida ensoñación no te das cuenta de que no habéis hablado el mismo idioma, de que esa terça fera no es tu terça fera, es la suya, la del tiempo relativo. Y relativizando el tiempo consiguen relativizarse muchas cosas: no hay prisa para que las cosas cambien. Si se está acostumbrado a esperar, el vuelva usted mañana parece lo más común del mundo y, como el mañana también es relativo, nada llega nunca. Y los cambios no llegan, as mudanças nao chegan, pero llegarán mañana, tal vez. O tal vez no lleguen nunca. Pero mientras siguen en las colas, preguntándose si ha llegado o no el cambio, y la respuesta siempre es la misma, ainda nâo, todavía no. Escrito por Borja MONREAL (LUANDA, ANGOLA) a las 15:35 pm Hacer comentario
|
Archivos
Buscar Categorías del blog RSS |
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|