El mes de la cinta

Y de las rebajas claro. Pero, para mí, sobre todo es el mes de la dichosa cinta de correr, amada por unos y odiada por otros. Yo no estoy ni en un extremo ni en el otro. Digamos que es un mal necesario, como para los ciclistas el rodillo.

FOTO ENRIQUE MORANCHO

FOTO ENRIQUE MORANCHO

Soy bastante remolón para correr en invierno al aire libre.
Si llueve ni me lo planteo. La lluvia en las carreras, lejos de molestarme, hace incluso que me venga arriba por el orgullo ese de vencer a la adversidad. Para entrenar, sin embargo, me echa bastante para atrás y si va acompañada de viento ya ni te cuento.

Cuando hace mucho frío, mal también. Por mucho frío me refiero a correr por debajo de 6-7 grados. Con esas temperaturas me quedo ‘congelao’ me ponga la ropa que me ponga, y no sólo eso: he tenido problemas con la garganta por correr con tanto frío. No respiro muy bien por la nariz, así que abuso de respirar por la boca. Ese aire, que no pasa y no se templa a través de la nariz, va directamente a la garganta, y han sido varias las veces que por correr un día con mucho frío me paso varios días con la garganta colorada.

Por tanto, sólo me quedan para correr en la calle los días sin lluvia, viento y sin excesivo frío, que en una ciudad como Pamplona y en enero, no son demasiados.

Sí, ya lo sé, hoy en día hacen prendas buenísimas que abrigan un montón y no pesan nada que te resguardan perfectamente del frío y la lluvia a la hora de correr, pero es que ya no tengo sitio en los cajones. En Pamplona no tenemos las 4 estaciones del año normales sino que tenemos una sola toda seguida, la primaveranotoñoinvierno, porque todo el año hace el tiempo que le da la gana, así que siempre tienes que tener a mano en los armarios ropa para cualquier temperatura, clima y condición.

Sí que tengo algo de ropa de invierno para correr, pero tampoco le doy mucho uso. Cada uno tiene sus manías (algún día hablaremos de ello), y en mi caso una de ellas es que me gusta correr con las mínimas cosas posibles encima.

Si por mí fuera me gustaría correr sólo con taparrabos como guaranís de la selva, o en pelota picada como esa rubia que corría por la playa en aquel mítico anuncio de desodorante de los años 80 que a los chicos de mi generación nos hizo saltar en 30 segundos de la infancia a la adolescencia.

Pero entiendo que no es plan, y que en nuestra civilización tenemos que ir medianamente tapados. Pero para correr, lo justo. Aparte, obviamente, de las zapatillas, todo lo que vaya más allá de una pantaloneta, camiseta de manga corta y gorra (sí, otra de mis manías), me resulta incordioso para correr.

Así que la mejor solución es echar mano del gimnasio y la cinta de correr. Como solución transitoria vale, pero tiene sus pegas.

La primera nada más llegar. Abres la puerta, y el gimnasio esta petao. En estas fechas se juntan en esos pocos metros cuadrados los cachitas habituales del gimnasio, los que como yo vamos mas irregularmente, y los usuarios “propósito de año nuevo”, que después de los excesos de Navidad se proponen empezar a hacer deporte.

Estos últimos no duran mucho, sólo este mes, pero coincide que es precisamente el mes que necesitas hacer uso de las cintas. Es hora punta, y ni una libre, así que toca darle a las pesas hasta que se descongestione un poco el garito. Algún día hablaremos de las propias leyes no escritas que rigen a los usuarios de las maquinas de pesas y el “lenguaje no verbal” que tienes que dominar para utilizarlas sin que te pongan malas caras, que también tiene tela.

Después de un buen rato ya tienes una cinta disponible. La miras a los ojos y le dices: “venga va, vamos a prometernos llevarnos bien”.
Te subes, pones velocidad de crucero y tira millas.

Miras al frente, pero esta la pared y al poco te sientes como un niño castigado. Bajas la mirada al panel de la máquina con sus lucecitas, pero el tiempo no avanza. Echas mano del móvil y los cascos, reproductor multimedia y lista de reproducción modo “random”. Si conectas con la música bien, subes un puntito la velocidad y entonces ya ruedas a gusto.

Empieza a sonar alguna canción en plan tranquilo y te relajas….y al poco se te va el nervio. Entonces empiezas a juguetear con la cinta. Le das al botonico de la flecha parriba y pones a la cinta en cuesta, luego hacia abajo y después llano otra vez.

Llega una canción más animada y subes la velocidad para hacer una serie de un par de minutos a más rápido. Vas bien, subes otro punto la velocidad y además la vuelves a inclinar hacia arriba porque está sonando esa canción que te pone las pilas y te saca lo mejor de ti… y cuando estás en el clímax… pipipi… pipipi… Alguien te llama por teléfono, se te ha olvidado quitar el sonido y además insiste.

Bajas la velocidad hasta poder ir al paso, vas a coger el teléfono y entonces se calla. Era una llamada de un número desconocido de estos que te llaman para venderte algo. Te acuerdas de su familia.
Vuelves a arrancar la cinta, pero ya no es lo mismo. No coges ritmo, en el teléfono vas saltando canciones pero ninguna te motiva, miras a la televisión pero esta puesta la Eurosport y están echando el campeonato de la baja Baviera de Snooker y no te sabes ni las reglas. Miras al cronómetro y…¡buff, si llevo solo 20 minutos! ¡Que le den!

Te bajas de la cinta, trago de agua y a estirar. Y mientras estiras piensas: “Mañana aunque caigan chuzos de punta, a correr a la calle”. ¡Lo malo es que para el día siguiente ya se te ha pasao!

En fin, llevo así todo el mes de enero y no hay forma de correr más de 25 minutos en la cinta, así que me parece que a partir de esta semana, me pongo la ropa que haga falta y a correr por la calle… A no ser que la chica del anuncio del desodorante se haga socia del gimnasio, que entonces igual hasta le cojo gusto a la cinta oye…

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a El mes de la cinta

  1. Rubén dijo:

    Muy bueno Cano… Veo que el frio no afecta a tu gracia escribiendo.
    !!!Y que dure!!!. Yo también soy de los que no puedo con la cinta, sólo he probado dos veces, el mareo que me da, la eternidad de los minutos encerrado, las caras amenazantes de los que están esperando su turno y el olor a sudor del ambiente del gimnasio me superaron y, al contrario que tú, he conseguido no volver. Un abrazo. Y recuerda… las cintas… ¡¡pal pelo!!!.

  2. Cano dijo:

    Y el agua para las ranas!!
    Gracias Rubén!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *