23. Los crisantemos, John Steinbeck

A menudo, la aparición breve y repentina de alguien nos lleva a expresar en voz alta un deseo, una obsesión o cualquier malestar. De pronto, llega a casa un desconocido y, al hablar con él, nos vemos a nosotros mismos de una manera nueva. Sin que nos pregunte nada, acabamos revelándole qué nos falta o dónde nos duele. Y antes de que se marche, querríamos que nos dijese qué nos sucede en realidad.

Los Crisantemos (Ilustrados) de [Steinbeck, John]

En este relato del escritor norteamericano, la visita del afilador ambulante despierta en Elisa sentimientos que ella creía casi apagados. Por el diálogo que mantiene al principio con su marido, intuimos que algo falla en la vida aparentemente feliz de esa mujer. Un recurso burdo para que sepamos lo que ocurre habría sido la explicación directa del autor. Sin embargo, el talento de Steinbeck le lleva a crear la figura del chamarilero, ese hombre que recorre California en su carreta reparando cubiertos torcidos y ollas melladas. A través de él, de la conversación llena de gestos y sugerencias que entabla con Elisa, de las escenas que vienen más tarde, nos enteramos de todo sin necesidad de aclaraciones.

Hay momentos en este relato que son un modelo de contención, un ejemplo de cómo puede abordarse lo sensual de un modo sutil y excitante a la vez. Elisa hundiendo ambas manos en la tierra blanda y húmeda de la maceta, palpando los bulbos sumergidos en ella. Elisa agachada a los pies del vendedor, rozando sus pantalones sucios, gastados por el polvo del camino. Elisa desnudándose a solas delante del espejo, observando su cuerpo todavía estremecido por la visita.

Lector: Así que ese personaje es  como un elemento  peculiar que desencadena la historia.

Incorpora una perspectiva diferente para que el lector conozca a Elisa y averigüe lo que necesita. Le da a ella la oportunidad de hacer una exploración implícita de sus propios deseos, de revisar la vida que está llevando, de preguntarse si es la que esperaba. A lo largo de unas pocas horas, la protagonista sufre una especie de sacudida, un temblor que su corazón ansiaba después de haber pasado mucho tiempo sumido en la indolencia. Y dado que ese momento debe ser efímero, el autor acierta al contarnos cómo, al final del relato, Elisa ve los crisantemos tirados en la carretera. Comprende que el afilador no los quería para nada a pesar de haberse interesado vivamente por ellos. Sí, con esa escena la granjera vuelve al principio, se termina de algún modo el hechizo.

Esa realidad a la que regresa es su vida cotidiana, el mundo de sus relaciones habituales, su existencia arreglada en el sentido que veíamos en el capítulo anterior. También nosotros tenemos una versión civilizada para empujar el día hacia adelante. Igual que Elisa, vivimos casi todo el rato dormidos bajo esa piel, mientras que nuestra vertiente salvaje, nuestros secretos, se los confiamos sólo a los extraños.

Esa vez en que encontré una nueva solicitud de amistad en Facebook, me puse a chatear con aquella mujer. Tras un par de comentarios banales, Valérie cambió de tono y me contó que se había divorciado unos meses antes. Me contó que se había marchado de casa dejando a dos hijos pequeños y que ahora los echaba mucho de menos. Aunque al principio me quedé un poco bloqueado, acabé contestándole lo que pensaba. Luego, durante casi una hora, continuamos escribiendo. Sabíamos que ésa iba a ser la última ocasión en que lo haríamos, así que nos contamos cosas que no le habíamos dicho nunca a nadie. Al final, justo antes de borrar su solicitud de la bandeja, yo le deseé buena suerte en la vida y ella me respondió con varios emoticonos que sonreían.

 

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