27. Diario de otoño, Salvador Pániker

Este libro nos permite llegar a conclusiones interesantes sobre nuestro paso por el mundo. La ventaja de haber leído todas las entregas de esta serie de dietarios personales, desde Primer testamento hasta Diario de otoño, es que uno acaba conociendo en profundidad al autor. Para mí, lo mejor ha sido comprobar cómo Pániker ha ido convirtiéndose con el tiempo en alguien más humano. A diferencia de Pozzo di Borgo, el dolor, en este caso por la enfermedad y la muerte de una hija, sí ha llevado al filósofo catalán a escribir palabras emocionantes.

Lector: ¿Crees que se da aquí lo que decías a propósito de Effie Briest, que agradecemos las muestras de debilidad del otro?

Pero ahora en la dinámica escritor-lector. Toda esa arrogancia y seguridad en sí mismo que hay en los cuadernos de Pániker, su necesidad permanente de ser admirado como un tipo brillante e irresistible, dejan paso, al final de este libro, a la conciencia de su pequeñez frente a los reveses brutales de la vida. Y es entonces, sabiéndose por fin una criatura tan vulnerable como los demás y reconociéndolo ante sus lectores, cuando Salvador se los gana conmoviéndoles al mismo tiempo.

Lo curioso es que esa evolución personal determinada por las circunstancias coincide con una serie de certezas que el autor ha ido descubriendo a lo largo de los años. Así, su convicción de que hasta cierta edad nos dedicamos a construir el ego, a levantarlo con ambas manos para defendernos del vecino, y que más tarde debemos desmontarlo poco a poco, encaja naturalmente en la transformación experimentada a raíz de la muerte de su hija. En las páginas de Diario de otoño, antes del drama de Mónica, Pániker escribe cosas como ésta: Y he llegado a la conclusión de que un poco de ego tampoco es cosa tan perniciosa. Un poco de ego es como la sal, y ameniza las veladas. En los últimos capítulos, en cambio, ya afectado para siempre por la tragedia, nos sorprende con frases que nunca habíamos leído en él: Quién soy yo para herir a nadie.

Y aquí viene algo que tiene que ver conmigo y con todos nosotros, con esa forma de aprendizaje que sólo pueden proporcionarnos los libros. Hace meses empecé el de Pániker con muchas ganas, pero tuve que interrumpir la lectura por razones que no vienen al caso. Aunque apenas había leído sesenta páginas, inserté una entrada en mi diario personal relacionada con ellas. Escribí que si el hambre es un indicio de recuperación tras la enfermedad, el ego es síntoma de salud anímica. Escribí que mientras nuestro ego se mantenga activo y potente, insolente y obstinado, gozaremos de una salud de hierro. Escribí que a menudo, cabalgándolo como una montura rebelde, avasallamos un poco a los demás, entramos en las habitaciones sin llamar y ocupamos casi todo el espacio, pero que incluso entonces estará ocurriendo algo positivo…

Lector: …y luego retomaste Diario de otoño, y lo leíste hasta el final, y te diste cuenta de que Pániker ya había llegado al momento del desmontaje de sí mismo, ¿no es así?

Tuve la impresión de haberme precipitado, de haber extraído del libro la enseñanza equivocada. Es verdad que el mío era un texto privado, que respondía a la forma de ser del primer Pániker, y que yo podía añadir después otras reflexiones que lo matizaran. Sin embargo, al cerrar su libro, al dejar atrás lo que había en él, recordé lo que había escrito en mis apuntes  y me pregunté qué cosas sucederían en mi vida capaces de derribar de un soplo todo ese armatoste ridículo.

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