21. Diario de invierno, Paul Auster

Propongo un nuevo quiebro en la conversación, un regreso a lo temático. Si unas páginas atrás hablábamos de asuntos como la identidad, de esa primera abstracción relacionada con nosotros, esta vez me interesa retroceder a un estadio previo, al hecho palpable de constituir un organismo. Y para eso, nada mejor que comentar el libro de Auster, pues en esta obra autobiográfica el autor traza una especie de retrospectiva de sí mismo como artilugio en movimiento, como ser vivo a lo largo de sesenta y cinco años.

Auster nos recuerda que, mucho antes de empezar a generar ideas, crear o modificar cosas, somos un cuerpo que se mueve, que camina, que tropieza con los objetos, que se cae, que se levanta, que va deteriorándose a la intemperie. Y el suyo es un aviso oportuno, porque la mayoría de los repasos escritos que suelen hacerse de la propia vida se queda en el espacio intangible de lo inventado, lo pensado, lo imaginado, en esa permanente figuración que construimos con la complicidad de los demás. De modo que, aunque no sea el primero en hacerlo, es bueno que un escritor vuelva a dar un golpe en la mesa, a poner orden, y nos remita a la única certeza con la que contamos.

Lector: ¿Qué crees que aporta la segunda persona del singular en todo ese contexto?

Por un lado, el autor gana cierta distancia respecto de sí mismo, un mínimo alejamiento que le da la oportunidad de observarse entre sus congéneres. Por otro, la segunda persona abre una esfera especialmente crítica, el punto de vista más eficaz a la hora de mostrarse implacable con los propios errores. Y es que, si lo pensamos bien, recurrimos al cuando queremos reprocharnos algo sin dar opción a las excusas.

Aparte de su faceta de análisis severo de lo vivido, Diario de invierno adopta en algunos fragmentos los rasgos de un informe. Así, Auster hace una enumeración exhaustiva de los sitios donde ha residido, de los pisos y casas concretas en los que ha habitado. A lo largo de varias páginas, nos presenta un registro de direcciones y domicilios, de apartamentos en distintas ciudades. Aunque en ese ejercicio hay un propósito de exactitud, lo importante no es la precisión de las informaciones, sino el intento humilde y voluntarioso que ya hemos visto al principio de este episodio, la necesidad del autor de seguir sus pasos por el mundo.

Y ahora me parece curioso el hecho de que Auster y Coetzee sean amigos, que mantengan una correspondencia desde hace años, porque con este libro Paul consigue algo que ya logró John en Juventud y en Verano, dos de sus volúmenes de memorias. Seguramente para el escritor norteamericano también se trataba de desmitificar la propia biografía, la de cualquier persona por muy famosa que sea. La cosa consistía en acercarse todo lo posible al momento, a la vulgaridad de cada momento, para recordarse y recordarnos lo poco que somos.

Lector: Sospecho que quieres terminar este capítulo con una historia de animales.

Los días en que leía Diario de invierno apareció una noticia que llamó la atención a mucha gente. En el zoológico de Copenhague se había sacrificado a una jirafa muy joven para evitar la endogamia entre los ejemplares que vivían allí. Marius tenía poco más de un año, pero eso no impidió que la mataran y que a continuación diesen sus restos a los leones en presencia de los visitantes del zoo. Hubo una sensación de estupor en la red. De pronto, nadie entendía nada. Los lectores suponían que había algún motivo detrás de ese hecho y, sin embargo, seguía pareciéndoles horrible que en la Europa más civilizada se decidiera eliminar a una pequeña jirafa, que no hubiese salvación para ella.

Sí, el libro de Auster nos recuerda que somos de carne y hueso como Marius, un circuito de sangre bombeada desde un órgano motor hacia miembros articulados que reaccionan. Nos devuelve a lo más elemental de nosotros y, de ese modo, es también un canto a la inmensidad de la vida.

 

 

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