EL REY DESTRONADO

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La reina de España. Año. 2016. Duración.128 min. País. España. Director. Fernando Trueba. Guión. Fernando Trueba. Música. Zbigniew Preisner. Fotografía. José Luis Alcaine. Reparto. Penélope CruzAntonio ResinesJorge SanzJavier CámaraRosa María Sardá,Santiago SeguraChino DarínLoles LeónMandy PatinkinNeus AsensiAna BelénArturo RipsteinCary ElwesClive RevillCarlos ArecesJesús Bonilla,Ramón BareaAnabel AlonsoGuillermo ToledoSecun de la RosaJuan Antonio BayonaMiguel Ángel LamataGemma Cuervo. Productora. Fernando Trueba P.C. / Atresmedia Cine.

Vayan los números por delante: 11 millones de euros de presupuesto; 400.000 euros en taquilla el fin de semana de su estreno.

Señalo esto porque se queja con amargura Fernando Trueba del boicot que algunos sectores fronterizos han hecho a su última película, La reina de España, por unas declaraciones pasadas. Diluida, licuada del todo queda así la polémica inicial que la acompañó, el mal trato dispensado a dos de sus guionistas originales, escribidores de aquella buena La niña de tus ojos (1998) antes de que entraran el gran   Azcona y el propio Trueba. Lo que empezó siendo oprobio, rápidamente despachado en los medios, no tanto en las redes sociales gracias a textos certeros, sinceros, con un par de pelotas como el de Javier Olivares (El Ministerio del tiempo), ha acabado siendo intolerable caza de brujas contra Trueba. Ya saben, en este país se pasa de santo a demonio y de diablo a San Pedro en un periquete gracias a campañas de grupos atresmediáticos con intereses mediante.

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Despachado este asunto, vayamos al grano. Si La reina de España no ha hecho la taquilla que Trueba (quizás acongojado por el tanto generas, tanto vales) esperaba no se debe al boicot mencionado —quienes lo han levantado y sustentado sobre sus hombros cual costaleros son más de misa semanal que de los que acuden al verdaderamente sagrado acto de ir al cine, se lo aseguro—, sino a la propia película.

Es decir, no es mérito de algunos, sino demérito propio.

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No es que La reina sea la peor película española del año, ni mucho menos, pero dista de ser la mejor. Y es así porque su libreto carece de una idea clara; no tanto de un buen planteamiento de inicio como de un buen desarrollo narrativo y dramático a lo largo de sus páginas. La convivencia de las dos vías que se abren, el rodaje de una co-superproducción yanquie en nuestras tierras al estilo del sobrino de Trotski Samuel Bronston (productor de El cid, 55 días en Pekín o La caída del Imperio Romano) y el regreso de la muerte, posterior encarcelamiento en Cuelgamuros y disparatado rescate del personaje de Antonio Resines (el Blas Fontiveros de la primera) jamás acaba de funcionar. La una queda reducida a simple acumulación de homenajes, guiños, chascarrillos y ocurrencias varias dedicadas al propio cine, algunas con gracia, otras maravillosas pero reiteradas en exceso —el homenaje a los viejos artistas responsables del matte painting, santos varones—, la mayoría sin ella e imperceptibles para el común de los mortales:  John Ford, Dalton Trumbo, el propio Bronston, la Garbo, Ava Gardner, Errol Flynn…, la industria en general de aquellos años, la de Hollywood, de la que lo único que parece importar es la condición sexual de sus estrellas, y la de aquí (Conversaciones de Salamanca, Raza, Saénz de Heredia, el Sindicato…)—. La otra, a una anorexia dramática preocupante, blanca, light. Incomprensible, pues se supone que es la trama que ha de aportar ritmo y dramatismo a la película. Quizás funcionara la cosa sobre el papel, vaya usted a saber; la hoja aguanta pesos que el celuloide y el montaje final productor mediante desgracian en muchas ocasiones. Pero permítanme dudarlo.

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Una de las cosas más difíciles de aprender en el difícil arte de la dramaturgia es precisamente esa: que uno escribe algo sobre para que sea rodado, no para que sea leído. La cosa cambia. Mucho, créanme.

Adolece toda la película de Trueba de tensión dramática. Ni siquiera en las escenas destinadas específicamente a crearla. Se pierde por callejones sin salida. Por vericuetos intransitables, derroteros absurdos en ocasiones, más destinados a homenajear que a contar, que a narrar una verdadera trama que fluya —de esto va el cine, señores—, con tensión, con tesón dramático. Si el presupuesto del que se disfruta y el elenco de cómicos con el que se trabaja —CruzCámaraSardàMandy Patinkin (¡Qué te han hecho, Mandy!), RipsteinBelénAreces…— es de primera, la desgracia aún es mayor, el desastre mayúsculo y todo se queda en cueros. Descosido.

Y por si todo esto fuera poco… Esa puntada final.

 

 

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RELATIVIDAD LINGÜÍSTICA

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Arrival. Dir. Denis Villeneuve. Guion: Eric Heisserer. Música: Jóhan Jóhannsson. Foto.: Bradford Young. Reparto: Amy AdamsJeremy RennerForest WhitakerMichael StuhlbargMark O’BrienTzi MaNathaly ThibaultPat KielyJoe CobdenJulian CaseyLarry DayRussell Yuen,Abigail PniowskyPhilippe HartmannAndrew Shaver

 Allá por los años 40 del siglo pasado, dos tipos, Edward Sapir y Benjamin Whorf, formularon una hipótesis: la estructura de un lenguaje afecta a su hablante de un modo definitivo, su propia forma de ver el mundo, de conceptualizarlo, de conocerlo. Es decir, que un español, un chino, un inglés, un japonés, un guineano o un siux lakota no conceptualizan igual lo que les rodea. En frente, la gramática universal de Chomsky.

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Tiempo después, el escritor Ted Chiang, uno de los relatistas de ficción fantástica y especulativa (ya saben, etiquetas) más importantes de los últimos años —en su haber el Nebula, el Hugo, el Locus y unos cuantos premios y reconocimientos más— escribió un texto titulado “La historia de tu vida” jugando con la Hipótesis Sapir-Whorf. En él planteaba la existencia de un idioma extraterrestre que alteraba de forma definitiva el modo de pensar de quien lo aprendía, su forma de percibir el mundo, el universo, el propio tiempo, su flujo… Ahora es el director Denis Villeneuve, un tipo de lo más interesante, quien ha decidido adaptar el relato de Chiang. Quien esto escribe salió del cine mudo, perdido. Pero decididamente fascinado. El trabajo de Villeneuve se dirige de un modo directo a los sentidos, a crear sensaciones, atmósferas, a construir y transmitir estados de ánimo; a decirle cosas a nuestro cerebro que nuestro cerebro quizás no entendería de otro modo. Sucedía ya en dos de sus anteriores películas, Prisioneros (Prisoners, 2013) o la adaptación de Saramago Enemigo (Enemy, 2013). Da igual quién sea su guionista, si Aaron Guzikowski, si Javier Gullón, si Taylor Sheridan o él mismo: todas sus películas desprenden su forma de ver, de contar el mundo. Su ritmo, su atmósfera. Villeneuve ha podido al fin emular a su maestro, su película favorita, 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), en la que, al igual que en La Llegada, Kubrick adaptaba a la gran pantalla un relato corto, “El centinela” (1948), de Arthur C. Clarke.

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Las virtudes de La Llegada se sustentan especialmente sobre dos pilares: el trabajo de Amy Adams y el ritmo y la atmósfera conseguidos por Villeneuve a través de la música del compositor islandés Jóhan Jóhannsson —tan importante como él mismo en su cine; de hecho, han trabajado juntos en todas sus películas, incluida la futura Blade Runner 2049— y el trabajo fotográfico de Bradford Young (El año más violento, Selma, El caso Fischer). Aunque aparentemente se vista de película de ciencia ficción. No lo es. No al uso, esa ciencia ficción que quizás muchos de ustedes esperen y que es la que promociona el tráiler.

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La llegada es algo más.

Es otra cosa.

Es una experiencia estética. Emocional. Es bella. Es intensa. Es fascinante.

Tampoco esperen comprenderlo todo. Quzás parte. Un poco. Nada. Simplemente, déjense envolver, déjense acariciar y disfruten. Sientan.

 

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LA MALDITA FAMILIA

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Perdonen la franqueza: la familia es un pozo lleno de mierda. Una arena movediza que te traga y te hunde en el averno. Que te lastra desde el nacimiento. Desde el momento mismo de la concepción. Es un balance constante de debes y haberes. Un negocio de usureros que siempre exigen intereses desmedidos. Un atajo de chantajistas. Es una tela de araña hecha de concertinas que te laceran, te abren en canal y te dejan en carne viva. Expuesto. Magullado. Quebrado. Hundido. Sangrando. Desgraciado. Infeliz. Es una organización terrorista en la que vives tus momentos más felices y tus peores angustias.

Se equivocaba Tolstoi. No hay familias felices. Y todas las infelices lo son por el mismo motivo.

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Las furias, el debut cinematográfico del dramaturgo Miguel del Arco, es la historia de una familia. La familia Ponte Alegre. Nuestra familia. La de cualquiera. Llena de oscuridad, de reproches, de tipos y tipas rotos, de gente despedazada. Es así, no se me pongan milindris. Es así porque solo quien te conoce íntimamente puede llegar a determinados extremos de crueldad. A hurgar donde duele de verdad. A arrancarte el maldito corazón.

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Se trata de un texto poderoso, de una tragedia tan clásica como los nombres de los hijos que la componen: Aquiles, Héctor, Casandra. Héroes condenados desde su alumbramiento. Y es un debut poderoso, lleno de grandes momentos; la mayoría de ellos, sin embargo, demasiado ligados al texto, anclados a él, deudores de la palabra. Si uno repasa la filmografía de grandes directores como Paul Thomas Anderson, como cierto Sam Mendes, como un cada vez más lejano Woody Allen, como un Koreeda, incluso un Malick, siempre encuentra una dramaturgia de palabra preciosa y poderosa que discurre y se sustenta a la vez en lo textual y en lo visual. Las furias, sin embargo, depende en exceso de un guión brillante en su lectura, en su redacción, en su declamación —especialmente si uno cuenta con un elenco de primera, Mercedes Sampietro, José Sacristán, Carmen Machi, Bárbara Lenni, Emma Suárez, Alberto San Juan, Gonzalo de Castro, Pere Arquillué, Raúl Prieto, Elisabet Gelabert, Macarena Sanz—, en su dramaturgia pura, pero no tanto en su parte visual, cuando desaparece el texto hablado y debe aparecer el filmado. Y no hablo de la técnica, sino de dejar que la palabra calle, la película enmudezca, cese la música, que hablen los ojos, la luz, los gestos, los encuadres, llenos, vacíos en determinados momentos. El silencio. Hablo de narrativa pura, propiamente cinematográfica. Con todo, Miguel del Arco ha armado una película que merece la pena verse, sentirse, pensarse. Una cinta en la que cada espectador se reconocerá en todo, en parte, en algún momento, aunque sea fugaz. Por la que es necesario transitar.

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Y lo hará de un modo brutal. Verá las miserias propias expuestas. Cabeceará al reconocer las ajenas. Y se sentirá en pelotas. Por eso, antes de ir a verla —deben—, prepárense. Les aseguro que, cuando salgan, se sentirán señalados.

Las furias existen. Claro que sí. Son la familia: una furia caníbal que siempre exige sangre, su libra de carne, un sacrificio humano. Que exige dolor. Mucho dolor. Todo el dolor. Tanto dolor… Pero, por una de esas malditas, cabronas paradojas, la única salvación posible a la familia es la familia.

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