Una de Woody Allen

Uno tiene en la agenda algunas citas anuales bien marcadas. Rotulador gordo. Cumpleaños, aniversarios, fiestas señaladas, otros eventos de guardar, visita al dentista, al oculista, y, conforme cumple años, alguna que otra  por asuntos de lo alto y de lo bajo… En mi caso, una de ellas es acudir al estreno de la de Woody Allen. Así lo decía mi abuela: una de o la de, frase generalmente rematada con Jon Baine. Para ella John Wayne era Jon Baine, de toda la vida. La nueva de Woody Allen, les decía… Sí, a pesar de que mis postreros paseos turísticos con él por determinadas ciudades europeas no hayan acabado del todo bien. Y eso que soy un barcelonés de pro, de pies a coronilla y de tripa a corazón; y romano de adopción por decisión propia. Como Neoyorquino: uno no escoge en qué ciudad nace, pero sí cuál adopta con su músculo cardíaco.

El viernes pasado leía una crítica de un compañero –que lleva muchos más años que yo en estos menesteres y sabe de cine carros y carretas- en la que dividía la filmografía de Woody Allen en tres grandes sacos: aquellas películas en las que sale él, aquellas en las que no sale, pero en las que algún personaje hace de él, y aquellas en las que ni lo uno ni lo otro. Esta es una de las últimas. Yo, puestos también a dividir (le tengo envidia a Juan, qué le voy a hacer; a ver si se me pega algo de él…), suelo crear una categoría aún más amplia: aquellas películas con trama (y crimen de regalo) y aquellas que “no” la tienen. Entiéndanme: tener, todas tienen su trama y su argumento. Pero algunas tienen una narración más clásica con detonante, objetivo y principio, medio, final, clímax, y otras son como un asomarse a un momento determinado de la vida de un puñado de personajes, observarles durante ese rato y largarse. A mí me gustan más las primeras –será que me he acostumbrado a unos códigos más que a otros-, lo que no significa que no me gusten las segundas. Hablamos de Woody Allen, por favor. Para que me entiendan: La rosa púrpura de El Cairo, Otra mujer, Delitos y faltas, Sombras y niebla, Misterioso asesinato en Manhattan, Balas sobre Broadway, La maldición del escorpión de Jade, Match Point… Pues esas tienen trama. Trama trama. Y, muchas, su crimen. Lo sé, me dejo fuera Annie Hall, Manhattan o Hannah y sus hermanas. Las tres son películas que me encantan. Y son de lo mejor de la filmografía del de Brooklyn. Lo que me pasa en realidad es que, cuando Woody Allen se lanza a una de esas películas “sin trama” y le sale flojita, pues parece peor que cuando se lanza a hacer una con “trama” y le sale malita. Aunque todo lo que acabo de reseñar, por supuesto, es puramente fruto de mis sinapsis, de las que derivan mis gustos.

Blue Jasmine, que ahora se estrena en nuestras pantallas, entra en mi segunda categoría. Y, qué quieren que les diga, pues no es ni Annie Hall, ni Manhattan, ni Hannah y sus hermanas. A pesar de ello, uno siempre encuentra en las películas del maestro Allen cosas que no se le podrían haber ocurrido a otro, diálogos brillantes a ratos, situaciones particulares de su universo, chistes que conserva en el bolsillo de su pantalón de monologuista. Pero esta Blue Jasmine es muy irregular. Casi podríamos decir que, precisamente, la irregularidad se ha convertido en una constante en el Allen de los últimos tiempos, en los que nos tiene acostumbrados a películas con minitesoros, pero que no acaban de funcionar, ni desde el punto de vista narrativo, ni desde el dramático. Tengo la sensación de que Woody Allen se divierte tecleando, pero se cansa y aburre rodando, y eso se nota. Tampoco las energías son las mismas. Se ve en pequeños detalles, especialmente en las escenas menos importantes.

Antes de terminar, no puedo escaparme sin hablar de Javier Aguirresarobe, con el que vuelve a trabajar tras la película que no puede ser nombrada… El de Eibar está firmando grandes trabajos, muchas veces por encima de las películas en las que trabaja: The city of your final destination (James Ivory, 2009), La carretera (John Hillcoat, 2010), Luna nueva y Eclipse, de la saga Crepúsculo, Una vida mejor (C. Weitz, 2011), el remake de Noche de Miedo (Craig Gillespie, 2011), Eternamente comprometidos (Nicholas Stoller, 2012), Memorias de un zombie adolescente (Jonathan Levine, 2013) o Por la cara (Seth Gordon, 2013). Y dos más en cartera. Esperemos que no le dé por olvidarse de nosotros.

Yo, por si acaso, les convoco a la cita del próximo año. La película se titula Magic in the Moonlight y está ya en fase de postproducción, así que Woody Allen seguirá fiel a nuestro encuentro. Nos vemos allí, porque les aseguro que la esperanza fue lo último que se perdió.

 

 

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