BRUCKHEIMER NOÉ

Cuando Darren Aronofsky irrumpió en escena con Pi (1998), la mandíbula de unos cuantos se aflojó. Se quedaron pasmados, como quien esto escribe. Poco a poco, el de Brooklyn subió peldaños a películas y más engrosaron sus filas . En el segundo piso, Réquiem por un sueño (2000); en el tercero, La fuente de la vida (2006); luego llegó al rellano del ático con El luchador (2008), y finalmente entró con fuerza en el salón de los elegidos con Cisne Negro (2010). Llegados a la cima, uno se pregunta: ¿fue todo para dejarse caer al vacío desde lo más alto?

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            No soy creyente, de modo que juzgo las historias por lo que son, malas, regulares, buenas, mejores. Y la Biblia –todos sus antecedentes egipcios, sumerios, babilonios, mesopotámicos, ahí está Utnapishtim, origen del Matusalén bíblico- siempre ha sido compendio de grandes cuitas, un caramelo para aquellos que nos dedicamos a esto. De hecho, el propio arte de narrar surge con la mitología. Aronofsky lo sabe y ha recurrido a la historia de Noé para dar una vuelta de tuerca a su búsqueda místico-religiosa de lo trascendente, una temática constante en su filmografía desde la propia Pi. Y parece haber llegado a un punto entre hubbardiano y lovelockiano.

Lo que en sus trabajos anteriores era afán serio, hasta desgarrado, queda reducido en Noé a extravagancia no exenta de cierto delirio, en la que conviven elementos de la más diversa procedencia, desde tolkinianos a malickenses y bruckheimerianos. Su Noé plantea un mundo antediluviano en el que un hombre industrializado ha esquilmado la tierra –una particular Tierra Media islandesa, con Comarca y Mordor de fronteras definidas, quemadas- haciendo uso espurio de su libre albedrío, así que merece la aniquilación. Frente a ese hombre cainita y cabrón, la estirpe noble de Adán, unos Set, Enós, Cainán, Mahalaleel, Jared, Enoc, Matusalén, Lamec y Noé gaienses de aires chamánicos.

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Este Noé de Aronofsky arranca con una exposición a lo Señor de los anillos y combina a lo largo de su metraje desde elementos de blockbuster épico a lo Jerry Bruckheimer, a momentos de supuesta profundidad poética, ética y metafísica a lo Terrence Malick. Pero está todo sin armar, disperso. Acaso lo mejor de la película sean esos montajes de imágenes a los que recurre en ciertos pasajes (especialmente el que muestra el origen del universo y del hombre, un relato entre darwiniano y creacionista que me remite a la entradilla de Érase una vez… El hombre). Porque, en otros muchos, permítanme la broma, hace aguas. Toda la película es un manifiesto con aires de fábula fundacional, por un lado, y de advertencia apocalíptica, por otro; un mensaje algoriano para navegantes presentes y futuros en el que el homo sapiens es un virus a erradicar.

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Estamos ante una fábula ecologista-religiosa con ángeles caídos a lo transformers en la que Aronofsky parece haber perdido buena parte de su pulso. No es una cuestión de si es más o menos fiel al texto original –no olvidemos que el propio original es copia de originales anteriores-, sino de que no ha sabido construir un buen relato, por mucho que su habilidad como hacedor de imágenes retenga momentos de belleza y destellos de cierta trascendencia. Lo técnico es impecable; la letra, más bien pobre. Sonrojante incluso a fotogramas.

Hoy, de regalo final, un vídeo para nostálgicos.

 

 

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