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SICARIUS PORTADA  PARA PHONE CLEANER

Arranca Sicaruis: la noche y el silencio, el primer largometraje como director de Javier Muñoz (guionista hasta ahora de títulos como La semana que viene sin falta y Atasco en la Nacional) reivindicando la españolidad de la historia; es decir, que por estos lares ibéricos, asesinos a sueldo, autónomos del crimen, cuentapropistas del asesinato, pues haberlos, los hay. Como meigas y tantas otras cosas. Y razón no le falta; aunque, a diferencia de sus antecesores romanos, pues cada vez tiren menos de sica –daga- y más de pistola con grito silenciado.

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Hasta aquí, ningún problema. Este país está tan lleno de cabrones como el que más –no hablo tanto de los liquidadores profesionales, como de sus modernos contratantes, que ya no visten túnica con latus clavus y calcei rojos, pero gastan almas del mismo calibre-. Es un hecho, qué le vamos a hacer. El problema viene por otro lado. Por, una vez declarada la intención, construir un personaje hecho a retales de cine negro yanqui y, en especial, francés, las cinematografías que mejor han tratado el noir junto a la asiática. El paralelismo –que se convierte en deuda, ancla, debe, lastre- entre el personaje escrito por Muñoz y el Jef Costello de El silencio de un hombre (Le samouraï, 1967), surgido de la pluma de Melville y George Pellegrin -eco del Ronin de la jamás acreditada Joan McLeod-, es más que evidente. Si uno va a tirar por ahí, más le vale ser Jim Jarmusch.

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Los que le damos a la tecla de un modo más o menos habitual y más o menos afortunado, ya sea para la pantalla o para encuadernar la cosa, no podemos sustraernos a todo lo visto y leído, que suele ser mucho –aunque no siempre, ni todos- y, en demasiadas ocasiones, eso juega en nuestra contra. Curiosa contradicción, pensarán. No lo es tanto, porque eso puede llevarte a no acabar de definirte nunca. Si admiro el trabajo del mejor guionista de lo negro español –y lo hago mucho, créanme, porque es un tipo fantástico-, Michel Gaztambide (La caja 507, No habrá paz para los malvados), es precisamente por parir personajes patrios sólidos sin necesidad de exagerar el percal. Por reivindicar el negro de aquí y elevarlo a la categoría de peliculón sin complejos ni servilismos; sin hacernos sentir que transitamos por terrenos ya manidos. Por construir y contar buenas historias libres de arquetipos, de personajes parodia –los tipos de la partida de cartas no tienen desperdicio, se lo aseguro-. Otro tanto podríamos decir de Alberto Rodríguez (Grupo 7, La isla mínima), otro de los grandes talentos de nuestro negro.

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Y no es que el Sicario surgido de la tecla de Muñoz e interpretado por Víctor Clavijo esté mal, pero tampoco todo lo bien que, cinturones de castidad presupuestarios aparte, podría estar. Porque no se trata de una cuestión de calidad de la imagen –la fotografía de Javier Cerdà está bien, muy bien a ratos, también la edición-montaje de Paco Díaz; la dirección, correcta-, sino de texto. Ay, el maldito texto… La voz en off por la que ha optado Muñoz se convierte en un lastre –soy la noche, soy el silencio, soy ese escalofrío, soy esa presencia…- que tira del personaje a plomo hacia el lecho marino –a uno le recuerda en determinados momentos a las prostitutas poéticas de Fernando León, o al Asesino de la versión cinematográfica de Plenilunio escrito por Elvira Lindo-. Se necesita mucho talento para escribir un relato interior que funcione, que aporte, que no se convierta en monólogo artificial, en poética facilona, sino en punto de vista único, especial, original, irónico, mordaz, sarcástico o lo que ustedes prefieran. Más si, además de apostar por ese recurso, se decide estructurar la obra en torno a una conversación entre el protagonista y otro personaje, otro sicario, perro viejo que alecciona al cachorro sobre la profesión. Ambos recursos chocan, sobrecargan.

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El resto del relato busca aferrarse a ciertos cánones narrativos que funcionan –siempre lo han hecho-, como las famosas unidades de acción, de tiempo y de lugar (cosas que a uno le enseñan en las escuelas de juntaletras) a las que ya nos referimos aquí al reseñar la última película del binomio Collet-Serra/Liam Neeson. Véase: nuestro sicario recibe un encargo y decide no cumplirlo, por lo que, a partir de ese momento, dispone de tan solo unas horas –una noche- para eliminar a todos los implicados y salvar el pellejo. Aún con todo, Sicarius se deja ver, y el trabajo de Víctor Clavijo alcanza algunos momentos realmente buenos, pero uno no deja de verle atado a un texto que ni él ni nosotros nos acabamos de creer casi en ningún metro.

           

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