El mito insulso de la democracia

Rodeado de una selva tropical cerrada, oyendo la lluvia caer desde una antigua “Rocha” colonial portuguesa, en medio de una pequeña isla perdida en el atlántico, con el ruido de fondo de un concierto-mitin-político, nadie pensaría que lo que pudiera pasar mañana podría ser el turbado sueño de una democracia trasnochada. Viviendo en Europa, en el otro lado, se nos ha vendido el cuento de la democracia como un traje a medida en el que cualquier sociedad puede sentirse cómoda con unos pequeños ajustes. Y esta afirmación, que a priori puede parecer el lógico desarrollar de nuestros pensamientos políticos, guarda bajo sus rimbombantes palabras el peligro de justificar las más aberrantes paginas de nuestra historia reciente. Me da la impresión de que vivimos en un mundo en el que lo único importante son las percepciones. Y como percepción he de admitir que promover la democracia puede parecer un hecho fantástico. Pero como todas las percepciones, esta guarda algo de real, algo de erróneo y mucho más de desconocido. Intentemos entonces ir más allá de las percepciones y ver en que se transforma el fondo de las mismas. Y pondré como ejemplo Santo Tome y Principe, el paraíso al que me he referido al principio. Describir este país es tan complejo como extraordinario. Intentare hacerlo, injustamente, en diez palabras una frase: 170.000 habitantes, dos islas, 60% de la población pobre, con una agricultura de subsistencia bastante productiva, pesca abundante, imposibilidad de encontrar una tienda de libros digna en toda la isla, y con un tejido industrial que se reduce a una fabrica de cerveza (me habré pasado en el numero de palabras?), y ahí va la frase: cuya experiencia democrática que comenzó en el año setenta y cinco, ha conllevado ya dos intentos de golpes de estado.  En este paradisiaco país, se están celebrando las elecciones presidenciales a las que se presentan catorce candidatos. La isla vive unos días de euforia y despilfarro. En una isla que no tiene suficiente dinero para arreglar una carretera de cincuenta kilómetros que traza la principal arteria del país, catorce candidatos han realizado conciertos por toda la isla, han regalado miles de camisetas, radios electrodomésticos, coches… Y un sinfín de artículos varios con el objetivo de llegar a la casa presidencial. Y es que este el traje del que hablábamos al principio no sienta bien en climas tropicales. Analizar porqué no se ajusta es quizás demasiado ambicioso para este artículo, pero veamos solo algunos de sus defectos: en primer lugar la democracia es un sistema de mayorías cuyo sustento es la conciencia política de las sociedades: en Santo Tome los candidatos ni siquiera pierden el tiempo con mítines políticos, el mensaje es vacío y la atención que se le presta nula. Por otro lado, en un país asolado por la falta de dinero, el mercadeo de votos es tan accesible como realista: gastar el dinero suficiente puedo ser suficiente para ser un flamante presidente. Y pasemos ahora a los efectos: mañana Santo Tome tendrá un nuevo presidente que habrá hipotecado el futuro del país con los excesos de su campaña (¿o de verdad nos creemos que estos gastos caerán a fondo perdido?). Gobernará a su antojo, como se ha hecho siempre (y no me olvido del periodo colonial), robará  a discreción y sin discrección, jugará con la justicia, utilizará los fondos públicos para garantizarse su permanencia en el poder, manipulará los medios de comunicación y dejará tras de sí otra oportunidad malgastada… Pero lo hará democráticamente, como debe ser, como lo manda Dios y la ley y Dios que lo fundó otra vez. La democracia guarda el peligro de justificar lo injustificable, el mero hecho de ser democrático hace a las cosas intocables. Ir contra algo democráticamente aceptado es una aberración solo al alcance de los bárbaros antisistema. Pero esos bárbaros anti sistema saotomenses, aquellos que leen y tienen conciencia política y son capaces de analizar las acciones de sus gobiernos, mañana se despertarán con otro gobierno de inútiles ladrones que habrán comprado el futuro de su país por otros cuatro años. Y tendrán que envainársela  porque lo han hecho democráticamente. Y esto me hace pensar que si yo fuera saotomense me cagaría en la democracia. Si yo fuera saotomense creería que la democracia en mi país es una dictadura de aquellos que en el pasado robaron y hoy tienen la capacidad de comprar las elecciones. Si yo fuera saotomense diría a los europeos que en mi país se viste de guayabera, de paño africano o con el pecho al descubierto, y que su traje me produce urticaria, si yo fuera saotomense…  Pero como no lo soy, hoy daré vivas a la democracia, y mañana me despertaré y saludaré al nuevo electo presidente, y le besaré el culo por ser democráticamente elegido, y lo veré por la tele y pensare: por fin otro país africano en el que triunfa la democracia. 

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El punto de partida

En la proyección de un ángulo en la distancia es cuando se ven las diferencias. Un grado más o menos puede suponer distancias insalvables proyectadas en el infinito. Y son estos grados, arriba o abajo, los que a la postre definen a las personas en su vida adulta. Hoy voy a hablar de esos grados que nos diferencian, a nosotros, hijos acomodados de sociedades estructuradas, de ellos, hijos supervivientes en tierras hostiles. Porque es en el origen donde generalmente surgen las diferencias que explican después nuestras actitudes a lo largo de la vida. Leí en un libro hace no mucho tiempo,  que la mayor parte de las estructuras cerebrales se desarrollaban en los dos primeros años de vida, y que era en este proceso de formación cerebral en el que radicaban las diferencias entre las personas. Y esto me hizo pensar: la época más definitoria de nuestra existencia es aquella sobre la que carecemos absolutamente de control: nuestra más temprana niñez. Es decir, somos lo que somos sin haber hecho nada para merecerlo, ni bueno, ni malo. O lo que es lo mismo, todo lo que somos depende de que durante dos años nuestro entorno sea de una u otra manera. Y esto me hizo pensar en el punto de partida de nuestra visión del mundo. Yo nací en Pamplona en el seno de una familia de clase media cuyos miembros amaban casi más al todo que a sí mismos. Y durante mis dos primeros años de vida todas mis preocupaciones se redujeron a comer, cagar y dormir, y sobre todo a absorber la cantidad de estímulos que se creaban a mi alrededor para que yo me desarrollara como futura persona. Y creo que cuando crecí, en mi visión de las cosas radicaba un punto de partida que me hacía ver todo lo que me rodeaba de una forma muy condicionada: desde mi más tierna infancia mi visión del mundo era el de un lugar justo en el que el bien era la norma y en el que su práctica siempre conllevaba una recompensa. Y partiendo de este punto de partida, todas mis concepciones sobre la vida y la sociedad iban estructurándose en un entorno en el que este principio, en principio, se refrendaba. Pero, ¿Qué sucede cuando el punto de partida es diferente? ¿Qué sucede cuando la injusticia es la norma? ¿Qué sucede cuando es el propio sistema el que pune las buenas prácticas y favorece y promueve las corruptas? ¿Qué pasa cuando lo peor es lo mejor? ¿Qué sucede cuando el mal triunfa? Sucede lo que tiene que suceder. Vivimos en una sociedad globalizada por los valores occidentales cuya mayoría de miembros sufre unas circunstancias totalmente opuestas a las que propiciaron el nacimiento de estos valores. Es decir, vivimos en un mundo condicionado por unos valores que surgieron desde un punto de partida que domina a unas sociedades cuyo punto de partida es el opuesto. Y esto es disfuncional desde su propio fundamento.  Y partir de aquí, es el único camino para entender “al otro”. Y no convencerse de esto es comenzar por el camino equivocado.

Y más allá de la justicia o la injusticia esta todo. Porque todo desde la base es diferente. Nosotros no manchamos nuestras playas porque las conocimos limpias; ellos no toman cuenta de eso porque las suyas siempre estuvieron llenas de mierda (o fue desde que llegamos?). Nosotros no valoramos el agua porque siempre estuvo en nuestras casas; ellos la añoran porque recorren kilómetros para recogerla. Nuestros niños lloran por ir a la escuela, porque su obligatoriedad hace de ella un castigo; los suyos lloran por tener la oportunidad de caminar kilómetros para recibir una clase deficiente…  Todo es lo mismo pero la percepción es diferente, por la sencilla razón de que desde el origen de cada persona el contexto era radicalmente opuesto. Lo mejor de esta explicación no es que asiente nuestras diferencias, es que nos iguala como personas y nos distingue en el contexto. Y entender el contexto se hace entonces inevitable. Decía Ortega que la persona era “ella y sus circunstancias”, yo iría mucho más allá y diría que la persona es “ella por sus circunstancias”. No debemos olvidarlo, somos puro azar y por azar somos lo que somos, tanto nosotros como ellos.

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Cómo me convertí en un muerto

Queridos lectores,

 

Aprovecho este blog para informaros que se ha publicado mi primera novela: Cómo me convertí en un muerto. Si estáis interesados, echadle un ojo!

http://www.bubok.es/libros/202487/Como-me-converti-en-un-muerto

Creo que a todos los que os gusta mi blog le sacaréis partido al libro. Es una novela profunda y compleja pero interesante. Espero que os guste!

Un abrazo!

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El hombre que llora lágrimas de tomate

El hombre que llora lágrimas de tomate* es un hombre nuevo, un prohombre. Es el fruto de la unión de dos culturas, o más bien de la desolación de dos culturas. Es un hombre sin ayer que mira hacia delante, que ha olvidado el origen para no saber nunca de donde vino. Viste de traje y corbata y pasea con un maletín de cuero el tiempo insuficiente para montarse en su coche nuevo. Y da vueltas a las ciudades africanas sin mirar hacia los lados para no ver la mierda que le rodea. Mirar sólo hacia adelante, siempre hacia adelante.  Ha huido de la tradición por que la tradición le acerca al salvajismo, porque le acerca al negro. Sufre de blanquitis aguda, una extraña enfermedad observada por el gran escritor keniano Ngugi Wa Thiongo, cuyo principal síntoma es la inflamación de lo blanco. Y  lo blanco es su cultura. O al menos su literatura. Ya ha aprendido lo importante: hace falta un Dios al que pedir perdón por todas tus tropelías, llamémosle Padre, y otro Dios con el que comprar el mundo, a este le llamaremos dinero, y un tercero que permanezca un poco más alejado para justificar los hechos inexplicables, en el fondo del armario aún guardan empolvada restos de sus tradiciones. Este hombre ha nacido del olvido de lo suyo y los antivalores de lo nuestro. Es una mezcla salvaje de lo amoral capitalista y lo inmoral humano. Y está creando cultura y generando poder. Y su avance es imparable. Es la alienación de la cultura africana: el hombre que llora lágrimas de tomate, porque no es capaz de llorarlas de sangre, porque hasta las lágrimas son en él falsas. Porque el dolor que siente su pueblo, la sangre que derrama todos los días en las calles de su África, no despierta en él más que una sórdida y cuidada indiferencia.   

 

*El hombre que lloraba lágrimas de tomate es el título de una obra de teatro con mucho éxito en Angola.

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Niñas que juegan a ser madres

Niñas que juegan a ser madres. Con muñecas de plástico. Y las acunan y se las atan a la espalda y las pasean como si de seres humanos se tratara. Y les dan de comer y las llevan al parque y al doctor y les riñen cuando imaginan que se han portado mal. En Angola las niñas no juegan a ser madres: son madres y no tienen tiempo para jugar. Y acunan a sus bebes y los atan a la espalda con coloridos paños africanos. Y les dan de comer, algunas veces al menos, y los llevan a los vertederos o a donde quiera que vayan para intentar ganarse el pan. Y no les riñen, porque estos niños nunca se quejan. Nacen acostumbrados a vivir puteados. Y tras todo esto estas niñas dejan de ser niñas para convertirse en madres. Y el ser madre amplia sus responsabilidades. Ya no tienen derecho a jugar ni a llorar ni a rendirse. Sólo a empujar hacia delante para que los suyos sobrevivan. Porque lo que sí es lo mismo en todo el mundo es lo que supone ser madre, la diferencia es que aquí la responsabilidad se multiplica por cien al ser los riesgos más ciertos que probables. Las madres aquí tienen que ser mucho más madres para que sus hijos sobrevivan, para que ellos puedan también experimentar lo que es sentirse madre. Yo no lo he sentido. Pero puedo ver en sus rostros cansados que arrastran una responsabilidad que pesa más que su propia vida. En esos rostros se ve lo que es ser madre.

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Los dos elefantes ganan

Son las seis de la tarde y va a dar comienzo el derbi
angoleño: 1º de Agosto contra el Petro de Luanda. Angola tiembla cuando
se enfrentan estos dos clubes: los militares contra los petroleros. Fiel
representación fubolística de una realidad política y social que no da pie a la
casualidad. Los dos agentes del cambio y del retroceso angoleño se enfrentan encarecidamente
obviando todos los lazos que les unen y les han unido históricamente. De un
lado los generales, líderes de la revolución inacabada, aristócratas de una
revolución marxista, terratenientes defensores de los sintierra. Del otro la
corbata y el sombrero tejano, financiador de la revolución inacabada, oro negro
de los aristócratas de aquella revolución marxista, demasiado lejos para
financiar a los sintierra. Un gol de una parte o un gol de otra no hace la
diferencia: todos lo celebran como hermanos. Viéndolos correr por el campo de fútbol
me viene a la mente un dicho del sur de Nigeria: Cuando dos elefantes luchan el que sufre es el césped. Supongo que
cuando juegan el césped sigue sufriendo. Gane quien gane se jode el césped. Juegue
quien juegue es el césped quien sale pisoteado. Y a mi alrededor cientos de aficionados
visten los colores de uno u otro elefante. Todavía no son conscientes de que
ellos son el césped, y que al salir del campo seguirán pisoteados. Resultado
del partido: empate a un millón de euros.

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Pan para pocos

Soñaba una vez un celta, narrado por Vargas Llosa, que podría existir un mundo en el que se tratara por igual a los iguales. Y así lo hicieron sus coetáneos tratando por igual a los iguales, y desigual a los desiguales. Y como la interpretación de lo igual y lo desigual depende inmensamente de la visión, distorsionada o no, de cada observador, una frase tan encomiable como tratar por igual a los iguales (todos los hombres, se supone), dio fruto a la mayor de las barbaries cometidas por el hombre: la colonización del caucho. Pero entonces, y también hoy, nos damos cuenta de que el hombre y su naturaleza es exactamente igual prescindiendo de las variables espacio tiempo: los mismos impulsos y falta de escrúpulos en pos del mismo objetivo: la codicia. Y así me lo hizo saber una contraparte en el trabajo que me hizo seguir un razonamiento que resumía en su simplicidad la “cadena de valor” del hombre respecto al trabajo y su supervivencia. El hombre –me dijo mirándome a los ojos con la mirada sabia de la edad-, en cualquier lugar del mundo, trabaja para conseguir el pan. Los poderosos se comen la mayor parte del pan. –y señaló hacia arriba como si allí, sobre nuestras cabezas, estuvieran en ese momento nuestros líderes- Y nosotros esperamos a que caigan las migajas sobre la mesa para así poder sobrevivir. Y más o menos vamos tirando. El problema surge cuando los de arriba, ávidos de pan, recogen con sus grandes manos las migajas que han caído sobre la mesa para volver a llevárselas a la boca. Entonces nadie quiere trabajar, porque no hay pan por el que luchar. Y si no hay pan por el que luchar, ¿para qué trabajar? En tres frases me lo dejó claro: no iba a mover un dedo. Y no seré yo quien refute su razonamiento.

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Sólo me falta montar en globo…

Voy a resumir un día utilizando unas pocas palabras por putada, aunque de esta forma quizás se me alargue mucho el artículo, así que voy a resumir en unas pocas palabras algunas pocas de todas las putadas que me han pasado en un solo día. Ahí va: despierto en mi flamante casa nueva a la que me he mudado de mi flamante casa vieja, no hay luz ni agua corriente porque el flamante generador nuevo se ha jodido, esto hace que mi flamante casa nueva que aún está llena de mierda, tenga que seguir estando porque no puede limpiarse. Espero durante horas a que venga el técnico que me promete venir en cinco minutos, y efectivamente así lo cumple, viene exactamente cinco minutos después de que pasaran tres horas. No hay solución para el generador, y por ende para el agua. Decido salir del piso para ir a buscar el resto de cosas que me esperan en mi flamante casa vieja, que, extrañamente, tampoco tiene luz porque se ha quemado todo el sistema eléctrico. Recojo el resto de cosas que me quedan y las meto en sacos de plástico. Cuando llego a mi flamante casa nueva, cuyos bajos están llenos de barro, una de las bolsas se rompe y se hunden en el charco cosas tan variadas como la máquina de afeitar, rollos de papel higiénico, artículos de papelería… Decido que ya es bastante por un día y voy a entrenar con la esperanza de que el día acabe con un poco de deporte. Al salir del entrenamiento voy con el coche hacia mi casa vieja a recoger la moto para, al menos, olvidarme de los atascos del día siguiente. A los cinco minutos de andar con la moto siento que la rueda de atrás derrapa y veo como mi suerte se esfuma con el aire de mi rueda trasera. Me peleo con unos y con otros para acabar abandonándola a su suerte en el patio de un bar… huyo hacia mi casa, mañana será otro día. Monto en el coche cubierto de sudor y grasa rezando por que el día termine de una vez… y de una vez termina, ya son las doce, pero empieza otro con mucha más gracia: cuando voy a aparcar en los embarrados bajos de mi flamante casa nueva, un ruido ya familiar me atormenta… en efecto, he pinchado la rueda del coche encima de un charco gigante… salgo del coche y después de cagarme en lo más barrido consigo colocar el gato, que poco a poco se hace más resistente a mis esfuerzos hasta que cede y se rompe… gracias a Dios (al mismo que me ha jodido el generador, me ha pinchado las dos ruedas y me tiene rodeado de un charco de barro) dos jóvenes extremadamente pacientes me dejan otro gato con el que consigo cambiar la rueda. Son la 1:30 de la noche y el día ha durado 365 horas… subo las escaleras con la vana esperanza de que haya vuelto la luz a mi casa. Abro la puerta y ahí está, escondida entre los restos de la obra que aún quedan por recoger, es una bombilla que ilumina débilmente el contorno de una cucaracha… al menos podré ducharme… ¿qué más se puede pedir?

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The golden melon

Me quedo sorprendido cuando un hombre con sombrero de ala ancha y látigo al cinto entra al supermercado más caro de Luanda. Da un salto y rueda sobre su espalda hasta colocarse hábilmente detrás de un estante. Despliega el látigo y lo engancha en una lámpara de la que se cuelga para acercarse a la zona de la frutería. Entonces para y observa detenidamente entre el montón de melones que tiene en frente. Sólo puede ser uno de ellos… y tiene que elegirlo a la primera… uno parece demasiado pequeño, el otro demasiado grande… el otro demasiado verde y un último demasiado maduro… finalmente se decide y coge un el melón maduro con seguridad, como quien tiene la certeza de haber acertado en su elección. Se acerca orgullosamente hacia la caja registradora y se presenta frente a la cajera con el melón sujetado delicadamente entre sus dos manos. La cajera le mira con sorpresa: ¿qué hace este hombre vestido de aventurero sujetando un melón como si se tratara del mismísimo cáliz de Jesucristo? Tras el momento de duda decide coger el melón y pasar el código de barras por el sensor láser de la máquina registradora… y entonces el señor, que hasta entonces había mantenido una compostura acorde con su desdeñoso aire aventurero, salta y profiere un grito de victoria: es el melón de oro! O al menos así él lo cree cuando sin dudarlo, saca de la cartera un billete de cien dólares y se lo entrega a la cajera que lo observa como si estuviese completamente loco.
Así es señores, hace un mes un francés pagó cien dólares americanos por un melón en una ciudad en la que la mayoría de la población cobra menos de cien dólares al mes… así es Luanda, tan jodida como contradictoria.
Por cierto el francés denunció a la tienda por beneficio ilícito. Hace una semana un juzgado de la ciudad de Luanda desestimó la denuncia por falta de pruebas, la factura no era suficiente… hacía falta el melón, había que cerciorarse de que aquel melón no valía realmente esos cien dólares…

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El bello rostro de Luanda

Luanda hoy cambia de cara. Se limpia. No le gustan las manchas que cubrían su rostro y ha decidido estirparlas, hacerlas desaparecer por arte de magia. La vieja Luanda puede permitirse ahora un lifting para convertirse en una joven y resplandeciente joya producto de la construcción desmesurada. El problema de Luanda es que las manchas, que se ven desde el cielo como eternas herpes rojizas, están llenas de personas que se han acostumbrado a vivir en condiciones paupérrimas. Pero a Luanda “la bella” no le importa lo que haya dentro de esas manchas, lo que le importa es que su rostro no parezca más el de una ciudad sucia y pobre, para poder así pavonearse entre otras ciudades de color blanquecino que se pasean por la esfera internacional. Así que todos esos herpes, a golpe de bulldozer, se están viendo reducidos a unas pequeñas arrugas que no tardarán en convertirse en un cutis liso y juvenil. Pero no nos creamos que la operación acaba aquí, Luanda no es tan desconsiderada, ha prometido a todos esos herpes que los reconvertirá poco a poco hasta llegar a ser bellos complementos de su bello rostro. No sabemos cuando, ellos tampoco lo saben, pero vivirán hechos herpes a <?xml:namespace prefix = st1 ns = “urn:schemas-microsoft-com:office:smarttags” />50 km de Luanda conservando el sueño de algún día llegar a ser un complemento. Mientras tanto Luanda coquetea con sus amigas olvidándose de que aquellos herpes eran lo que daba vida a su rostro, y amenaza en convertirse en el Michael Jackson de las ciudades: una ciudad limpia, lisa y esquelética de sentimientos: una mentira que intenta pasar del negro al blanco olvidándose de su origen. Todo el mundo en Angola hablará este año del rostro de Luanda. De la desaparición de sus herpes. De la extirpación de su vida.

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