LOS PAISAJES DE PAYNE

El miércoles me di un paseo por Nebraska. Una estación más en el viaje de Alexander Payne en su retrato de la condición humana. De la estadounidense. Eso es lo que lleva haciendo este atípico yanqui de orígenes griegos desde su debú en el 96 con Citizen Ruth. Y lo que ha hecho después en Election (99), A propósito de Schmidt (2002) y en sus dos últimas y más reconocidas películas, Entre copas (2004) y Los descendientes (2011).

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Me gusta el cine de Payne. Ya lo saben. Un cineasta de lo pequeño. De lo cotidiano. Su sentido único del humor. La debilidad humana que refleja, su belleza y su sordidez. “No tenemos películas sobre nosotros, y no tenemos una verdadera cultura fílmica nacional. No debería ser una aspiración épica hacer simples y pequeñas historias humanas. Pero lo es”. Pues bien, Alexander Payne es de los que predica con el ejemplo, y Nebraska es una historia pequeña que refleja a la perfección la familia norteamericana media: hombres bebedores y paralizados –física y emocionalmente-, mujeres fuertes a lo John Ford que sostienen el tinglado e hijos echados a perder; la que vive en Montana, en Nebraska, en las Dakotas, en Wyoming. Su tierra. Sé de lo que les hablo. La he conocido.

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Aunque se declara admirador de Kurosawa -del que tiene el gusto por el encuadre-, el cine de Payne tiene quizás más que ver con el de Ozu y con ciertas películas de Hal Ashby. Quizás por eso ha escogido el blanco y negro para esta historia. Una vez más, como en A propósito de Schmidt o en Entre copas, Nebraska nos propone un viaje donde lo importante no son ni el destino ni los motivos, sino el periplo (Kavafis sabía de lo que hablaba). El de un viejo empeñado en recorrer casi dos mil kilómetros para cobrar un premio que no es tal y que le lleva a recalar un fin de semana en el pueblo moribundo en el que nació. Como en lo mejor de Ford, su cine cuenta sin decir, dejando que sea el espectador quien adivine y complete historias del pasado en rostros y miradas, donde las cosas se expresan sin mentiras.

Oscars Haves and Have Nots

Alexander Payne es un narrador de planos contados, medidos, perfectos. Como el escritor que usa la palabra precisa y el adjetivo adecuado. Solo uno por frase. Sin flores. Sabe exactamente dónde colocar la cámara para obtener lo que quiere en la sala de montaje, y, una vez allí, junto a su inseparable Kevin Tent, cortar siempre en el punto preciso (su sentido de la elipsis en la escena debería enseñarse). Acostumbrados a la discoteca visual, quizás tengan la tentación de pensar que su cine es lento. No se equivoquen: es el resto del cine el que es rápido.  Nebraska es una de esas películas que hay que saborear bien.

CINE Y MUELAS

Y de Nebraska, a Pamplona. Tengo una deuda pendiente con mi amiga Amaia Fernández Andueza, y no soy de los que escurren el bulto. Desde el pasado 7 de febrero se celebra en los Golem Yamaguchi la II Edición del CIDE (Festival de Cine y Dentistas), organizado por el Colegio Oficial de Dentistas de Navarra. Tras la defunción del BDA Film Festival londinense, también dedicado a los sacamuelas –por más que trato de no pensarlo, no me quito de la cabeza cierta imagen de la película Marathon Man-, el CIDE se ha convertido en el único evento de estas características a nivel mundial.

El 7 se pasó Avaricia, con acompañamiento musical en directo, y, el pasado viernes, El gran momento. Hoy es el turno de La vida secreta de un dentista, de Alan Rudolph, basada en un texto de Jane Smiley, autora de otra novela llevada al cine, Heredarás la tierra. Harían bien en acudir, ya que podrán disfrutar de la presencia de mi paisano Vicente Aranda, al que Beatriz Lahoz, directora del Festival, le entregará una placa en reconocimiento a toda su carrera –durante el acto se pasará de regalo un trocito de Fanny Pelopaja, co-producción hispano francesa que Aranda dirigió en 1983, con Fanny Cottençon, Bruno Cremer, Francisco Algora, Berta Cabré y Paca Gabaldón. También anda por ahí metida otra buena amiga, la incombustible Blanca Oria –que lleva peleándose año tras año el maravilloso FAN (Festival de Anime de Navarra)-, así que mato dos pájaros de un tiro. Por si fallan, les queda una última oportunidad el próximo 28 de febrero, día en el que se proyectará Sonrisas de New Jersey, de Carlos Sorín, con Daniel Day Lewis. Lujo.

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VISITA PARLAMENTARIA AL INAAC

No me quiero despedir sin comentar la visita de sus señorías de la Comisión de Cultura del Parlamento Foral al INAAC esta semana a petición del socialista Ramón Felones. Junto a él, el resto de siglas: UPN, Aralar-Nabai y Bildu, Ramón Casado, Juan Carlos Longás y Miren Aranoa. Más vale tarde que nunca, especialmente para visitar una Filmoteca que, si bien aún no peina canas, había comenzado a verse la sombra del bigote. Ya sabemos que la cultura solo interesa cuando puede usarse como garrote político…

Coincido con los parlamentarios de la oposición cuando se hacen la pregunta de quién será el guapo que lleve todo esto si se cierra el INAAC. Pues un funcionario o dos. O tres si nos ponemos generosos, pero con sueldo bajo cero. Ya existían las Ayudas a la Creación Audiovisual antes del INAAC, sostiene el gobierno. Cierto. Y el Festival Punto de Vista, sostiene el gobierno. Cierto también. Lo que parece olvidar el señor Sánchez de Muniáin -que no es Pereira– es que ni la Film Comission ni la Filmoteca funcionaban entonces, por lo que es imposible que dos, tres o cuatro funcionarios no preparados puedan prestar el mismo servicio que sus actuales responsables. Si entre ellos encuentran a alguien con el bagaje, la experiencia, la preparación, la dedicación, la devoción y el amor de Alberto Cañada por esto, es que le han clonado sin permiso.

Sus señorías de la oposición coincidieron en “resaltar la importancia de defender la permanencia del proyecto con su actual estructura”. Fin de la cita. Algo que se plantean hacer próximamente a través de iniciativas parlamentarias que empezarían con una moción “si las explicaciones del consejero de este viernes (es decir, hoy) no nos resultan convincentes, que no lo creo”. Fin de la nueva cita. Felones dixit.

Llámenme escéptico, pero tiendo a no creerme mucho a sus señorías –a todas- a estas alturas de proyección. Se avecina tormenta. Primero tendremos que comprobar si la lluvia se lleva las hojas muertas; y, una vez pasado el aguacero, ver si aquellos que hoy dicen digo lo sostienen o se disculpan porque no les entendimos bien y, en realidad, querían decir diego. Ya saben, en el mundo de la política, lo de la situación heredada es una máxima que no entiende de siglas.

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¡Qué día tan dichoso aquel! La princesa vestía de crema y tú de blanco…

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