29. Las pequeñas virtudes, Natalia Ginzburg

Hablando de perros, quiero recordar aquí a uno con el que mantuve durante un rato una relación especial. Ese día había ido con unos amigos a comprar a un pueblo cercano y, mientras ellos esperaban su turno en la tienda, me quedé fuera haciendo tiempo. Al cabo de unos minutos, me llamó la atención un collie que daba pequeños saltos a unos metros de los coches. Al principio pensé que lo hacía para entrar en calor, pero luego vi cómo empujaba una pelota con la cabeza  y cómo corría a continuación hacia ella. Después de cada carrera se me quedaba mirando unos segundos. Entonces me di cuenta de que estaba pidiéndome que jugara con él. Sí, intentaba enseñarme la forma de hacerlo. Así que me acerqué, cogí el balón y lo lancé hacia arriba para que Lucas lo cabeceara en el aire.

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Lector: Esa anécdota se parece mucho a la que contaste a propósito del libro de Virginia Woolf.

Es otro ejemplo de esa actitud vigilante que deberíamos adoptar hacia lo que ocurre a nuestro alrededor. Hace años yo habría sido incapaz de reparar en algo así, de entretenerme con un animal doméstico como aquella mañana. Me habría alejado todo lo posible de él por miedo a que me mordiese, o me habría limitado a evitarle. En definitiva, no habría dejado ninguna opción a que la cosa sucediera.

Me gustan los relatos de Ginzburg porque cuentan episodios de su entorno en un lenguaje alejado de cualquier complicación. La autora italiana habla de personas como Pavese y de objetos como los zapatos de su familia. Habla de épocas como la fascista y de situaciones como el destierro. Habla de lugares como el Piamonte y de sucesos como el suicidio de un amigo. Se ocupa de muchos temas, pero no nos aburre, pues se detiene siempre en lo que más nos atrae de cada uno.

Ella se considera una escritora pequeña, así lo reconoce en uno de estos textos. Quizá esa literatura de pequeños afanes nos llegue más fácilmente que otras. Yo creo que su escritura es una búsqueda a la que nos invita, la persecución anhelante de esos momentos que después van a ser los que de verdad nos importan. A veces, a ella misma le cuesta encontrarlos, distinguirlos entre el montón informe de sueños y planes, pero luego retrocede y los rescata intactos para nosotros.

En Invierno en Abruzzo, después de contar sus meses de exilio en esa región y la muerte de su marido en una cárcel de Roma, escribe: Entonces yo tenía fe en un porvenir fácil y alegre, lleno de deseos insatisfechos, de experiencias y de comunes empeños. Pero aquella fue la mejor época de mi vida, y sólo ahora que ha huido para siempre, sólo ahora, lo sé.

Lector: ¿Crees que estamos destinados a identificar la felicidad a posteriori como a un cadáver familiar?

Lo acertado sería librarse de la ansiedad que genera la dinámica planificadora, el mecanismo de los buenos propósitos. Aunque detrás de ellos hay una mente metódica y ordenada, es decir, la idea de un temperamento positivo, esa manera de vivir lleva consigo una trampa en la que acabamos cayendo a menudo. Y si en el capítulo dedicado a Solzhenitsyn veíamos cómo la esperanza nos hace más débiles porque nos persuade de que bajemos los brazos a cambio de una vaga promesa de salvación, los deseos son otra forma de traicionarnos a nosotros mismos.

Puede que el secreto esté en saber dónde plantarse, con qué porción hay que conformarse, a partir de cuándo el hecho de seguir deseando empieza a perjudicarnos. Sería bueno aprender que los días en los que no nos ocurre nada extraordinario no son la antesala de un tiempo especial, no están al servicio de él. Esos días no existen para sacrificarse por otros, no tienen un rango inferior a ellos. Esos días tienen una identidad propia, nacen a la vida o ingresan en la nuestra con la misma dignidad que los demás. Cuando Natalia Ginzburg compraba naranjas para sus hijos en la tienda de Giró y paseaba con su primer marido por aquella aldea de los Abruzzo, no se preparaba para ningún futuro feliz en Roma o en Turín, estaba simplemente viviendo.

 

 

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Una respuesta a 29. Las pequeñas virtudes, Natalia Ginzburg

  1. Miguelángel dijo:

    Excelente conclusión: “No debemos prepararnos para la felicidad, simplemente debemos ‘vivir'”.
    🙂

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