CUOTAS. CINE. LIBROS. EL PRODUCTO PATRIO.

Una pequeña reflexión acerca del estado de salud de nuestra ficción.

Ramón Colom (derecha), presidente de la FAPAE, y Juan Antonio Vigar (izquierda), director del Festival de Málaga.

Según datos recién aireados por la FAPAE (Federación de Asociaciones de Productores Audiovisuales Españoles) en el reciente Festival de Málaga, la asistencia al cine a lo largo del primer trimestre de 2017 ha subido un 5%. Es decir, vamos a misa algo más. Al templo, que es la sala. La taquilla, el dinerito ingresado, claro, también ha subido: un 3%. Un buena noticia para quienes contra viento, marea, huracán, galerna, terremoto y demás desastres naturales apocalípticos, en especial esa plaga bíblica llamada IVA Cultural, siguen luchando por mantenerse a flote. El cine español, patrio, estatal, en cambio, ha dado un paso atrás. Cuota de pantalla del 14% —frente al 19 del mismo periodo en 2016—; ingresos de 20 millones de euros —frente a los 36 del año pasado—. ¿Quieren saber cuáles han sido las películas españolas más vistas en el primer trimestre de este año? Les satisfago la curiosidad: Es por tu bien (Carlos Therón, con guion de Manuel Burque y Josep Gatell). 5,6 millones de euros. Le siguen Contratiempo (Oriol Paulo, co-escrita junto a Laura Sendim), con 3,6 millones, y Lo que de verdad importa (Paco Arango), con 2,4.

Todos los años por estas fechas me hago la misma pregunta al conocer las cifras —provisionales y finales—: ¿Es que hacemos malas películas? ¿Es que hacemos peores películas que otros?

Otro tanto me ocurre al ver las listas de los libros más vendidos del año.

La respuesta: hacemos de todo. Rodamos de todo. Publicamos de todo. Si uno repasa los estrenos anuales de películas españolas, se encontrará con algunas buenas, algunas malas, muchas neutras, otras tantas mediocres. Una o dos incluso hilarantes en su ridiculez. Lo mismo sucede con la literatura. Dos mundos que quien esto escribe conoce un poco. Sin embargo, el sambenito de que el cine español es malo de solemnidad —conozco a unos cuantos feligreses del movimiento— sigue gozando de una estupenda salud. Envidiable incluso.

Está bien. Aceptemos el reto. Juguemos por un momento y hagámonos la pregunta: ¿por qué no hacemos entonces mejores películas; más de esas buenas pelis que llevan hordas de espectadores al cine? ¿Por qué no se publican mejores libros? ¿Por qué no hacemos una mejor ficción, en resumen?

Antes de adentrarnos en la ciénaga, sin embargo, permítanme plantearles algo: ¿quién ha dicho que sean las películas buenas las que llevan a la gente al cine/las buenas novelas las que más se venden?
Si uno repasa la lista de las cintas españolas más taquilleras de los últimos años puede comprobar —con mayor o menor espanto según criterios y tragaderas— que son precisamente las tirando a más neutras, pobretonas, alguna incluso mediocre las que más taquilla suelen hacer. Lo mismo sucede con las novelas, vaya por dios. Podrían ustedes pensar que dicho fenómeno es puramente patrio. Pero no. Dicho mal no es exclusivo de nuestro cine, tampoco de nuestra literatura, sino una infección vírica de escala planetaria. Aceptémoslo de una vez, queridos cinéfilos, cineclubistas y lectores de Joyce: la mayoría de espectadores que van al cine son consumidores de distracción, de evasión, no de arte. La mayoría de lectores demandan lo mismo a una novela. Entienden el cine y la literatura como un mero entretenimiento. Actitud, no se me entienda mal —lejos de mí cualquier tentación que huela a clasista, ni siquiera un aroma ligero, mucho menos un tufo—, totalmente lícita por su parte. Para ser justo también debo decir que vez en cuando, es cierto, se produce una de esas extrañas conjunciones planetarias  y calidad y taquilla/ventas se muestran brillantes, orgullosas y de la mano en lo alto del firmamento. Bienvenida sea.

Primero. Porque a muchos de los que deciden qué películas/novelas se hacen/publican y qué películas/novelas no abandonarán jamás la fría sombra de un cajón no les gusta realmente el buen cine/la buena literatura. Por culpa de falta de criterio; por culpa de un criterio atrofiado; o, sencillamente, porque entienden el cine y la literatura como un simple negocio.

¡Acabáramos!

No, no soy un iluso, no crean. Soy el primero en saber que tanto la industria cinematográfica como la editorial son un negocio. Por supuesto. Si productores y editores no ganan dinero con las películas y los libros, el chiringuito se cierra. Así de simple. El problema radica en que cuando el taquillazo o el bombazo editorial vienen generalmente de la mano de películas y libros justitos o malos, productores y editores se limitan a aplicar sus conocimientos básicos de aritmética. Sus primeras clases de contabilidad.

Debe. Haber.

Todo lo demás es secundario.

Segundo. Derivado del primero. ¿Por qué apostar entonces por un cine o por una literatura de mayor calidad si no va a dar beneficios? Dicha actitud, lo único a lo que nos empuja es a perpetuar la apuesta por un tipo de cine y literatura de consumo. De mera distracción. De simple evasión.

Absolutamente lícito. Cierto. Créanme, señores productores; créanme, señores editores; créanme, señores responsables de las televisiones: les entiendo. Y hasta les comprendo. Les acompaño en el sentimiento, vamos…

Pero nos han/hemos convertido en espectadores banales. En lectores banales.

Tercero. La endogamia. Una cierta y pestilente endogamia que afecta desde hace algún tiempo ya a nuestra industria cinematográfica y editorial.

Una borbonización de los medios de producción.

Conozco a muchos —más de cinco, más de diez en ambos mundos— creadores con un talento descomunal a los que no se les otorga siquiera una oportunidad decente. A los que se les castra. Bien porque quien debe valorar su talento es ciego de solemnidad, rematadamente tonto, incompetente o directamente inútil; bien porque, fruto de esa política que exponía en los puntos anteriores, el creador es demasiado bueno.

¡Un maldito artista!

Los principales medios de producción audiovisual y editorial de este país están en manos de la misma gente desde hace años. Son los responsables de poblar las pantallas y las estanterías de las librerías de eso. De esos bestsellers, de esas comedias zafias, de esas series de televisión que se arrastran por las cadenas. Si se paran a analizar quién está detrás de todos esos productos descubrirán que son ellos, que son los mismos de siempre. Las mismas productoras, las mismas editoriales, los mismos responsables de contenidos. Ni se imaginan lo difícil que es para un guionista o un escritor —noveles y no tan noveles, algunos peinan melena cana incluso— poder rodar su guion o publicar su novela en este país mientras otros gozan de una perenne alfombra roja bajo sus pies con independencia de su calidad o de su talento.

Cuarto. La excusa —en este caso, exclusiva del mundo cinematográfico—: porque hacer buen cine es muy caro. Porque la industria ha sido atacada. No levanta cabeza. Ha sido torpedeada de modo sistemático por el poder político.

Hacer cine es caro si uno lo compara con lo que le cuesta a un editor manufacturar un libro. Cierto. Pero el buen cine no surge como consecuencia directa —necesaria— de tener más dinero, de gozar de presupuestos más altos. Ayuda, por supuesto. Pero el buen cine es producto de otra cosa. De otro átomo. Como lo es la buena literatura.

Del talento.

Del talento de unos y de otros. De los creadores y de quienes apuestan por ellos. De su valentía.

Ahí van unos datos presupuestarios de las películas nominadas a varios Goya, incluidas las seleccionadas al Goya a la Mejor Película: Tarde para la ira, 1.200.ooo euros; Julieta, 1.350.000; Cerca de tu casa, 1.500.000; El hombre de las mil caras, 5.000.000; Un Monstruo viene a verme, 25.000.000; Que dios nos perdone, 4.000.000; El olivo, 4.200.000; 1898: Los últimos de Filipinas, 6.000.000. El año pasado (2016): La novia, 1.500.000 euros; Nadie quiere la noche, 6.300.000; El desconocido, 2.000.000; A cambio de nada, 3.000.000; Un día perfecto, 8.000.000. Saquen ustedes sus conclusiones.

En cuento a los libros más vendidos, aquí les dejo la lista de 2016 en España (fuente Nielsen): 1) Harry Potter y el Legado Maldito; 2) La chica del tren (Paula Hawkins); 3) El laberinto de los Espíritus (Carloz Ruiz Zafón); 3) Los herederos de la tierra (Ildefonso Falcones); Todo esto te daré (Dolores Redondo); Historia de una canalla (Julia Navarro); Falcó (Arturo Pérez-Reverte); La magia del orden (Marie Kondo); El libro de los Baltimore (Joël Dicker); Patria (Fernando Aramburu). Varios de ellos siguen en cabeza a lo largo del primer trimestre de 2017.

Quinto. Derivado de todo lo expuesto hasta ahora. Las caquitas. El miedo al fracaso. A pegársela en taquilla. A que el número de ejemplares que nos devuelvan las librerías sea catastrófico.

A lo que viene después. Al despido fulminante por no cumplir cuotas. Objetivos.

Sexto. El desamor. No se rían. Desamor de algunos responsables por las disciplinas que una vez se amaron pero que les rompieron el corazón. A ellos, que eran unos artistas. No hay peor inquisidor que al que traicionaron: los espectadores, el público, los lectores.

¡Malditos!

Porque son zafios; porque no saben apreciar lo bueno. De modo que les daremos lo que quieren: rancho.

Créanme, sé de lo que hablo. Me he topado con alguno. Almas en pena. Conversos y vengadores. Destructores de la belleza.

Saquen sus propias conclusiones, que ya son mayorcitos. Yo hace tiempo que extraje las mías.

¿Que qué es lo que se puede hacer?

Fácil.

No entren ustedes dócilmente en esa buena noche, que al final del día debería la vejez arder y delirar; enfurézcanse, enfurézcanse ante la muerte de la luz.

Vayan a ver buenas películas.

Lean buenos libros.

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LOGAN

Título original. Logan. Año. 2017. Duración. 135 min. País. Estados Unidos. Director. James Mangold. Guion. Scott Frank, James Mangold, Michael Green (Historia: James Mangold).Música. Marco Beltrami. Fotografía. John Mathieson. Reparto. Reparto. Hugh JackmanPatrick StewartDafne KeenBoyd HolbrookStephen Merchant,Elizabeth RodriguezRichard E. GrantDoris MorgadoHan SotoJulia HoltElise NealAl Coronel.

Logan, la última película dirigida por James Mangold (Copland, Inocencia interrumpida, Lobezno inmortal, El tren de las 3:10), está llena de referencias, pequeñas, grandes, sutiles, evidentes, no tanto al propio universo de los X-Men —que también—, sino a varios imaginarios, desde la mitología más clásica a la más moderna, el western. De Virgilio a Raíces profundas (George Stevens, 1953). Y es precisamente en esos momentos, en esas referencias, en las escenas en las que el trío de guionistas formado por Scott Frank (Un romance muy peligroso, Minority Report, La intérprete, Lobezno inmortal), Michael Green (Linterna verde y lo nuevo de Alien y Blade runner) y el propio Mangold consiguen los hitos más destacados de la cinta.

Los X-Men han muerto. Tan solo tres de ellos, Logan, el Profesor Xavier y Caliban, sobreviven escondidos en la frontera mexicana. Lobezno es un alcohólico y Charles Xavier un viejo medicado que no soporta la culpa, la carga que lleva por dentro: la aniquilación de los suyos. Hasta la aparición de Laura (Dafne Keen). Este es el planteamiento inicial de la película, a lo largo de cuyo metraje sobrevuela de forma constante el Incidente de Westchester, el suceso que ha causado la desaparición del resto de mutantes de la faz del planeta. A diferencia de lo que se nos narra en la novela gráfica El viejo Logan (Old Man Logan, Mark Millar), en la que el culpable de la muerte de sus compañeros de escuela es Lobezno, Mangold ha optado por hacer cargar al profesor Xavier con esa cruz. Jamás nos revela qué ha sucedido exactamente —aunque nos proporciona la información suficiente para que lo intuyamos, para que lo desentrañemos por nosotros mismos—, pero lo usa como principal motor dramático de ambos personajes.

La culpa, el sacrificio y la redención, los tres grandes temas de la filmografía norteamericana.

 

Quizás sea ese uno de los mayores aciertos de Logan. Ese no optar por un arranque o por un flashback en el que se nos explicite la tragedia sucedida. El otro, sin duda, es mostrarnos esa debilidad de los personajes, su decadencia (auto)impuesta, nacida del dolor y de la culpa. Y es aquí donde Mangold recurre a esa iconografía virgiliana, a ese trío formado por Eneas, Anquises y Ascanio (convertido en niña). Insiste también Mangold en establecer otro paralelismo, quizás el más evidente, entre Logan y el Shane (Alan Ladd) de Raíces profundas. Y lo hace a través de los ojos de Laura, que, embelesada, observa varias escenas de la película junto al profesor Xavier en una habitación de hotel, en especial la última, que servirá de colofón a la propia película. De epitafio del propio Logan.

No puede uno dejar de ser lo que es; torcer su destino. Yo lo he intentado inútilmente. No gusta convivir con un asesino. No hay que darle vueltas, Joey: por suerte o por desgracia, yo llevo esa mancha imborrable. Ahora corre a casa y dile a tu madre que ya está todo arreglado y que ya no queda ningún revólver en el valle”.

El resto, nada que no hayamos visto: malos malísimos, garras, adamantium atravesando y desgarrando carne y un cierre que nos deja una X en forma de incógnita en el centro del encuadre. Para amantes de la saga y el entretenimiento, de las películas con cierto aire de western crepuscular —la elección de los escenarios finales está hecha a conciencia, al igual que las canciones escogidas por Marco Beltramie, especialmente la que acompaña a los créditos, la maravillosa The Man comes around de Johnny Cash (cuya Hurt se usó para el tráiler con toda la intención del mundo)— y algún que otro nostálgico de Raíces profundas como el que esto escribe.

¿Acaso algún western expone mejor la iconografía más sagrada de un todo un género? Dios salve a A.B. Guthrie Jr., George Stevens y Jack Schaefer.

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EL GUARDIÁN INVISIBLE

El guardián invisible. Año. 2017. Duración. 129 min. País. España. Director. Fernando González Molina. Guion. Luiso Berdejo (Novela: Dolores Redondo). Música. Fernando Velázquez. Fotografía. Flavio Martínez Labiano. Reparto. Javier BotetMarta EturaColin McFarlaneElvira MínguezMiquel FernándezSusi SánchezArlette TorresPedro CasablancFrancesc OrellaMiguel HerránPaco TousManolo SoloRamón BareaRichard SahagúnItziar AizpuruPatrizia López, Mikel Losada

Transita la ficción española por los derroteros de lo negro-policial-escalofriante-criminal-neblinoso —pónganle ustedes la etiqueta que prefieran, porque en esto de elegir nomenclaturas ni los propios escritores del género nos ponemos de acuerdo— en los últimos tiempos, tanto en el papel como en la pantalla. Todo el mundo escribe noir. Todo el mundo rueda noir. Todos los jurados premian noir. De modo que, en cierta medida, podríamos decir que El guardián invisible, la película de Fernando González Molina (Tres metros sobre el cielo, Tengo ganas de ti, Palmeras en la nieve) basada en la primera novela de la ‘trilogía del Baztán’ de Dolores Redondo, es una suerte de culminación de ese viaje; el maridaje definitivo: un thriller policial que adapta una de las novelas del ‘género’ de mayor éxito de los últimos años.

Les he hablado varias veces de la dificultad que entraña adaptar una obra literaria al cine. Uno debe elegir con qué se queda y qué descarta del texto original, primero, y transformarlo en algo nuevo, en una obra con entidad y, sobre todo, identidad propias después. Si el proceso es ya difícil de por sí, cuando te enfrentas a un superventas, la cosa se vuelve peliaguda. El guionista mira hacia arriba y descubre acojonado que sobre su cráneo pende no ya una espada, sino un mandoble, y que el pelo de crin que lo sujeta amenaza con romperse en cualquier instante si el escribiente se agita en exceso —estoy seguro de que Luiso Berdejo (Rec, Tres 60, Insensibles, Violet), curtido en más de una batalla, se las ha visto y deseado durante el proceso—. En estos casos, la prudencia suele llevarse el gato al agua, de modo que, en lo que a El guardián invisible se refiere, el resultado final es una película que apuesta por conservar los elementos principales de la novela —trama, personajes, algunas subtramas— para que los seguidores de Dolores Redondo no se sientan decepcionados, pero que, a su vez, funciona (con sus picos y sus valles) por sí misma como obra destinada al gran público.

Primer objetivo conseguido.

Si a ello le sumamos que González Molina posee un gran talento para lo visual, para la imagen, para lo estético, para los encuadres y los movimientos de cámara, y que quien le acompaña en la andadura es el donostiarra Flavio Martínez Labiano, uno de los mejores Directores de Fotografía que ha dado este país (El día de la bestia, Perdita Durango, La mirada del otro, 800 balas, Sin identidad, Non-stop e Infierno azul entre otras), no debe de extrañarnos que, además, estemos frente a una película visualmente poderosa —atmosférica— que se mueve entre dos paletas cromático-dramáticas que le van francamente bien a la historia. También la música de Fernando Velázquez (Los últimos días, Lo imposible, La cumbre escarlata, Un monstruo viene a verme) es un acierto —presente en los momentos justos, discreta en otros, jamás por encima cuando no debe—, así como el trabajo de Marta Etura y de la mayoría de actores de reparto (Elvira Mínguez, como siempre, impecable, al igual que Francesc Orella).

Segundo objetivo atado.

Solo dos peros.

El primero, absolutamente personal —es decir, ustedes pueden tomarlo en consideración u obviarlo sin miramientos—, tiene que ver con la decisión, presumo que largamente discutida, de optar por mostrar en lugar de sugerir alguno de los elementos —uno en especial— que componen el universo de Redondo. Soy de los que creen que, en el cine, es siempre mejor jugar con las posibilidades que nos brinda el fuera de campo que no hacerlo. Dicho de otro modo: hubiera sido preferible que el ‘guardián invisible’ hubiera permanecido precisamente así a lo largo del metraje. El segundo, más sutil y complejo, guarda relación con algo que probablemente no advertirán quienes hayan leído la novela, pero que sí intuirán quienes se acerquen vírgenes a la sala: la (excesiva) ‘dependencia’ de la película respecto del texto original en algunas cuestiones. Me explico. Es deseable que cada obra contenga en sí misma toda la información necesaria para su total comprensión (asunto que no tiene que ver con que dicha información se presente de un modo más o menos explícito a lo largo del metraje, no se equivoquen), pero cuando uno juega con un texto ajeno previo corre el peligro de caer en ciertos ‘implícitos’, lo que no supondrá un problema para quienes lo conozcan, pero sí para todos aquellos que no. Y a lo largo de El guardián invisible película hay alguno que provoca que ciertas notas no suenen todo lo afinadas que deberían; es decir, va en detrimento de la película como obra independiente —la presencia del agente Dupree, por ejemplo—. Pero no se preocupen, ninguno entorpece gravemente su devenir, que a buen seguro hará las delicias de los fans de la saga y entretendrá a quienes no la hayan leído.

Una película visualmente poderosa, bien rodada e interpretada, que se aleja del camino marcado por las últimas producciones negras patrias de corte verité y que logra trasladar a la pantalla uno de los elementos más característicos de la novela: su atmósfera.

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