26. Intocable, Philippe Pozzo di Borgo

Es extraño el criterio que lleva a nuestros familiares y amigos a escoger un libro para nosotros. Quizá porque los escritores casi siempre estamos hablando de literatura, de lo que amamos y odiamos dentro de ella, creemos que a quien quiera tener un detalle  le resultará muy fácil acertar. Entonces llega el día, y abrimos el paquete envuelto, y ocurre que nos encontramos con algo inesperado.

Lector: Supongo que no incluirías éste aquí si no te gustase nada.

A menudo acabo alegrándome de lo ocurrido, pues de ese modo accedo a libros a los que nunca llegaría si no fuese por la circunstancia del regalo. Es el caso de Intocable. En este testimonio narrativo de la experiencia de un tetrapléjico, lo mejor es la reivindicación que el autor hace de la vida, incluso en las condiciones más adversas. Su gran sorpresa, la que transmite al lector, es la constatación de cómo aquélla se esfuerza siempre por asomar aquí y allá, de que es escurridiza y juguetona al imponer sus destellos de placer en un contexto sin esperanza.

Pozzo di Borgo tuvo un accidente de parapente al final de su juventud y dejó de ser la persona que había sido hasta entonces. La historia que cuenta es sobre todo la de la relación que establece con su cuidador, la del encuentro entre dos individuos antagónicos que nunca habrían compartido el mismo espacio de no haberse interpuesto el azar con sus caprichos. He ahí uno de los hallazgos del libro. En él se hace evidente algo que va más allá de un simple consuelo, el hecho de que la invalidez descubre una dimensión distinta a quien la padece.

Si en el episodio dedicado a Delphine de Vigane veíamos cómo los discapacitados mentales disponen de poderes que los demás no tenemos, aquí aprendemos que los afectados por una parálisis física entran en contacto con fenómenos reservados sólo a ellos. Quizá por eso sea un error en su caso intentar llevar la misma vida que antes. Y es que no se trata de romper con acritud los lazos que les unen a lo de siempre, sino de aceptar con el mejor ánimo posible, como hace Philippe, que ha llegado el momento, pero también la oportunidad, de hacer otras cosas, en otros sitios, con otros compañeros y de otra manera.

Lo curioso es que él sabe guiarnos hacia una serie de situaciones patéticas y divertidas de ese nuevo mundo en el que ha ingresado, nos franquea el paso a un ámbito marcado sobre todo por el sufrimiento, pero no consigue conmovernos con sus reflexiones. En definitiva, Intocable es un ejemplo de que, si bien el dolor hace a una persona más sensible y más lúcida, no por ello la convierte en poeta.

Lector: Lo que has escrito más arriba sobre aceptar con ánimo la invalidez puede dar a entender que no crees en otro tipo de soluciones.

Mi amigo de la cafetería es el mismo que me regaló el libro que estamos comentando. Es posible que quisiera agradecerme el detalle que había tenido yo prestándole el de Singer. Lo cierto es que, en uno de nuestros encuentros, puso el paquete encima de la mesa y dijo que era para mí. Me quedé sorprendido porque no era mi cumpleaños ni tenía nada que celebrar. Antes de que le preguntara a qué venía ese gesto, él me contó que hacía un tiempo, en esa época en que habíamos perdido el contacto, a un familiar suyo le habían diagnosticado Alzheimer y se había suicidado poco después. Me dijo que desde entonces no había dejado de pensar en su tío y en la forma que había elegido de marcharse. Me dijo que él tenía su propia opinión sobre las personas en situaciones de incapacidad, pero que quería conocer la mía. Cuando unas semanas más tarde volvimos a vernos, yo ya había leído Intocable y le hablé de él como en este capítulo. Le dije que, si hubiese sido el autor, habría terminado el libro con la segunda escena del parapente, ésa en que el protagonista vuela con un acompañante cuando ya es tetrapléjico. Sí, habría añadido que, una vez en el aire, el otro corta las cuerdas del paracaídas y deja que Philippe se precipite al vacío sonriendo.

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