ECOS DE LA FRONTERA

En esta vida, uno se cruza con todo tipo de apretones de manos. Algunos son blandengues, otros son pulsos. Los hay medidos, los hay decimonónicos, algunos tienen vocación monárquica y otros hasta papal; también existen los pusilánimes, los ejecutivos, los falsos, los distantes, los que te comen vivo y los que se dan a dos manos, una sobre otra o en forma de grillete en la muñeca. Están los políticos, los sinceros, los protocolarios y hasta alguno que te prensa los dedos a mala leche. Dicen que todos nos definen. Una noche en el viejo México, la nueva película dirigida por Emilio Aragón, es de los tipo coulant. Uno apostaría por su solidez, pero al recibirlo descubre que tiene el corazón flácido.

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Tras debutar en el largo con Pájaros de papel (2010), escrita a dos manos junto a Fernando Castets (el gigante –créanme, le conozco en persona- que nos regaló El hijo de la novia), Aragón se hace cargo de la encomienda de poner en imágenes un guión de William D. Wittliff, que alcanzó cierta fama en los 90 del siglo pasado por el libreto de Leyendas de Pasión y repitió notoriedad por La tormenta perfecta con el cambio de milenio. Bienvenido al tinglado yanqui, donde la mayoría de directores –antes, ahora- trabaja con material ajeno, algo a lo que nuestros cineastas están poco acostumbrados. A veces es cara, otras te toca cruz, y el trabajo consiste en tratar de darle la vuelta a la moneda si vienen mal dadas.

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Es innegable que Emilio Aragón posee un enorme bagaje. Los que nos dedicamos a escribir cargamos con una maleta repleta de otros que acabamos incorporando a nuestro quehacer –a veces de forma consciente, otras inconsciente-, y Aragón hace lo propio. Una noche en México lleva dentro muchos planos de cine visto a lo largo de una vida. De westerns con alma crepuscular, de películas de carretera, de cintas con viejo duro y gruñón, de tipos inconformistas y solitarios, de historias de la frontera. De Eastwood, de Richard Brooks y del universo tejano de Cormac McCarthy. Pero poco de su director. Ese es uno de sus mayores problemas. El otro, su guión.

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La película permanece anclada a una serie de lugares comunes que son más reflejo del cine visto que de una mirada propia (algo que, en lo visual, ya le sucedió en Pájaros de papel). Uno diría que a Aragón le han podido la responsabilidad y la prudencia –o le ha faltado la valentía- de meter mano a un texto de género que arranca con fuerza, pero que se desangra a raudales a medida que avanza, especialmente en el desarrollo y cierre de la subtrama narco-criminal. Tampoco ayudan mucho la falta de verosimilitud del personaje de la joven cantante (Patty Wafers), interpretada por Angie Cepeda, o la falta de cierto  empaque del nieto (Jeremy Irvine). Aún así, la presencia de Robert Duvall –en el que uno puede rememorar ecos del Walt Kowalski de Gran Torino, también del Frank Slade de Esencia de Mujer, entre otros- sostiene pegado un conjunto en el que da pena ver cómo se desaprovecha el talento de Luís Tosar en el papel de un malo (Panamá) que pedía a gritos más líneas, mejor escritas. Aún así, no se crean, merece un vistazo.

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