CALVARIO IRLANDÉS

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Uno, que trata de huir a toda costa de pasos, procesiones, saetas, cirios y mantillas, decide buscar refugio en una sala de cine y se da de morros con este via crucis lacerante llamado Calvary –lo sé, el título debía de haberme hecho reflexionar, qué le vamos a hacer-, dirigido por John Michael McDonagh. Irlandés de pura cepa, no confundir con su hermano Martin, responsable de películas de mérito como Escondidos en Brujas o Siete psicópatas. A John le debemos el guión de Ned Kelly, dirigida por Gregor Jordan e interpretada por Heath Ledger, Orlando Bloom y Geoffrey Rush, y la interesante El irlandés, protagonizada por el actor que ambos hermanos se prestan: el fantástico Brendan Gleeson.

Aclarado este punto, entremos en materia. En la escena que abre el film, un feligrés que ha sido víctima de abusos sexuales en su infancia anuncia al padre James (Gleeson) que ha decidido matarle. Un sacerdote católico libre de ese pecado en representación de todos aquellos podridos hasta el tuétano por él. Conocemos, pues, el anunciado desenlace, y conocemos el motivo del asesino. Lo único que queda oculto es su identidad –una verdadera lástima que en la traducción se haya decidido omitir el cambio de voces efectuado por McDonagh en el original para preservar aún más ese suspense-. Con esa clara, inequívoca sentencia de muerte a cuestas, el padre James inicia su propia semana de pasión mientras trata de arreglar lo que está completamente roto: una pequeña comunidad -12 actores, que dan vida a 12 vecinos, 12 apóstoles, 12 pecadores que nos representan a todos- en la que cada habitante es extremo en su defecto.

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El propio McDonagh ha confesado en alguna entrevista su predilección por el cine de Robert Bresson, pero por mucho que un espectador avezado pueda llegar a percibir en Calvary un ligero retrogusto a Diario de un cura rural, las similitudes entre la adaptación de la novela de Bernanos escrita y dirigida por Bresson y el filme de McDonagh no pasan de situar la acción en una pequeña comunidad rural cerrada y de la sotana que ambos protagonistas lucen como un símbolo, como un uniforme de combate, como el único clavo al rojo al que agarrarse ya. Como si ese manto negro y basto impidiera que la fe se les evaporara del todo a través de los poros.

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El principal problema de Clavary es que es grotesca en su caricatura. Los personajes de McDonagh han perdido, quien más, quien menos, todo rasgo de humanidad más allá de su antropomorfismo, lo que no solo provoca rechazo, sino algo mucho peor cuando uno trata de armar un drama: toda posible empatía por nuestra parte. Tan solo un ángel caído tras acuchillarse las muñecas y rescatado para las huestes de la esperanza en el último plano de la película: la hija del padre James. El resto, almas negras sin remedio a las que no merece la pena salvar por nada.

A pesar de todo, la película contiene algunas escenas que merecen la pena y un difícil y brillante equilibrio –marca de la casa de ambos McDonagh– entre la comedia negra y el drama intimista que le otorgan ese no sé qué que hace que la cinta permanezca en la memoria. Y eso no es poco, se lo aseguro. O quizás lo único que realmente perdura es el trabajo de Brendan Gleeson, que soporta sobre sus hombros cada metro de historia.

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