DISTOPÍA

Me hace notar mi Estado Libre Asociado, que no es otra que quien comparte los altibajos de mi músculo cardiaco, que una película dirigida por alguien que se apellida Burger no puede más que hacer justicia al nombre y ser un pedazo de comida rápida. Ya saben, esa aparente en la foto, pero que es otra cosa cuando te la plantan en el mostrador. Como las instantáneas del Facebook.  O las del Meetic si usted busca ELA propio para sus  males de corazón. Y Divergente cumple.

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Una saga más que adapta un bestseller juvenil (Verónica Roth) ambientado en mundo distópico/antiutópico. Con independencia de su mayor o menor calidad literaria, tanto Los juegos del hambre como Divergente han servido para poner de relieve el descontento de adolescentes cabreados por el lío y la chapuza que les han organizado sus mayores. Son un grito de reivindicación para las futuras generaciones, de ahí que funcionen como un tiro. Si a eso le añaden una historia de amor juvenil, bingo.

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Y para que la cosa funcione del todo es necesario contar con un director solvente que se ciña al texto original lo máximo posible, como Neil Burger (El ilusionista, Sin límites) o Gary Ross (Pleasentville, Seabiscuit) y el director de videoclips –literalmente, no es una valoración taimada- Francis Lawrence (Constantine, Soy Leyenda), responsables de las dos primeras entregas de Los Juegos… Pero a diferencia de las películas basadas en la saga creada por Suzanne Collins, a Divergente le faltan fuerza e interés dramático y le sobra planicie calva y previsibilidad.

Cuando uno se enfrenta a la ardua tarea de adaptar un libro, debe resolver una tesitura complicada: ceñirse al devenir argumental a pies juntillas y listo o apostar por liberarse de él y lanzarse a atrapar su ectoplasma. Uno se siente entonces como un Jean-Baptiste Grenouille intentando destilar complicadísimas esencias y corre el alto riesgo de fracasar en el intento. La decisión correcta, si la hay, es tratar de conseguir ambos objetivos. Pero hay tantas interpretaciones de una obra como lectores navegan sus páginas… De ahí que los productores apuesten por ceñirse al papel, política que te asegura un mayor número de lectores-espectadores contentos.

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Uno de los puntos más interesantes de estas series es su apuesta por una reivindicación del papel de la mujer, generalmente olvidada en las arduas tareas de lo heroico. Pero también en eso ‘Tris’ Prior (interpretada por Shailene Woodley) pierde la batalla con la arquera Katniss Everdeen (Jennifer Lawrence), y no por capacidad actoral, de la que dio sobrada talla interpretando a la hija mayor de George Clooney en Los descendientes, sino porque el texto que le toca en suerte es más pobre, sin aristas.

El otro es el hecho de que  Los juegos del hambre y Divergente –nada que ver con los asuntos romántico góticos del vampirismo de Crepúsculo de Stephenie Meyer– hayan acercado a los jóvenes parte de un movimiento literario que, aunque navegue en aguas profundas, jamás desaparece: la distopía.

No se crean que se trata de un fenómeno reciente ligado al ciberpunk, ni de una literatura de anticipación más clásica, sino que es una corriente con identidad propia que viene de lejos, nada menos que de John Stuart Mill y Jeremy Bentham, que acuñó el menos elegante término de cacotopía para el asunto. La distopía tiene en su haber representantes ilustres como Yevgeni Zamiatin (Nosotros), Orwell (1984), Frederik Pohl (Mercaderes del espacio), Huxley (Un mundo feliz) o Bradbury (Farenheit 451). Es probable que a la mayoría de lectores de Los juegos del hambre o Divergente esos nombres les suenen -si lo hacen en alguna medida, cosa que pasa porque hayan tenido un abnegado profesor de Literatura- a siglo pasado. Sí les sonarán obras distópicas más recientes como V de Vendetta, la novela gráfica de Alan Moore y David Lloyd.

Se preguntarán qué tiene de especial la literatura distópica. Es sencillo:  durante muchos años ha sido el único reducto contra las dictaduras, las que ya imperan camufladas, y las que vienen. Y el futuro no pinta nada halagüeño.

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