ANDERSON ZWEIG

Gran Hotel Budapest es un homenaje personal al universo de Stefan Zweig, a una época reflejada con maestría por él. Y es un homenaje hecho de la mejor manera posible, a través de una gran película. Gran Hotel Budapest es, además, una obra de arte de Wes Anderson, libre, particular, única. Lo es de los pies a la cabeza, como cada uno de sus anteriores trabajos. Como la obra del propio Zweig.

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La película está llena de pequeñas, a veces minúsculas, referencias a personajes del universo narrativo del escritor austríaco, un nombre, un lugar, un atisbo de argumento, un tren, pero todo visto a través del prisma de Anderson y Hugo Guiness, hasta hacerlo propio, diferente –acaso en eso consiste una verdadera adaptación-. Desde el mismísimo arranque, uno sabe que lo que está a punto de ver es una experiencia muy particular, una historia dentro de una historia, dentro de otra historia, dentro de otra historia, un recurso habitual en Zweig; adelante, atrás, vuelta hacia adelante, salto, lo que determina el modo en que debemos entender las historias, siempre contadas a través de la memoria de sus personajes, acaso fabuladas por ellos.

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En el fondo, Gran Hotel Budapest es una película sobre el propio arte de contar, sobre cómo se gesta la fantasía, sobre cómo se construye, teje, cose y articula la ficción, primero, y sobre cómo se narra, después.  Como lo fueron en su día Big Fish (Tim Burton), La vida es bella (Roberto Benigni) o Dans le maison (François Ozon). Todo lo contenido en el guion es un juego de narraciones envueltas en delicadas cajas que esconden dulces que uno admira a mandíbula batiente, como los cuidados paquetes de la pastelería de monsieur Mendel –de vendedor ambulante de libros zweigiano a osco repostero andersoniano– que circulan arriba y abajo a lo largo del metraje. Existe la misma felicidad dentro de una exquisita caja de dulces que bajo las tapas de un libro o dentro de una película.

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Anderson crea un mundo visual diferente para cada historia, hasta el punto de alternar distintos formatos, el 2,35:1 para el arranque, el 1,78:1 para las escenas de Jude Law y F. Murray Abraham (ambientadas en 1968) y el 1,37:1 para la parte central, situada en un particular periodo de entre guerras (1932) con cierto sabor al Ser o no ser de Lubitsch. La lista de actores que se han puesto a la órdenes del director es inigualable: Ralph Fiennes (el papel de Gustave H. iba a ser inicialmente interpretado por Johnny Depp), los ya citados Murray Abraham y Law, Mathieu Amalric (uno de esos malos de Bond), Adrien Brody, Willem Dafoe, Jeff Goldblum, Bill Murray, Harvey Keitel, Edward Norton, Bob Balaban, Tom Wilkinson, una irreconocible Tilda Swinton y Owen Wilson (junto a Murray, reincidente con Anderson). 19 nominaciones a un Oscar juntas, nada menos.

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Pero lo de menos en Gran Hotel Budapest es el argumento, las aventuras y desventuras de Monsieur Gustave H., legendario conserje del Gran Budapest, y su inseparable botones y amigo Zero Moustafa, envueltos en una trama folletinesca con aires a ratos tintinianos. La clave es el cómo. Siempre lo ha sido a la hora de contar historias (que se lo pregunten si no al señor Shakespeare). Y al igual que Tim Burton o que Jean-Pierre Jeunet –por citar a dos autores de los que Anderson toma elementos técnicos y visuales-, que nuestro Javier Fesser, una suerte de Jeunet español, Wes Anderson es un narrador único, diferente y muy personal. Tiene eso que tantos buscan y que pocos saben definir. Estilo. Mención especial en ese esfuerzo merecen el trabajo de fotografía de Robert D. Yeoman –con el que Anderson ya había trabajado en Los Tenebaums, Life Aquatic, Academia Rushmore o Viaje a Daarjeling– y el Diseño de Producción de Adam Stockhausen, responsables de crear ese universo visual.

Wes Anderson es un creador de mundos únicos en los que rigen sus propias normas, y en los que si uno logra suspender su incredulidad inicial, se ve atrapado sin remedio. Como en los de Stefan Zweig.

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