22. Una hermosa doncella, Joyce Carol Oates

Claro que nuestro cuerpo no se tropieza sólo con cosas, sino con otros mecanismos parecidos al suyo. Ahí empiezan los problemas. Porque los objetos pueden esquivarse, el hambre y el frío pueden evitarse sin grandes dificultades, pero de los encontronazos constantes entre nuestro artilugio y el resto no vamos a salir siempre bien parados.

Lector: Así que quieres retomar el tema de las relaciones con los demás.

Hacerlo desde el principio, desde el momento de la aproximación. Si en el último capítulo hemos visto cómo la noción de organismo en movimiento debe interesarnos en primer lugar, ahora se trata de seguir a la criatura, de observarla en su peregrinaje por el mundo. Una vez se ha hecho un sitio entre los trastos, entre los muebles de una sala o entre los coches de la calle, una vez ha logrado que no la hieran ni la atropellen, llega un instante en que debe compartir su espacio con otros. Aún no se ha producido el roce físico, mucho menos el metafórico, pero ya estamos muy cerca de ambos.

Y como es algo que nos ocurre a diario, que está sucediéndonos desde hace mucho, ya hemos adquirido cierta práctica, hemos sacado una serie de conclusiones. Conocemos los motivos por los que fracasa esa partición de espacio, sabemos qué falló otras veces en que coincidimos con otros en él, así que ya no estamos dispuestos a improvisar. No, ahora queremos que todo funcione.

Nuestro piso, nuestra habitación, son el camerino donde todos los días nos preparamos para salir a escena. Cada mañana intentamos convertirnos en individuos presentables, volvemos a hacer de nosotros un artificio nuevo. Es bueno que sea así. Y es que, si se nos ocurriese comparecer ante los demás tal como somos en casa, sin habernos arreglado antes, les asustaríamos cual monstruos de feria.

En Una hermosa doncella, la joven Katya visita por sorpresa a Marcus Kidder, el elegante y simpático caballero de pelo blanco que conoció en el paseo, y se encuentra con un anciano tembloroso y sin peluca.

Lector: Háblanos un poco del libro.

Trata la relación entre un hombre mayor y una chica joven. Muchas veces el asunto de una novela nos atrae lo suficiente como para gozar de su lectura aunque no reúna cualidades literarias extraordinarias. Pues bien. Con  la de Carol Oates sucede lo mismo. Uno siente curiosidad por saber hasta dónde llegará, qué intensidad alcanzará y cómo acabará la pasión de Marcus por Katya.

Hay tramas que interesan a cualquier lector, que no dejan indiferente a ninguno, pero son precisamente aquellas que más se han explorado y con las que más difícil resulta ser original. De todas formas, el amor y el sexo, su escenificación en un entorno determinado, su representación a través de personas concretas, van a obtener siempre nuestro favor. En definitiva, tanto el que lee como el que escribe querrían retirarse algún día con una historia de ese tipo, despedirse experimentando una apoteosis sentimental.

Cuando me da por pensar en  la alumna del hospital psiquiátrico, acabo inventándome cosas sobre ella. Imagino que la encerraron porque se volvió loca de amor y que intentó huir para encontrarse con su amante. Es verdad que empiezo de ese modo y, sin embargo, lo mismo que Carol Oates en Una hermosa doncella, hay un momento en que ya no me figuro lo que sucede, sino que simplemente lo sé.

 

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