Linterna mágica, Ingmar Bergman

He venido a la isla de Färo a entrevistar a Ingmar Bergman. Aquí residió los últimos años de su vida y aquí ha querido recibirme ahora que está muerto. Supongo que este lugar debe de ser inhóspito en invierno, pero hoy, a mitad de julio, resplandece como un puerto del Mediterráneo. En todo caso, es un sitio idóneo para comentar sus Memorias.

Es curioso. A menudo estos libros son una excusa del autor para hablar de otras personas. Un rodeo para escribir sobre ellas. El narrador los disfraza de autobiografía cuando lo que pretende en el fondo es llegar a conocer a través de sus páginas a alguien distinto. A alguien en concreto. A veces, cuando pienso en Linterna mágica, me pregunto si en realidad no es un camino alternativo para abordar el personaje de mi madre.

 Sí, hay cierta fijación en su figura. El libro empieza con la obsesión del niño por obtener el amor de su madre y termina con un fragmento del diario de ésta.

 A eso me refiero. Y, sin embargo, no sabría decir si es algo premeditado. Más bien creo que ese propósito surge después. En un momento en que el libro ya está en marcha. También sucede con las novelas. Ocurre que el argumento parece encaminarse a cierto destino y, de repente, se desvía hacia otra parte. En contra de lo previsto por el autor. A pesar de sus planes iniciales. Hay un punto en el cual se produce una especie de revelación. La certeza de que el interés ya no reside en quien creíamos el protagonista, sino en alguien diferente. Y en el caso de unas memorias es igualmente válido. De pronto, el autor pierde entusiasmo hacia sí mismo o descubre que las señales le indican otra cosa, le llevan hacia otra persona. Comprende a tiempo que es de ésta de quien quería escribir.

Me gusta su forma de desmitificarse, de criticarse, de quitarse importancia. A lo largo del libro, hay un tono donde usted mezcla la amargura con el desparpajo. ¿Lo buscó desde el principio?

No busqué nada en particular. Sin embargo, no me importa que haya salido de esa manera. Quizá tenga que ver con mi carácter. Puede que sea la manifestación escrita de éste. El modo que adopta mi temperamento cuando se expresa en un lenguaje distinto del hablado. Sea como fuere, habría sido absurdo incurrir en la autocomplacencia o en la autocompasión. Cualquiera que se ponga a redactar sus memorias debe intentar ir más allá. Quiero decir, más allá de lo conseguido y de lo estropeado. De logros y fracasos. Debe aprovechar la ocasión para conocerse a sí mismo un poco mejor. En el momento en que yo emprendí la tarea, me encontré con una especie de caos delante de mí. Era como un niño con una habitación llena de juguetes desperdigados por el suelo. Allí había matrimonios, divorcios, hijos, amantes, libros, películas, obras de teatro, viajes y lugares concretos donde yo había vivido alguna vez. Así que había que poner un poco de orden en todo eso. No un orden cronológico ni documental. Más bien se trataba de someter esa inmensidad a una estructura lógica capaz de explicar quién era yo.

Creo que hay también un fondo de estupor. No la intención de eludir la responsabilidad escudándose en el destino, sino el asombro del ser humano ante la complejidad de la vida.

Y a ese descubrimiento se suma una segunda decepción. El narrador constata cómo el arte tampoco es la salvación que esperaba. No es tan voluble como la vida, pero las insidias que lo rodean, todas esas pugnas y afanes miserables, terminan inhabilitándolo como refugio. En mi caso, pocas veces hubo estrenos sin peleas con los actores, películas sin discusiones sobre el presupuesto, rodajes sin presiones de alguien. Quizá por eso, al final decidí retirarme en esta isla.

En Färo el cielo se ha nublado y ha empezado a soplar un viento desagradable. Antes de despedirme del Sr. Bergman, quiero comentar con él un último pasaje de su libro. Ése en que usted recuerda una excursión por el bosque…

 … y cómo me caí de la bicicleta, y mi padre me levantó del suelo, me llevó a una granja cercana a que me curasen, y cómo más tarde volvimos juntos y felices a casa.

http://retratosycaricaturasdemiguelcoll.blogspot.com.es/2017/03/ingmar-bergman.html

           

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Manual para mujeres de la limpieza, Lucia Berlin

Estoy sentado con Lucia Berlin en una parada de autobús en Oakland, California. Es una mañana lluviosa, uno de esos días tristes que tanto le desagradaban cuando vivía. He quedado con ella para hablar de sus relatos y para decirle que Penguin Random House ha editado un volumen que incluye la mayoría de ellos. Ojalá eso la anime un poco.

Manual para mujeres de la limpieza de [Berlin, Lucia]

Vaya. Me alegro de verdad. Espero no aburrir a los lectores con tantas lavanderías. Ahora que están todos los cuentos juntos, quiero decir. Pero también aparecen en los de Carver. Son cosas inevitables en este género. Me refiero a que en él, en los textos de los autores que lo cultivan, hay lugares recurrentes. Las licorerías, los hospitales, los centros de terapia de grupo. Y no creo que sea sólo porque todos hayamos pasado a menudo por ellos. Creo que ahí dentro surge una especie de sordidez, una atmósfera deprimente que necesitamos describir.

Ese es uno de los temas que quería tratar. Supongo que es el cruce de lo sórdido con lo bello lo que usted buscaba.

Más bien los destellos de esperanza que brillan de vez en cuando en esos sitios. O de amor. Pequeñas historias que no necesitaba desarrollar en doscientas páginas, que encajaban mucho mejor en un formato de diez. La breve relación de una madre de clase media y un indio alcoholizado. De un ama de casa y un vendedor a domicilio. De una mujer de la limpieza y los dueños de los lugares adonde va a trabajar. Escenas que se dan en la vida anodina de las personas y en las cuales salta una chispa de ternura que salva el momento para siempre.

Pienso que ése es el terreno natural del relato. Que para retratar la sociedad norteamericana de la segunda mitad del siglo XX ya no sirve la novela, ya no bastan las novelas. Entonces también las hubo de calidad, las habrá en el futuro, y, sin embargo, a partir de esa época han sido los cuentos los que han conseguido recoger lo valioso. La literatura ha tenido que emplear esa modalidad de prosa para hacerse entender. Para contar las cosas que nos importan. Para hacerlo del único modo posible. Una manera nueva de conmover al lector.

En muchas de sus historias se nota el peso de lo autobiográfico. Se aprecia incluso una deriva en esa dirección con el paso de los años, la tendencia a dar prioridad a lo vivido.   

Es posible que me dejase seducir un poco por eso. Por lo que me ocurría a mí y a mi familia. Por lo que iba sucediendo a mi alrededor. Es algo que he observado también en otros autores. Lo he visto en Alice Munro. Claro que ella, en ese libro tan bello que es Mi vida querida, regresa sobre todo a la infancia. Yo, en cambio, cuento los últimos días de mi hermana Sally, el tiempo que estuve cuidándola en México hasta que murió. Pero no sabría decir si es sólo una presión de lo real, una imposición de lo cotidiano. Hay un momento en la edad de un escritor, en su trayectoria profesional, en que la ficción pura empieza a perder capacidad de persuasión. Potencial sugerente sobre él o sobre ella. Ya no se cree lo que inventa y al mismo tiempo descubre las posibilidades emocionantes de lo verídico.

Sea como fuere, en esos otros relatos no eran los hechos lo que me interesaba. La aproximación a mi vida o a la de mi hermana sólo era un pretexto para lograr una descripción poética o una reflexión brillante a partir de aquélla. Quizá un día ya no fui capaz de contar una historia triste sin remitirme a la mía, o ya no necesité imaginarla. Pero en todo caso buscaba algo que quedaba más allá de lo acontecido. El parloteo de los cuervos en el porche o la luz de una tarde diferente.

¿Qué tipo de cuentos intentaría ahora? Si no hubiese muerto, si todavía viviera.

Volvería al escenario de algunos de ellos. A la consulta de aquel médico para el que trabajé en Oakland o a cualquiera de los pisos donde limpiaba. Sí, regresaría a la lavandería Ángel de Albuquerque y usaría la magia de la literatura para saber qué fue de Tony el apache, escribiría un final feliz para él.

 

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Mi vida, Oskar Kokoschka

Estoy con el Sr. Kokoschka en su casa de Villeneuve, a orillas del lago Leman. Es una tarde de finales de junio. Hace unas semanas le pedí una cita para hablar de su libro de memorias y él aceptó con la condición de que la entrevista fuese breve y se celebrase aquí, en el lugar donde vivió sus últimos años. Ha llegado por fin el momento.

Tuve que dictar la mayor parte del texto. Al principio no me importó sentarme unas horas cada día delante de la máquina, pero más tarde empezó a fallarme la vista incluso con gafas y preferí recurrir a los servicios de una secretaria. Sea como fuere, estoy satisfecho del resultado. Creo que dije todo lo que quería decir.

Muchos pintores han escrito sobre sus vidas en forma de autobiografía. ¿Qué era lo relevante para usted?

No me interesaban las anécdotas. Ni siquiera los hechos por sí mismos. Quería hablar de arte. Quería recordar a los lectores la importancia de mirar. Ya lo había intentado en otras épocas, en mis talleres sobre la mirada, pero ahora necesitaba insistir otra vez. Por eso, las páginas que más me gustan son aquellas donde expongo mis conclusiones, las enseñanzas que extraje del oficio de pintor. La forma de ver las cosas, los límites de la abstracción, lo esencial de cualquier retrato.

Hay cierta dispersión en el libro. Al principio, el lector espera una narración cronológica, ordenada, y se encuentra con saltos en su desarrollo que le despistan un poco.

No soy novelista. Y en todo caso, las novelas modernas se caracterizan precisamente por la fragmentariedad, por el desorden, por la confusión de espacio y tiempo. En ese sentido, no creo que mi relato traicione ninguna pauta literaria. Puede que también haya habido cierta impaciencia por mi parte. Me refiero a que yo estaba ansioso por dejar atrás los acontecimientos y llegar enseguida a lo otro. A lo artístico. A lo estético. A lo que queda más allá de lo biográfico.

Sí, usted pasa muy deprisa por episodios como su relación sentimental con Alma Mahler o su colaboración con otros pintores como Gustav Klimt.

Quizá porque, aunque hubiesen transcurrido muchos años, todavía me afectaba recordar ciertas cosas. O porque, no siendo narrador, me costaba escribir sobre ellas. Seguramente generaban en mí cierta incapacidad comunicativa. En el caso de Alma, creo que sería más acertado dejar el asunto, el amor que sentí hacia esa mujer, en manos de un autor de ficción. De ese modo se entendería mucho mejor.

Antes ha mencionado los retratos. Sin duda, su mayor aportación a la pintura. Me gusta cómo explica su gestación en el libro, el esfuerzo que había detrás de cada uno de esos trabajos.

Y es que para mí eran además una manera de conocer a los seres humanos. Cada encargo suponía una nueva ocasión. Yo les decía cuál era mi método, lo que necesitaba para poder pintarles. Les decía que tenía que observarles durante un tiempo, verles inmersos en su rutina, en su actividad de todos los días. Entonces ellos, ilusionados por la futura obra, me abrían las puertas de su casa. Así ocurrió con Konrad Adenauer, con Karl Kraus, con madame Reuther y con muchos otros. Sucedió que me dieron todas las facilidades para acceder a su corazón y al final yo conseguí entrar en su alma.

Está anocheciendo en el lago. El Sr. Kokoschka se calla y mira hacia la orilla, hacia las olas que rompen en las piedras. Yo supongo que le interesa esa luz. La que aún llega desde el oeste. Antes de que se canse y decida poner fin a la conversación, le pregunto si se olvidó de algo en el libro. Si habría querido incluir algún capítulo más en él.

En una autobiografía nunca se cuenta todo. No se trata de eso. No lo desea el autor ni creo que lo espere el lector. Éste sabe que hay otras vivencias, otras personas, otras alegrías y tristezas más allá de las narradas. Sin embargo, cuando pienso en Mi vida, me doy cuenta de que debí añadir una cosa. O quizá describirla mejor. Sí, la expresión de los soldados rusos muriendo en los bosques durante la guerra.

 

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