JOSÉ MARI BELCOS


Cuentas pendientes

Discos, canciones, grupos, estrenos de cine y deudas pendientes con la gran pantalla, DVD's, conciertos en directo...


Martes, 11/03/2008

¿Soy uno de ellos?

Hay una escena en “No direction home”, el documental que Martin Scorsese realizó sobre los primeros años de la carrera de Bob Dylan, en la que no dejo de pensar desde el pasado viernes.

Los conciertos de la gira de 1965, en la que el bardo de Minnesota se convirtió a la electricidad tras haber sido durante varios años -siempre según sus apóstoles- el mesías del folk más académico, terminaban casi invariablemente con sonoros abucheos. Éstos eran consecuencia de la decepción que sentía la mayor parte del público al encontrarse a un Dylan que, tras una primera parte en la que satisfacía los anhelos de sus seguidores más puristas con la única compañía de una guitarra acústica y una armónica, mutaba en la segunda mitad del recital para convertirse en el cantante de una banda de rock atronadora compuesta por los futuros miembros de The Band.

La escena del documental a la que me refiero se produce justo a la salida de uno de esos conciertos, cuando la cámara recoge las opiniones de los asistentes y casi todas convienen con cierta solemnidad en que Dylan se ha vendido al lado más popular de la industria musical, mancillando la virginidad del folk que le había llevado hasta la cumbre.

El paso de los años no ha servido sino para dejar en evidencia a esa pobre gente, que viéndose retratada ahora, con la distancia, no podrán sino comprobar con cierto azoramiento el error tan grande en el que se hallaban, ya que Dylan, lejos de traicionar a un tipo de música al que realmente nunca se adscribió motu proprio, lo que estaba haciendo era llevar a toda la música popular en su conjunto un paso más allá.

Decía que pensaba en esta secuencia desde el viernes, porque es entonces cuando estuve viendo el concierto que Quique González y la Aristocracia del Barrio ofrecieron en la sala Tótem de Villava.

Yo fui, tiempo ha, un fundamentalista de Quique González aunque, afortunadamente, con los años he ido perdiendo el poco fundamento que me quedaba. Lo vi por primera vez en Artsaia, en una especie de festival solidario en el que tocaba justo antes que Koma, que eran a quienes realmente había ido a ver la gente. No lo conocía nadie y nadie le hizo apenas caso, así que cuando mis dos amigos y yo fuimos a saludarle al camerino después del recital nos soltó: “¡Ah! Vosotros erais los que cantabais las canciones…”

Aquella vez tocó sólo con una guitarra acústica. Después lo habré visto unas seis o siete veces y siempre me ha gustado más cuando toca él solo, pese a que ha sabido rodearse para sus giras de los mejores músicos del país. He disfrutado de cada canción suya en directo, en Villava, en Pamplona, incluso en Madrid y en Barcelona, pero nunca he llegado a gozar tanto como con aquella versión de “Pájaros mojados”, en la que él mismo parecía un gorrión empapado intentando mantener el tipo sobre el alambre, mientras la turbamulta reclamaba su carnaza eléctrica desde abajo.

No se puede exigir a los músicos que hagan un determinado tipo de canciones o que las interpreten de cierta forma sólo porque a uno le gusten más. Únicamente se puede esperar cuál será el siguiente paso de esos equilibristas que siempre están debatiéndose entre seguir caminando sobre la cuerda o dejarse caer sobre la segura red de la aceptación popular.

A mí no me gusta el rumbo que ha tomado la música de Quique González (el suyo sólo le incumbe a él), en cada concierto sigo esperando que surja de nuevo la magia que vi brotar una vez de las cuerdas de la misma guitarra que antes empuñaran el propio Dylan y los Beatles, quienes tampoco se libraron de las críticas de sus seguidores primigenios cuando emigraron del Cavern de Liverpool al Royal Albert Hall de Londres.

Siento un gran respeto por Quique González y sigo pensando que es uno de los grandes creadores musicales de este país. Le deseo lo mejor en su carrera, me gustaría que llenase estadios y que vendiese más discos que Sabina, pero el Quique que más me sigue gustando es el que se sube a un escenario ante cien personas sólo con su guitarra y su piano. Creo que cada artista ha nacido para hacer una cosa, y no veo a Quique González con el aire de rockero con el que se vistió para el concierto del pasado viernes.

Desde entonces, decía, llevo preguntándome si, después de todo, me habré convertido en uno de esos fans cuyos gritos contra Dylan me hacen sentir cierta vergüenza ajena cada vez que reviso “No direction home”. Puede que dentro de 20 años relea esto con sonrojo o niegue que alguna vez lo escribiera. Es más, puede que mi camino tampoco sea escribir estas líneas, pero eso, también, sólo lo dirá el tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escrito por José Mari BELCOS a las 22:35 pm    Ver/Hacer comentario (4)

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Miércoles, 13/02/2008

Días de lluvia

Éstos están siendo unos días extraños. Con la entrada del invierno, yo me había sometido mansamente a una reclusión voluntaria a la espera de que la llegada del calor me devolviera nuevamente a la calle. Mientras tanto, me mantendría separado, aunque fuera sólo por una ventana, del frío y de la lluvia, rodeado de libros, discos y películas.

 

Pero este mes de febrero tan atípico, con sus 16 grados y su buen clima, me está trastocando los planes y me está haciendo sentir culpable. ¿Qué hago yo en mi casa en albornoz –todo un espectáculo, por cierto- mientras las terrazas están llenas de gente?

 

Yo quiero continuar con mis planes, ponerme al día con los dvd’s que no he visto y los discos que todavía tengo por escuchar, pero la meteorología no acompaña. ¿Quién puede quedarse sentado en el sofá disfrutando de una buena película mientras el sol le está llamando a gritos desde el otro lado del cristal?

 

Por las mañanas me levanto y subo la persiana con la vana esperanza de que, sólo por una vez, sean unas nubes, grises y cargadas de agua, las que gobiernen el cielo. Pero no, ahí está de nuevo, pertinaz, ese frío sol de invierno, un sol impostor que está usurpando unos días que, al menos en estas latitudes, no le corresponden.

 

Sólo recuerdo una tarde en la que el tiempo se puso de mi parte. La lluvia comenzó a caer, el cielo se oscureció y vislumbré una oportunidad para disfrutar de una película en condiciones favorables, es decir, con el agua azotando la ventana, las terrazas desiertas y las aceras pobladas de paraguas.

 

Elegí “El apartamento”, de Billy Wilder, no sólo porque sea una de las mejores películas de la historia del cine, sino porque me pareció oportuno volverla a ver ahora que mi reciente independencia me ha convertido en un tipo que guarda ciertas similitudes con el protagonista de la cinta, sobre todo en lo que a hábitos alimenticios se refiere. Él se sostiene a base de platos precocinados, y yo he alcanzando el singular récord de haber sobrevivido durante todo un mes sin haber encendido siquiera la vitrocerámica. Y esto, amigos, pese a que cuento con el as en la manga de que acudo a comer casi a diario a casa de mis padres, tiene mucho mérito.

 

Pero no sólo escogí la magistral cinta de Wilder por eso, sino porque en sus dos horas de metraje abarca, con una maestría inigualable, todas las miserias y bondades del ser humano, al que Wilder, con la ayuda de su inseparable I.A.L. Diamond, desnuda a través de un guión mordaz, cómico, compasivo… humano, al cabo, pese a su perfección casi sobrenatural. Para una vez que el tiempo acompañaba, tenía que elegir una película que abarcara a muchas de las que han venido después de ella, no fuera a ser que no hubiera más tardes de lluvia.

 

E hice bien porque así ha sido, el sol regresó, deshizo las nubes y ocupó el lugar que no le corresponde. Todavía. Y ahora sigo aquí, con la siguiente película en la mano, mirando al cielo, esperando a que un nubarrón me dé la señal para encender el dvd y postrarme durante dos horas en el sofá. He pensado en hacer la danza de la lluvia, pero creo que ya estoy suficientemente ridículo con mi pijama y mi albornoz al pie de la ventana, mientras el resto de la gente disfruta de este sol farsante que me está robando el invierno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escrito por José Mari BELCOS a las 19:34 pm    Hacer comentario

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Jueves, 31/01/2008

El penúltimo vals de Levon Helm

A mí me cuesta un tiempo entrar en los discos y en las canciones y darme cuenta de si van a gustarme o no realmente, en parte, supongo, porque uno es un poco bruto y necesita que le repitan varias veces las cosas para poder apreciarlas, y en parte, también, porque creo firmemente que a la música hay que concederle tiempo, algo que en estos días acelerados que vivimos resulta cada vez más difícil.

 

La cuestión es que generalmente no percibo el momento en el que un disco o una canción pasa de hacerme simplemente gracia a conmoverme –perdón por la ñoñería, pero es que a uno le conmueven cada día menos cosas-. Ocurre de una forma natural, un día vas en el coche y te sorprendes cantando tal o cual canción con auténtico entusiasmo. Entonces te percatas de que ese disco que sólo llevas escuchando tres días te va a acompañar durante una buena temporada más, quizás para siempre, quién sabe.

 

Dentro de los discos siempre hay una canción, o un momento concreto dentro de ella, que hace las veces de puerta de entrada al resto de los temas. Una vez dentro, vas pasando de unas canciones a otras: un día tu preferida es la primera, otro, la tercera, otro sólo puedes escuchar la trece, otro, la seis y la doce… En fin, no es cuestión de exprimir todas las combinaciones.

 

A mí me pasa esto con casi todos los grupos, excepto con uno: The Band, de los que ya hablé hace un tiempo. Me interesé por ellos porque habían sido el grupo de apoyo de Dylan y, poco a poco, fui conociéndolos hasta el punto de convertirse en mi banda preferida, por encima incluso –voy a ir al infierno por esto- de los Beatles.

 

Pese a haber escuchado casi todo lo que grabaron, que fue bastante, hay para mí un momento concreto que me sigue pareciendo insuperable desde la primera vez que lo oí. Está en “The last waltz (El último vals)”, el concierto de despedida del grupo que Martin Scorsese  dejó registrado en un muy recomendable documental. Después de una desastrosa interpretación de “Old time religion”, The Band atacan una versión sublime de “The night they drove old dixie down”. Es en esa canción, en el momento exacto en el que la asombrosa garganta de Levon Helm entona la frase “and like my brother above me” (minuto 3,42 del vídeo de Youtube que adjunto abajo), cuando se me abrieron las puertas no sólo a las canciones de The Band, sino a todo un legado que entronca con la música americana más tradicional.

 

Imagínense mi pesadumbre cuando, navegando por Internet con mis limitadísimas nociones de inglés, descifré en una página que el artífice de aquel milagro musical, el dueño de esa voz prodigiosa, había perdido su don por culpa de un cáncer de laringe. La desazón sólo fue comparable a la alegría que sentí cuando, hace unos meses,  logré nuevamente descifrar en otra página web –tengo que retomar mis clases de inglés- que Levon Helm no sólo había recobrado la voz tras someterse a un doloroso tratamiento, sino que, acompañado de su mujer, su hija y el genial multiinstrumentista Larry Campbell, había grabado un nuevo disco titulado “Dirt farmer (Sucio granjero)”.

 

En cuanto lo conseguí pude comprobar que, pese a que él afirma haber recuperado sólo el 70% de su capacidad vocal, la energía y el poso sureño que hicieron de su garganta una de las más portentosas de su generación permanecen intactos. A ello ayuda un repertorio rescatado de una época donde el tiempo lo marcaban el sol y las cosechas. Canciones artesanales interpretadas con la calma de quien sabe que la velocidad es enemiga del tiempo, iluminadas por la luz tenue de las guitarras acústicas, el brillo de la mandolina y el violín y coronadas por esa voz que, pese a la enfermedad y los años, sigue emocionando en cada nota y demostrando que a Levon Helm todavía le quedan muchos valses que cantar.

 

 

 

 

 

 

 

 

Ha pasado ya más de un mes desde que el disco llegó a mis manos y aunque no sabría señalar el punto concreto en el que caí rendido a sus pies –el comienzo de la versión de “This mountain” de Steve Earle tiene casi todas las papeletas-, puedo afirmar con total seguridad no sólo que me acompañará durante los próximos meses, sino que ya se ha convertido en un compañero de viaje al que siempre podré recurrir para paliar el vértigo que me provoca la urgencia de estos tiempos modernos.

=> “The night they drove old dixie down”

Escrito por José Mari BELCOS a las 09:50 am     (1)

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Jueves, 24/01/2008

En mi mundo

Yo no me había percatado, hasta que hace unos años me lo descubrió una compañera de trabajo.

 

- ¿No te das cuenta de que siempre respondes cantando? Diga lo que diga, siempre me contestas con una canción. Y aunque sea yo quien te responda, vuelves a repetir mi respuesta cantando algo.

 

Y era cierto, aunque yo no lo hacía de un modo consciente. Si ella me recibía con un “Hola buenos días”, yo le contestaba cantando la parte correspondiente –la del saludo, se entiende- de “Hello, goodbye” de los Beatles. Me dijese lo que me dijese, yo, inconscientemente le contestaba con una canción. No podía evitarlo, era superior a mí. Mi cabeza estaba llena de canciones y, por instinto, eran lo primero que afloraba cuando abría la boca.

 

Incluso cuando me dijo adiós para siempre, porque no podía soportar a un tipo que respondía siempre cantando, le volví a contestar con el “Hello, goodbye” de los Beatles. Esta vez con la parte de la despedida, se entiende.

 

Aprendí de aquello, y desde entonces, aunque en mi cabeza sigo contestado con canciones, hago el esfuerzo de traducirlas en palabras antes de que salgan por mi boca. Por eso quizás los musicales me resultan un género de lo más natural. No me parece extraño que alguien vaya por la calle y de repente se ponga a cantar o que en el momento cumbre de la película el protagonista empiece a escuchar música de violines y declare su amor con una canción.

 

El otro día precisamente estuve en el cine viendo “Across the universe”, el musical que Julie Taymor ha montado alrededor de las canciones de los Beatles y situado en los convulsos años 60. La historia es bastante previsible y la película no pasará probablemente a la historia del cine, pero durante las algo más de dos horas yo me sentí en mi mundo. Si el protagonista miraba a la chica, en lugar de decirle te quiero, le cantaba el “I love you, I love you, I loooooove you” de “Michelle”; o si montaban una manifestación –por lo visto en los años 60 en Estados Unidos sólo había mucho amor y muchas manifestaciones- se congregaban bajo las notas del “Come together” de John Lennon.

 

De todos modos, aunque los Beatles hablaron de muchas cosas en sus canciones, no hablaron de todo, y el guión estaba un poco encorsetado por los temas del cuarteto de Liverpool. Yo hubiera ido un paso más allá, y ya puestos, hubiera utilizado canciones de los Stones, Dylan, Bowie o la Velvet Underground para ampliar el abanico de respuestas de los actores. La película hubiera ganado, la historia hubiera resultado más natural y, seguramente, los productores no se hubieran gastado tanto dinero en comprar los derechos de las canciones.

 

En cualquier caso, aunque no me entusiasmó, quizás vuelva a verla para, aunque sea sólo por dos horas, volver a sentirme otra vez en mi mundo, donde le pregunten lo que le pregunten a uno, puede contestar con una canción sin que le tomen por un perturbado. Así que si ve a un tipo cantando en la cola del cine, no se preocupe, no es un loco. Sólo estoy hablando solo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escrito por José Mari BELCOS a las 18:25 pm     (1)

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