24. Effie Briest, Theodor Fontane

Nada nos acerca  tanto a los  demás  como la revelación que les hacemos de nuestras insatisfacciones o nuestras penas. No debemos molestarles con nuestra felicidad, pues no es eso lo que les interesa de nosotros. Lo que esperan escuchar es otra cosa. Las condiciones que ponen para dedicarnos atención son que reconozcamos que no estamos contentos con nuestra vida y que les hablemos del asunto. Entonces su corazón se agita ilusionado.

Quizá por eso, hay gente que sólo vuelve a cruzarse en nuestro camino cuando algo se tuerce. Ya coincidimos con ellos en otros sitios, ya les conocíamos de antes, pero no reaparecen hasta que no nos ven sumidos en la pequeña humillación que llevan consigo ciertas adversidades.

Effi Briest: Roman de [Fontane, Theodor]

En Effie Briest, Roswitha se reencuentra con quien fue durante años su señora, y le dice: Para mí será bueno todo lo que pueda compartir con usted, especialmente lo triste.

Lector: ¿Crees que los demás se alegran de que nos vaya mal?

Es un sentimiento más complicado. No nos desean ninguna desgracia ni disfrutan cuando llega. Lo que les hace felices, lo que emociona su alma con un alborozo sereno, es la aceptación de una debilidad por nuestra parte y, sobre todo, que se la confesemos a ellos brindándoles a continuación la oportunidad de intervenir.

Pero el libro del escritor alemán toca también otros temas. Aunque se ha relacionado siempre con Madame Bovary, Anna Karenina y La Regenta por ocuparse del adulterio de la mujer en la sociedad europea del siglo XIX, Effie Briest lo desarrolla con matices diferentes. Aquí tiene un papel destacado la educación de los padres, la forma en que éstos disponían del destino de sus hijas, que eran juguetes en sus manos.

Lo curioso es que durante años me costó avanzar con la novela de Fontane. Cada vez que la cogía, acababa atascándome en las primeras páginas. Quizá fue después de ver la película de Fassbinder cuando retomé la lectura disfrutándola por fin. Puede que entonces, al leer los diálogos, viese a Hanna Schygulla más allá de ellos, su cara pálida y su voz sin dramatismo, y ya no quisiera soltar el libro hasta el final. Me gustó el tono frío de las conversaciones y me dejó perplejo la resignación general de los personajes al aceptar un desenlace que prevén casi desde el principio y que será doloroso para todos.

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Lector: Me interesa volver a la figura de Roswitha. ¿No crees que encarna muy bien esa mezcla de sentimientos contradictorios que conforma nuestra personalidad, lo complicado de la naturaleza humana?

Quiere a Effie, pero lo que ama sobre todo es que Effie la necesite. Y para que surja esa necesidad emocional en el contexto de dama-doncella, hace falta una caída en desgracia por parte de la primera, un repudio familiar y social lo suficientemente grave como para que su antigua niñera sea lo único a lo que puede recurrir. De modo que, cuando se produce aquél, Roswitha florece de alegría, pues su vida recobra todo el sentido.

La relación entre las dos mujeres no es como la que une a madre e hija en La pianista, de Elfriede Jelinek, se trata de un vínculo distinto. En Effie Briest, el hecho de que no haya parentesco entre ésta y Roswitha, la circunstancia de que la antigua criada no pueda alegar ningún derecho ni ejercer ninguna autoridad sobre la joven, aporta un matiz nuevo en esa situación de dependencia mutua en que se encuentran.

Es cierto que, mientras seguía a mi profesor por las calles de Barcelona, yo estaba ansioso por saber adónde iba y qué libro llevaba y, sin embargo, me intrigaba mucho más enterarme de lo que había pasado con él. A medida que cruzaba semáforos detrás del señor Beltrán, fui recuperando detalles de lo ocurrido. Recordé los rumores en el colegio y el día en que le vi solo en el comedor. Aunque fui acumulando información útil sobre aquel episodio, me faltaba lo esencial, el motivo por el que le habían echado.

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