25. Las correcciones, Jonathan Franzen

Me gusta el protagonista de Las correcciones. Me resulta simpático ese muchacho de cuarenta años que sigue dando bandazos por la vida, incapaz de sentar cabeza, cometiendo errores una y otra vez. Aunque las cosas le van regular y podría proyectar su descontento en todas direcciones, mantiene una relación muy cariñosa con su hermana, y ése es el indicio más claro de que el autor aprecia al personaje. Denise es menor que Chip, pero siente hacia él un instinto de protección, de modo que le presta dinero, le defiende ante los otros, le perdona siempre.

Cuando trato de averiguar qué me atrae de Chip, llego a la conclusión de que no es una cuestión de edad. Me identifico con él porque comparto ese planteamiento vital, implícito en el personaje, según el cual acertamos al no convertirnos del todo en ciudadanos modélicos, siendo aún un poco desastres, regresando perplejos de los recados que nos encargan. Quizá sea un intento de no envejecer tan deprisa. Quizá cada vez que nos olvidamos la mitad de la ropa al volver de un viaje o que llegamos tarde a una celebración familiar estemos quitándonos años de encima. Para ello es preciso que aún haya algún pariente cercano ejerciendo cierta autoridad, preocupándose todavía por nosotros, y puede que sea eso lo que nos gusta de la situación.

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Hay una escena de la novela en que Chip observa a un padre con su hijo en el supermercado y se pregunta cómo será eso de ser necesitado en lugar de necesitar a otros todo el rato.

Lector: A pesar de lo que dices, sé que el libro de Franzen no te convenció, ¿es así?

Me pareció muy pesada la parte de Lituania, de los negocios que monta Chip con el lituano, y la excesiva importancia que se da al reencuentro familiar en Navidad. Creo que la historia habría sido menos aburrida si el autor hubiese dejado al protagonista en Nueva York. En muchos libros ocurre que se le embarca en un desplazamiento largo hacia algún sitio y se desaprovecha el potencial que tenía. En esos casos, el escritor no comprende a tiempo que esa figura sólo funciona en cierto contexto social o geográfico, que fuera de él pierde toda su dimensión literaria. Pienso que, cuanto menos se traslada el héroe, cuanto menos se aleja de su espacio natural, más nos interesa lo que se cuenta de él.

Y así como lo difícil en literatura es moverse en el límite, arriesgar todo lo posible en técnica y lenguaje parando justo antes de caer en el tópico, en relación con nuestro carácter deberíamos quedarnos en ese punto donde aún conservamos las dudas y la torpeza de la juventud, pero sin ser inútiles del todo. Porque, en el fondo, esos destellos intermitentes con los que reclamamos ayuda despiertan ternura en los demás.

Un día de verano, subiendo montañas con mi hermano Juan, me torcí el tobillo y ya no pude pisar con ese pie. Estábamos bastante lejos del final de etapa, del pueblo francés donde íbamos a pasar la noche. Quizá habría podido improvisar una muleta con una rama lo suficientemente ancha y fuerte como para soportar mi peso. Sin embargo, Juan insistió en llevarme. Pasé el brazo alrededor de su hombro y me apoyé en él para poder seguir. Anduvimos muchos kilómetros de esa forma y llegamos cuando ya había oscurecido. Hubo un momento, todavía por el camino, en que vimos las luces a lo lejos y sonreímos a la vez. Ahora sé que sentíamos lo mismo. Sí, pensamos que había sido nuestra mejor excursión y que nunca volveríamos a estar tan cerca como entonces.

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