20. El sobrino de Wittgenstein, Thomas Bernhard

Hay formas de narrar que estropean el relato en un intento brutal por imponerse a él. Con el pretexto de ser líricos o emplear frases ingeniosas, esos estilos se pierden en un laberinto de piruetas y manierismos que no sólo no conmueven al lector, sino que le impiden entrar en el argumento.

Pero una cosa es el virtuosismo y otra la renuncia a estructuras gramaticales que complican la narración y nos obligan a decir más de lo necesario. Siguiendo esa pauta, creo que deberíamos hacer literatura sin emplear el subjuntivo. A él recurrimos sobre todo para formular hipótesis o comparaciones, expresiones con las que pretendemos impresionar al lector y con las que, sin embargo, le aburrimos sin llegar a emocionarle. Sí, las formas verbales del pretérito, el presente y el futuro de indicativo deberían bastarnos para contar una historia. Tiene que ser suficiente con escribir que ella vivía o que él se fue o que ella me necesita o que yo te querré siempre.

Lector: ¿Por qué has escogido el libro de Bernhard? ¿Por qué relacionas todo eso con él?

Lo considero un caso contrario a los que he descrito arriba, es decir, un ejemplo de cómo la forma, en manos de un autor brillante, es capaz de tirar del argumento, de moldearlo acertadamente. Bernhard escribe con oraciones largas y repeticiones que crean una especie de letanía musical. Va construyendo su discurso  a base de un encadenamiento donde el principio de cada frase es casi siempre el final de la anterior.

Lo que en otro escritor fracasaría por tedioso, esto es, la subordinación constante, la ramificación hasta el infinito, sirve al autor austriaco para ir introduciendo las cosas poco a poco y para transmitirnos el impacto triste que dejan cuando ocurren. Una vez logrado ese tono, nos habla de Paul Wittgenstein, de su relación con él, del tiempo que ambos compartieron en una clínica de Viena, y de cómo a menudo las personas con exceso de talento se pierden en una especie de caos mental que acaba situándolas al margen de la vida.

Al volver a leer este libro hace unos meses, me di cuenta de que Sebald había heredado de Bernhard ese rodillo unido por conjunciones o antecedentes de relativo, esa sucesión eterna de oraciones causales, temporales y concesivas. Es verdad que ambos narradores se diferencian en los temas y que, mientras Thomas resulta sarcástico y amargo, W.G. es sobre todo melancólico, pero hay mucho en común en su estilo.

Recuerdo que, en uno de los encuentros con mi amigo, me propuse de antemano hacer un experimento lingüístico, conversar con él sin utilizar el subjuntivo. Quizá a esas alturas ya había probado a hablarles en verso a mis vecinos y estaba inmerso en esa nueva fase de aprendizaje. El caso es que volvimos a vernos en el mismo local donde le había recomendado a Singer, y que la comunicación entre nosotros fluyó mejor que nunca.

Lector: ¿Qué conclusiones sacaste? 

Ese día hablé mucho más despacio que de costumbre, y eso ya fue una buena señal. Además, como debía medir muy bien mi discurso para que fuese sólo en indicativo, estuve más callado que otras veces, dejé que él llevase la iniciativa. En los momentos en que no tenía más remedio que responder o añadir algo, lo hice sin expresar opiniones, ni recurrir a conjeturas, ni ponerme en el lugar de otros. Me limité a contarle lo que había hecho, lo que estaba leyendo o lo que pensaba escribir en el futuro. Sabía que, si me metía en el terreno de las convicciones o en el de los sentimientos, acabaría pisando en el sitio equivocado, usando esas flexiones verbales que trataba precisamente de evitar.

No sé si notó algo extraño aquella tarde en la cafetería. Es posible que le llamara la atención la ausencia de ciertas sentencias por mi parte, la vehemencia con que en otras ocasiones había criticado cosas o me había sumido en un océano de dudas delante de él. Yo creo que le gustó mi nueva forma de abordar el diálogo, pero que no llegó a adivinar en qué consistía. Desde entonces estoy convencido de que nos conviene una gramática más rudimentaria, más simple en la estructura, una lengua que, aquejada de cierta torpeza, ponga coto a nuestra incontinencia, nos impida una y otra vez decir todo lo que queremos.

 

 

 

 

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