EL CINE SE VA DE FIESTA

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Octava edición de la Fiesta del Cine. Cuatro días con pelis a 2,90 euros. Organizan la Federación de Cines (FECE), los productores españoles (FAPAE) y los distribuidores (FEDICINE), con el apoyo del Instituto de Cinematografía y Artes Visuales (ICAA). La gente ha vuelto a las taquillas –en número bastante menor que en otra ediciones, eso sí; buen tiempo, falta de títulos con tirón y que los cines ya cuentan con sus propios descuentos… ¿A quién se le ha ocurrido escoger estas fechas?-. Da gusto volver a ver algunas colas como las de finales de los 70 y principios de los 80, cuando se estrenaban Superman o E.T, Willow, Karate Kid, Missing, Das Boot, Dublinesses, Arrebato, Poltergeist, Sacrificio, La misión, La historia interminable, Las amistades peligrosas, El imperio del sol, Único testigo, Blade Runner, Regreso al futuro, El resplandor, En busca del arca perdida, La chaqueta metálica, Los goonies, El imperio contraataca o Cinema Paradiso. O la increíble Érase una vez en América.

Por entonces, el cine costaba entre las 200 pesetas de media de principios de los 80, y las 300 del año 89. Es decir, entre 1,2 y 1,8 euros. Con los 90 llegó el salto a las 500. A lo largo de esa década, las entradas subieron alrededor de un 11%, hasta llegar a las 750 calas de media del año 2001. Un aumento del 6%. Con el cambio de moneda, la cosa pasó a los 3,89 euros del año 2002, los 5,80 del 2005, los 5,71 del 2004, los 6,21 del 2006 y los 7,30 del 2011. Y aquí estamos, haciendo Fiestas del Cine a 2,90 para evitar la sangría.

Ustedes pensarán que apoquinar más de siete pavos por ver una película les parece una barbaridad –eso si van solos; como tengan que sacar 4 entradas, la cosa se pone azuloscurocasinegro-. Quizás piensen lo mismo de gastarse 15 euros en un libro. No voy a caer en la demagogia de establecer comparaciones –ya saben, aquello de que sueltan lo mismo por un cubata decente que acabará miccionado al poco, o por alguna que otra cosa más o menos confesable-, pero sí les pediré que tengan en cuenta por un momento qué les aportan una película o un libro. Y que piensen acerca de cuánto están dispuestos a pagar por ello.

En la actualidad, consumimos más productos audiovisuales que nunca. Es decir, que nos gusta lo que esos productos –películas, series, además de otros que no nos ocupan- nos dan: todo un elenco de cosas que van desde la mera distracción-evasión, a lo más cañero. A removernos la conciencia y hacernos añicos el alma. A ayudarnos a conocernos a nosotros mismos y al otro. A tocarnos del modo más profundo y definitivo. Sin embargo, cada vez estamos menos dispuestos a pagar lo que valen. Es decir, a valorarlos en su justa medida. Nos parapetamos tras la excusa de que son caros. “Ya ven ustedes, cuando ponen el cine a menos de 3 euros, pues vamos porque nos encanta. Que yo soy muy cinéfilo, oiga”.

La realidad es que –algunos a gritos, otros en voz baja- pensamos: ¿por qué voy a pagar por algo que puedo tener gratis? Incluso nos indignamos por las subidas de precio de las entradas –como si los dueños de los cines fueran canallas cementeros de corbatín y preferentes y sus empleados no tuvieran derecho a las mismas correcciones salariales que nosotros-. Todo se resume a eso: lo tengo gratis a un click. Y nos escudamos en esa otra gran mentira –créanme, sé de lo que hablo, yo soy uno de esos, de los del cine y de los libros-: “A esos tíos los subvencionan con mi dinero, es justo que la cultura sea gratis. YA la he pagado”. Y hasta sacamos pecho cuando las estadísticas nos sitúan en lo más alto de la cadena trófica de la piratería mundial. Porque eso somos: los Tiranosaurios Rex de la descarga ilegal. Cuando uno hace click no piensa que esté mangando, ni, mucho menos, que esté poniendo a alguien de patitas en la calle o liquidando con alevosía una sala. “Si el cine español no chuta es porque es una mierda, no es por mi culpa”. No les negaré una parte de razón, pero esa es otra historia. Porque en las salas no solo se proyecta cine español.

A lo que iba. Si ustedes quieren cultura gratis, se quedarán sin cultura. Si ustedes quieren cultura de saldo, de baratillo, se quedarán sin cultura. Sin cine, sin teatro, sin libros, sin danza, sin pintura. La razón es sencilla: porque los que nos dedicamos a esto –con mayor o menor fortuna y acierto- también trabajamos para poder vivir. Como ustedes. Para poder seguir produciendo cultura. Es hasta probable que mi despacho sea parecido al suyo, una habitación de dos por tres con un ordenador, un flexo y un ventanuco.

Les aseguro que el precio que ustedes pagan por una entrada de cine no da para una cuenta en Suiza, ni para un yate o una casa en la sierra o a pie de arena. La mitad –a veces un poco menos- de esos 7,90 euros van para pagar la luz, el agua, la limpieza, el sueldo de los empleados, los gastos de oficina –los mismos que en la suya, teléfono, ADSL, grapas, clips, sobres, papel-, el mantenimiento general y el maldito IVA cultural… La otra mitad se destina al alquiler semanal de las películas que se proyectan. Casi nada. Para que se hagan una idea, la principal fuente de ingresos de una sala de cine proviene de… Sí, lo han adivinado: de la venta de palomitas, Marx, Twix, Coca-Colas, gominolas varias, regalices rojos y demás, que puede alcanzar hasta un 20 % de los ingresos totales.

Les aseguro, porque conozco a varios personalmente, que ningún dueño de cine está en esto para forrarse. Que cuando bajan la persiana es porque ya no pueden más. Literalmente. Como los libreros. Como los dueños de un teatro. Como también les aseguro que, al igual que el juevintxo está acabando con algunos bares de esta ciudad, la Fiesta del Cine, con toda su buena intención, está ahogando a muchas salas. Pero no les queda otra. Porque el precio de una entrada de cine es caro. Carísimo. Abusivo. ¿Verdad? ¡Más si tengo la peli a un click, a un solo click, caramba!

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