VIOLENCIA CONTENIDA

El_a_o_m_s_violento-804805768-largeEl año más violento huele al cine de Sidney Lumet. Todo el mundo lo dice, a este y al otro lado del charco. Y no les falta razón. No en vano, las mejores películas del de Filadelfia retrataron como ningunas el Nueva York de finales de los setenta y principios de los ochenta. A J.C. Chandor, su director y guionista, sin embargo, aún le falta camino para ocupar el trono de uno de los mejores cineastas del s. XX. Por mucho que El año más violento sea una buena película. Muy buena.

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Lo es tanto por la forma en la que está contada, como por su impecable dramaturgia. Ya saben, el trabajo de escritura que sostiene de verdad una obra. De cualquier tipo, arte, pelaje y condición. Y el guión de El año más violento es uno de los mejor construidos en lo que va de año, sin duda –por mucho que fuera ignorada en los Oscar-. No únicamente en su parte más evidente –audible- para el espectador, sus diálogos, sino en cada una de las palabras que hay detrás de unas imágenes filmadas con arte, oficio y convicción, con precisión, con la frialdad contenida que exige el texto y que nos conducen de nuevo por la senda del maestro Lumet; jamás un arabesco innecesario, siempre un encuadre preciso que muestra lo que quiere y que a veces contiene el mundo de la película entero entre sus márgenes. Si a eso le sumamos dos actores en estado de gracia, la obra resulta de enorme mérito. Y tanto Oscar Isaac como Jessica Chastain, sus dos protagonistas, están brillantes. Al igual que el veterano Albert Brooks, uno de esos cómicos con una carrera llena de grandes secundarios a sus espaldas, no tan afortunados protagonistas. Un auténtico desacierto que Javier Bardem, que era quien iba a interpretar el papel de Abel Morales –un juego de palabras surgido de la mente de Chandor a partir de “Able”, capaz en inglés, y “Moral”, moral, dos de los temas centrales del filme- decidiera bajarse casi en marcha.

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Estamos ante una narración contenida, fría, sutil, pero, a su vez, brutal –esa violencia que te cala sin que te des cuenta como un sirimiri helado- y lacerante a cada fotograma, por mucho que apenas existan en ella escenas de violencia física. Desoladora y nevada. Y oscura, tanto como su maravillosa fotografía, a cargo de Bradford Young, a la caza de la estética setentera de Arthur J. Ornitz, Victor J. Kemper o del enorme Gordon Willis. Un drama que funciona de principio a fin y en el que, como si de un texto de Mamet se tratara, el secreto está en el gesto, la mirada, la palabra dicha y la no dicha. Todo avanza aparentemente despacio, maniatado, pero la implosión que sufre su protagonista es total. De modo que no esperen piruetas argumentales ni giros sorprendentes, sino una película adulta, seria, sobre la que planea el conflicto ético y moral. Disfrútenla.

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